Homilías

Lunes, 24 junio 2019 15:35

Homilía del cardenal Osoro en la solemnidad del Corpus Christi (23-06-2019)

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Querido señor nuncio de Su Santidad en España. Querido don Miguel Maury, nuncio en Rumanía. Querido don Antonio, obispo emérito de Ciudad Real. Queridos obispos auxiliares, don Santos y don José. Querido vicario general, vicarios episcopales, hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Queridos miembros de la corporación municipal, que os hacéis presentes en este día entrañable para todos nosotros. Queridos presidente de la Asamblea de Madrid, don Juan Trinidad. Querido don Jorge, general de brigada, general jefe segundo del mando aéreo: muchas gracias por su presencia. Queridos hermanos y hermanas todos.

Es un día entrañable para nosotros. En el misterio de la Eucaristía Dios se muestra tan cerca, tan cerca, de nosotros. Dios con nosotros y entre nosotros. Dios acompañando al hombre. Dándole su aliento y su vida. Siendo su alimento y su sustento. Es algo que nunca en mi vida, cada vez que celebramos la fiesta del Corpus Christi, puedo olvidar. Viene a mi mente y a mi corazón. Quizá me vienen aquellos recuerdos, cuando estudiante de Teología leía el sermón del Corpus cuando santo Tomás de Aquino tomó del quinto libro del Pentateuco el texto en el que se expresa la alegría de Israel por su elección. Dice así: «¿Qué nación hay tan grande que  tenga dioses tan cercanos a ella como lo está nuestro Dios?».

Queridos hermanos: esto es lo que expresamos también nosotros en esta fiesta del Corpus. ¿Qué pueblo, el pueblo del Señor, tan grande, tan maravilloso, que puede decir que tiene cerca, a su lado, que pueda establecer una comunión con nuestro Dios? Por eso, quiero acercar a vosotros tres realidades, que me parece que son esenciales, y que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios. Somos bendecidos, queridos hermanos. Bendecidos por Dios, en primer lugar. En segundo lugar, sintamos el gozo de la presencia real de Cristo entre nosotros. Y, en tercer lugar, vivamos esa comunión con Cristo. Que Él nos sana. Él nos alimenta. Él nos vincula: nos vincula a Él y, por Él, nos vincula a todos los hombres.

Benditos y bendecidos por Dios. Hoy también nosotros, como nos decía esa primera lectura que hemos escuchado del libro del Génesis, sentimos la alegría que sentía Melquisedec, rey de Salec, y bendecimos a Dios, creador del cielo y de la tierra, porque Dios está con nosotros. Porque podemos ver y contemplar cómo el Hijo de Dios, revelador del rostro de Dios, se queda con nosotros, prolongando así su presencia iniciada en la Encarnación. En el misterio de la Eucaristía, es Dios mismo el que se queda con nosotros. Y esto lo celebramos. La presencia real de Cristo en el misterio de la Eucaristía no es algo pasivo, sino que es una fuerza que nos coge, y nos absorbe, y nos introduce en ella.

Qué bien lo expresó san Agustín en su devoción a la comunión. Antes de su conversión, san Agustín había caminado mucho sobre la corporalidad del misterio cristiano. Pero tuvo una voz en lo más profundo de su existencia, que le decía: «Yo soy el pan de los fuertes. Cómeme. Pero no serás tú el que me transformes a mí, sino que seré yo quien te transformaré a ti en mí». Queridos hermanos: esto es lo que estamos celebrando. Bendecidos. Porque este Dios se acerca a nuestra vida, se acerca a lo más hondo de nuestra existencia. Y nos cambia. Nos hace ser Él en medio de los hombres.

Quiero agradecer sinceramente, y lo he dejado para este momento, a quienes están representando a Cáritas diocesana aquí, esta mañana, que habéis visto que en la entrada hay mesa de propaganda de Cáritas. Porque, queridos hermanos, si no nos transformamos, como decía san Agustín, transformados todos nosotros a ti. Transformados en Él. Y entonces ocupados de todos los hombres, y de todas sus necesidades. En nuestra relación con Cristo, el centro es Él. Él es el protagonista. Cuando comulgamos verdaderamente, eso quiere decir que somos despojados de nosotros mismos y asimilados a Él. Y por Él. Que somos hechos uno con Él, a través de Él, con la comunidad de hermanos. Bendecidos. Y por eso esta mañana nos surgen a nosotros también decir aquellas mismas palabras de san Agustín, cuando dice sin miedo: «tarde te amé, hermosura tan antigua y siempre nueva. Tarde te amé. He aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera. Y por fuera te buscaba. Estabas conmigo, y yo no estaba contigo. Me llamabas, me gritabas, y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera». Hoy el Señor, queridos hermanos, viene a curarnos la ceguera. A decirnos que está a nuestro lado. Que si le acogemos a Él en nuestra vida, seremos Él en medio de los hombres. Y Él sana. Él cura. Él da libertad. Él engendra relaciones de comunión con todos los hombres.

