Homilías

Lunes, 10 diciembre 2018 16:47

Homilía del cardenal Osoro en la vigilia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción (07-12-2018)

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Queridos hermanos sacerdotes. Vicarios episcopales. Miembros de la vida consagrada. Queridos hermanos y hermanas.

La Iglesia ha querido que esta fiesta de la Inmaculada Concepción estuviera presente en el marco de este tiempo de Adviento que nos prepara para la celebración de la Navidad. La Madre de Dios en esta fiesta de la Inmaculada Concepción tiene una fuerza singular para todos, pero alcanza en la tradición de la vida cristiana en España una fuerza extraordinaria que sigue animando a quienes formamos parte de la Iglesia. La Santísima Virgen María nos anima y nos alienta, nos impulsa a descubrir en nuestra Madre en ella el lugar que le corresponde en la Iglesia. Ella es figura y modelo de la Iglesia. Es la primera creyente. Es la primera discípula misionera. La que una vez que dijo a Dios «hágase en mí según tu palabra», realiza el camino de salir y entregar lo más significativo de un creyente: mostrar con obras el rostro de un Dios que se acerca a la historia concreta de los hombres, y hacernos ver que lo más valioso y donde alcanza la plenitud el ser humano es cuando nos ponemos en manos de Dios, llevando a Dios, dejando ciertamente ocupar la vida entera por Dios, que es quien hace posible que el ser humano sienta y perciba la vida de un modo nuevo. Ella hizo saltar de gozo a un niño que no había nacido; porque llevaba a Dios; y le hizo saltar en el vientre de Isabel, la prima de María; e hizo prorrumpir a Isabel en reconocer que lo más valioso para el ser humano y para construir la humanidad es fiarse de Dios. «Dichosa tú que has creído, que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».   

Hermanos y hermanas: estamos celebrando en Madrid un Año jubilar Mariano. Pasan por esta catedral, que es santuario de la Virgen, creyentes de todos los lugares de España y del mundo. También hombres y mujeres que no creyendo visitan esta catedral. Y lo que más miran siempre es a nuestra Madre. Madre de todos los hombres. Y es que María vive en el corazón del pueblo. Y el pueblo admira a quien ha dejado memoria en el alma y en el horizonte de nuestra historia. Nuestra cultura está marcada por el corazón. Somos creados para la amistad, para el afecto, para la fraternidad, para construir este mundo como una gran familia: la familia de los hijos de Dios. Somos un pueblo que se caracteriza por su sensibilidad y por la gratitud a quien nos une a todos, la Madre. Madrid es una ciudad que ha sido capaz de hacerse habitable con hombres y mujeres venidos de toda España, y hoy de todos los países de la tierra. Pero hay una singularidad especial, pues la Madre, la Virgen María, nos da las mismas resonancias filiales y aún con mayor intensidad que las que nos dieron y nos dan nuestras madres cuando nos llaman hijos. Y por ello venimos a ver el rostro de nuestra Madre. Entre nosotros es muy difícil no ver a muchos que pasan por aquí venidos de todos los lugares del mundo sin hacer un saludo a quien mostró el rostro de Dios. Y, en esta advocación de la Inmaculada Concepción, venimos nosotros a hacerlo.

Hermanos y hermanas. La Inmaculada Concepción. Ella muestra sin reparos los rasgos fundamentales que hemos de tener también nosotros. Que yo concentro en ocho grandes bienaventuranzas que nos da la Santísima Virgen María, que nos acerca precisamente en esta fiesta de la Inmaculada Concepción:

  • 1- La grandeza que le viene de la fe en Dios. Aún en momentos de oscuridad, Ella prefiere fiarse de Dios. De un Dios que nos ama incondicionalmente.
  • 2- Su grandeza le viene de su amor. Nunca dejó de amar. Nunca estuvo contra nadie. Incluso cuando vio con sus propios ojos cómo moría en la Cruz su Hijo, Ella continúa amando, y su Hijo la pidió que fuese Madre de todos los hombres. También de los que le estaban matando.
  • 3- Su grandeza le viene de su sencillez. Hizo natural lo sobrenatural. Fácil lo difícil. Simple lo complicado. Ordinario lo extraordinario: traer a este mundo nada más y nada menos que el rostro de Dios. A Dios mismo.
  • 4-  Su grandeza le viene de su humildad. Su elección para ser Madre de Dios no fue motivo para envanecerse. Olvidó y nunca tuvo en cuenta lo que la hicieron: cerrarla las puertas cuando iba a dar a luz y no tenía sitio o lugar. Le viene la grandeza de su humildad, queridos hermanos.
  • 5- Su grandeza le viene de su obediencia, que no pretendió determinar la forma de seguir a Dios, sino que dejó que Dios dispusiera de Ella como Él quisiera. «Haced lo que Él diga» nos dijo a nosotros también, en las bodas de Caná.
  • 6- Su grandeza le viene de su fidelidad, aún a costa de grandes sufrimientos. Sufrir cuanto humanamente se puede sufrir, sin quejarse absolutamente. Cuando no tenía lugar para dar a luz, en Belén; en la Cruz; en la soledad de la Cruz.
  • 7- Su grandeza y su grandeza le viene de la fortaleza que tenía. De ser capaz de llevar una Cruz encima, y de ser capaz de cantar un cántico nuevo, el Magníficat, y de hablar con tranquilidad de otras cosas. «Proclama mi alma la grandeza de Dios, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador».
  • 8- Su grandeza le viene de saber mantenerse junto a la Cruz de su Hijo, como se lo pedía su corazón de Madre: de pie, repitiendo «hágase tu voluntad». «Aquí me tienes». En unas circunstancias que ninguno de nosotros querríamos para nosotros mismos.

