Homilías

Miércoles, 29 mayo 2019 13:26

Homilía del cardenal Osoro en la Misa en la festividad de la Virgen de Fátima (13-05-2019)

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Querido padre superior de España de los Heraldos del Evangelio. Queridos hermanos sacerdotes Heraldos. Sacerdotes que nos acompañáis en este día. Querida familia de los Heraldos del Evangelio. Hermanos y hermanas todos que nos reunimos aquí, esta tarde, en la catedral de la Almudena, para celebrar esta fiesta entrañable de Nuestra Señora de Fátima. Una fiesta que, ciertamente, para todos nosotros tiene una singularidad especial.

Como hace un momento escuchábamos al recitar el salmo 44: es María la que inclinó el oído, y siempre lo tuvo atento a lo que Dios la pidió. Es María, en la que resplandece la belleza de un ser humano cuando se abre absolutamente a Dios, como fue la Virgen. Es María la que está llena de perlas y brocados, pero no de los que buscamos los hombres, sino de virtudes. El ser humano que ha aparecido en esta tierra, y que Dios la ha perfeccionado de tal manera que la convirtió, como hemos escuchado, en arca de la nueva alianza. Contuvo a nuestro Señor Jesucristo.

Por Ella ha venido a esta tierra la alegría para todos los hombres. La verdadera alegría. Esa que nace de saber que Dios está con nosotros. Que Dios nos ama. Que Cristo vive. Y que Cristo nos ha regalado su vida para que nosotros mostremos la fuerza de Dios mismo.

Queridos hermanos: yo querría acercar a vuestra vida hoy a la Santísima Virgen María. Y lo hago con tres palabras, que seguro que después os acordaréis de ellas, porque quizás si pongo más pues fácilmente las olvidamos. Estas palabras son: certeza, modelo y camino. Eso es María. Certeza, modelo y camino.

Sí. María es certeza. Es la certeza de que Dios ha venido. Que ha llegado la salvación a esta tierra. Que este mundo está salvado. Esa es la gran revelación que nos hace la Santísima Virgen María en esta advocación, que nos reúne aquí esta tarde, de Fátima. Sí. Se abrió el templo de Dios. Esta tierra se ha convertido en un gran templo de Dios. Y en ese templo de Dios ha habitado una mujer excepcional: la madre de Dios. Madre nuestra. Ella es el arca de la nueva alianza. Ella. Quedó a la vista este arca. La conocieron en un lugar de la tierra muy determinado. Vivió en medio de los hombres. Apareció con un gran signo para todos nosotros: revestida de sol, porque Dios la había preparado para alumbrar al sol mismo, al que da la luz, al que da la vida a todos los hombres.

Y, queridos hermanos, esta tarde, en este anochecer, nosotros nos reunimos alrededor de nuestra Madre. A través de esa imagen entrañable de la Virgen de Fátima. Nos reunimos en torno a Ella porque queremos tener, también, su propio corazón. Un corazón que latió al unísono del corazón mismo de Dios, de Jesucristo. Mientras estuvo en su vientre Dios, nuestro Señor, Ella le dio y le alimentó con su propia sangre. Le alimentó con los latidos propios de Ella. Sí, queridos hermanos.

Cómo no vamos a reunirnos cuando celebramos la fiesta de esta mujer, que ha aparecido como el gran signo de que Dios está junto a los hombres. De que Dios está con nosotros. De que Dios está a nuestro lado. Como un gran signo que tenemos que comunicar a los hombres. Que la salvación no está en los caminos que a veces nosotros vamos buscando por doquier, de muchas maneras. Está solo en este Jesús al que la Virgen María prestó su propia vida para hacerle presente en medio de los hombres.

¿Cómo no nos vamos a reunir alrededor de esta mujer que ha traído la salvación?. Ella es la certeza. Recordad aquel himno que canta María después de visitar a su prima Isabel, donde la transmite la certeza que esta noche nos transmite a todos nosotros: la certeza de que Dios estaba en ella. Saltó de gozo un niño que aun no había nacido: Juan Bautista, que estaba en el vientre de Isabel. Saltó de gozo una mujer a la que María le transmitió que para Dios nada hay imposible, como nos lo transmite a nosotros esta tarde, en este anochecer. Saltó de gozo esta mujer, que prorrumpió en la más bella expresión que se puede decir de un ser humano: «Dichosa tú, que has creído, que lo que ha dicho el Señor se cumplirá».