Bendecidos. Somos bendecidos, hermanos. En este día y en esta fiesta. Somos benditos porque el Señor nos pone en el camino de buscar y de encontrarnos con la verdad, que es Cristo. Para vivir el bien. Estamos siempre impulsados por el deseo incansable de vida, de saber cómo vivir, de conocer la realidad profunda del hombre, las necesidades urgentes del ser humano… Qué bueno es que este Dios se haga cercano a nosotros y nos haga ver el rostro humano de Dios. Encontrarnos con Dios, que nos abraza, que nos guía, que da sentido a la historia, que da sentido a nuestra vida personal y colectiva. Bendecidos.

En segundo lugar, queridos hermanos, estamos celebrando la presencia real de Cristo. Abiertos a la libertad en comunión con Él. Hemos escuchado, en la segunda lectura que hemos proclamado, estas palabras del apóstol Pablo: «esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». En el lenguaje bíblico, cuerpo significa la totalidad de la persona, en la cual lo corporal y lo espiritual son inseparables. Precisamente por eso, «esto es mi cuerpo» significa: esta es la totalidad de mi persona. La índole de esa persona la experimentamos a partir de las palabras que siguen: «que se entrega por vosotros». Es decir, el ser de esa persona es un ser para los demás. Y, queridos hermanos, ¿lo veis?, la lógica que tienen esas palabras que nos decía san Agustín cuando escuchó en lo más profundo: «cómeme. Porque no serás tú el que me transformes. Seré yo quien te transformaré a ti en mí».

Queridos hermanos. Esto es la totalidad de la persona del Señor, que se entrega y me transforma en ser para los demás. De tal modo que su esencia más intima la constituye el entregarse. Y se trata de una persona en su integridad. Una persona que está abierta, que se entrega, que comparte, que se da, que libera, que enriquece, que nos hace ver en los demás hermanos.

Queridos hermanos: hace años leía de Albert Camus cómo describía la situación trágica de la relación humana hablando de esa relación como si dos personas estuvieran separadas por la pared de cristal de una cabina telefónica. Se ven, pero no se comunican. Están próximos, pero esa pared les hace mutuamente inaccesibles. Así permanece el ser humano sin la comunión con Dios, vivida y realizada en Cristo. Es cierto. El ser humano puede vivir centrado en el cuerpo material y cegarse egoístamente de tal manera que el cuerpo es obstáculo y barrera para la comunión. Pero puede vivirse de forma contraria, abriéndose a la libertad. Abriéndose al otro porque es mi hermano sin más. Como expresión de libertad del hombre que se entrega. Precisamente de esto hablamos cuando decimos que Cristo ha resucitado. Que con Cristo hemos resucitado nosotros.

Sí, queridos hermanos. Jesús fue absoluta entrega de sí mismo. Por eso, haber resucitado significa ser susceptible de comunión. Estar abierto. Ser Él que se regala. De ahí que comulgar es entrar en una comunión con Cristo. Y significa entrar por Él. El único que puede superar los límites. Abrirnos a un horizonte amplio y total hacia los demás. El único que nos entrega la Resurrección, que hace que nos abramos a todos los hombres, que nos abre a la libertad y a la comunión con todos, q darnos por todo en lo que somos, sin guardar nada, es Jesucristo nuestro Señor. De ahí que la presencia real de Cristo para nosotros es absolutamente necesaria para entender que es la abertura a la libertad donde vivimos esa comunión de la que nos habla el resucitado.

Queridos hermanos: la presencia real de Cristo nos exige vivir en la humildad de la fe. Es decir, en la humildad de la encarnación de Dios, que debe corresponder con la humildad de nuestra fe. Esa que abandona la soberbia; que se inclina entrando a formar parte del cuerpo de Cristo; que vive con la Iglesia, y solo así entra en comunión concreta con el Dios vivo. Nos lleva a vivir para los demás siempre. Esto nos lo hace entender mejor unas palabras también del propio san Agustín, queridos hermanos, cuando nos dice en las Confesiones: «aterrado por mis pecados, por la carga de mi miseria, había trazado en mi corazón y pensado en huir a la soledad, pero Tú me detuviste y me animaste diciendo que Cristo murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que por ellos murió».

