Homilías

Viernes, 03 abril 2015 23:27

Homilía de Monseñor D. Carlos Osoro, Viernes Santo

  • Print
  • Email
  • Media

                                          VIERNES SANTO 2015

            Queridos hermanos Obispos D. Fidel y D. Juan Antonio, Excmo. Cabildo Catedral, Hermanos Sacerdotes, Queridos Seminaristas, Miembros de la Vida Consagrada, Laicos cristianos, Hermanos y Hermanas:

            Hoy, Viernes Santo, contemplamos a Cristo en la Cruz. Muere por nosotros, por amor a los hombres. Con su sangre nos ha convertido a todos los hombres en moneda con valor de eterno". Quiere que sea esta moneda la que se ponga en circulación por este mundo. Nos regala su Vida y lo hace dando la suya por nosotros. No con cualquier intercambio: lo hace dándose Él mismo. Hoy os invito a tomar conciencia de que somos  moneda con valor eterno. ¿Te has dado cuenta de que eres moneda con valor eterno? ¿Vives de acuerdo con lo que eres? No eres moneda de oro o plata, eres moneda construida por Dios mismo y rescatada con su propia Vida para que mantengas el valor con el que fuiste creado. Él ha dado su Vida por ti. La ha entregado de una manera que no tiene parangón con nada ni con nadie: en la Cruz. El Mesías, el Señor, el Maestro, Dios y Hombre verdadero, da la Vida en la Cruz, como si fuera un malhechor, y te pide que hagas tú lo mismo, que des la vida. Una pregunta se hace necesaria esta tarde: Tú¿huyes de la Cruz? Es una pregunta importante, porque si se huye de la Cruz no puede haber ni trasplante de ojos, como decía a los sacerdotes en la Misa Crismal, ni trasplante de corazón, como os decía ayer, Jueves Santo, en la Cena del Señor. Eres moneda con valor eterno. Tú¿huyes de la Cruz? Escuchemos: desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito (cfr. Is 52, 13-53, 12). De la misma manera se nos dice que el Crucificado es el único que salva a los hombres y nos hace moneda eterna: se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna (Hb 4, 14-16; 5, 7-9).

Tú, ¿huyes de la Cruz? Escuchemos a Jesús como lo escucharon aquellos que venían a prenderle: “¿A quién buscáis?. ¿A quién buscamos nosotros? Jesús, el Hijo de Dios que se ha hecho Hombre, es quien es prendido, azotado, coronado de espinas, crucificado. Es el mismo que dice a quienes vienen a prenderlo: Yo soy. ¡Qué escándalo! Pero, junto a la Cruz, hemos de dejar que Cristo nos pregunte: ¿para ti, quién soy yo cuando me miras y me contemplas en la Cruz? ¿Soy quien ante la pregunta de Pilatos, “¿eres tú el rey de los judíos? dio aquella respuesta contundente: Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pero, es cierto: las palabras de Jesús a los discípulos y a los hombres que esperan un camino de triunfo, el hijo del hombre está a punto de ser entregado en las manos de los hombres, nos bloquean. Tenemos miedo a la Cruz. Al igual que el apóstol Pedro, decimos: ¡no, jamás, Señor! ¡Esto no! ¿Es normal? Sí, pues es el mismo miedo que pasó Jesús, la noche del Jueves Santo, cuando sudó sangre, sus palabras nos lo manifiestan: Padre ¡quítame este cáliz! Aunque a continuación dijo “¡Hágase tu voluntad!. Esta es la diferencia con Pedro: mientras él dice de ninguna manera te sucederá esto, Jesús dice hágase tu voluntad.

Tú y yo ¿huimos de la Cruz? Esta es la pregunta que en este Viernes Santo hemos de hacernos los discípulos de Cristo. Es cierto, no queremos huir. Señor, deseamos levantar entusiasmados la cruz gloriosa del hombre que ha descubierto su sentido en el Amor extremo del Padre, que en su Hijo crucificado nos ha mostrado su amor, su misericordia y compasión sin límites. Un amor misericordioso y una compasión que nos hace capaces de vivir con la fortaleza que nos viene de Dios en la debilidad de nuestras vidas y de la historia. Sabemos que no estamos solos, que Dios está con nosotros, que nos ha mostrado su rostro de misericordia, de compasión y de amor en Jesucristo. Hoy no estamos adorando la Cruz del fracaso, sino el fracaso de los que crucifican y condenan a los hermanos. Y, al mismo tiempo, sabiendo que esas crucifixiones y condenas se eliminan dando la vida, pero con la Vida de Cristo en nosotros, como nos recuerda el Apóstol Pablo: no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. En Cristo se nos ha revelado cómo hay que lavar y blanquear nuestra vida con su sangre. En la Cruz descubrimos cómo Jesucristo nos ha devuelto el valor real a los hombres, somos moneda eterna, no huimos de la Cruz, sabemos que el triunfo se compra con esta moneda, que es la Vida misma de Cristo en nosotros. Rescatados para rescatar. Iluminados para dar luz. Conquistados por el Señor, para conquistar para el Señor. Elevados para elevar. Por eso sabemos que hay que cambiar en la vida, que hay que tener pasión de hermanos, que es la pasión por la fraternidad, que levanta a los crucificados, que resucita muertos, que siembra vida, que da esperanza. Salgamos por el mundo siendo la moneda que somos, moneda con valor eterno. Compremos todo con esta moneda que da libertad, eliminando todas las esclavitudes, las que nos vienen porque las ponemos los hombres y las que son fruto de nuestros pecados y de nuestros límites. Demos la vida hasta la muerte, esto es ser moneda con valor eterno.

