Homilías

Martes, 07 mayo 2019 15:39

Homilía del cardenal Osoro en las ordenaciones sacerdotales (4-05-2019)

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Queridos hermanos obispos, don Santos y don Jesús. Queridos vicarios episcopales. Queridos rectores de nuestro Seminario Metropolitano, don José Antonio, y del Seminario Redemptoris Mater, don Eduardo. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Queridas familias que hoy asistís a la ordenación de vuestros hijos, de vuestros hermanos, de vuestros nietos. Bendito sea el Señor que os hace tener el gozo de vivir esta celebración en alguien que es miembro de nuestra familia. Queridos hermanos y hermanas. Queridos Alejandro, Luis, José Ramón y David.

Acabamos de decir juntos, toda la asamblea, «te ensalzaré Señor». Y esto es lo que quiero deciros a todos en primer lugar, queridos hermanos. Ensalzamos al Señor porque hoy nos da el gozo de vivir este momento singular en el que cuatro hermanos nuestros van a ser ordenados presbíteros, y van a hacer en medio del pueblo cristiano, y en medio de los hombres, las veces de nuestro Señor Jesucristo. Por eso, damos gracias al Señor. Y, por eso, nosotros nos llenamos de júbilo y escuchamos con atención esta palabra que el Señor nos ha regalado en este tercer domingo de Pascua en el que van a ser ordenados presbíteros estos hermanos nuestros.

Me vais a permitir que me dirija muy especialmente a ellos. Pero también lo hago para que tengáis el gozo de lo que está y va a suceder dentro de unos momentos entre nosotros en esta asamblea cristiana.

Queridos David, José Ramón, Luis y Alejandro: habéis sido invitados y llamados a ser testigos. En segundo lugar, estáis llamados a contemplar y a alabar la gloria y el poder del Señor,  y a hablar de Él, no de ideas, sino de una persona de la cual vais a ser testigos. Y en tercer lugar, tenéis que invitar a los hombres a vivir a la luz de Cristo, en su confianza y en su amor. Esta es la gran tarea que os entrega el Señor.

Sí. En primer lugar, invitados y llamados a ser sus testigos. Lo habéis escuchado en la primera lectura que hemos proclamado del libro de los Hechos de los Apóstoles. En los primeros momentos de la Iglesia, en aquellos primeros momentos, había dudas entre aquellos que seguían a Jesús. De tal manera que se les dice precisamente, y se les pregunta por parte de las autoridades y algunos del pueblo: «¿No os habíamos prohibido enseñar en nombre de ese?» Se referían a Jesús. «Estáis llenando Jerusalén de su enseñanza con vuestras palabras». Y ya veis lo que respondieron los apóstoles: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Vais a ser sacerdotes en un tiempo histórico con unas singularidades concretas. Todos los tiempos tienen alguna singularidad. Pero es un tiempo en el que el eco de nuestro Señor Jesucristo, su palabra, su misterio, su presencia, en muchas ocasiones resulta molesta. Y resulta molesta porque nuestro Señor nos sitúa en la verdad de nuestra vida. Nos sitúa en la verdad de lo que tiene que ser el ser humano en esta tierra, y entre los hombres. El Señor, como habéis visto, es ese que colgaron del madero. Y, colgado del madero, dio un juicio sobre los hombres cuando estaba en la cruz. Y el juicio que dio sobre todos los hombres es que los amaba. Este fue su juicio: «Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen».

Este juicio es la misión que el Señor os entrega en estos momentos de vuestra vida; os lo recuerda  pocos minutos antes de ser ordenados. Vais a estar en medio de los hombres con la misión de Jesucristo para regalar el mismo juicio que Jesucristo dio sobre todos los hombres: os amo. Os quiero. Doy mi vida por vosotros. Y el triunfo fue de Jesucristo, queridos hermanos. Ha sido de Jesucristo. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús. Aquel que colgasteis de un madero lo exaltó, lo hizo Señor, jefe y salvador. Pues a esto habéis sido invitados, queridos Alejandro, Luis, José Ramón y David. Invitados y llamados a ser testigos, regalando este juicio a los hombres, en este momento histórico que nos toca vivir. Que algunos a lo mejor no lo entenderán, pero os lo entiende el Señor. Y os lo entiende según la misión que os entrega.

En segundo lugar, para esta llamada, y para ser testigos, tenéis que ser capaces, porque a esto estáis convocados, de contemplar la gloria, el poder del Señor, y a alabar al Señor. La segunda lectura del libro del Apocalipsis tiene, en este momento en que estamos celebrando, y en que se dirige el Señor a vosotros, una fuerza singular. Juan nos dice cómo vio y escuchó una voz que decía: «Digno es el cordero de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza». No podréis ser testigos, no podemos hacerlo quienes somos sacerdotes, si no vivimos una contemplación abierta, sincera y con todas las consecuencias de nuestro Señor Jesucristo vivo, que ha resucitado. Contemplando al Señor, contemplando su persona, vosotros no daréis ideas: entregaréis de primera mano a Cristo resucitado con vuestra propia existencia y con vuestra propia vida.

