Homilías

Domingo, 11 octubre 2015 12:38

Homilía de monseñor Carlos Osoro en la Ordenación Presbiteral de Gabriele Biondi (11/10/2015)

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La palabra que este domingo el Señor nos regala y acerca a nuestro corazón adquiere una significación especial cuando dentro de unos momentos ordene presbítero a Gabriele.

Qué profundidad adquiere el salmo 89 que el Señor, a través de la Iglesia, nos regala en este día, cuando nos dice: «¡Sácianos de tu amor!». Nos pide que digamos esto: «¡Sácianos de tu amor!». En Gabriele se hace verdad lo que le pedimos al Señor. Es el Señor mismo el que va a ocupar su existencia. Nosotros vamos a asistir a algo especialmente importante e inexplicable con palabras humanas. Por la ordenación sacerdotal, él va a poder decir a todos los hombres lo mismo que dijo Jesús. Es Jesús quien va a decir, a quienes él encuentre: «Tomad y comed»; «Tomad y bebed». Es el Señor el que va a regalar su misericordia, su amor, que va más allá, más al fondo y más al centro de cualquier otra definición de amor; es el amor mismo de Dios que a través de la vida y de la acción de Gabriele se va a presentar a los hombres.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, vamos a pedirle al Señor hoy, como nos decía el Salmo, que Gabriele tenga siempre un corazón sensato, que adquiera ese corazón. Que pida al Señor que Él sacie de misericordia su vida, para que lo que él recibe del Señor, lo regale. Que tenga siempre esa alegría que nace del encuentro con Jesucristo, que es el manantial de la alegría. Cristo, dale esa alegría que le haga actuar entre los hombres con la bondad misma de Jesucristo.

Me vais a permitir que mis palabras vayan dirigidas ahora a Gabriele, en este momento. Son tres palabras las que quiero acercar a su corazón, que son las que la palabra de Dios nos ha dicho: encuentro, propuesta y riqueza.

Encuentro con el Señor. Qué belleza tiene esta página del Evangelio que acabamos de escuchar todos, queridos hermanos. Cuando salía Jesús al camino, nos dice el Evangelio, se le acercó uno corriendo; es el encuentro, Gabriele, que tú has tenido en el camino de tu vida; has tenido un encuentro con el Señor, te has acercado al Señor. Y tú también has preguntado al Señor, y has tenido una conversación sincera y profunda con él. Habéis visto en el Evangelio cómo aquel que se acercó al Señor le hizo la pregunta: «¿Qué he de hacer para tener vida -vida eterna-?», y el Señor le pregunta: «¿Por qué me llamas bueno?». La contestación a estas preguntas, Gabriele, dando respuesta y escuchando al Señor, es lo que te ayuda a que tengas vida y la tengan todos los hombres, es lo que te ha ayudado a estar aquí hoy. Por la gracia del Señor, y también porque tú has encontrado en nuestro Señor Jesucristo la bondad absoluta, la verdad total, la alegría que llena tu corazón, y has entendido que esto es lo que tienes que regalar, con tu vida, a los hombres.

Queridos hermanos y hermanas: ¡qué importante es el encuentro con Jesucristo!. Hoy, en la ordenación de presbítero de Gabriele, el Señor nos da la gracia de podernos encontrar con Él. Porque igual que Gabriele se preguntó, como aquel que se acercó al Señor: «¿Qué he de hacer para tener vida?», esa misma pregunta está en lo más profundo de nuestro corazón. Todos los hombres tienen ansias de felicidad, de verdad. El Señor respondió a aquel hombre: «¿Por qué me llamas bueno?», porque todavía no se había dado cuenta de que la bondad tiene rostro: es una persona, no es una idea, es Jesucristo. Por eso, el encuentro con Jesucristo es esencial para tomar las decisiones fundamentales de nuestra vida. En ese encuentro es donde se toman las decisiones más importantes; la que tú has tomado, Gabriele, de decirle al Señor: «Te presto mi vida, para que seas Tú en mí el que actúe en medio de los hombres». Has de salir como el Señor, por los caminos, al encuentro de los hombres, en las situaciones reales en que estén los hombres, no en las que a veces nos gustaría que ellos estuviesen. En esas situaciones hay que regalar el rostro de Cristo y su misericordia.

En segundo lugar, hay otra palabra: propuesta. La propuesta que te hizo el Señor, Gabriele: «Vende lo que tienes, y sígueme». Qué importante es quedar vacío para hacer lo que hizo la Santísima Vírgen María, que fue la vasija que solamente se dejó llenar de Dios. Porque vender lo que uno tiene no es solamente lo externo, la herencia o las propiedas exteriores que uno tenga; a veces es más difícil vender mis ideas, mis proyectos, mis intereses, que tener solamente los sentimientos, los intereses del Señor.

