Homilías

Lunes, 17 junio 2019 11:30

Homilía del cardenal Osoro en la clausura del Año Jubilar Mariano (15-06-2019)

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Queridos hermanos:

Nos reunimos en estas vísperas de la fiesta de la Solemnidad de la Santísima Trinidad para clausurar este Año Santo Mariano que tan profundamente hemos vivido en nuestra diócesis. Un año en el que todo el Pueblo de Dios, sacerdotes, religiosos y laicos, desde todas las vicarías territoriales, habéis realizado peregrinaciones, con la presencia de las vicarías sectoriales en muchos momentos del Año Santo; muchas gracias a todos. Han sido infinidad de parroquias, asociaciones, cofradías, instituciones educativas y otras instituciones sociales las que os habéis hecho presentes aquí en la catedral - santuario de nuestra Santísima Madre, Santa María la Real de la Almudena. Niños, matrimonios, familias, ancianos, jóvenes… hemos sentido la protección de la Santísima Virgen María y la llamada que Ella nos hace en nombre de su Hijo para convertirnos, siguiendo sus pasos, en discípulos misioneros. En nombre de toda nuestra Iglesia diocesana, quiero decir a la Virgen: gracias, Madre, hemos sentido tu cercanía y protección, tu compañía y tu ayuda.

Fue una gracia especial la salida que hice por las ocho vicarías territoriales con la imagen peregrina de la Virgen para dar en cada una tres catequesis teniendo de fondo el santísimo rosario, fueron 24 catequesis, donde pude ver la fe y la entrega del Pueblo de Dios y cómo se ponía este pueblo en manos de la Virgen.

De un modo especial quiero agradecer a todos los que hicieron posible esta realidad del Año Santo que hoy clausuramos: a quienes han estado en esta catedral día tras día aquí, sirviendo a todos los que llegaban; quiero agradecer a quienes permanentemente estuvieron: a las hermanas auxiliares parroquiales de Cristo Sacerdote, a don Jesús Junquera y a don Alberto Andrés, así como al diácono permanente Fausto, al equipo que trasladaba a la imagen peregrina y que me han seguido con gran esfuerzo y amor a esas 24 catequesis de las vicarías. Agradezco a la Comisión de Evangelización, D. Carlos, D. Gregorio y la Hna. Pilar, por el trabajo que hicieron para elaborar el material que nos entregaron para servir a todas las parroquias y que los grupos que se habían constituido en las mismas para el PDE, pudieran seguir reflexionando en este Año Mariano para, teniendo delante a la Virgen, convertirnos en discípulos misioneros. Gracias de corazón a todos. También a los sacerdotes que habéis hecho posible que vinieran los fieles a esta catedral.
Al clausurar el Año Mariano, siento en mi corazón resonar en estas vísperas de la solemnidad de la Santísima Trinidad las palabras que pronunció la Virgen María después de la Anunciación y de la Visitación: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». ¡Qué fuerza y hondura tienen hoy estas palabras para nosotros! Pues María ha experimentado en su vida quién es Dios: se le presentó como Padre y Creador de todo a través del ángel cuando le pidió que prestase la vida para ser Madre de Dios; vio su grandeza cuando le pidió a Dios una explicación: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». Y en la respuesta del Señor vio quién era Dios: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra»; y vio su grandeza en ya cuando comenzó la presencia de Dios en su vientre, sagrario singular de Dios entre nosotros. Aquí sí que podemos repetir con el salmista esas palabras que son una pregunta y que hemos cantado hace un momento: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?». Y descubrir la respuesta también de Dios: «Lo coronaste de gloria y dignidad». Gracias, Señor, por habernos mostrado que nuestra vida y nuestra elección para formar parte de tu Pueblo, es para ser discípulos misioneros, apasionados por mostrar tu rostro en estos momentos de la historia y de la vida de todos los hombres. Apasionados por dar a conocer como Santa María que Dios nos ama, que cuenta con nosotros, que vive para nosotros, que está a favor del hombre, que desea que esta humanidad sea una gran familia y que tenemos la misión de dar a conocer que todos los hombres somos hijos de Dios y por ello hermanos entre nosotros.