Certeza, queridos hermanos. De que la salvación está entre nosotros. Certeza, porque María así lo dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». No hay más salvación que la que nos ha traído nuestro Señor Jesucristo. No hay más búsqueda, queridos hermanos. Está en medio de nosotros. Y esto, en esta tierra, lo tenemos que comunicar. Lo tenemos que transmitir. Y no tanto por las palabras, que también. Pero estas palabras tienen que ir acompañadas de obras nuestras. Sí. De obras de fraternidad, de obras de reconciliación, de obras de paz, de obras de construcción de presente y de futuro para todos los hombres. Y muy especialmente para aquellos que más lo necesitan. María ha venido a la búsqueda de todos los hombres. De todos los corazones. Pero ha tenido una preocupación especial por los más pobres.

¿No os habéis dado cuenta cómo era el Santuario de Fátima? No es un Santuario cualquiera? Van los que más lo necesitan. Alrededor de la Virgen vemos rezar a tanta gente… A tanta gente sencilla, que quizá lo único que sabe decir es «Ave María». O a tanta gente que se acerca a ti… Cuando yo era obispo de Orense, hace años, en un viaje que hicimos a Fátima… cuando estábamos rezando por la noche, se acerca un muchacho joven y me dice: «enséñame a rezar el Ave María. No sé hacerlo. Quiero decir a la Virgen esa oración». Aquello, queridos hermanos, ha marcado mi vida. Porque todo ser humano necesita sentir el cariño de Dios. Y María lo hace sentir: que Dios nos ayuda. Que Dios nos quiere. Que Dios está con nosotros. Que Dios está a favor nuestro. Certeza de sentirnos salvados nos da la Santísima Virgen María. Porque ha mirado la humillación de su esclava. Sintiéndose esclava. Y porque desde ahora la llamarán bienaventurada todos los pueblos, todas las naciones. Porque es la que se ha servido Dios para traernos la salvación y la vida, el presente y el futuro queridos hermanos. ¿Cómo no vamos a estar alrededor de la Virgen? ¿Cómo no vamos hablar de nuestra Madre? No me extraña. Y vuelvo a recordar en esta noche, como todos los días de Fátima en aquellas tierras en las que fui obispo por primera vez, y me dirigía como obispo, esta noche se reúnen en torno al santuario de la Virgen de Fátima. Es precioso. Toda la provincia. Una procesión que dura horas desde ese santuario hasta la catedral. Con velas encendidas. Todo el mundo. Porque todos encuentran la certeza de que la salvación nos viene de la Virgen.

En segundo lugar, queridos hermanos, otra palabra: modelo. María es modelo. Ese ejemplo de discípulo misionero. De ese discípulo que el Papa Francisco quiere que seamos los cristianos. Los cristianos no solamente somos discípulos: somos discípulos misioneros. Es decir, discípulos de Jesús que nos lanzamos a la misión. Estamos en el camino, como la Santísima Virgen María.

Mientras Jesús hablaba a la gente, nos ha dicho el Evangelio, una mujer levanta la voz y le dice un piropo al Señor. «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te crearon». En el fondo, esa expresión que encontramos nosotros en el pueblo cuando dicen: «Qué buena persona es, qué padres habrá tenido…». Pues esta mujer, que escuchaba a Jesús, que le impactaba Jesús, dice esta misma expresión. «Dichoso el vientre que te llevó». Sí. María es modelo. Es modelo de discípulo cristiano. De discípulo misionero. Un cristiano es un hombre o una mujer que se ha encontrado con nuestro Señor Jesucristo, que le ha acogido en su vida y en su corazón, que se ha abierto totalmente a Él. Pero que no lo guarda para sí: que se lanza a comunicarlo. A comunicarlo en su trabajo. A comunicarlo en su familia. A comunicarlo entre sus amigos, Y a comunicarlo por otros cristianos, haciendo comunidad y haciendo visible y patente, con su vida, porque lo hace también como la Virgen. Como modelo de un discípulo misionero que quiere lograr alcanzar el corazón de los hombres para que vean que aquella expresión de Jesús –«Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo»– es la identidad del discípulo misionero. La que tuvo María, que cuando recibe el anuncio y acepta ser Madre de Dios, cuando ya Jesús comienza a estar en el vientre de María, Ella se coge un camino montañoso, difícil, pero lo atraviesa en fe. Y marcha a ayudar a una mujer anciana que esperaba un hijo. Y a comunicarle la alegría de la salvación. Eso es un discípulo misionero, queridos hermanos. No hacen falta tantas cábalas. No. Es alguien que se ha encontrado con nuestro Señor. Y lo comunica. Se pone en camino.

