Homilías

Miércoles, 05 diciembre 2018 17:06

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de clausura del Año Jubilar en la parroquia Santísimo Cristo de la Salud (25-11-2018)

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Queridos hermanos y hermanas:

Ha sido un año de Gracia que, a través de esta comunidad parroquial, ha venido a nuestra Archidiócesis de Madrid, a través de este Año Jubilar que habéis vivido aquí, en esta parroquia del Santísimo Cristo de la Salud.

El Señor reina, decíamos hace un instante con el Salmo 92. El Señor sigue teniendo la misma preocupación por el ser humano, por los hombres, y por entregar aquella belleza que viene de Dios. Por eso, cantábamos en el Salmo que siempre viene vestido de majestad, y vestido y ceñido de poder. No el de los hombres, ni con las armas de los hombres, sino vestido de ese poder que tienen las armas de Dios: es su amor a todos nosotros, amor a todos los hombres, amor especialmente a nosotros que nos ha elegido para formar parte de su Iglesia, para ser miembros de la Iglesia, y para poder entregar a este mundo la presencia viva de un Dios que dice y quiere hacer entender a los hombres que nos quiere y que nos entrega su vida, para que nosotros formulemos la vida y la estancia en este mundo al modo y de la manera como nos lo enseña Jesucristo.

Como nos decía el salmista, Él nos manifiesta una dirección clara. Sí. Sus mandatos son seguros. No son tambaleantes. No son hoy sí y mañana no. Son mandatos, en definitiva, como el último que nos dio el Señor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Y lo más importante es esta última expresión, él «como yo», que lo descubrimos ahí, en esa imagen de una belleza extraordinaria y, sobre todo, de un alcance a nuestro corazón del Santísimo Cristo de la Salud, donde su santidad nos envuelve y nos da vida.

Yo quisiera deciros, al finalizar este Año santo Jubilar, que en esta fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Rey del Universo, Señor del universo, Señor de todo lo que existe, quisiera deciros con tres palabras lo que acabamos de escucha en la Palabra de Dios que hemos proclamado.

Mirad. Os voy a invitar a que hagáis una mirada. En segundo lugar, que hagáis una contemplación. Y en tercer lugar, que os dejéis hacer unas preguntas.

Hagamos una mirada. Si os habéis dado cuenta, queridos hermanos, Jesús, a través del profeta Daniel, en la primera lectura que hemos escuchado, nos habla así: mientras miraba, vi venir, en las nubes del cielo, alguien que se acercó, que se presentó ante Él, y le dieron poder y dominio real sobre todos los pueblos y naciones, y sobre todas las lenguas. Su dominio es eterno.

Queridos hermanos. Echemos una mirada a la realidad que estamos viviendo los hombres. Es importante para poder descubrir la necesidad de que se haga presente en este mundo y en esta tierra Jesucristo nuestro Señor. Sí. La realidad hoy de los niños que, en los países pobres pues no tienen casi nada; en los países quizá tienen de todo, pero les falta aquello que es más importante también para un ser humano: tener la referencia, la percepción, la experiencia de saber que hay un Dios que me ama. De un Dios que me propone una manera de vivir y de estar junto a los demás. Miremos a los jóvenes. Hagamos esa mirada también, queridos hermanos.

Quizá puedo decir que en el mundo más pobre tienen muy pocas cosas. Vemos la  cantidad de jóvenes que tienen que venir a otros países, de otros lugares, porque la salida que tienen allí es muy pequeña. Pero miremos nuestro mundo: el mundo que llamamos civilizado es un mundo que rompe las dimensiones reales que tiene el ser humano. Y lo rompe llenándonos de cosas. Quizá, incluso, llenándonos de títulos. Pero, sin embargo, no llenándonos de ese título que es el más importante para todo ser humano: ser hijo de Dios. Y, precisamente, por eso, ser hermano de todos los hombres. Absolutamente de todos. Echemos una mirada a los adultos, hermanos. El Señor quiere que miremos. Que hagamos la mirada que Él hizo cuando entró en esta historia. En el mundo más rico quizás hemos hecho jaulas preciosas, bellísimas queridos hermanos, para meter a los ancianos. Pero les falta lo más elemental de la vida, que es el cariño y el amor que un ser humano tiene que tener. Y es necesario que esto lo recuperemos.

Yo no quiero hacer esta mirada. Hay cosas muy buenas naturalmente, y hay experiencias excepcionales también. Pero hablo en esa mirada que en la generalidad hemos de hacer para poder realizar, en segundo lugar, una contemplación. Una contemplación. La que nos decía el libro del Apocalipsis: contemplemos a Jesucristo Nuestro Señor. Sí. Él es el testigo fiel. El que ha dado testimonio de quién es Dios y de quién es el hombre. Queridos hermanos: yo no sé si, muchas veces seguro que os sabéis sentado ahí, como estáis ahora, pero quizá el ver a este Jesús ahí, que es Dios, que ha dado la vida por todos los hombres, absolutamente por todos, incluso por aquellos que abajo, en la Cruz, se estaban riendo de Él y diciendo, incluso los que tenía al lado: si eres Dios, haz algo por nosotros, o baja de la Cruz, haznos bajar de la Cruz... Y este Jesús, la única respuesta era: perdónales, que no saben lo que hacen ni lo que dicen. Este Jesús que nos enseña quién es Dios, hasta qué punto llega Dios... Y este Jesús que nos enseña quién es de verdad el hombre: el ser humano, el que es capaz de dar la vida por los demás.

