Homilías

Viernes, 08 noviembre 2019 13:59

Homilía del cardenal Osoro en la Misa en el 400 aniversario de la beatificación de san Isidro Labrador (3-11-2019)

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Queridos vicarios episcopales, don Alfonso y Juan Carlos. Queridos párroco de esta basílica de San Isidro, don Ángel Luis. Vicario parroquial, don Javier. Hermanos sacerdotes. Querido diácono. Estimada Real Congregación, presidente y miembros de la junta de la Real Congregación de San Isidro Labrador. Queridos concejales presentes aquí. Hermanos y hermanas, quienes estáis aquí presentes, en esta basílica de san Isidro, y quienes seguís esta celebración a través de TV13.

Estamos conmemorando el IV centenario de la beatificación de san Isidro (1619-2019) con este lema: «Sembrando desde el cielo». Un santo que nace en 1080 y muere en noviembre de 1172. Pero un santo actual. Fue beatificado en 1619, y dentro de dos años también vamos a celebrar, y esta quiere ser ya una preparación, la canonización en 1622 por Gregorio XV. Deseamos preparar este gran acontecimiento de su canonización.

San Isidro es un santo presente en todos los continentes. Es ese santo de los que nos habla el Papa Francisco, de la puerta de al lado, al que fácilmente nos acercamos. Un santo al que sus padres lo educaron. Eran unos campesinos pobres que le inculcaron a vivir en el amor a Dios y el amor al prójimo. Quedó huérfano a los 10 años y tuvo que empezar a trabajar. Contrajo matrimonio con santa María de la Cabeza. Queridos hermanos: su vida la dedicó al trabajo sencillo y humilde, pero también a permanecer en la oración, en la celebración de la Eucaristía, la escucha de la Palabra, en visitar a los pobres y enfermos, en tener tiempo también para estar con su mujer y su hijo. Madrid, queridos hermanos, tiene explicación si acogemos en nuestro corazón la historia y la vida de este santo. Volver a las raíces de Madrid supone conocer la vida de este hombre.

Hombres como él nos ayudan a entender la Palabra de Dios que en este domingo XXXI del tiempo ordinario se proclama en toda la Iglesia. El salmo 144 que hemos cantado nos ayuda a descubrir lo que fue Dios para san Isidro y tiene que ser para nosotros: te ensalzaré, te bendeciré, te alabaré, porque eres clemente y misericordioso, eres rico en piedad, das cariño a los hombres y a todas las criaturas; que te demos gracias, que te bendigan todos, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas, Dios mío; tú eres fiel a tus palabras, eres bondadoso, nos sostienes y enderezas nuestra vida cuando entramos por otros caminos. Queremos acoger en nuestro corazón la Palabra que hemos proclamado. Deseamos convertirnos viviendo como el Señor nos pide.

Yo quisiera acercara a vuestra vida tres aspectos que veis en la Palabra de Dios que acabamos de proclamar:   

Queridos hermanos. Dios tiene compasión de nosotros. Tiene pasión del hombre. ¡Cuánta paz, cuánta seguridad y ganas de acogerte en nuestra vida surge al escuchar al Señor decir, como hemos escuchado hace un instante: tengo compasión por vosotros. Lo puedes todo, no te fijas en los fallos, nos amas a todos, no aborreces nada de lo que creaste; ¿cómo podemos existir sin ti? ¿cómo podemos conservarnos si es que tú no lo decides?; tienes compasión de todos; todo es tuyo, todo te pertenece; amas lo que tiene vida; cuando pecamos nos corriges; nos reprendes poco a poco y nos haces reconocer los fallos y las faltas; nos apartas del mal. ¿Cómo no creer en ti, Señor?. Esta es la experiencia que tienen todos los santos, y la viven. Y así sucedió con san Isidro labrador. ¿Por qué tanta devoción, en todas las culturas, en los continentes diversos? Porque, queridos hermanos, los hombres de Dios se dejaron alcanzar el corazón, y ellos también alcanzan el corazón del pueblo.

En segundo lugar, no solamente descubrimos que Dios tiene compasión y pasión por el hombre, sino que sentimos y percibimos tu protección del Señor. ¡Qué bien lo ha expresado el apóstol san Pablo en la segunda lectura que hemos proclamado, cuando se dirige a los cristianos de Tesalónica, pidiendo a Dios que los tenga por dignos de haber sido llamados por Él! En la Iglesia, queridos hermanos, percibimos la protección del Señor. ¡Cuántas personas oran, se sacrifican, nos ponen en manos de Dios para que se cumplan los buenos deseos, y todos los trabajos se vean impulsados por la fe! Damos gracias a Dios, esta mañana también, a tantos monasterios de clausura que en todas las partes de la tierra nos ponen, a todos los hombres, en las diversas situaciones que vivimos, en las diversas responsabilidades que tenemos, en manos de Dios. No nos conocen. No nos han visto. Pero nos ponen en manos de Dios.   

