Homilías

Miércoles, 11 septiembre 2019 16:44

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de inicio de curso de la Curia (5-09-2019)

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Queridos hermanos obispos, don Jesús, don José, don Juan Antonio y don Santos. Queridos hermanos vicarios episcopales, vicario general. Queridos hermanos sacerdotes, seminaristas. Queridos hermanos y hermanas todos lo que hoy nos reunimos porque iniciamos este curso nuevo pastoral en nuestra curia diocesana, y porque el Señor, como nos decía el salmo 97, quiere seguir dando a conocer su salvación a todos los hombres.

Iniciamos este curso con el comienzo de un Plan Diocesano Misionero. Todos sabéis que hemos estado, en los tres años anteriores, con el Plan Diocesano de Evangelización, viendo los retos que los cristianos experimentaban que tenía en estos momentos la Iglesia que camina en Madrid. Y, ciertamente, en todos los grupos que trabajaron, se recogieron todas las aportaciones que ellos hacían; y es verdad que fueron muchos los retos que tenemos, pero, con respecto a todas las demás, una mayoría muy grande apuntaron los grupos tres retos que son esenciales para nosotros. Y, por ser mayoría también, y lo que había dicho la gente que había trabajado, me parecía que era bueno acogerlo. Son: el tema de la juventud, el tema de la familia y el tema de la presencia de los laicos en la vida social, en el mundo.

El año pasado tuvimos un año especial, Mariano, celebrando los 25 años en que Pedro - entonces Juan Pablo II- inauguraba esta catedral. Y Pedro -hoy Francisco, pero es el mismo- está hoy precisamente en un viaje misionero por las tierras de África. Nos está invitando a salir. Nos está invitando a acercar la vida de Jesucristo a todas las situaciones que estén viviendo los hombres. Y, en ese sentido, nosotros hemos hecho, para este próximo trienio, un Plan Diocesano Misionero, en el que vamos a trabajar al mismo tiempo, durante los tres años, esos tres retos que los cristianos de Madrid han dicho que son importantes y esenciales. Que es verdad que coinciden con los retos que la Iglesia a nivel universal ha vivido, especialmente sobre todo en los dos últimos sínodos: el sínodo de la familia, el sínodo de los jóvenes, y ese intento que el papa insiste tanto en que los cristianos estemos presentes en medio del mundo. ¿Por qué? Porque, como hemos escuchado en el salmo que hemos recitado juntos, el Señor quiere dar a conocer su victoria. Quiere revelar a todos los hombres su justicia, que no es la justicia de los hombres: es la justicia de Dios, que va más al fondo, más adelante, e incluso también más atrás. Quiere hacer que los hombres contemplen la victoria de nuestro Dios. Que aclamen a Dios. Y precisamente por eso, nosotros comenzamos también este Plan Misionero Diocesano, que quiero invitar a todos los que formamos parte de la Curia diocesana a que trabajemos en él.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos invita fundamentalmente a tres actitudes: conocer, prestar y entrar.

Conocer. No iniciamos el Plan Diocesano Misionero de cualquier manera. Como os decía antes, hemos tenido el año pasado el Año Mariano porque queríamos fijarnos en qué expresión cristiana ha querido nuestro Señor que todos los discípulos entrásemos en el mundo. Y es verdad que lo hemos encontrado en su Santísima Madre, la Virgen María. Fue un Año Mariano, Santo, en el que la cercanía de María la hemos palpado. Y en el que María nos ha remitido a hacer verdad lo que hoy la Palabra nos dice: conozcamos más y más a Jesucristo. No se puede salir a anunciarle sin conocer más y más a Jesucristo, como hace un instante nos decía el apóstol Pablo en este texto de la Carta a los Colosenses. Decía Pablo, refiriéndose a los Colosenses: «No dejamos de rezar a Dios por vosotros, para que sigáis teniendo un conocimiento perfecto de Cristo, un conocimiento de su sabiduría, una inteligencia espiritual que nos es regalada por nuestro Señor».