Qué bien lo sabéis vosotras, especialmente las madres, y los padres, que hacéis lo que sea por un hijo. Lo que sea. Dais lo que fuere. Quizá en estos momentos sois los que mejor podéis entender lo que es Dios y lo que es el hombre, mirando precisamente a nuestro Señor Jesucristo, el testigo fiel, el príncipe de los Reyes, el que nos ama como nos decía el libro del Apocalipsis, el que nos da la verdadera libertad. Nos enseña dónde está la libertad. La libertad no está en hacer lo que yo quiero o me dé la gana. La libertad está en amar al otro incondicionalmente. En todas las situaciones que esté. Y mi libertad termina cuando dejo de amar al otro. Comienzo a esclavizar al otro.

A veces, hermanos, nuestras relaciones son de dominio. No son de libertad. En cuanto hay otro que piensa, bloqueamos, impedimos todo. En cuanto hay alguien… la libertad nos libera, nos hace, nos convierte, nos convoca a construir, como nos decía el libro del Apocalipsis, un reino nuevo. Un reino nuevo en el que Él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin. Hagamos esta contemplación de Jesucristo. De vez en cuando, situémonos ante Jesucristo crucificado. Este año de gracia que se ha vivido en esta parroquia, y en toda la diócesis que ha tenido la oportunidad de contemplar y de venir aquí, es una gracia inmensa de poder ver quién es Dios y quién soy yo mirando y contemplando a este Dios.

Y, en tercer lugar, hagamos unas preguntas a Jesucristo. Yo quisiera que hiciésemos esas preguntas que habéis visto que Pilato le hace a Jesús. ¿Eres tú el rey de los judíos? ¿Eres tú? Y Jesús responde: ¿dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?. Jesús responde con otra pregunta. Jesús quiere saber si Pilato ha llegado a esa conclusión o repite simplemente lo que otros le han dicho, es decir, si habla por propia convicción o es un instrumento de otro. Jesús despoja a Pilato de su máscara autoritaria. Y por eso le dice: ¿tu pregunta es personal, o te limitas a repetir la opinión de otros?.

Queridos hermanos: hagámosle esta pregunta al Señor. Porque Él quiere que tengamos una experiencia viva de Él. Esta pregunta no se puede responder sin una experiencia viva de este Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo. Y esto tiene que ver con nuestra vida. Jesús nos reenvía siempre a vivir la autenticidad, en la verdad. ¿Somos nosotros, en lo que hacemos, en lo que decimos, o somos simplemente repetidores de otros?. ¿Somos nosotros de verdad? Lo que hacemos, lo que pedimos, lo que vivimos junto a los demás. ¿O repetimos lo que otros nos digan? ¿O repetimos o aceptamos lo que el Señor nos da?. ¿Y esto tiene que ver con nuestra vida?.

Qué bonito que al finalizar el año, el Señor nos diga os devuelvo a la autenticidad. Y la autenticidad es que seáis vosotros: sois bautizados, tenéis la vida eterna en vosotros. Vivid esa vida. Comunicad esa vida a los que os rodean. Es verdad que a veces nos podrá costar. Y es verdad que a veces, y en muchas ocasiones, tendremos que pedir perdón. Pero es verdad que esta es la única vida que nos hace auténticos, que nos hace felices, que nos da capacidad para vivir junto a los otros.

Mi reino no es de este mundo, dice el Señor. Eso significa que el reino de Jesús y el de Pilato, el de Roma que representaba Pilato, se situaban en planos distintos, de manera que Jesús ha podido decir: mi reino no es, no proviene de las fuerzas de este mundo. Jesús no necesita soldados, ni diplomacia sacerdotal, ni imperios. No tiene más poder ni más reino que la verdad. El hombre como verdad. Y esa revelación de la verdad se nos presenta en Él. Ese es el reino. Y ese el reino de Jesús, el que todos nosotros, contando con todos nosotros, quiere implantar y quiere hacer en este mundo.

Jesús se presenta como rey de una manera distinta a los reinos de este mundo. Lo habéis visto. Yo soy rey. Imaginaos que Jesús ahora, ahí, desde ese cuadro tan impresionante que veis de Cristo, nos dice a nosotros: yo soy Rey, para esto he nacido, para esto he venido al mundo. Para ser testigo de la verdad. ¿Pero, de qué verdad es testigo Jesús? De la verdad del amor de Dios al mundo, manifestado en su persona y en su actividad. Sí. Jesús es la verdad sobre Dios que manifiesta su amor, su compasión, la verdad sobre el hombre, ya que en él se realiza plenamente el designio de Dios. Y Jesús tiene que responder así, porque la verdad que manifestaba Pilato encontraba pervertida por la mentira. Jesús, en cambio, aparece como testigo de la verdad. Quizá por eso lo crucificaron: por ser testigo de la verdad. Pero también para que se manifestase la verdad. Hasta donde llegue.