            En la proclamación de la pasión hemos escuchado que se nos narra la historia más estremecedora, la muerte de Aquel que, al morir, nos da la Vida a todos los hombres. Muere en una Cruz entregando su vida por nosotros. Y haciendo de nuestras vidas que sean monedas con valor eterno. El símbolo del Viernes Santo es la Cruz: que es la victoria del Amor de Dios, la glorificación de Jesús, el triunfo del hombre por la entrega a Dios. Contemplemos la Cruz, descubramos en ella al Hombre verdadero, con el rostro de Dios. Aprendamos el camino. Mirando a Jesús en la cruz, vemos como en un espejo los sufrimientos de la humanidad y encontramos la respuesta de Dios al misterio del mal, del dolor, de la muerte. El sufrimiento y la muerte, especialmente de los inocentes, son una herida profunda para nosotros. Quizá es cuando más nos identificamos con aquellas palabras de Jesús en la Cruz: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?. No hay respuestas racionales a esta pregunta. Jesús no vino a justificar ni a explicar el escándalo del mal, sino a compartir con nosotros nuestro dolor y nuestro límite y a dar soluciones definitivas haciendo de nosotros los hombres monedas con valor eterno. De ahí el valor que tiene toda vida humana desde que comienza su existencia en el vientre de su madre hasta que el Señor nos llama de este mundo.

 Hay otra exclamación de Cristo: “¡Tengo sed! No se refiere a la sed física solamente, sino a su gran deseo de dar la vida al mundo; tiene sed de agua, pero la tiene más de justicia, de paz, de reconciliación y de amor, de Vida, de regalar su Vida y, por tanto, de hacernos partícipes de su eternidad aquí y ahora. Por ello, junto a estas palabras, escuchemos también estas otras: está cumplido; es decir, el amor definitivo e incondicional de Dios, el amor sin cálculo y sin medida, se ha cumplido hasta el extremo: e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Su último acto fue entregarnos su Espíritu, el Aliento de su Vida. Las heridas que existen y se dan en los hombres y en la humanidad, que ennegrecen y nublan la historia de los hombres y su corazón, las quita y elimina Jesucristo, que carga sobre sí todo mal, todo el sufrimiento. Nosotros esperábamos que Dios, con su omnipotencia, derrotase la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una victoria triunfante, como lo hacen los poderosos y los poderes de este mundo. Dios, en cambio, nos muestra una victoria humilde que humanamente parece un fracaso, porque lo hace con su Amor. Nos revela que la Vida se da entregando la nuestra por Amor, pero no con cualquier amor, solamente con el Amor mismo de Dios que da su propia vida por nosotros. Por ello, son un imperativo para nosotros las palabras de San Pablo: no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

En este Viernes Santo del siglo XXI también experimentamos que la pasión de Jesús está presente en la historia de la humanidad: hay sufrimientos, hay vencidos, humillados, agredidos y pisoteados. Pongamos la mirada en los rostros de tantos lugares del mundo: emigrantes, desahuciados, víctimas de la violencia, refugiados, enfermos, niños y niñas abandonados, mujeres maltratadas, personas sin hogar que viven en las calles de nuestras ciudades y todos los que sufren por cualquier causa, todas las pobrezas, también el desconocimiento de Dios, todo el hambre, también el causado por ignorar que somos hermanos, todo desamparo humano, también el causado por no saber  que somos la gran familia de los hijos de Dios, todo el pecado del mundo se hace visible en el rostro de Jesús crucificado que está en el centro del Viernes Santo. En Jesucristo Crucificado se revela el rostro de Dios que es Amor y sus brazos clavados en la Cruz se abren para abrazar a todo ser humano y para invitarnos a acercarnos a él con la certeza de que somos acogidos y estrechados en un abrazo de infinita ternura: unos por los sufrimientos que padecen y otros para que estén junto a ellos como Jesús mismo está. Gracias Señor por habernos dado esa vida nueva que nos convierte en moneda eterna. Tenemos el valor que nos ha dado Jesucristo. Pongamos esta moneda que somos en circulación en medio de esta historia.

¿Qué os diría en este Viernes Santo ante la Cruz a todos los que el Señor ha puesto para que os ame y os cuide? Tanto a los que creéis en Cristo y deseáis vivir con su Vida y sois miembros vivos de la Iglesia, como a quienes por cualquier causa os habéis apartado de Él o incluso no le conocéis, os lo digo con palabras elegidas e interpretadas por mí, de un Santo que vivió aquí, en Madrid, y que dio su vida: San Pedro Poveda. Él dijo: Atreveos todo a ser crucifijos vivientes. Las recordaba anoche cuando estaba adorando al Señor en la casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Este santo decía: no tengamos otra fortaleza que la que viene del Crucifijo, es la armadura de Dios, es el único tesoro, es la única propiedad que legítimamente poseemos". Pero no nos contentemos con esto, seamos 'crucifijos vivientes', seamos portadores de Cristo en todas partes, demos a conocer a Jesucristo. Que cuantos se acerquen a nosotros perciban que tenemos los mismos sentimientos, las mismas ideas, la misma vida de Cristo. En ningún momento como este, el Amor, la misericordia, la caridad de Cristo es tan necesario acercarlo a los hombres. Hay muchos heridos. Salgamos a curar sin bajarnos de la Cruz. Al pie de la Cruz está siempre Santa María de la Almudena para animarnos a ser también hoy crucifijos vivientes. Amén.   

           

  

© 2018 Archidiócesis de Madrid. Todos los derechos reservados - Login

Search