Estáis convocados a esto. Y esto requiere diálogo con Dios. La oración, como elemento sustantivo, para poder manteneros como testigos de nuestro Señor en medio el mundo. Para poder mantener la fidelidad que hoy mismo también, una vez más, prometéis a nuestro Señor Jesucristo. Estáis convocados al diálogo con Él. A conocerle más y más. A poner en Él todo vuestro corazón. Estáis convocados a alabarlo. Alabarlo en nombre de todo el pueblo, y en nombre de todos los hombres.

Cuando rezáis el breviario, cuando celebráis la Eucaristía, tenéis a todos los hombres presentes. Están todos con vosotros. Por todos oráis. Sois los primeros que os ponéis al frente del pueblo, dialogando y alabando a nuestro Señor. Y en esa tarea, vais a conocer más y más a nuestro Señor Jesucristo. Por eso, san Juan nos dice: «Al que se sienta en el trono, al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder».

¿Queréis vivir con estas tareas que el Señor nos entrega?. Ese es el verdadero poder que debéis de tener en vuestras vidas.

Y, en tercer lugar, cuando uno se hace testigo, cuando contempla más y más a nuestro Señor, está invitado a anunciar y a vivir la luz de Jesús, la confianza que Él tiene con nosotros, y el amor que tiene con todos los hombres. Yo quisiera que fueseis capaces de leer para vosotros, y de situaros en la persona de Cristo, en esta página del Evangelio de san Juan que acabamos de proclamar. Estáis invitados a entregar esta luz, que es Jesús. Vosotros no podéis dar oscuridad a los hombres. Lo habéis visto en el Evangelio: Jesús se apareció. Estaban juntos con Simón, Pedro, los apóstoles: Tomás, Natanael, los Zebedeos, y otros dos discípulos. Y Pedro salió por su cuenta a pescar. Y no pescó nada, porque era de noche. No pescó nada, nos dice el Evangelio. Solamente cuando salimos con Jesús, desde Jesús, en Jesús y por Jesús, sí que logramos la pesca. Y logramos el día, no la noche.

Nos dice el Evangelio que Jesús se acercó a ellos. A esta comunidad decepcionada de los apóstoles por el escándalo de la cruz. Se acercó a ellos, y vino la luz sobre ellos. Porque Jesús es la luz del mundo. Su presencia es el guía que nos permite vivir la vida con sentido. El Resucitado es la luz del sol que al amanecer disipa todas las sombras. Quita todas las sombras. Y Él estaba allí. Y estaba allí. Y por eso los apóstoles vieron el amanecer.

El drama de nuestras vidas, y el drama de las vidas de los hombres, es no saber reconocer al Señor cuando Él sigue estando presente en la orilla. Es ese amigo que se hace visible. Y se hace luz. Y nos da luz. Sin Él, no recogeréis nada. Y será de noche. Lo mismo que los apóstoles. Aquella noche no habían cogido nada. Pero fijaos en algo que es especialmente importante: aquella expresión de Jesús, que tiene una importancia singular –«Muchachos, ¿tenéis pescado?»–. Esta palabra tiene un significado que entraña cariño, que entraña amistad con los discípulos, que entraña acercarse a su corazón, tocar su corazón. La noche había sido dura. Había sido larga su estancia en la barca. Habían lanzado la red una y otra vez, pero no habían pescado nada. Jesús les quiere hacer ver que les tiene cariño. Pero que no se olviden de Él. Que solo con Él pueden pescar. Que solo con Él pueden realizar la misión.

A esta pregunta -«Muchachos, ¿tenéis pescado?»- tuvieron que responder secamente: «No». Mostraban su decepción. Y es que en la ausencia de Jesús no hacemos nada. Pierde sentido nuestra vida. Si no la entendemos, sabiendo que actuamos desde, en, con y por Jesús, no entendemos nada. Nos lo ha dicho el Señor: «Sin mí, no podéis hacer nada». Cuando nos limitamos a hacer cosas en la vida, incluso aunque nuestra jornada esté llena de actividades, al final, si no tenemos a Jesús, estamos desilusionados, vacíos, decepcionados… Nos falta alguien, con mayúsculas. Por eso, es importante, en nuestra vida y en nuestro ministerio, pensar y descubrir quién tiene que alimentar mi vida, quién sostiene mi vida, qué es lo que yo soy en medio de este mundo, qué sentido tiene mi vida...

