Homilías

Viernes, 04 octubre 2019 14:09

Homilía del cardenal Osoro en la Misa en la festividad de Nuestra Señora de la Merced en la cárcel de Soto del Real (24-09-2019)

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Querido director de este centro. Guardia Civil. Muchas gracias a todos por la presencia. Y queridos hermanos y hermanas.

Este verano yo no he venido, como suelo hacer otros años. Y tenía como ganas de, o necesidad de venir en este día, ¿no? Tan es así que hay reunión de obispos de la Comisión Permanente, a la que pertenezco, pero la he dejado, no discretamente, porque se enterarán de dónde estoy, pero me he venido a veros a vosotros porque me parecía que era importante estar con vosotros, presidiendo la Eucaristía y celebrando esta fiesta de la Santísima Virgen María. Esta fiesta que tiene siempre unas entrañas especiales de misericordia.

Yo querría dejaros tres palabras que creo que son importantes y que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado. Por una parte, el interés de Dios en que seamos libres, tal como nos decía el profeta. Por otra parte, el apóstol nos invita también a nosotros a vivir con especial cariño este encuentro con nuestro Señor. Pero especialmente yo quisiera centrarme hoy en el evangelio que hemos proclamado hoy y que quizás habéis escuchado muchas veces. Y hay tres palabras que a mí me parece que son importantes: salir, encontrarnos y ponernos en brazos de esta madre que nos reúne hoy a nosotros, aquí, en esta fiesta.

En primer lugar, salir. Habéis visto cómo la Santísima Virgen María cuando recibe la noticia de que va a ser madre de Dios, y Ella acepta ese compromiso de hacer llegar a este mundo la presencia de Dios valiéndose de Ella, porque Dios quería hacerse hombre, Ella se pone en camino. Y se pone en camino para ir donde una mujer anciana que no entiende lo que pasa y que, por obra de Dios, va a tener un hijo. Pero la Virgen María quiere hacerla sentir que Dios está con ella, que Dios está a su favor, que Dios está de su parte. Pero para eso es necesario salir. Y eso es lo que quería deciros a vosotros también esta mañana, con esta primera palabra: que la Virgen María nos invita a salir. A salir de nosotros mismos. Si os dais cuenta, cuando nos centramos en nosotros mismos, a veces vivimos en la tristeza. La tristeza llega a nuestra vida cuando solo nos miramos a nosotros mismos. Hay lugares donde a veces pues esa tristeza se da más. Uno va a una residencia de ancianos y uno ve, pues eso, la ancianidad, que a veces es triste: hay soledad, no hay fuerzas, y la gente es consciente de todo eso. Y por eso en esas residencias suele haber también modos y maneras de alentar y de salir, de que no se centren en ellos mismos, los ancianos.

Pero esto nos puede suceder aquí también, en la cárcel, ¿entendéis? Aquí no estáis por gusto. Pero, naturalmente, cuando entráis vosotros, os puede pasar pues eso: que la tristeza ahoga vuestra vida. Porque hay muchos recuerdos, a veces de personas a las que queréis, hay recuerdos incluso de cuando pues en libertad podíais hacer las cosas que a vosotros os parecía. Pero la Virgen nos invita a salir de nosotros mismos. A que miremos de verdad, siempre, otros horizontes distintos que nos da Ella. Daos cuenta, por ejemplo, de que la Virgen se hizo presente en un lugar donde la gente estaba en apuros, por ejemplo las bodas de Caná: la Santísima Virgen María se hace presente. Aquella gente no podía celebrar la fiesta, no había vino. Y en el mundo antiguo, esto era importante. Ahora parece que es algo secundario. En el mundo antiguo era muy importante. De tal manera que no había fiesta: era más bien pues aquello un cementerio. Entonces, la Virgen María interviene. Y se dirige a los que habían preparado la fiesta, y al mayordomo, y les dice: hacer lo que Él os diga. Hacer lo que Él os diga. Y esta mañana viene también a nosotros a decirnos: oye, haced lo que Él os diga.

Las lecturas nos dicen: salir. Como Ella. Pongámonos en camino. En un camino que, es verdad, tiene dificultades. Nos dice el evangelio que era montañoso. Haya dificultades. Pero Ella sale. Ella se pone en marcha. Sale de sí misma. ¿Cómo hacer esto aquí, entre nosotros, entre estas paredes? ¿Cómo salir de nosotros mismos y no centrarnos en nosotros mismos, que nos lleva a la tristeza, a la desolación, al mero recuerdo, que es bueno, pero tanto tanto que nos haga ahogarnos en nosotros mismos es malo. ¿Cómo hacerlo? Pues mirad: primero, centrándonos en otros. La Virgen María salía porque quería ir a ver a una anciana. A una mujer. Para decirla que para Dios nada hay imposible. Que para Dios no vale la tristeza, no vale el agobio. Pero el evangelio también nos da datos a nosotros para descubrir esto en la vida.

