Homilías

Domingo, 15 septiembre 2019 17:55

Homilía del cardenal Osoro en la Misa inaugural de 'Paz sin Fronteras' (15-09-2019)

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Queridos hermanos y hermanas:

Al reunirnos en este domingo en el que comenzamos este Encuentro Internacional Paz sin Fronteras en Madrid, recibid la acogida de la Madre Iglesia en esta celebración de la Eucaristía, donde la compasión y la misericordia de Dios tienen una presencia y manifestación clara. Solo el Señor crea en nosotros un corazón puro y nos renueva por y desde dentro, impulsándonos con su Espíritu y abriéndonos los labios, para que desde lo más hondo de nuestra existencia hablemos del Dios de la paz y lo alabemos por siempre.

Queridos hermanos, la Palabra de Dios que hemos proclamado, nos muestra tres realidades de nuestra existencia: cercanos, invadidos, escogidos. 1) Cercanos a Él y contagiados por su misericordia y compasión; 2) Invadidos por su gracia, con el regalo de la fe y del amor, y 3) Escogidos e invitados a regalar su misericordia y amor.

Nuestro encuentro hoy tiene un significado singular. Nos hemos reunido aquí en Madrid personas llegadas de diferentes partes del mundo con una tarea: la paz. Es decir, vincular nuestra vida y esfuerzos a construir la cultura del encuentro, haciendo este trabajo con realismo encarnado, no desgajados de la memoria pero sin buscar refugios culturales a quien nos funda; viviendo desde un universalismo integrador a través del respeto a las diferencias; en el ejercicio del diálogo, abriendo siempre espacios de encuentro y desde una apertura a la vivencia religiosa con un compromiso personal y social. Gracias, Señor, por estos días que iniciamos de encuentro, reflexión y compromiso.

Desde la Palabra de Dios que acabamos de proclamar, me permito acercar su luz con tres ideas que resumen lo que el Señor nos quiere decir hoy:

1. Acercaos. Acercaos a Él y contagiaos con su misericordia y compasión (Ex 32,7-11. 13-14). El Señor nos dice a todos los hombres lo que dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, […] se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: este es tu Dios». Hermanos, ante la cultura del fragmento o de la no integración, se nos está pidiendo en estos momentos de la historia no favorecer nunca a quienes pretenden capitalizar el resentimiento y el olvido de nuestros orígenes; ambas tareas debilitan vínculos. Cuando olvidó a Dios, el pueblo de Israel se hizo ídolos que dividían a los hombres, se olvidó de quien le había creado y liberado de la esclavitud. Y fue Moisés quien intercedió por su pueblo ante Dios. Asumió el compromiso de hablar a Dios para que su misericordia viniese sobre ellos. Hoy el Señor nos está invitando a trabajar con el realismo de la encarnación para crear más cauces de encuentro entre los hombres, más relaciones entre todos los creyentes, pues Dios siempre es un Dios de paz y no de guerra. Nos invita a recordar que seamos fieles a nuestro origen: ha sido el Señor quien nos ha sacado de la esclavitud y somos a quienes Él prometió multiplicar.

Por otra parte, desea que no nos desgajemos de la memoria: «Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo diciendo: multiplicaré vuestra descendencia […] y toda esta tierra […] se la daré a vuestra descendencia para que la posea siempre». La memoria es potencia unitiva, es potencia integradora. La memoria viene a ser el núcleo vital de un pueblo, permite reencontrarse con los principios y redescubrir la misión. Y hoy se acerca el Señor a nosotros para que caigamos en la cuenta de quiénes somos, pues hemos de buscar el modo de entender al ser humano en su origen. Fuimos creados a imagen de Dios, por tanto, creados para el encuentro, no para la división. No estemos divorciados con nosotros mismos; vivamos desde la llamada que todos tenemos a la trascendencia. Caer en la cuenta de que no son las corrientes de moda, ni los sentimientos del momento, ni las opiniones llenas de suficiencia que en el fondo ocultan desconcierto, las que nos ayudan al encuentro. Quien nos ayuda al encuentro es quien estuvo desde el principio con los hombres, quien nos creó a su imagen, para vivir unidos, buscando siempre la paz e intentando hacer de nuestro mundo una casa de familia. Por ello, acerquémonos a Él y dejémonos contagiar por su misericordia y compasión. Este contagio nos hará personas de encuentro.

2. Invadidos. Invadidos por su gracia con el regalo de la fe y del amor (Tim 1, 12-17). Hay que entrar en la cultura de la globalización desde el horizonte de la universalidad, nos incorporamos en armonía todos, sin renunciar a lo nuestro, a algo que nos trasciende. Y ello no se puede hacer por vía del consenso, sino del diálogo que es la vía más humana de comunicación. Tenemos la urgencia de instaurar espacios de diálogo que destruyan prejuicios y construyan siempre en función de la búsqueda del común, del compartir, con un trabajo y un proyecto compartidos. ¡Qué bien nos lo ha dicho el apóstol san Pablo en ese diálogo que mantiene con Timoteo! ¡Qué apertura comunica san Pablo después de vivir el encuentro con Jesucristo!