Jesús manifiesta una confianza impresionante en aquellos hombres a los que les va a dar su propio misterio, y su propio ministerio, como a vosotros. Y les dice: «Echad las redes». Echad la red. Echad la red. Es decir: pero en este lugar. Cambiad de dirección. No hagáis lo que venís haciendo. Cambiad de dirección. Necesitamos escuchar la dirección que el Espíritu del Señor quiere que tenga nuestra vida. Si no escuchamos esa dirección en la que quiere ponernos el Señor, estamos perdidos. Daos cuenta de algo que sucedió. Fue cuando Juan –el discípulo a quien tanto quería- descubre y les dice a los demás: «Es el Señor». Daos cuenta de que es el Señor. Aquellos hombres se sienten amados de verdad. Han descubierto aquellas palabras que les ha dicho Jesús: «Muchachos». Es capaz de vislumbrar y de hacerles ver el misterio de su presencia. Nuestra tarea, vuestra tarea, es mostrar la presencia del Señor en medio de los hombres.

Y no hay que ser extraño. Ni hay que ser un bicho raro. El Señor lo que hizo fue conquistar el corazón de Pedro. Lo habéis visto en el Evangelio: Pedro lo había negado tres veces, y Jesús le pregunta por tres veces: ¿Me amas? ¿Me amas? ¿Me quieres? Pero lo hace para conquistar ese corazón de Pedro. El amor de Jesús. El amor de Jesús.

Nosotros, como Pedro, tendríamos que tirarnos al agua. Es decir, renovar nuestra confianza en Jesús. Cuando Pedro se tira al agua significa que ha encontrado salidas, que ha encontrado dirección, que ha encontrado de verdad lo que el Señor le ofrece. Se tira en las manos del Señor.

Este gesto que vais a hacer de echaros en el suelo, de postraros, tiene un hondo significado también en vuestra vida: poneos en manos del Señor que transforma vuestra vida. Ahora mismo no podéis decir: tomad y comed, este es  mi Cuerpo; ni podéis decir: yo te perdono. Pero dentro de un momento, porque os tiráis ante Él, ponéis la confianza en el Señor, y el Señor os regala su confianza absoluta, y os entrega su misterio y su ministerio.

El Evangelio termina de una forma preciosa. Cuando les dice a los apóstoles: vamos, almorzar. Vamos. Jesús invita a tomar su alimento. Invita a tomar y a vivir de la Eucaristía. Es la muestra perenne de su amor.  Queridos hermanos: es preciosa la expresión que dice el Evangelio, «al saltar a tierra, ve unas brasas, un pescado y encima un pan». En la tierra, lo primero que ven los discípulos, lo primero que ven,  es la brasa. Es el símbolo del fuego del amor. Es la expresión del amor resucitado. Las brasas, el pescado y el pan son símbolos de la Eucaristía. Es lo que les ofrece el Señor. Y es lo que vais a ofrecer vosotros. Que la Eucaristía sea también lo que ofrezcáis al pueblo, y a los hombres. Y no solamente en su celebración, sino en la dinámica que la Eucaristía engendra en vuestro corazón y en vuestra vida, que os hace partir vuestra vida y repartirla para todos los hombres, sean quienes sean, porque así lo hizo el Señor.

Es un momento significativo en vuestra vida. Lo habéis visto. Estáis invitados a vivir y a entregar la luz de Jesús. La confianza de Jesús. El amor de Jesús a todos los hombres. Esta es la misión. Pero, como os decía antes, no podéis hacerlo si no contempláis, dialogáis, oráis y habláis permanentemente con el Señor, porque eso os hará testigos creíbles para todo el pueblo cristiano, por supuesto, y para todos los hombres que se acerquen a vuestras vidas y encuentren en vosotros también el misterio de nuestro Señor. Como tantos hombres lo encontraron en las tierras de Palestina. No eran precisamente practicantes o creyentes, pero el Señor se acercó a ellos. Recordad aquel que, después de sentarse a su mesa, cuando fuera estaban criticando a Jesús, sin embargo aquel hombre, qué sucedería ante la presencia del Señor, que cambia su corazón y dice que devolverá lo que ha quitado a otros, que cambiará de vida en definitiva. Y todo porque se encontró con Jesús.

Que en vosotros encuentre, con todos los límites que tenemos, la presencia de nuestro Señor y las brasas que manifestáis en vuestra vida de vivir de la Eucaristía y de mostrar los signos de la Eucaristía a todos los hombres. Queridos hermanos: esto es lo que vamos a vivir hoy, dentro de un momento. De alguna manera, sucede lo que la página del Evangelio hemos escuchado. Jesús les entrega todo lo que es para que se lo den a los hombres. Que vosotros, queridos hermanos, miembros del presbiterio diocesano, acojáis a los sacerdotes en vuestra vida. No serán igual, ni tenemos por qué serlo, pero tenemos un único misterio que es el mismo, que es el de Jesucristo nuestro Señor. Sí. Mirad a los demás por el misterio que llevan, que llevamos, no por otras cosas. El Señor nos ayudará. Y eso es lo que hará posible que seamos un presbiterio en el que se viva lo que acabamos de escuchar en el Evangelio.

Que el Señor os bendiga a todos. Y vosotros, queridas familias, que sintáis el gozo de tener entre los miembros de vuestra familia un sacerdote. La presencia viva, con todos los límites que tenemos, del misterio de nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

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