Queridos hermanos y hermanas: en esta fiesta de la Inmaculada, acoged su fe, acoged su amor, acoged su sencillez, acoged su humildad, acoged su obediencia, acoged su debilidad, acoged su fortaleza. Acoged el manteneros en pie frente a todas las circunstancias que puedan llegar a nuestra vida, mirando de frente a Dios.

Pues desde estas bienaventuranzas, queridos hermanos y hermanas, que nos dan un rostro de la Santísima Virgen María, quiero acercar hoy a vuestro corazón tres realidades que la Palabra de Dios nos ha mostrado cuando la hemos proclamado. Que si las acogemos nos ayudan a vivir estas bienaventuranzas:    

  • 1. Dejaos interpelar por Dios, queridos hermanos. Nos lo ha dicho la primera lectura que hemos proclamado: la Virgen María puso su vida delante de Dios y ante Dios, y se dejó preguntar. Hoy el Señor se hace presente en nuestra vida a través de la Virgen María. Y, como a nuestros primero padres, nos hace estas preguntas: ¿Dónde estás? ¿En quién y dónde pones el fundamento de tu vida? ¿Para qué y para quién vives? ¿Quién te da luz para hacer tus proyectos, o para tomar tus decisiones más importantes? ¿Quién te informó que estabas desnudo, que no tienes nada si te alejas de Dios? ¿Quién te hace ponerte frente a ti mismo para ver que sin Dios estamos vacíos y sin sentido? Y déjate también hacer esta pregunta: ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué es? ¿Qué haces con tu vida? ¿Qué haces por los demás y con los demás?. Y contempla lo que hizo María. Déjate interpelar por Dios.
  • 2. ¡Atrévete a vivir como hijo de Dios! ¡Decídete a ser hermano de todos los hombres! Lo habéis escuchado en la segunda lectura que hemos proclamado: Experimenta la gran bendición de Dios que es saber que Él, que Dios, en Cristo, nos ha elegido para ser santo e irreprochable por el amor. Vivamos con el amor de Dios, como María. Aprendamos en Cristo a ser hijo de Dios y aprendamos de Cristo a ser hermanos de todos los hombres. Dejemos que a través de Santa María resuene en nuestra vida la llamada a ser santos, y a serlo encarnados en la realidad cotidiana, en el contexto con los riesgos, con los desafíos y con las oportunidades que tenemos. Seamos, como nos decía el apóstol Pablo, alabanza de su gloria. Como lo hicieron personas cercanas a nosotros, quizá nuestros abuelos, nuestros padres, que quizá su vida no fue absolutamente perfecta, pero aún en medio de las imperfecciones siguieron adelante,  agradaron al Señor y nos regalaron la fe. Esta es la santidad. El Papa Francisco nos habla de ella. De los santos de la puerta de al lado. De los santos y de las santas que vivieron o viven cerca de nosotros, y que son reflejo real de la presencia de Dios en medio de nosotros. Queridos hermanos: en esta fiesta de  la Virgen, atrévete a vivir como hijo de Dios. Atrévete y decídete a ser hermano de todos los hombres.   
  • 3. Dejemos que el Señor nos diga las mismas palabras que dijo a la Inmaculada Concepción: «Alégrate. El Señor está contigo». Lo habéis escuchado en el evangelio que hemos proclamado. Acerca tu vida a nuestra Madre. Acerquemos nuestra vida a la Inmaculada Concepción. Pongámonos a su lado. Escuchemos junto a nuestra Madre, en el calor de sentirnos hijos de Dios, esas palabras que llenan y colman de alegría la vida de un ser humano: «alégrate. El Señor está contigo». Cuenta contigo. Te ama. Te quiere. Desea que tú le hagas presente en este mundo. No temas. Él, lo mismo que a nuestra Madre, nos va a ayudar con su gracia y con su amor. Y nos dará la fuerza para hacer lo que desde todos los razonamientos que hacemos nosotros a veces en la vida nos parece que no podemos alcanzar nada, que es imposible. Es posible con la ayuda de Dios. Como lo vivió, lo experimentó y nos lo regaló la Santísima Virgen María, nada es imposible para Dios. Solamente hace falta que nosotros nos situemos ante Dios como lo hizo María, diciéndoles: aquí me tienes, Señor. Me fío de ti. Y me fío de tu Palabra.   

Queridos hermanos y hermanas: junto a Jesucristo, que se va a hacer realmente presente en el misterio de la Eucaristía, con la oración mariana más antigua que conoce la Iglesia, todos nos volvemos hacia la Virgen María para decirla:  Eres el gozo, eres la gloria, eres el honor de nuestro pueblo. «A tu amparo y protección, Madre de Dios, acudimos. No desprecies nuestras súplicas. Y de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita, defiéndenos siempre a tus hijos».

En la celebración de la Eucaristía, te decimos Madre que nos dejaremos interpelar por Dios. Que nos atreveremos a vivir como hijos de Dios. Y nos decidiremos a descubrir que todos los que se acerquen a nuestra vida son mis hermanos. Y responderé como tal a quienes se acerquen. Y dejaré que lleguen a mi corazón las palabras que llegaron al tuyo: «Alégrate. El Señor está contigo». Amén.

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