Homilías

Lunes, 07 septiembre 2015 22:00

Homilía de monseñor Osoro con motivo del centenario de la parroquia Nuestra Señora de Covadonga

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Para mí es un gozo venir a esta parroquia que lleva el título de la Señora de Covadonga. Hay un santo mártir que se beatificó en Madrid, san Pedro Poveda, que vivió en el Santuario de Covadonga durante siete años y, como dice él, siete años en Covadonga, dan mucho que pensar. Allí, junto a la Santina de Covadonga, concibió lo que tenía que ser, una institución hecha por laicos, con compromisos totales por nuestro Señor Jesucristo y al servicio de la cultura y de la educación, como fue la Institución Teresiana.

Siete años de mi vida los pasé como arzobispo de Oviedo, antes de marchar como arzobispo de Valencia, siete años en los que todas las semanas, desde el pozón, rezaba el rosario y sentía el cariño de la Virgen María que sigue acompañando mi vida, siempre como pastor de las diversas iglesias que he servido y a la que le pido, a la Santina de Covadonga y a las advocaciones de la Virgen que aquí tenemos, como Santa María la Real de la Almudena o Nuestra Señora de la Paloma, me siga ayudando a ser ese pastor, según el corazón de su hijo Jesucristo. Son recuerdos y memoria de acontecimientos importantes en mi vida y en la vida de la Iglesia; en inviernos duros, las conversaciones a altas horas de la noche, yo desde abajo y la imagen de la Virgen arriba en la cueva, eran algo especiales, tan especiales que fueron mi ánimo y mi consolación en momentos no fáciles de mi vida y de mi ministerio episcopal.

En estos 100 años en compañía de María y en esta advocación quiero deciros tres cosas que la Palabra que el Señor hoy ha querido que proclamemos nos dice a nosotros. María siempre nos ofrece un tiempo de gracia, pero también previamente nos ofrece un tiempo de gozo y un tiempo en nuestra vida de fe, de esperanza y de amor. Sobre estos aspectos explicaré y acercaré a vuestro corazón lo que la palabra de Dios nos dice a nosotros en este Año Jubilar en esta parroquia que se une al Año de la Misericordia que en diciembre celebrará toda la Iglesia.

Tiempo de gozo. Después de escuchar la primera lectura, vemos que la Santísima Virgen María fue la primera que experimentó en este mundo la llegada de Dios, el hacerse hombre Dios, para saber nosotros lo que tenemos qué hacer como hombres y mujeres, qué actitudes, comportamientos, qué misión, qué realidades tenían que ser importantes en nuestra vida. "Proclama mi alma la grandeza del Señor", dijo María, y lo dijo porque sabía que Dios ponía su estancia en este mundo y ponía su estancia en este mundo valiéndose de ella. Ella es el ser humano más perfecto pero es el ser humano que ha dicho sin reticencias y con todas las consecuencias "aquí me tienes, hágase en mí según tu Palabra".

Es normal que este tiempo de gozo, sea un tiempo de confianza en el Señor, un tiempo donde ella descubra la gran misericordia que Dios tiene a los hombres; como nos decía san Juan Pablo II, la misericordia es ese amor que es capaz de extraer de cualquier situación de mal un bien. Sí, hasta de nuestra miseria más absoluta. Dios, cuando entra en nuestra vida, la extrae de tal forma, la elimina de tal forma, que sentimos el gran amor de un Dios que nos dice sigue adelante pero te basta mi gracia.

La Santísima Virgen María vio el auxilio de Dios a los hombres, Ella se convirtió en auxiliadora, sintió la alegría y el gozo de un Dios que ama al hombre, que cuenta con nosotros; un Dios que es bien siempre para los demás. Un Dios que ensancha el corazón, lo hace grande, como se lo hizo a la Virgen María. Fijaos si es grande el corazón de la Virgen que lo experimenta hasta gente que no cree como nosotros, que no es cristiana, pero que a la Santísima Virgen se acercan de una forma especial. He visto en países de no tradición cristiana, de otras tradiciones religiosas, cómo se acercan a la imagen de la Virgen María, a la madre de Dios.

Ella nos regala este tiempo de gozo, sintamos el gozo de un Dios que nos dice que hagamos un cántico nuevo, pero no se trata de escribir un pentagrama como una música especial, sino de hacer un cantico nuevo dejando que Dios entre de tal manera en nuestra vida que hagamos verdad lo que san Pedro Poveda, en Covadonga, decía de lo que tenía que ser un cristiano o cristiana: es aquel que es capaz de situarse en el camino de los hombres igual que todos los hombres, pero hacer experimentar a los que se encuentran por el camino, lo mismo que Jesús o María.

Los discípulos de Emaús no sabían que era Jesús el que se acercaba pero sintieron tal gozo ante la presencia de aquel que les acompañaba, que llegó un momento que le dijeron al Señor cuando se iba a marchar, "quédate con nosotros porque atardece". Ese es un discípulo de Cristo, ese es el discípulo de Cristo que necesita la Historia. Un hombre y una mujer que hacen experimentar el camino de la vida junto a otros hombres que no conocen a Cristo todavía o que dieron la espalda a Cristo, les hacen experimentar el gozo y la alegría y, por tanto, la necesidad de que se queden a su lado. Que es lo que María de otra forma hizo experimentar también a su prima Isabel, cuando se acercó a su casa y nos dice no solamente que saltó el niño que había en el vientre de Isabel de gozo, sino que Isabel prorrumpió en lo más grande que un ser humano puede decir de otro: "Dichosa tú que has creído".

Queridos hermanos, ojalá a quienes nos encontremos por el camino, les hagamos vivir este tiempo de gozo y también nosotros de la mano de María, de la Santina de Covadonga, podamos o puedan decir como Isabel los que nos encuentren, "dichoso tú, que crees, que te sacias de la Palabra del Señor".

