Homilías

Miércoles, 09 septiembre 2015 19:50

Homilía de monseñor Osoro con motivo de la apertura del año judicial

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Los mandatos del Señor, como anunciaba el salmo, siempre son rectos; provocan alegría en el corazón humano. Es cierto lo que hemos cantado en el salmo: es descanso para todos los hombres, que da luz a la existencia, que da una visión más exacta de lo que tiene que ser la vida para los hombres. Son justos y verdaderos todos los mandatos del Señor.

Celebramos esta Eucaristía con motivo del acto solemne de la apertura del Tribunal Supremo del Consejo General Judicial de este año. A través de la palabra que el Señor nos ha dado yo quiero acercar a vuestra vida y a vuestro corazón tres aspectos que acabamos de escuchar: el Seños nos propone una tarea, nos dice cómo ha de ser el Tribunal y nos oferta una sabiduría.

En primer lugar, nos da una tarea, lo habéis escuchado en el Evangelio. Si os habéis dado cuenta, a Jesucristo, en el Nuevo y en el Antiguo Testamento, cuando se habla del Mesías, se le une a estas dos partes: justicia y paz. Y, junto a Él, está la misericordia. El Señor nos propone una tarea, porque cuando Él se hizo presente en esta historia, con la justicia, la paz y la misericordia, tomó rostro humano en el camino de los hombres. Hubo un acontecimiento singular, extraordinario, nos lo ha dicho el Evangelio: había noche y todo esto se transformó en día; había oscuridad y su presencia transformó la oscuridad en luz; había combinación, puertas cerradas, y se descompuso aquella cerrazón y se convirtió en comunicación. Lugar de este mundo donde habitamos los hombres de puertas abiertas. Había miedos tremendos y el ser humano, con la luz y la fuerza de nuestro Señor, con la apertura de puertas del corazón, nos convirtió en valientes. Un acontecimiento que nos propuso a los hombres y mujeres de este mundo una tarea, nos lo ha dicho también en el Evangelio: “Yo soy yo, haced lo mismo que yo he hecho”. Lo decía con otras palabras: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo", y os envío a que entreguéis luz, día, comunicación entre los hombres; a que afrontéis con valentía todas las circunstancias y situaciones que tienen los hombres para que sobresalte la justicia, la paz y la misericordia. El Señor nos da una tarea en primer lugar.

En segundo lugar, el Señor nos dice cómo han de ser nuestros tribunales: construidos en Dios. En el libro del Levítico de la primera lectura, nos habla de cómo Dios habló a Moisés y, a través de él, habló a todos los israelitas y les dijo, en nombre de Dios, “sed santos, como yo soy santo; sed perfectos”. ¿Y qué quería decir esto? Nos lo explica también la primera lectura: no oprimas al prójimo, no jures en falso, no despojes a nadie, no retengas nada de lo que es legítimo al otro, garantiza el derecho que tiene quien es imagen de Dios. No maldigas a nadie, no pongas tropiezos; facilita la vida al ciego, al pobre, al que más lo necesita. A todo el que te encuentres sufriendo, no hagas injusticia ni por favor del pobre ni por respeto al grande, tú corrige al prójimo desde la perfección misma de Dios. ¡Qué tribunal más maravilloso nos presenta Jesús! Para nuestras tierras, para los que somos discípulos de Jesucristo, escuchar esta pagina del Antiguo Testamente es una gracia porque el Señor nos dio una tarea: nos decía que transformásemos lo oscuro en claro, la noche en día, la tristeza en alegría, el cerrazón en apertura; pero nos dice que, para vivir los hombres, necesitamos ese tribunal que haga posible que aquel que quiera poner oscuridad, tristeza e injusticia, se encuentre construyendo el mundo según Dios. Moisés habló a los israelitas y, en ellos, hablaba a todos los hombres: sed santos, pareceos cada día más a Dios. Y eso que es teórico para quien no conoce el rostro de Dios, es práctico para quienes, por pura gracia, conocemos el rostro de Dios que se ha manifestado en Jesucristo.

En tercer lugar, nos regala una sabiduría. Lo habéis escuchado en la segunda lectura del apóstol Santiago. Una sabiduría que hay que demostrarla con la conducta y con la amabilidad. Esa amabilidad es la que tiene Dios con nosotros, que no nos echa a nadie, por muy malos que seamos; siempre nos escucha, siempre se pone a nuestro lado. También es verdad que su luz nos refleja si nuestra conducta está concorde a la cercanía que Él tiene a nosotros. Una sabiduría demostrada con nuestra conducta.

Como nos decía el apóstol Santiago, no hay sabiduría si tienes tu un corazón envidioso, lleno de rivalidades, de tristezas, de incapacidad para reconocer que el otro, aunque él por sus obras haya estropeado la imagen real que es, es imagen de Dios y hay que recuperarla. El origen de esta sabiduría, nos decía el apóstol, viene de arriba; es amante de la luz, es compresiva, está llena de misericordia y de buenas obras.

Queridos hermanos y hermanas, que el Señor os dé esta capacidad para realizar lo que el Señor os pide; la tarea del Tribunal según Dios y llenos de esa sabiduría que se identifica como una manera de vivir y de actuar en medio de los hombres. El Señor no solo nos da palabras, se va a hacer realmente presente aquí, en el ministerio de la Eucaristía. Acojamos a Jesucristo en nuestro corazón y en nuestra vida, adorémoslo con su presencia real porque Él, que es la justicia, la misericordia y la paz, viene a nuestra vida para llenarnos de su justicia, de su misericordia y de su paz.

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