Esa experiencia que todos tenemos que vivir. Hoy nosotros celebramos a Cristo como Rey del Universo. ¿Quién reina en este mundo? ¿Quién reina?.

Queridos hermanos: a veces los reyes que ponemos en nuestra vida tienden a esclavizarnos. Sí. Todo lo que nos domine y nos quita libertad puede convertirse en nuestro rey. Nos prometen una vida interesante, pero a veces nos dejan un vacío tan terrible, tan tremendo; una ausencia de sentido. Por eso, el Señor dice: todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

Y qué bueno es esto esta mañana en que nos reunimos aquí a celebrar la Eucaristía. Con todos los fallos que tengamos, empezando por vuestro cardenal, que tiene que pedir perdón muchas veces, por eso os pido que os acordéis de mí de vez en cuando, para que sea testigo fiel. Por eso, quien vive en la verdad, escucha a Jesús. Es lo que hemos venido a hacer esta mañana: escuchar a Jesús. Escuchar su Palabra. Vivir su Palabra.

Yo os invito a que leáis los evangelios del día, que ahora se publican. No es que haga propaganda, pero hay unos que se han publicado que los comento yo. Pero sí os digo que es bueno que lo leáis. Y que eso organice vuestra vida. A cada uno le dirá una cosa, es verdad, o se fijará en un aspecto determinado. Pero lo importante es que quien dirige nuestra vida es nuestro Señor. El que es de la verdad escuchar mi voz. La verdad es más importante que lo que piensan los otros. Más importante que la popularidad. Y la verdad está unida al amor. Muchas veces cuando intentas hablar, hay gente que quiere que hables de otra manera o que dijeses no sé qué cosas, pero tienes que decir lo que hay que decir, lo que el Señor te pide. ¿O es que el Señor no nos pide que nos amemos todos? Si nos pide eso no podemos hacer curvas para decir a unos sí y a otros no. Otra cosa distinta es que cuesta. Claro que cuesta. La verdad sigue brillando. En el fondo del ser humano, hermanos, hay una sed tremenda de verdad. Y hoy Jesús no solo nos ha hablado, sino que viene al altar. Él viene en el misterio de la Eucaristía. En un trozo de pan y un poco de vino. Viene la verdad entre nosotros. Quiere quitar nuestra sed de verdad, porque sin verdad difícilmente se construirá nada verdaderamente humano. Mirad: la mentira, la falsedad, la ausencia de verdad no construye al hombre, ni construye nada humano.

El mensaje de Jesús a Pilato es para todos nosotros. Es una invitación a vivir ante la verdad o en la verdad de Dios. Ante nosotros mismos y ante los demás. En nuestro mundo, en nuestra cultura, que quizás a veces se ha quedado hermanos sin referencias sólidas, los cristianos necesitamos volver nuestros ojos a Jesús.

Qué oportunidad más grande tenéis aquí, en esta parroquia, donde nada más entrar podéis mirar al Señor. Aparte de que está en el misterio de la Eucaristía, tenéis una imagen de Jesús. Volved a Jesús. Volved a un Jesús que nos dice: ama. Da la vida. Sígueme. No hagas trampas. No te vayas por otros caminos. Qué maravilla, queridos hermanos.

Pues este Jesús no se queda en una imagen. Viene aquí realmente, dentro de un momento, en el misterio de la Eucaristía, para acompañarnos. Para decirnos también: yo soy vuestro Rey. Yo soy vuestro Rey. Yo os doy sentido a la vida. Yo os doy la orientación verdadera a vuestra existencia. Yo os capacito para que viváis junto a los demás a la manera en que yo os quise haceros ver mientras estuve con vosotros.

Pues así hoy, al finalizar este Año Jubilar que habéis tenido en esta parroquia, recibimos a nuestro Señor Jesucristo. Y le decimos todos nosotros que nos guíe, que nos enseñe, que nos dé la mano, que nos haga caer de nuestras escaleras, que a veces las ponemos para alcanzar las cosas a nuestra manera pero no a la manera de Cristo; que cojamos la escalera, su camino, su dirección, en la familia, en nuestras relaciones de amistad, en nuestro trabajo, en todo que hagamos esto. Jesús no regatea. Nos da su vida, como lo vais a comprobar dentro de un momento.

Gracias Crescencio por este Año en el que con tanta fuerza ha querido usted que estuviese presente en la parroquia nuestro Señor Jesucristo. Los resultados no los tenemos, porque no son matemáticos, pertenecen a otra orden. Pero los hay.

Que el Señor le bendiga. Amén.

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