Al clausurar el Año Santo Mariano en estas vísperas de la solemnidad de la Santísima Trinidad, acogiendo la palabra de Dios como lo hizo María, quiero acercaros tres realidades que creo son esenciales para vivir un discipulado misionero: comunión, seguimiento y misión.

1. Comunión. Un Dios que es Padre de todos los hombres. Construyamos la comunión. Acojamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Acojamos a la Trinidad Santísima. Vivamos y construyamos la comunión en la Iglesia y desde Ella para todos los hombres. Un Dios preocupado y ocupado por dar y hacer sensible al corazón de todos los hombres el don de la filiación: saberse hijos de Dios y por ello hermanos de todos los hombres. A través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad congregada por el Hijo de Dios encarnado, vive en la sucesión de los tiempos edificando y alimentando la comunión en Cristo y en el Espíritu, a la que todos estamos llamados y en la que pueden experimentar la salvación donada por el Padre. Aquella misma comunión con el Dios Trinidad que experimentó la Santísima Virgen María. La comunión no es una palabra más, es un don con consecuencias muy reales, que transforma nuestra vida, pues nos hace salir de nuestra soledad y situarnos en las manos de Dios, nos impide encerrarnos en nosotros mismos y ver en los demás, todos los demás a mis hermanos. La comunión nos hace partícipes del amor que nos une a Dios y entre nosotros. La comunión es realmente la buena nueva, el remedio que el Señor nos ha dado contra la soledad, contra la marginación, el no poder desentendernos de los demás; la comunión elimina esa enfermedad del descarte que hoy amenaza a todos los hombres, es el don precioso que nos une hace sentirnos acogidos y amados por Dios en la unidad de su Pueblo congregado en nombre de la Trinidad. Somos un Pueblo en comunión y para la comunión. La comunión es la luz que hace brillar a la Iglesia en medio de todos los pueblos, que hace brillar aquí en Madrid ahora mismo lo que decimos: porque «si decimos que estamos en comunión con Él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como Él mismo está en la luz, estamos en comunión los unos con los otros» (1 Jn 1, 6-7).

La comunión eclesial, queridos hermanos, se funda en la persona misma de Cristo, exige fidelidad a la doctrina de la Iglesia, sobre todo mediante una recta interpretación, mediante una hermenéutica de la reforma dentro de la continuidad del único sujeto eclesial que el Señor nos ha dado.

2. Seguimiento. Un Dios que es Hijo. Acojamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Seguimiento al Hijo. El estilo de la comunión en la vida de la Iglesia manifestado expresamente por la Santísima Virgen cuando dijo en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga». Estemos siempre viviendo desde el centro que Cristo. Que siempre nos sirvan de guía esas palabras del Señor: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 359. Llevad las cargas los unos de los otros, compartid, colaborad, hay que sentirse responsables y corresponsables, es el espíritu que debe animar constantemente a nuestras comunidades. Este estilo de comunión exige o pide la contribución de todos: del obispo, de los sacerdotes, de los religiosos, de los miembros de la vida consagrada, de loa laicos, de las asociaciones, de las parroquias, que son como es tesela de un mosaico, en plena armonía entre sí, formarán una Iglesia particular viva, orgánicamente insertada en todo el Pueblo de Dios.

El seguimiento es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da, para hacer de nosotros un solo corazón y una sola alma. Así la Iglesia se manifiesta como sacramento o sea como signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano como nos recuerda el Concilio Vaticano II. Realicemos este seguimiento en la caridad, recordemos el himno al amor del apóstol san Pablo: la caridad es el corazón de la Iglesia. La eclesiología de comunión en el camino abierto por la Iglesia: dejemos de hablar de nosotros mismos y hablemos de Dios. Y dejemos que Dios hable a través de nosotros. Si lo seguimos, hablará a través de nosotros. Por eso, intensifiquemos nuestra comunión, convirtiéndonos al Señor y viviendo todo esto en comunión con el sucesor de Pedro que es garantía del vínculo de unión con Cristo.

