Homilías

Lunes, 09 noviembre 2015 12:37

Homilía de Monseñor Osoro en la Misa de la Almudena.

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Homilía de Monseñor Osoro en la Misa de la Almudena.

«Hermanos y hermanas:

Hace unos momentos, renovaba nuestra alcaldesa el voto o compromiso de la Villa de Madrid. Muchas gracias, Sra. alcaldesa, por invitarnos a asumir el compromiso de construir: construir la cultura del encuentro, de la inclusión, de crear espacios en los que todos, con respeto y alegría, vivamos y hagamos siempre sitio a quien más lo necesita.

Muchas gracias.

En esta Plaza Mayor, un año más nos reúne y convoca Santa María la Real de la Almudena, Madre de la Misericordia. Os invito a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a dejar que se acerque a vuestra vida María. A quienes creéis y sabéis que en la Virgen se cumplen esas palabras del Libro del Apocalipsis: “esta es la morada de Dios con los hombres”, para que veáis las consecuencias que esto tiene para nosotros. Ella fue la primera morada de Dios, a través de Ella Dios se hizo conocido para nosotros, tomó rostro humano y no enseñó que en Él “todo se hace nuevo”. Todo es nuevo. ¡Qué fuerza transformadora tiene el ver con los ojos de Dios toda la realidad! Como hizo con María y lo hizo con tantos hombres y mujeres a través de la historia, Él ha hecho patente que su Vida en nosotros nos regala y hace realidad una manera nueva de ser, de comportarnos, de vivir, de actuar, de ver a los otros siempre como hermanos sean quienes sean, de construir este mundo no haciendo divisiones y buscando el poder para servirnos, sino con las fuerza que Él con su Vida en nosotros nos da. Esa Vida a la que María, desde el mismo instante en que Dios le propuso que prestara la vida para darle rostro humano, dijo: “hágase en mí según tu Palabra”, “aquí estoy”, “estoy dispuesta a vivir y a dar presencia a quien es la Vida”. Gracias Señor por acercarnos en este día a tu Madre y decirnos “ahí tienes a tu Madre”.

Contemplad a María. Fijad en Ella vuestra mirada, acoged a María como el regalo más grande que se hizo a los hombres de parte de Dios. Jesús, desde la Cruz, dijo al discípulo que tanto quería: “ahí tienes a tu Madre”. En él, nos lo dijo a todos los hombres. Y como Juan, que “desde aquella hora [...] la recibió en su casa”, hoy la recibimos nosotros una vez más en Madrid con el título de Santa María la Real de la Almudena.

¿Quién es esta mujer a la que el Señor nos da como Madre? ¿Quién es nuestra Madre? Os acerco tres retratos de nuestra Madre: 1) El retrato de su “sí” a Dios; 2) El retrato de su salida aprisa a los caminos por donde van los hombres, y 3) El retrato de su primer encuentro fuera de su casa, en el camino, después de haber dicho “sí”.

1. El retrato de su “sí” a Dios: Con su “sí” logra que en esta historia entre la Belleza. La Belleza es Dios mismo. Es revelada por Jesucristo que nos dice quién es Dios y quién es el hombre. Es la Belleza que nos dice que el ser humano solo se realiza plenamente y realiza a los demás en la entrega de sí mismo. Es la Belleza que se manifiesta en María, quien realiza una entrega incondicional a Dios no en beneficio propio, sino para dar vida a los demás. María es el ser humano que hizo posible que la Belleza verdadera tuviese rostro en esta tierra. Y puso y prestó su vida para esta misión. Ella nos muestra a los hombres y mujeres que hacer un mundo distinto no es un sueño irrealizable, es posible. Pero, como Ella mismo dice, solo es posible para Dios. Por ello, hay que abrirse a la vida, a todas las realidades de la vida. Es imposible experimentar y entregar la Belleza si convertimos nuestra vida en una plaza en la que nos juntamos por grupos y decimos cada uno “yo soy bueno y esos otros son malos”; es imposible cuando me encierro en el edificio de mi ideología por muy bonito que sea. La Belleza llega cuando hay corazones abiertos que trascienden, mentes abiertas que ven desde las atalayas más altas. Si pensamos diferente, ¿por qué no nos vamos a hablar? ¿Por qué nos vamos a tirar la piedra? ¿Por qué no darnos la mano para hacer el bien? Al decir María “sí” a Dios, entró en este mundo Dios mismo tomando rostro humano, que nos manifestó dónde se puede ver en plenitud y dónde está la dignidad de toda persona humana, que no es otra que en ser imagen de Dios, una imagen que nadie puede romperla o estropearla. Todo hay que ponerlo al servicio del hombre y todos nos tenemos que poner al servicio de la persona.

Con María entró en el mundo el rostro de la esperanza, que no es lo mismo que el optimismo. La esperanza que entró tenía un proyecto y sacrificó la vida para llevarlo adelante sin matar a nadie, fue Él quien sacrificó la vida para que el ser humano tuviese futuro. Y es que comienza a existir esperanza cuando nadie está descartado. La cultura del descarte crea desesperanza, no crea esperanza. María nos trajo a quien crea la cultura del encuentro. Ella es la mujer con la que llega la cultura del encuentro. Es Dios mismo quien inicia esta cultura: quiere encontrarse con todos los hombres y quiere que todos nos encontremos como hermanos, sin descartar a nadie. Todos: niños, jóvenes, familias, ancianos, enfermos, personas con capacidades diferentes... Todos son necesarios. Todos tienen cabida en este mundo y todos tienen protagonismo Es más, Jesucristo nos dijo “ahí tienes a tu Madre”, entre otras cosas, porque sabía que su Madre era la promotora de la cultura del encuentro, pues a Él le dio morada para encontrarse con los hombres y para decirnos que somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Su “sí” es un “sí” a la comunión con Dios y con los hombres. Ella nos remite siempre a Jesucristo, porque sabe que quien lo acoge hace que sea imposible el descarte, solo es posible el encuentro. Por ello nos dice “haced lo que Él os diga”. Invito a los creyentes a que dejéis que se produzcan las consecuencias de acoger a Cristo en vuestras vidas y a los que no creéis, por los motivos que fuere, os pido un favor: por un instante, dejad que se asome a vuestra vida a Jesucristo; nada nos impone, nos ofrece lo que tiene, su Vida.