La confesión paulina de la obra que hizo Jesucristo en él, que se fió de su persona y le confió el ministerio, tiene una fuerza extraordinaria para nosotros también. El Señor se ha fiado y ha tenido compasión; derrocha su gracia en nuestras vidas, pues nos ha dado la fe y su amor. Y nos la dio para que ese derroche de amor lo mostremos con nuestra vida a todos los que encontremos en el camino. Hagamos puentes para comunicarlo, construyamos pistas por donde todos puedan pasar. Sí, nos dio la fe y el amor, que nos regalan una visión absolutamente nueva del hombre y de todo lo que existe, donde nadie sobra y todos tienen un lugar, donde nadie estorba sino que todos somos necesarios. La presencia de Dios en nuestra vida es una fuerza creativa, dinamiza hacia la belleza, la bondad, el bien y el encuentro. Nos hace descubrir lo que san Pablo vivió cuando nos dice: «Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero». Mantengamos vivas las huellas de Jesús para derrochar y comunicar la gracia. Entremos y mantengamos en medio del mundo esta corriente de gracia, siendo hombres y mujeres de fe y comunicadores del amor mismo de Dios.

3. Escogidos e invitados. Escogidos e invitados a regalar su misericordia y amor. Nosotros somos la Iglesia que, tejida por la caridad del Espíritu Santo, se encuentra con el Señor y con todos los hombres. Nos sabemos escogidos e invitados a proponer y regalar a todos los hombres la misericordia y el amor de Dios. Tres parábolas revelan el rostro que se manifiesta en Jesucristo y que el Señor quiere y desea que se manifieste a través de nosotros, a quienes nos ha dado su vida.

En la parábola de la oveja perdida es llamativo que el pastor deje a las 99 y se vaya tras la perdida. Expresa el valor del ser humano, nos manifiesta cómo todos hemos de estar atentos a las situaciones de nuestros hermanos los hombres, especialmente si hay situaciones inhumanas en las que puedan vivir. ¡Qué belleza adquiere la parábola cuando descubrimos que, desde el momento en que se entera de que una oveja se ha perdido, esta absorbe toda la preocupación del pastor! ¿Es así en nuestra vida cuando vemos que los hombres se desvían por el cauce de la división, de la ruptura, del enfrentamiento? ¿Vamos en su búsqueda? Cuando la encuentra, el pastor carga con ella en sus hombros. ¡Qué retrato hace Jesús de Dios! Dios es solo amor y su ternura cuida de nosotros: carga sobre sus hombros nuestra vida. Va en búsqueda hasta que encuentra; la búsqueda de Dios no tiene límites. Escogidos e invitados a mostrar el amor de Dios que es el que genera la paz. Y la alegría del encuentro, pidiendo a los amigos que lo feliciten, encontró a la oveja perdida.

La segunda parábola nos habla de la moneda perdida que pierde una mujer y que la busca por todos los lugares de la casa. Cuando la encuentra se lo comunica a todas sus vecinas. Expresa el empeño de buscar la moneda perdida y la alegría de encontrarla. Jesús con esta parábola nos muestra a un Dios que ama a todos, sea cual sea su conducta. Nos busca siempre, quiere encontrarse con todos. Pone de manifiesto el amor incondicional de Dios que va más allá de todo lo imaginable: siempre sale a nuestro encuentro, somos valiosos, nadie está perdido nunca. Dios nos está buscando y nosotros hemos de ser buscadores de todos los hombres para devolverles su dignidad. Jesús rompe nuestros esquemas, nos revela la compasión de Dios sobre el ser humano. Y nos lanza a construir el mundo regalando misericordia y compasión.

La tercera parábola es la del hijo pródigo o, mejor, la del padre misericordioso, porque aquí el importante es el padre. Refleja dos situaciones existenciales: el hijo menor que reclama su identidad (dame la parte de mi herencia, devuélveme lo mío, quiero vivir por mi cuenta), prescindiendo de Dios; y el hijo mayor que, teniéndolo todo con su padre, viviendo en la presencia de Dios, no es consciente de lo que tiene y se molesta porque el padre haga una fiesta cuando regresa su hermano. Son dos situaciones de ruptura con la esencia de quien posibilita construir la cultura del encuentro.

El hijo menor, en medio del mundo, se da cuenta de que perdió su identidad y toma la decisión de regresar y volver a recuperarla. Huir de uno mismo y de los demás es lo que crea disputas, envidias, guerras, enfrentamientos. En el regreso siente la acogida y la alegría de Dios; percibe el abrazo y la alegría de recuperar su identidad. Es la manera de crear encuentro y no distancias. Mientras, el hijo mayor, que está molesto por la acogida de su hermano, tiene que escuchar de su padre algo de lo que no se había dado cuenta nunca a pesar de haber vivido siempre a su lado: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo, deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado». Es decir, no te has enterado de mi cercanía y amor y no lo sabes comunicar, por eso te molesta la presencia de tu hermano. Cercanía, libertad, identidad, donación, esperanza, pasión por los demás, es lo que nos regala siempre Dios.

Hermanos, Jesucristo se hace presente en el misterio de la Eucaristía y su encuentro con nosotros nos impulsa a vivir cercanos a Dios, invadidos por su gracia y escogidos e invitados para vivir e impulsar siempre la cultura del encuentro, que lo es de paz, de servicio a la fraternidad. Estos días serán para nosotros días de gracia, pues nos convertimos en buscadores intrépidos del deseo del Señor expresado por los pastores de Belén: gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor. Amén.

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