Una mujer, que la han puesto en el santoral el Papa, es una mujer de África, una mujer de color negro, y es una mujer extraordinaria. Esta mujer fue esclava. Era esclava. Y seguro que lo pasó muy mal. Y la trataron muy mal. Pero esta mujer tenía a Dios en el corazón. Y se decía a sí misma: yo no puedo hacer con estos que me tratan así lo mismo que hacen conmigo. Y los miraba de otra manera. Y les hablaba de otra manera. Resultado: que cambió el corazón de muchos de los que le rodeaban. Porque no se centraba solo en los sufrimientos que ella tenía, que ciertamente los tenía. Que la hicieron padecer mucho. Mirada de frente a los demás. Y veía, incluso en aquellos que la trataban mal, porque era una esclava, ella veía a un hermano. Y ella conquistó su propia libertad, y salió de la esclavitud, precisamente amando. Queriendo a la gente.

Pero ya os he contado otras veces que un cardenal, que está en proceso de beatificación, que era arzobispo en Vietnam, este hombre le metieron en la cárcel sin tener culpa de nada. Y él pensó: bueno, yo qué puedo hacer en la cárcel para que esta manera de vivir tremenda, que la gente tiene unos sufrimientos por estar aquí y se lleva mal y… ¿Qué hacer? Y aquel hombre, en muy poco tiempo, convirtió la cárcel en un lugar de fraternidad. Porque todos se miraban de otra manera. Y empezó con los cristianos que había allí. Había otra gente. Pero empezó con los cristianos. A uno que cuidaba la cárcel le preguntó que si podía tomar las medicinas que necesitaba, y le mandaron desde su casa las medicinas, que eran una botellita de vino y pan. Y con el vino que tenía celebraba la misa en la celda, consagraba la eucaristía y después todo eso, en trocitos muy pequeños, se lo llevaba a los cristianos para que lo tomasen y se alimentasen; y les decía: de lo que coméis, dad. De lo que coméis, dad. Si tenéis salud, dad salud.

Pero así nos pasa… También en la persecución nazi. Ese santo al que les encarcelaron sin más. Pues no había dificultades… Y sin embargo, este hombre, ¿qué hace? Que cuando van a matar a otro, que es padre de familia, él a los que le van a matar, porque ya estaban todos para que les diesen un tiro, y delante de los demás, porque sacaron de la fila a los que iban a morir, él dice: yo por ese. Y dio la vida. Por él. Por un padre de familia. Y es el padre de familia el que, para el proceso de canonización, ha testificado que él se salvó y siguió con su familia.

Por eso, salir. Hoy la Virgen nos invita a salir. A salir de nosotros. A hacer felices a otros. Eso que os dice Paulino a veces, que os dice con una palabrota que yo no me atrevo a decirla, pero él la dice muchas veces. Pues eso que os dice Paulino es verdad, en la medida en que salgamos y busquemos al otro, y le demos al otro, no egoísmos nuestros, sino lo mejor de nosotros, estamos ayudando a que este lugar sea un lugar diferente, distinto. Salir. Como María.

Encontrarnos. Con nosotros mismos y con los demás. Es la segunda palabra. María se encontró con Isabel. Y dice que en el encuentro la criatura que llevaba Isabel en su vientre saltó de gozo. Es decir, percibió la presencia de Dios. Oiga, ¿por qué no hacemos posible nosotros que los demás perciban que algo distinto está en nuestra vida? Que lo perciban. Y no hay que hacer ninguna oposición especial. Ni ningunos estudios especiales. Hay que dejar que el Señor entre en nuestro corazón y en nuestra vida. Como entró en la Virgen María cuando dijo Ella: aquí estoy. Cuando Dios le dijo: oye, hay que resolver el problema de la humanidad. Los hombres no acaban de enterarse de que Dios es el dueño y el Señor de todo. Y es necesario que Dios se haga presente en esta tierra. ¿M aceptas? ¿Y tú aceptas entrar en este proyecto? Y María dijo: aquí estoy. Y nos diría a nosotros: oye, ¿aceptáis entrar en un proyecto que es de Dios? ¿Aceptáis que con vuestra vida los demás noten que algo distinto está sucediendo?. Esto no esperéis a hacerlo, bueno, ya lo haremos cuando salgamos de aquí. Que es verdad. Hay que empezar a hacerlo aquí. Aquí. Tenemos que empezar a hacerlo aquí. Es lo que siempre hacemos, que yo mismo lo hago: ya lo haré mañana. Y te pasan los años y te das cuenta de que te vas a morir y no has hecho nada de lo que querías hacer. Hay que hacerlo. Encontrarse. Hay que encontrarse con las personas. Pero en ese encuentro con las personas, ¿qué doy yo? ¿Doy mis egoísmos? ¿Doy lo malo mío? ¿O doy lo mejor? María entregó lo mejor.

Salir. Encontrarnos. Y ponernos en manos de Ella.

