Homilías

Viernes, 13 septiembre 2019 14:18

Homilía del Cardenal Osoro en la Misa de inicio del año judicial (9-09-2019)

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Querido sacerdote, don Silverio. Queridos hermanos sacerdotes y diáconos. Excelentísimo señor presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Excelentísimo señor presidente del Tribunal Constitucional. Magistrados. Y personal de la administración de justicia.

Yo os agradezco el que el comienzo de vuestros trabajos en este curso lo realicemos iniciando este trabajo en esta celebración de la Eucaristía, con la convicción absoluta de lo que nos decía hace un instante el salmo 61: «De Dios me viene la salvación y la gloria».

Como hemos repetido, es esperanza, es roca, es salvación, nos fiamos de Él, desahogamos en Él nuestro corazón.

La palabra que el Señor entrega a la Iglesia en este día nos habla precisamente, en primer lugar, de aprender de Cristo siempre. En la persona de Cristo se encierran todos los tesoros del conocer, como nos decía hace un instante el apóstol Pablo en este texto de la carta a los Colosenses. Se encierran todos los tesoros. Se encierra la sabiduría. Y Dios ha querido dar a conocer la gloria y la riqueza por Jesucristo nuestro Señor. Este misterio, en quien está encerrado todo el saber y todo el conocer, por supuesto que tienen que ver con vuestro trabajo en búsqueda, también, de la justicia.

En el transcurso de vuestros años de trabajo, habéis experimentado que la búsqueda de la justicia duradera siempre es una misión que compromete; que os pide un trabajo arduo, constante, sin tregua; que, como decía el Papa en la Jornada mundial de la Paz de este año, es como una flor frágil: trata de florecer entre las piedras siempre. Pero florece, la justicia. Y, por tanto, nos reclama a todos nosotros el seguir diciendo con determinación, sin fanatismos, con valentía, sin exaltación, con tenacidad pero con inteligencia: no a la injusticia que destruye siempre la paz entre los hombres y la reconciliación.

Y la justicia sabemos que no solo es la ausencia de injusticia, sino el compromiso incansable, especialmente de aquellos que tenéis una responsabilidad amplia de reconocer y de garantizar y reconstruir concretamente esa dignidad que tantas veces olvidamos o ignoramos de todos los hombres. Para que puedan sentirse los principales protagonistas del destino de este mundo, pero haciéndolo sin perder de vista que la justicia es, de alguna manera, ese caldo de cultivo que provoca siempre el bien entre nosotros.

Una cultura de la justicia es, precisamente, lo que el apóstol nos indica también cuando nos dice que aprendamos de Cristo a descubrir los tesoros del saber y del conocer. Una cultura de la justicia requiere un proceso constante, en el cual cada nueva generación se siente involucrada por un camino que tiene que ser el que propicie siempre la cultura del encuentro. Y puede impregnar todo: reconocer al otro, estrechar lazos, tender puentes. Y, en este sentido, es importante t fundamental vuestro trabajo.

Yo, sinceramente, teniendo la fuerza de la palabra del Señor, os lo agradezco. Porque, como nos decía el apóstol hace un instante, aprendemos de Cristo esos tesoros donde se encierra el saber, el conocer, y también vuestro trabajo.

En segundo lugar, hemos escuchado el Evangelio, que nos hablaba y nos hacía en primer lugar una pregunta: una pregunta sobre la justicia. ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o hacer el mal? Es verdad que había grupos en tiempos de Jesús, como nos dice el Evangelio, los escribas y fariseos, que estaban al acecho para saber si curaba en sábado el Señor. Para tener algún motivo de acusación. Por eso, qué importante la pregunta qué les hace: ¿qué está permitido, hacer el bien o hacer el mal?.

Qué maravilla, queridos hermanos, hermanas, que vosotros, en vuestro trabajo, también tenéis esta pregunta, porque buscáis siempre el bien, buscáis el que se logre el bien. El bien es la justicia, el bien logra la paz, el bien nos entrega a los hombres la capacidad para vivir en la reconciliación. Pero, al mismo tiempo, el Evangelio da una sentencia, como habéis escuchado una sentencia justa: Jesús echó una mirada a los que estaban a su alrededor, y le dijo a aquel hombre, que quería hacerle un bien, porque quería recuperarlo: extiende tu brazo. Y nos dice el Evangelio que quedó restablecido. Quedó curado. Curado. Es verdad que a los que buscaban hacer daño, eliminar a quien quería curar, y por tanto hacer justicia, es verdad que aquello les sentó mal, porque no querían hacer el bien en aquel caso. Les importaba más una situación que era secundaria que la situación principal, que es que el corazón del ser humano esté reconciliado consigo mismo y esté reconciliado también con los demás. Por eso, a esta pregunta sobre la justicia hay una sentencia justa que es la que da Jesús: su brazo quedó restablecido.

Queridos hermanos: que vuestros trabajos, durante este curso que iniciáis, sean precisamente para restablecer esa justicia, y esa paz que nace también de la justicia, en todos los hombres y en todas las situaciones por las que estáis trabajando. Que el Señor bendiga durante este año vuestros trabajos y os de el conocimiento de esa sabiduría que Jesucristo, una vez más, nos entrega con su presencia real, en el misterio de la Eucaristía.

Que el Señor os bendiga siempre.

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