Conoced al Señor. Su voluntad. Su sabiduría. Agradadle en todo. Fructificando en obras buenas siempre. Y todo esto no por nuestras fuerzas, sino que sabemos que el poder y la gracia de nuestro Señor nos da fuerza, nos da paciencia, nos da magnanimidad y nos ofrece también esa alegría que no nace del triunfo de la vida, sino que nace del abrazo que Dios nos da permanentemente. Conocer a Dios. Y hacer posible que, en ese conocimiento, nosotros compartamos siempre con los que nos encontremos la herencia que el Señor nos ha dado. Esa herencia que nos ha sacado, como decía el apóstol, de las tinieblas, y nos ha mostrado la luz que aparece en nuestro Señor Jesucristo.

Por eso hoy, queridos hermanos, nosotros, como nos decía el Evangelio en el mismo comienzo, en esta página de san Lucas, en el capitulo 5, nosotros también nos agolpamos alrededor de Jesús, para oír la palabra que el Señor nos da. Yo quise hacerlo visible. Y por eso el día 5 de octubre, si Dios quiere, aquí, en la catedral, vendrá el Cristo de Medinaceli. Estará todo el día, para que la gente pueda rezarle, pueda… terminará por la noche con una procesión desde la catedral hasta el lugar donde Él está, en el santuario de Medinaceli. Yo os invito… es un gesto, pero es verdad que quiere hacernos ver que solo conociendo a Jesucristo podemos hacer este Plan Diocesano Misionero. Solo conociendo al Señor podemos salir a dar a conocer a Jesucristo. Conocer.

En segundo lugar, prestar. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado, queridos hermanos: había dos barcas, vacías, aparcadas, y Jesús se las pidió a los pescadores que habían desembarcado. Esas barcas podemos ser cada uno de nosotros. Pueden ser todos los cristianos que formamos parte de nuestra Iglesia diocesana. Como las barcas, prestemos nuestra vida para Jesús se suba, entre en nuestra existencia. Y, además, entre en nuestra existencia y Jesús pueda hablar desde nuestra vida, como hablaba desde las barcas. Nos dice que sentado, es decir, con autoridad. Y enseñaba. Seamos capaces todos de prestar nuestra existencia, prestar nuestra vida para que el Señor hable.

Por tanto, queridos hermanos, conozcamos a Jesús. Prestemos nuestra vida para que el Señor hable. Para que el Señor se dirija. Jesús, cuando hablaba, no se quedaba en palabras: curaba, amaba, hacía experimentar a los hombres con los que se encontraba el cariño y el abrazo de Dios, que cree en la persona, que cree en sus posibilidades, que se acerca a todos sin excepción, que no hace un grupo aparte.

Y en tercer lugar, no solamente hay que conocer y prestar la vida, sino entrar en la profundidad. Rema mar adentro, le dijo el Señor a Pedro. Podemos tener la tentación, también nosotros, de decir: maestro, pero si estamos haciendo lo mismo siempre, repitiendo cosas, y no hemos cogido nada. Pero ojalá seamos como Pedro: por tu palabra, echaré las redes. Entra en la profundidad.

Nos ha dicho el Evangelio que, en la orilla, el Señor le dijo a Pedro: entra, sigue adelante. Los que somos de mar, aunque no entremos en la profundidad de las aguas, porque ya no tenemos la agilidad que teníamos antes, sabemos que en la superficie del mar hay oleaje, sobre todo en el Norte, y cuando entras, sin embargo, y buceas un poco, en la profundidad hay calma. Para dar profundidad a las cosas, esto es lo que quiere decir el Señor: entra, entra en la profundidad, no te quedes en la superficie agitada.

Pero estas palabras son para todos nosotros, queridos hermanos. No nos quedemos en los dimes y diretes. No nos quedemos en eso. Entremos en la profundidad. En la profundidad de la misión de la Iglesia. En la profundidad de esta Iglesia que sigue caminando con Pedro. Yo os lo digo de verdad: para mí Pedro me envió a Orense, el mismo Pedro que me ordenó de obispo me envió a Asturias, sigue Pedro enviándome a Valencia que era Benedicto XVI, y sigue enviándome Pedro a Madrid que es Francisco. Pero es Pedro.