2. El retrato de su salida al camino: Después de que María dijese “sí” a Dios, salió inmediatamente al camino, según nos dice el Evangelio atravesando una región montañosa, es decir, no exenta de dificultades. En nuestro Plan Diocesano de Evangelización –Comunión y misión en el anuncio de la alegría del Evangelio– os estoy invitando a todos los cristianos a salir. Tenemos que salir con obras y palabras. Hay que decir a la gente que nos encontremos por el camino, lo mismo que hizo María nada más recibir la noticia de que iba ser Madre de Dios, que iba a dar rostro a humano a Dios. Ella salió, pero salió a servir. Salgamos corriendo como María a prestar un servicio a los demás. ¡Cuántos niños necesitan experimentar que no quieren cosas, quieren cariño, amor, entrega a sus vidas, que les revelen y hagan crecer en todas las dimensiones que tiene la vida, en la que está también la trascendente! ¡A cuántos jóvenes hay que hacerles ver que no sean viejos, que sueñen, que Cristo vive, que no nos quita libertad, al contrario, la da, nos hace libres, que Cristo no es una idea más de las muchas que hay! ¡Hay que hablar a los jóvenes con la Vida misma de Cristo! ¡Cristo cambia la vida! ¡Cristo cambia nuestras relaciones! ¡Cristo elimina egoísmos! ¡Cristo da juventud porque cambia el corazón y solamente lo pone en la dirección del prójimo! Y lo hace metiendo en nuestra vida su amor y su misericordia, un amor que no mata al otro, sino que le da Vida y horizontes, salidas reales para que llegue a tener lo que todo ser humano debe tener, el respeto absoluto a todos los derechos fundamentales que le corresponden. Cristo crea la cultura del encuentro. Con Cristo en la vida es imposible el descarte y el desencuentro, porque te hace ver al otro siempre como hermano por el que tengo que dar la vida. Hay que contar a los jóvenes que hay algo grande que merece la pena hacer presente en esta tierra. Hay que decirles que no se dejen robar su esencia. Por otra parte, ¡cuánta gente anciana y sola! Siempre aburridos porque nadie cuenta con ellos, descartados, abandonados en aparcamientos de oro, pero aparcamientos no por horas sino de por vida. “Ahí tienes a tu Madre”. Contempla e imita cómo se pone en camino para servir.

¿Es que nos podemos quedar en casa? Hay que salir a buscar, a dar, a abrir corazones. Mostremos que creemos en la Buena Noticia como lo hizo María. Salgamos y tengamos esa audacia apostólica que implica búsqueda, creatividad, navegar mar adentro. Pero salgamos como lo hizo María, llena de Dios. Salgamos sin buscar el maratón del éxito, pues si así lo hacemos es muy probable que excluyamos a alguien, en el sentido de aparcarlo, y que no existan lugares para seguir siendo y construyendo. Estoy presentando el Plan Diocesano de Evangelización, deseo y pido a María que el Espíritu nos ponga en movimiento y hagamos la conversión pastoral para una transformación misionera de la Iglesia.

3. El retrato de su primer encuentro después de haber dicho “sí”: Es muy importante tomar conciencia de lo que representa aquel gozoso encuentro de María con su prima Isabel. Es un encuentro que transparenta la alegría de la fe y que impregna todo de esta alegría. Cuando se acoge a Dios en nuestras vidas, formula y da una manera de vivir que tiene metas, dirección y resonancias, que las perciben aquellos con quienes nos encontramos. Incluso el niño que aún no había nacido y estaba en el vientre de Isabel “saltó de gozo”, percibió con fuerza la presencia de Dios en María. Por otra parte, Isabel siente esa alegría de la presencia de Dios y lo manifiesta con aquellas palabras: “dichosa tú que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. María salió, caminó, se desinstaló, no se centró en Ella, se transformó en servidora de todos por amor a su Hijo. Alegría y servicio al prójimo van unidos. No hay verdadero servicio al prójimo sin la alegría de hacerlo, que siempre es provocadora de bienestar. Y tampoco hay alegría verdadera si no nos lleva a servir y a hacer partícipes a los demás de la misma. Salir de nuestros planteamientos para entrar en los de Dios y acogerlos es lo que nos hace ver este retrato de María. Por eso, acoger a Dios en nuestra vida nos hace creativos, alegres y nos regala la dicha de la bienaventuranza. Este momento de la historia de la humanidad nos pide creatividad. Como María: ofrezcamos alegría y servicio al prójimo, desde unas vidas ocupadas por Dios.

El Hijo de María, Jesucristo, se va a hacer presente en este altar en el Misterio de la Eucaristía. Dejemos que estos retratos de María decoren nuestra existencia. Digamos “sí” a Dios como María, salgamos a los caminos por donde van los hombres como María y ofrezcamos la alegría y el servicio que provoca la presencia de Dios en nuestras vidas como lo hizo María». 

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