Hoy, Gabriele, te presentas aquí, ante el Señor, así: queriendo llenar tu vida de Él, queriendo que entre de tal manera en tu vida que, es verdad, tu rostro no va a cambiar, vas a ser el mismo, te van a conocer todos. Pero tu modo de ser, el ser tuyo, sí que cambia, es el de Cristo mismo.

Esta herencia que Él te da, que es su propia vida, su misterio y su ministerio, guárdalo como el Señor nos va a decir ahora. Queridos hermanos y hermanas, como nos decía el Evangelio, sólo esto es posible para Dios. Dios lo puede todo. Cuando aquel que se acercó al Señor se marchó, le parecía demasiado lo que el Señor le pedía; recordad que los discípulos se extrañaron y se espantaron: «¿Quién puede salvarse?», decían. Sin embargo, ya veis lo que dice el Señor: «Os aseguro que esto solo es posible para Dios». Lo que se realiza en tu vida, solo lo puede hacer Dios. Hay una lógica que es la de Dios, y es la que nos hace entender hoy lo que va a suceder en tu vida. Por eso es importante, hermanos, que esta mañana nosotros entremos en la lógica de Dios, no en la lógica de los hombres que vamos buscando lo nuestro; la de Dios es gracia, es amor, es entrega: Él se da a sí mismo y quiere permanecer entre nosotros. Hoy lo quiere hacer a través de Gabriele. Qué propuesta más bella. Una propuesta que ninguna escuela de este mundo, ningún centro universitario, nadie, por muy sabio que sea, puede hacer; solamente Dios: «Anda, vende lo que tienes y sígueme».

La tercera palabra es riqueza. Te miró y te llenó de su riqueza. Te regala su ministerio y su misión. Lo hemos escuchado en la primera lectura del libro de la Sabiduría: supliqué, invoqué y tuve la sabiduría. No hay criatura humana que escape de su mirada. A todos nos mira el Señor, pero a ti, Gabriele, te ha mirado de una forma especial y te ha querido regalar su sabiduría. Y te ha querido hacer experimentar que en tu vida lo que más quieres, más que la salud y la belleza, como nos decía el libro de la Sabiduría, es tener la luz de esta sabiduría que es Cristo mismo. Es más, no solamente la quieres tener para ti; quieres pasear por este mundo llevando esta luz, porque en ti está el misterio y el ministerio de nuestro Señor. Por eso es verdad, queridos hermanos y hermanas, que la necesidad más grande que existe en este mundo es la necesidad de Dios en medio de los hombres. Hay que volver a poner a Dios en el centro, en el corazón de los hombres. Todas las situaciones que estamos viviendo, y a las que el Papa Francisco se refiere diciendo que estamos en una nueva guerra mundial con formas distintas, nos hacen ver que hay que volver a Dios. Y Gabriele, hoy, a todos los que estamos asistiendo a lo que el Señor va a hacer en su vida, nos hace ver que es cierto: hay que volver a poner en el centro a Dios. Por otra parte, queridos hermanos y hermanas, el Señor nos ha enriquecido, nos ha mirado y nos hace un gran regalo, porque como decía antes no hay criatura que escape de la mirada de Dios. Pero a ti, Gabriele, te ha mirado de una forma especial, te quiere tener muy cerca de ti y que tú estés muy cerca de Él; de tal manera que puedas experimentar y hacer experimentar a los demás que el Dios en quien creemos es un Dios que sigue mostrando su rostro a los hombres. La palabra que el Señor nos ha entregado es viva y eficaz, como nos decía la segunda lectura que hemos escuchado; ese texto de la carta a los Hebreos nos habla de que esta palabra es tajante, es espada que entra y abre nuestro corazón y nos hace ver lo necesario que es para los hombres.

Cristo, el mismo que va a ocupar tu existencia, tú vas a ser Él, se va a hacer presente aquí, en medio de nosotros, en el misterio de la Eucaristía. Cada vez que celebramos la Eucaristía tenemos que recordar las palabras de S. Agustín: «De lo que comamos, demos». Si nos alimentamos de Cristo, demos a Cristo. Tú, Gabriele, vas a alimentar con tu vida, con tu ministerio de Cristo, a los hombres. Siente hoy el agradecimiento de un Dios que no se olvida de los hombres, que te pone en medio de ellos para que seas Él en medio de ellos.

Que todos nosotros, queridos hermanos y hermanas, experimentemos hoy la gracia de un Dios que nos ama y que quiere siempre estar en medio de nosotros. Como veis, hermanos: encuentro, propuesta y riqueza. Esto es lo que nos da a todos nosotros hoy, en la persona de Gabriele, cuando va a recibir el ministerio sacerdotal.

Que la Santísima Virgen María, la Madre del Señor, esté siempre a tu lado y te haga escuchar siempre lo que ella dijo en las bodas de Caná: que tu escuches cómo ella te anima a hacer lo que Él hoy te dice y te manda. Amén.

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