Homilías

Lunes, 28 septiembre 2015 12:14

Homilía de monseñor Carlos Osoro en la Misa inicio de curso de Manos Unidas Madrid - 28092015

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Yo quiero dar gracias al Señor porque, si os habéis dado cuenta, el Salmo que hemos recitado todos, que es el que hoy en toda la Iglesia se proclama, nos habla de que es el Señor el que reconstruye; nos hablaba de Sión, pero desde que Jesucristo viene a este mundo Sión es toda la tierra. Y es el Señor el que reconstruye la tierra y el que hace aparecer la gloria en este mundo. Pero también es verdad que el Señor ha querido elegir a un pueblo, a un nuevo pueblo, la Iglesia de Jesucristo, de la cual nosotros somos una pequeña parte. Y dentro de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, aquí, en España, unas mujeres de Acción Católica iniciaron una obra excepcional para reconstruir este mundo y para que apareciese la gloria del Señor. Y esos sois vosotros: Manos Unidas.

Manos Unidas hace posible que este mundo sea distinto, sea diferente, se reconstruya, y que en muchos lugares de la tierra aparezca la gloria del Señor. Y aparece cuando, con lo que juntáis de las personas que quieren ayudar a Manos Unidas, en la tarea y en el trabajo que realizáis, aparece la gloria del Señor cuando hacemos obras que dignifican lo que es el ser humano, que no es nada más ni nada menos que una imagen de Dios. Por eso, cualquier obra de cualquier parte del mundo, sobre todo de los países más pobres donde vosotros os hacéis presente, está padeciendo la gloria del Señor.

Por eso el Salmo tiene una fuerza especial para nosotros, esta tarde, en el inicio de este curso; cuando el Señor, nos dice en el Salmo: reconstruye Sión. Y Él ha querido contar con vosotros para reconstruir este mundo, para que aparezca su gloria, para que las súplicas de los indefensos sean atendidas, para que nunca se desprecien las peticiones de los que más necesitan, como nos decía también el Salmo. El pueblo del Señor alabará al Señor, y vosotros queridos hermanos y hermanas de Manos Unidas sois parte fundamental, sois una nota en este canto de alabanza que la Iglesia en todas las partes de la tierra quiere hacer, prologando la misión de nuestro Señor Jesucristo.

Es verdad: el Señor se fijó en vosotros, el Señor ha hecho sensible vuestro corazón para escuchar los gemidos de los que tienen alguna cautividad o alguna esclavitud, para rodearles a los que tienen esa esclavitud de la condena e incluso de esa muerte que en vida van teniendo porque no se reconoce en ellos la plenitud que es el ser humano, tal como lo creó Dios, a imagen y semejanza de Dios.

Qué maravilla ha sido escuchar en el Salmo que su linaje durará para anunciar el nombre del Señor. Y de ese linaje, queridos hermanos y hermanas, sois vosotros: linaje escogido para la alabanza, para hacer posible que todos los pueblos de la tierra reconozcan la presencia de Dios, no por las palabras que digamos, aunque sean necesarias, sino por las obras que hacéis.

Yo quiero daros las gracias, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, porque hacéis posible y porque enriquecéis a la Iglesia que camina en Madrid con vuestro trabajo, con vuestra entrega. Por eso me gustaría deciros tres cosas que habéis escuchado en la Palabra de Dios, en la lectura de hoy, porque no hemos escogido una lectura especial, y sin embargo el Señor siempre se acerca a nuestro corazón como Él quiere, pero diciéndonos algo que es importante.

Os diría, en primer lugar: podemos vivir de la fuerza de los hombres, o lo que llamaríamos del poder del mundo. Así vivimos, pero cuando vivimos así estropeamos este mundo. Esta tentación está en todos los hombres, también está queridos hermanos y hermanas en los discípulos de Cristo. Habéis visto el Evangelio: en aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante. Esa tentación mundana, esa la tentación que viene del mundo y de las fuerzas nuestras: el más importante. La fuerza del mundo, la fuerza de los hombres, la importancia viene dada por el lugar que el hombre ocupa en la sociedad.

Y, sin embargo, en segundo lugar hay otra fuerza, que es la de Dios, que como veis y habéis escuchado en el Evangelio no califica a los hombres por el lugar que ocupa sino que, nos lo dice el Señor: adivinando lo que pensaban los discípulos, cogió un niño, lo puso a su lado y les dijo: el que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí. El niño. Vosotros lo sabéis porque estoy seguro de que muchos sois padres y madres de familia, y habéis tenido niños pequeños: si el día que nació vuestro hijo o hija le hubieseis dejado tirado por ahí, o en el suelo de casa pero sin hacerle más caso, hubiese muerto. En el fondo, el Señor nos dice que eso somos los hombres y mujeres cuando buscamos en la vida sin la fuerza de Dios. La fuerza de Dios se fija en el débil, se acerca al débil; el más débil es el niño, no tiene fuerzas, no sabe coger las cosas, e incluso cuando va creciendo, siendo niño, está a expensas de lo que los demás le digan y le enseñen. Por eso el Señor dice: el más pequeño de vosotros es el más importante.