Entra en la profundidad. No hagas daño a la Iglesia. No hagas daño a la misión de la Iglesia. No perturbes la misión de la Iglesia. Echa las redes. Es necesaria la fe, queridos hermanos. Es precioso ver a Pedro decir al Señor: por tu palabra, echaré las redes.

Esta es la experiencia que el Señor nos pide: conocerlo, prestar la vida y entrar en la profundidad. Hicieron tal redada, nos dice el Evangelio, que necesitaron otra barca vacía para llenarla de peces. Hay un acto de fe que es necesario para salir a la misión, queridos hermanos. Acto de fe que hizo Pedro cuando se arroja a los pies de Jesús, nos dice  el Evangelio, y le dice: Señor, perdóname, perdóname, soy un pecador, apártate de mí. Jesús lo incorporó a Él. Y Pedro lo siguió. Lo importante no es, quizás, las dudas que tenía Pedro. Lo importante es que Pedro se arrodilla ante el Señor y lo sigue.

Pues, queridos hermanos: entremos en esta profundidad. Solo desde aquí entenderemos el Plan Diocesano Misionero. Si no, una cosa más. Otra cosa más. Si no entramos en el misterio de la Iglesia, que quiere apostar por entregar a todos los hombres que se encuentren en el camino el anuncio de Jesucristo, en todas las realidades que tenemos nosotros; porque la Iglesia se vale de los medios reales, de los que tienen los hombres para anunciar el Evangelio. Y por eso necesitamos de la economía, y necesitamos de la catequesis, y necesitamos de la Palabra y de comprender cada día más y mejor, y necesitamos de la liturgia, y necesitamos celebrar la fe, y necesitamos el compromiso de los cristianos en la vida social, y necesitamos ayudar a que el amor de Jesús llegue al corazón de todos los hombres, y que la mirada de Jesús llegue a todos los hombres. Y por eso necesitamos acción caritativa, acción social, y los medios de comunicación para hacer llegar esta noticia de Jesucristo a los hombres.

Queridos hermanos: veis que la Palabra del Señor, que es la que hoy se proclama en toda la Iglesia, los textos de la lectura continua son una llamada a todos nosotros, cariñosa, del Señor, como la que le hizo a Pedro: cuento con vuestras barcas; cuento con que vais a conocer cada día más y mejor a nuestro Señor; que prestáis la vida, la que tenemos: con los límites que tiene, pero la prestamos, porque el Señor quiere subir a esta barca mía, y el Señor me pide que entre en esta profundidad: es la profundidad que descubrimos en el misterio de la eucaristía, donde el Señor se hace realmente presente; Jesús resucitado, el que se apareció a Pedro; el mismo que le dijo  a Pedro: echa la red; el mismo que le dijo a Pedro: ¿me amas?, ¿me amas más que estos?, y Pedro respondió: sí, Señor, tú sabes que te quiero. Yo creo que esto es lo que todos los que estamos aquí esta mañana queremos decirle al Señor: tú sabes, Señor, con los límites que tenemos, que te queremos. Y queremos prestarte nuestra barca.

Esto es lo que yo os quería decir al inicio de curso. Que el Señor nos bendiga y que la Santísima Virgen María, que siempre nos acompaña, pero que el año pasado nos tuvo un acompañamiento especial, en esta advocación nuestra de Nuestra Señora de la Almudena, sigamos teniéndola junto a nosotros, porque Ella siempre nos alienta y nos hace escuchar aquella palabras que salieron de su boca también a los que necesitaban que el Señor se hiciese presente para poder celebrar la fiesta, y que necesitamos nosotros: haced lo que Él os diga.

Por eso, vamos a encontrarnos con Cristo. Que nos dice que demos la vida. Que seamos hermanos. Que no creemos conflicto. Que seamos hombres y mujeres de acción bondadosa siempre a los demás. Que no nos detengamos en el defecto, sino que entremos en la profundidad, que es ver la imagen de Dios en cada ser humano que nos encontremos. Que así sea.

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