Se pueden repartir las estampas que voy a daros porque os voy a hablar de ‘poneros en manos de Ella’ solamente con una estampa que vais a ver. Porque es mejor entenderlo desde la imagen. Es una estampa en la que está, por una parte tiene la mano derecha tocando un pie y la mano izquierda tocando el corazón de Jesús. En la imagen que os doy… perdonarme… yo, por un momento… somos mayores, somos mayores, pero qué bonito es, aunque seamos mayores, hacernos un poco niños y decirle a la Virgen: nos ponemos en tus manos. Y nos ponemos en tus manos para estas dos cosas que está haciendo la Santísima Virgen y que tenéis aquí, en la imagen: para dejar que toque nuestro pie. ¿Por qué? Porque el pie nos hace caminar, y entramos por un camino o por otro, depende de la dirección que tomemos. Dejándonos tocar por la Santísima Virgen María, vamos a decirle: oye, que yo vaya a hacer caminos de fraternidad, que yo haga caminos de bondad, que yo haga caminos donde el otro siempre se construya, que no sea una persona que todo el día está diciendo lo negativo… Hay gente que se empeña en vivir triste. Y entonces haya gente que dice: qué mal está, esto no puede ser… Todo el día así. Esto es imposible. Así se construye la vida malamente. Solamente el ser humano que tiene horizontes, y la Virgen María nos da horizontes: nos toca el pie, para que vayamos por caminos de fraternidad, de bondad, de alegría, de verdad, de vida, de honradez… Esos caminos que son importantes.

Pero no solamente se queda tocando el pie: toca el corazón con la otra mano. Si os habéis dado cuenta, con la mano izquierda toca el corazón. Está la Virgen tocando el corazón de Jesús. Pero ese Jesús somos cada uno de nosotros. Quiere tocar nuestro corazón. Un corazón raquítico, en el que no entran más que los que piensan como yo, no vale para cambiar este mundo. Un corazón grande sí que vale para cambiar este mundo. Y, mirad, ¿cómo se hace ese corazón? Jesús nos dio la solución. Luego lo vamos a hacer: vamos a rezar el Padre Nuestro. Quien reza el Padre Nuestro entiende perfectamente que todos, sean quienes sean, son hermanos suyos. Y si no lo hace así, no ha rezado bien el Padre Nuestro. Jesús nos enseñó el Padre Nuestro. Y toca nuestro corazón para que nosotros… Hay gente que dice: eso es buenismo. Bueno, pues si eso es buenismo, yo quiero ese buenismo. Quiero ese buenismo. Yo quiero que los demás sean mis hermanos. Y quiero hacerlo visible. Y este mundo necesita esto: esta dirección. Y si Jesús toca mi corazón, yo entiendo lo que me dice cuando habló y dijo: amaos. Os doy un mandamiento único, nuevo: amaos los unos a los otros como yo os he amado. Recordad que cuando Jesús está en la cruz había gente que estaba mofándose de Él. Y Él se dirige a Dios y dice: perdónales porque no saben lo que hacen. No se han enterado. Perdónales. Bueno.

Yo os digo esto para que de vez en cuando os pongáis en manos de Dios. Y no hace falta hacer muchas cosas. Cuando nos levantamos por la mañana qué distinta va a ser la vida aquí si me dejo tocar mis pies para ir por el buen camino y encontrarme con el otro de verdad, y no para reírme, no para mofarme de él, no para hacerle daño, no para… Y qué distinto será si me dejo tocar el corazón, porque será un corazón grande.

Que nos sintamos así al comenzar el día siempre. Qué bonito es este regalo en esta fiesta de la Merced. Porque la gran merced de la Virgen es que nos entrega a Jesucristo nuestro Señor.

Pues que el Señor os bendiga y os guarde siempre. Salid. Salid de vosotros. No seáis tristes. Es normal que a nadie nos guste estar aquí. Encerrados. No nos gusta. Por lo menos, a mí tampoco me gustaría. Pero salid de vosotros. Aquí también se puede salir de uno mismo. Encontraos con la gente. Con todos. No digáis este no. Pero encontraos para darles lo mejor de vosotros mismos, no para encima azuzarles para que vivan en lo peor. Y dejaos poner en manos de la Virgen. Poneos en manos de la Virgen.

Pues que el Señor os bendiga. Y yo sé que tengo dos deudas con vosotros: el libro, que está en marcha; es difícil hacerlo, porque yo he comprobado que para no identificar a nadie hay que hacer ahí una serie de cosas que, por partes, hay que hacerlas, y no es fácil hacerlo; y también he visto que cantáis muy bien y yo ya tengo, eso sí que, el dispositivo está preparado para grabar cualquier día. Yo tengo las personas, y el director me ha dicho que sí, que se puede hacer. Así que, bueno. Lo digo para que veáis que no me he olvidado de vosotros. Al contrario. Siempre que estoy con vosotros yo salgo de aquí de otra manera. Porque me anunciáis el evangelio. Pues gracias.

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