Qué maravilla, queridos hermanos. Cuando meditaba esto esta mañana, para preparar esta homilía, decía: esto es Manos Unidas, esta es la gente de Manos Unidas, que tiene una sensibilidad especial, quienes pertenecéis y quienes trabajáis en ella, por descubrir y especialmente vivir lo que nos dice el Señor: el más pequeño es el más importante. Y por eso vosotros os fijáis en los lugares del mundo, y hacéis proyectos, y os corresponden proyectos más humildes de Madrid, de los más pequeños. Y ahí nos ayudáis a toda la Iglesia para que nunca olvidemos este mandato del Señor, para que nunca olvidemos que la fuerza de la que tenemos que vivir es de la fuerza de Dios, no de nuestras fuerzas, sino del poder del Evangelio. El poder del Evangelio va en esta línea: el más importante, el más pequeño.

Y, en tercer lugar, queridos hermanos y hermanas, habéis visto la otra parte que dice el Evangelio, que en el fondo nos dice que miremos el mundo, que observemos el mundo, que contemplemos la tierra. Y en esta tierra, queridos hermanos y hermanas, hay exclusión de muchos hombres, de tal modo que cuando no les tratamos en función de lo que en verdad son, imágenes de Dios, excluimos, matamos, rompemos, dividimos. Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, pero no es de los nuestros, lo debemos impedir. Y Jesús viene a decir: pero, quiénes son los nuestros. Queridos hermanos, qué gracia tenemos esta tarde, por lo menos para mí, como arzobispo de Madrid: quiénes son los tuyos me dice a mí el Señor. Carlos, quiénes son los tuyos. Pero también os lo dice a vosotros: quiénes son los vuestros. Y lo habéis visto: el más pequeño. Son todos, pero hay que fijarse en el más pequeño, porque si no no me representarías a mí, diría el Señor. Esa es la respuesta de Jesús: el que no está con nosotros, está a favor vuestro.

Y eso lo experimentáis vosotros en Manos Unidas. Cuánta gente que no cree y sin embargo a Manos Unidas le da de lo que tiene. Es una forma de acercarse a la Iglesia. En todas las diócesis en las que he estado, siempre he tenido una relación cercana y entrañable con Manos Unidas, porque mucha gente que en el camino encuentras y que a veces te dice: no creo, pero me gustaría ayudar... Y le digo ayuda: a Manos Unidas, porque ven que hacéis realidad que el más pequeño es el más importante.

Por eso, hermanos y hermanas, Manos unidas no entiende de exclusión, entiende de inclusión y entiende de encuentro, de hacer cultura del encuentro. De todos los hombres. Y de inclusión: no se excluye a nadie, y menos a los más pobres. El poder del mundo excluye, el poder del Evangelio, que es el ámbito donde nació Manos Unidas, incluye.

Queridos hermanos y hermanas, no me digáis que el Señor no ha hecho hoy una gracia con nosotros por haber escuchado esta palabra que no hemos escogido, porque es la que hoy se proclama en toda la iglesia. Pero a mí me parece que el Señor ha hecho una gracia con nosotros: desde el Salmo 101 que hemos escuchado, donde nos dice que estáis mandados a reconstruir para que aparezca la gloria de Dios. Pero no utilicéis el poder del mundo, que califica a los más importantes; no, vosotros con el poder del Evangelio, con la fuerza de Dios, con los más pequeños, ayudarles. Y vosotros proponed siempre, incluid la cultura de la inclusión, que es la cultura del encuentro con los hombres. Todos son hijos de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: así sí que se puede celebrar la Eucaristía, porque estar alrededor de la mesa del Señor es estar al lado, dentro de un momento, de quien se hace presente realmente y hace vida esta página del Evangelio que acabamos de proclamar. Pero la quiere hacer vida con vosotros, porque Él lo hizo, pero los que participamos y nos alimentamos de Él tenemos que hacer lo mismo: no discutir por los importantes del mundo sino por los importantes que hoy están en el mundo y que necesitan más de nosotros. Y discutir, y trabajar, y poner todas nuestras fuerzas para recrear la cultura de la inclusión y del encuentro.

Muchas gracias, queridos hermanos. Es un gozo para mí el poder estar hoy celebrando la Eucaristía con vosotros, y poder hablaros desde esta página del Evangelio que acabamos de proclamar. Especialmente es un gozo con vosotros, con Manos Unidas, recibir a nuestro Señor Jesucristo en el altar y podéroslo dar para que os alimentéis de Él y deis de lo que os alimentáis, que es Cristo.

Amén.

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