3. Misión. Un Dios que es Espíritu Santo. Apasionándonos por la misión como lo hizo nuestra Madre la Virgen María, primera discípula misionera. La caridad es el alma de la misión: vivir el amor de Dios, con la fuerza y la gracia del Espíritu Santo y dando así rostro a Jesucristo nuestro Señor. Si la misión no está animada por el amor, por el Espíritu Santo, la estamos reduciendo en nuestra vida a una simple actividad filantrópica y social. A los cristianos se nos tienen que aplicar las mismas palabras de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5, 14). Ese mismo amor-caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de todos nosotros, de los creyentes. De ese modo, todo bautizado unido a la vid, coopera a la misión de Jesús que supone llevar a toda persona la buena nueva de que Dios es amor y por ello quiere salvar al mundo.

El amor de Cristo nos apremia, queridos hermanos. La misión brota de un corazón transformado por el amor de Dios como nos testimonian las vidas y las obras de los santos y de los mártires que alcanzados y sorprendidos por la Buena Noticia del Evangelio, por amor, no pudieron guardarlo para sí mismos. De ahí su trabajo, su misión, conocer al Señor y comunicar a los otros hasta donde nos lleva la belleza de la amistad con Él. El amor que Dios tiene por cada persona constituye el centro de la experiencia y del anuncio. Recordad ese encuentro de Jesús con Bartimeo, cuando no le dejaban acercarse. El Señor se vuelve y le pregunta a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Eso mismo nos dice el Señor a cada uno de nosotros esta noche. Y como Bartimeo, yo os invito a que le digamos al Señor lo que necesitamos para ser más personas, más discípulos, más hermanos, más hombres y mujeres de Dios. Bartimeo le dijo al Señor: «Que vea Señor, quiero ver». ¿Nosotros qué queremos? Porque nos dice el Señor hoy lo mismo. El amor de Dios da vida al mundo.

El auténtico celo misionero, que es el compromiso primario de todo cristiano y de toda comunidad eclesial, va unido a la fidelidad al amor de Dios. Y esto vale para todo cristiano, para la comunidad parroquial, para la iglesia particular y para todo el Pueblo de Dios. El amor es el alma y la fuerza de la misión, abierto siempre al Espíritu Santo, que es la expresión más bella, más honda y más profunda del amor de Dios. La fuerza de la misión está en el amor. Es el único criterio para saber si debe hacerse o no, si debe cambiarse o no. Labor para todos los corazones, que seamos transformados por el amor del Señor. No busquemos lo nuestro, busquemos lo de Cristo. No busquemos vuestras cosas, son las cosas de Dios las que tenemos que buscar.

Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio de Cristo. Nada hay más bello que conocerlo y comunicar la belleza de la amistad con Él. Esto asume una mayor intensidad si pensamos en el misterio de la Eucaristía a la que son especialmente sensibles hoy los jóvenes como nos acaba de recordar el Papa Francisco en la última exhortación apostólica Christus vivit: «Muchos jóvenes son capaces de aprender a gustar del silencio y de la intimidad con Dios. También han crecido los grupos que se reúnen a adorar al Santísimo o a orar con la Palabra de Dios». Y esto es cierto: todos los primeros viernes de mes, esta catedral se llena de jóvenes para adorar al Señor y para escuchar su Palabra. El mundo necesita de ese amor de Dios y por eso necesitan encontrarse con Cristo los hombres. Por eso la Eucaristía no es solamente fuente y culmen de la vida de la Iglesia, lo es también de su misión. Para realizar la misión encontrémonos con el Señor. Una Iglesia auténticamente eucarística es misionera; por eso de la Eucaristía surge el apostolado: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos a nosotros» (1 Jn 1, 3).

El Señor se hace presente entre nosotros una vez más en la Eucaristía, recibamos al Señor y anunciemos lo que hemos visto. Así haremos verdad lo que la Iglesia es: es misionera por su propia naturaleza, el mandato de Jesús alcanza el corazón de la Iglesia, nos alcanza a nosotros. Y desde hoy yo invito a toda nuestra Iglesia Diocesana a entrar en este próximo Plan Diocesano Misionero que nos lanza a la misión en tres ámbitos según han visto todos los grupo que participaron en el PDE: la familia, los jóvenes y la presencia social de los cristianos en el mundo.

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