Qué palabras, queridos hermanos. La presencia real de Cristo no nos cierra en nosotros. Nos abre a la comunión. Nos quita de la soledad. Nos quita de huir de los demás.  Incluso de aquellos que a mí alomejor no me parece. Pero, queridos hermanos: Cristo murió por todos. Para que todos los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió. Vivir con humildad. Sabiendo que tenemos la vida de Cristo, queridos hermanos. Que tenemos esa vida. Y esa vida nos hace entender el sermón de la montaña. ¿Os dais cuenta, queridos hermanos, que en el sermón de la montaña Jesús habla: dichosos los pobres, los que sufren, los que lloran…? Hay un catálogo de situaciones que pueden corresponder a las nuestras. ¿Por qué se sentían felices aquellos hombres? Porque la primera bienaventuranza es Cristo mismo. Y cuando uno se encuentra con la primera bienaventuranza, uno rompe con todos los límites que tiene. Y logra acoger la verdad de este Jesús que se entrega por todos nosotros, queridos hermanos.

Y, en tercer lugar, vivamos en la comunión. Habéis escuchado en el Evangelio: sanados, alimentados, vinculados a Cristo, que se entrega por nosotros, que nos cura, que nos salva y nos vincula a vivir en la comunión con todos los hombres cuando decimos después que esté presente el Señor en el altar: este es el sacramento de nuestra fe, o este es el ministerio de nuestra fe. Con esta expresión decimos inmediatamente después de la consagración que proclamamos el misterio a celebrar. Sí. Que manifestamos la admiración en esa conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor, realidad que supera toda comprensión humana. Por eso, cuanto más vivamos en la fe de la Eucaristía el pueblo de Dios, más profunda será nuestra participación eclesial, porque vivimos en la comunión con Cristo y la participación en la realidad social que nos toque vivir.

La Eucaristía, queridos hermanos, es constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Nos lo ha dicho el Evangelio que hemos proclamado: Jesús se puso a hablar, y curó a los que lo necesitaban. Pero además se da a sí mismo. No basta decir y curar. Es necesario dar todo lo que uno es. Se dio en la dignidad. Se dio en la Resurrección. Y lo hizo en la realidad que tenían: solamente había cinco panes y dos peces, pero se entregó a todos y cada uno, y era una multitud. Los apóstoles no lo podían hacer. Como nosotros: no tenemos nada más que cinco panes y dos peces, dijeron los apóstoles. Queridos hermanos: Jesús sí lo puede hacer, porque en manos de Dios, y de la mano de Dios, todos pueden comer y saciarse.

En el día del Corpus Christi, Cáritas nos recuerda esta realidad. Curemos, hermanos. Hagamos obras. Pero solamente serán verdaderas si las hacemos en una comunión viva con nuestro Señor Jesucristo. Entrando en su Resurrección. Viviendo eucarísticamente. Eucaristizar nuestra vida, nos decía san Manuel González, el obispo del sagrario. En la antigüedad cristiana se designó con las mismas palabras, Corpus Christi, el cuerpo nacido de la Virgen María, el cuerpo eucarístico, el cuerpo eclesial de Cristo. Qué bonito es esto, queridos hermanos. ¿Sabéis lo que somos? El cuerpo eclesial de Cristo. Que, cuando salimos, hacemos lo que hemos vivido en la comunión con Cristo. Decimos, en la segunda plegaria eucarística: «que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». La Eucaristía incluye la unidad. No la dispersión.

Queridos hermanos: sed hombres y mujeres de comunión. El que acoge a Cristo en su vida, no puede poner barreras. No puede tirar y derribar puentes. No puede poner muros. No puede estar en sospecha permanente. El que acoge a Cristo, sabe que hunde sus raíces en la comunión con Él. Como la Iglesia. Una Iglesia que hace y vive desde esa verdad radical que se nos entrega en la Eucaristía. Yo os invito hoy a contemplar este misterio. La Eucaristía nos compromete, y nos llena, y lleva al servicio de los demás, al testimonio, a la solidaridad por los hermanos, a la vivencia en definitiva del amor nuevo: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

En este día del Corpus, queridos hermanos, yo pongo a toda nuestra Iglesia diocesana, a toda la Iglesia, en manos de nuestra Santísima Madre, la virgen de la Almudena. La decimos: danos tu mano, Santa María, guíanos, para que aprendamos de ti a contemplar a tu hijo, a experimentar su cercanía hacia nosotros, a divinizar desde la comunión como Él nuestra humanidad, y a hacer las obras que Él realizó. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Que Cristo resucitado, que se hace presente realmente en el misterio de la Eucaristía, nos haga sentir el gozo de la comunión, por supuesto de su presencia real, y de esta bendición que nos hace a todos nosotros.

Queridos hermanos que seguís esta celebración a través de TRECE televisión: que sintáis el gozo también de encontraros con Jesús. Cambia nuestra vida. Cambia las relaciones. Cambia el modo de convivir nosotros. Por eso, el pasear por las calles hoy a nuestro Señor es una manifestación pública de que es posible un cambio en lo más profundo del corazón del hombre para darnos la mano todos. Y mirarnos como nos mira Cristo: como hijos de Dios, y como hermanos de todos los hombres.

Amén.

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