María también nos regala un tiempo de gracia. Lo habéis escuchado en la Carta a los Romanos, en la segunda lectura que hemos hecho. Es un tiempo de gracia, pero ¡qué gracia más grande es el saber todos los que estamos aquí, por mal que estemos, que el Señor nos diga "te quiero, cuento contigo"! Tú cuenta con mi vida y tú cuenta conmigo. Dios nos ama.

Nos decía el apóstol que al que ama a Dios todo le sirve. Esto vivió María. Y dice el apóstol a los que había escogido y María se sintió escogida por Dios, elegida por Dios; cuando Dios quiso hacerse presente en esta tierra, en esta historia, eligió una vasija pura para hacerse presente y eligió el vientre de María, la vasija más hermosa, la que ha contenido la gracia. Ella es llena de gracia. A todos el Señor en este tiempo de gracia, nos invita a ser como nos decía el apóstol, imagen de su Hijo; por eso cuántas veces hemos escuchado, en esa lectura de las bodas de Caná, esas palabras: "haced lo que Él os diga" y salen de labios de María, como salen esta noche para nosotros en el inicio de este Año Jubilar. Sí, es un tiempo de gracia para que, de la mano de María, descubramos que lo nuestro es interpretar y visibilizar y hacer presente la imagen real a través de nuestra vida, de nuestros hechos, de la compañía que hacemos a los demás, del silencio, de la oración, que somos imagen de Jesucristo Nuestro Señor.

María nos invita a vivir un tiempo de fe, de esperanza y de caridad. ¿Qué es un ser humano sin una adhesión a Dios? Alguien que va por el mundo a expensas de lo que él mismo decida o qué otros decidan por él, pero humanos todos. María nos invita a algo más, como hemos escuchado en el Evangelio que han proclamado. Estaba desposada con José y antes de vivir juntos... Esto humanamente es un escándalo, espera un hijo. María, por obra del Espíritu del Santo, por la fe en Dios, por la manera de vivir que tuvo y nos manifestó cuando dijo "aquí me tienes", es la mujer que inicia un derrotero por este mundo, en una fe total por Dios, sabiendo que la fuerza y el poder está en Dios, que no hay nadie más que tenga el poder y la fuerza.

Hoy en este momento de una secularización de la vida, donde parece que Dios es menos importante y son más importantes otras cosas, en el que relegamos las cosas de Dios a segundo término, ¡qué maravilla que aparezca la Virgen María, la de Covadonga en esta advocación, para decirnos "sed hombres y mujeres de fe, es tiempo de fe"!

Hoy lo que se lleva, lo que hay que poner de moda, lo que necesitan los hombres y mujeres de este mundo, es tener y pasear por los caminos de esta historia sabiendo donde van; no hagamos vagabundos. El vagabundo está hoy aquí como en otro sitio, con tal de que le den algo, un sitio para dormir, una manta para taparse. El peregrino que nos enseña María a ser, sabe que tiene metas y la meta nuestra es la adhesión a Dios; inquebrantable, en la claridad, en la oscuridad, cuando encontremos explicaciones o cuando le tenemos que decir creo en ti, me fio de ti, como tu madre.

¡Qué maravilla ver a José como le habéis visto en el Evangelio! Nos dice que era justo y justo en la Biblia es el ser humano que vive de cara a Dios. No es que no fuese como los hombres entendéis; cuando en la Biblia se habla de justo y del pecador, los dos eran pecadores, pero el justo miraba a Dios. José es justo, no quería denunciarla y también vivió de la fe. Por obra de Dios escuchó la palabra que Dios le quería dejar: "no tengas reparo, la criatura de su vientre es del Espíritu Santo". Os diría y desde aquí a toda la diócesis, no tengáis reparos, Dios os acompaña, el hombre es imagen de Dios, pero sino qué somos.

Cómo descubrimos en la vida lo que realmente diseñó Dios. No somos algo espontáneo, somos imágenes de Dios. No temas.
Creed en Dios, tened esperanza. La esperanza en Dios no defrauda, Dios sale a nuestro encuentro. Esta es la esperanza que la Virgen de Covadonga dio a aquellos hombres que querían defender la fe, la adhesión a Jesucristo, que desde aquel lugar pequeño, desconocido como nos decía la primera lectura que hemos proclamado, que nos hablaba de la aldea de Jerusalén, de allí salió algo grande: esperanza y amor.

Ha sido de una belleza extraordinaria lo que el Evangelio al final nos dice: "mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros". La Virgen nos invita a dar este mensaje a los hombres; Dios está de nuestra parte, no estamos solos, no abandonemos a Dios, abandonarnos en Dios es tener vida, abandonar a Dios es tener muerte, e instaurar la fuerza del que más puede, pero no la fuerza de Dios que va en búsqueda de lo que menos tienen, de los más necesitados.

Este Dios con nosotros se hará presente en el altar dentro de un momento; el mismo que nació en Belén y se crió en Nazaret; el mismo que murió en la Cruz; el mismo que después de morir, resucitó. Y nosotros estamos aquí por eso, sino seríamos unos desgraciados. Mira que reunirnos en nombre de un muerto que vivió hace 21 siglos, una desgracia; pero hoy la Virgen viene a nosotros y nos dice: "haced lo que Él os diga". "Aquí estoy", vuelve a decirnos que es nuestra madre; al pie de la cruz Jesús nos dio a su propia madre como madre y hoy la invocamos como la Santina de Covadonga, le dicen los asturianos, y nosotros la invocamos como lo que es: la Virgen de Covadonga. Vivid este año jubilar como un tiempo de gozo, de gracia , de fe, de esperanza y de amor.

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