Padres: comunicad la fe a vuestros hijos. A vuestros nietos. Pero no lo hagáis fundamentalmente más que con vuestro ejemplo, con vuestra calidad de vida, con vuestra manera de vivir, con vuestra manera de alentarles, con la ejemplaridad de vuestra existencia…

Queridos hermanos: y cada uno, esté dónde esté, imitemos a la Santísima Virgen María. Hagamos lo mismo que hizo la Virgen María. Es en el camino, junto a los hombres, donde tenemos que demostrar que somos discípulos misioneros. Hombres y mujeres que no vivimos autorreferencialmente para nosotros, sino hombres y mujeres que vivimos para los demás. Porque vivimos para Dios. Y si vivimos para Dios, y le decimos a Dios como la Virgen María: «Sí. Hágase en mí según tu palabra», queridos hermanos, eso quiere decir que lo nuestro son todos los hombres. A todos tenemos que encomendarnos. No hay exclusión de nadie. El «sí» de María, que alcance hoy también nuestro corazón. Porque es el «sí» de la modelo de discípulo misionero que el Señor nos ofrece.

Y, en tercer lugar, es certeza. Es modelo. Pero es camino. María es camino abierto para todos los hombres. Qué bien lo ha expresado Jesús cuando, dándose cuenta de lo que le decía aquella mujer -«dichoso el vientre que te llevó»-, Jesús responde: «Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. La acogen en su vida». Eso es María. Oye a Dios. Escucha a Dios. Lo escucha. Y pregunta: ¿cómo será eso?. Y acoge. «El Espíritu vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». Escucha.

Escuchemos, queridos hermanos. Escuchemos la palabra del Señor. Los cristianos tenemos que tener, yo os invito a que tengáis en vuestra mano, en vuestro bolsillo, un nuevo testamento pequeñito, que es más fácil de llevar. Que leamos y acogemos la palabra que el Señor nos dice. O un evangelio de esos que ahora se publican, donde están todos los evangelios de cada día. Y nos unimos a toda la Iglesia en el camino. Y en el camino que hacemos toda la Iglesia verificamos con nuestra vida esa palabra que el Señor nos dice a través de la Iglesia. Y la haremos verdad en nuestra vida. Dichosos. Lo ha dicho Jesús. Y se refería a su Santísima Madre. «Dichos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». No se quedan solamente en grandes formulaciones, sino que la acogen en su corazón. Formulan nuestra vida. Formulan un modo de caminar en medio de los hombres. No matando queridos hermanos. Y no digo que matemos con pistolas, pero podemos matar con palabras, con gestos, con apreciaciones hacia los demás que son indignas de un discípulo de Cristo. Porque el discípulo de Cristo sabe que todo ser humano es imagen de Dios. Y a una imagen no se la rompe. Se la puede limpiar, a veces sin que se de cuenta Él. Acompañando. Estando a su lado. Mostrándole otras palabras distintas. Mostrándoles otros ejemplos…

Es camino, María. Es el camino que hoy nos ofrece nuestra Madre, queridos hermanos.

Que el Señor os bendiga. María es certeza. Es modelo. Es camino para todos los hombres. Y nosotros, que hemos escuchado la Palabra del Señor, ahora, teniéndola a Ella muy cercana, vamos a recibir a su hijo Jesucristo. A nuestro Señor. Lo vamos a recibirlo en el misterio de la Eucaristía, como tantas veces os lo estoy diciendo desde que soy vuestro pastor y obispo. A recibir a este Jesús que quiere que escuchemos su Palabra. Que nos alimentemos de Él. Que nuestra vida vaya creciendo porque nos alimentamos de Él mismo. Porque Él mismo en persona se hace realmente presente. El hijo de María, el mismo que estuvo en su vientre, el mismo al que acompañó la Virgen durante todo el tiempo… A veces a distancia. En el momento culmen, cuando iba a entregar la vida… Ahí estaba María. Porque quería hacernos ver que Cristo era la salvación. Y porque nos lo quiere seguir haciendo ver la Santísima Virgen María.

Así, esta noche, recibimos a Cristo. El hijo de Dios. El único que salva. El Señor de la vida. El que quiere entrar en nuestro corazón. Aquel que dijo, y nos dice esta noche: «Hijos, ahí tenéis a vuestra Madre». Pero nos la da para le tendamos la mano y la invitemos. No os podéis imaginar, en las fiestas de la Virgen, cuando yo voy a la cárcel a celebrar, cuando ponemos la imagen yo les invito a que salgan y le den la mano a la Virgen. Es impresionante.

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