Hemos de vivir impulsados por la fe, queridos hermanos. A nosotros, a los que estamos aquí, a los que nos están oyendo, no nos impulsan unas ideas: nos impulsa una persona, que es Jesucristo nuestro Señor. La misma que impulsó a san Isidro a vivir. Por eso, ¡qué bellas son las palabras que utiliza el apóstol cuando dice: «Él os honrará conforme a la bondad suya»! Nuestra vida, alcanzada por Jesucristo, nos hace vivir, pensar y obrar conforme a la manera que lo hizo el Señor. Nunca cambiemos ese modo de ser que nos regala Jesucristo. Nunca nos dejemos asustar por ningún otro mensaje o discurso. Eso sí: lo que es nuestro, es para nosotros. Y eso nos lo dice el Señor. Lo que no es nuestro, no lo hagamos caso. Sintamos y percibamos la protección del Señor.

En tercer lugar, una vez más se acerca Cristo a nosotros y nos dice, como a Zaqueo: «hoy tengo que alojarme en tu casa». ¡Qué fuerza tiene ese hoy de Dios para nosotros! Es la oportunidad que Dios nos ofrece en cada instante de nuestra vida. Él nos ofrece vivir, crecer, avanzar más en nuestra vida. Hoy el Señor me dice a mi, a ti, a vosotros: hoy tengo que alojarme en tu casa. Todo esto que acabamos de escuchar en el evangelio, nos lo dice Jesús. Y ocurrió en Jericó, a 11 kilómetros del río Jordán. Pero sigue sucediendo aquí, en Madrid, y en todos los lugares desde donde estáis viviendo esta celebración emitida por 13 tv. En todos los lugares, y a todos, hoy el Señor nos dice: hoy tengo que alojarme en tu casa.

Queridos hermanos: Zaqueo era un hombre rico. Recaudador de impuestos. Era jefe de los publicanos. Era despreciado por su colaboración con los romanos. Por eso, Zaqueo era un hombre mal visto, despreciado de los demás, y quizá de sí mismo. Era un marginado de lo religioso. Pero, enterado de que Jesús llegaba, trató de distinguir quién era Jesús. La gente se lo impedía. Quizá Zaqueo había oído hablar de Él y se sintió atraído por Él, desea verlo. La dificultad estaba en que era pequeño de estatura. Hay una gran multitud, y nadie le dejaba sitio para ver. Y por eso se encarama a un árbol para ver pasar a Jesús. No le importa el ridículo que supone que un jefe de recaudadores suba a un árbol. Él quiere ver a Jesús, y eso es lo importante. Todo lo demás es relativo. Pensad por un instante, queridos hermanos, todos: ¿no hay momentos en que Jesús pasa por nuestra vida como pasó por la vida de Zaqueo? Hoy puede ser ese momento. Hoy. Hoy quiere hospedarse en tu casa.   

Hay algo maravilloso en esto: cuando Jesús pasa, es precisamente Jesús quien ve a Zaqueo. Como nos ve a nosotros. Y se invierten los papeles. Era Zaqueo quien quería ver a Jesús, y ocurre lo contrario: es Jesús quien ve a Zaqueo. Como nos ve a todos nosotros ahora. Es Jesús, que no ve el mal de Zaqueo. Jesús ve la belleza interior de ese hombre. Por eso, alza la vista. Zaqueo se sintió mirado de tal manera que todo su interior se vino abajo. Aquella mirada de Jesús cambia su vida. Jesús apuesta por sus posibilidades reales. Las de Zaqueo. Por todas las posibilidades del ser humano aún no descubiertas por Zaqueo, y por ninguno de nosotros tampoco, queridos hermanos. Y es que Jesús siempre apuesta por lo mejor que hay en cada ser humano. Aunque nosotros tenemos siempre la tendencia a ver lo peor, y a ver también en nosotros lo peor, Jesús ve lo bueno de nosotros. Por que ve el corazón. Y es que Jesús viene a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras fragilidades.

¡Qué fuerza, queridos hermanos, tienen las palabras de Jesús! Llama a Zaqueo por su nombre. Hermanos: en la cultura bíblica, llamarlo por el nombre era expresión del amor. Y le dice: «Zaqueo, hoy tengo que alojarme en tu casa». Estas palabras expresan el imperativo del corazón de Dios que se inclina hacia todo ser humano. Hacia todos. Todos los que estamos escuchando esto. Se inclina el Señor. Es como si Jesús le dijera Zaqueo: quiero ser tu huésped, quiero y deseo que entre tú y yo haya una relación personal, quiero ser tu amigo. Él bajó enseguida, nos dice el evangelio, y lo recibió muy contento. ¿Os dais cuenta, hermanos? ¿Os dais cuenta de que el Señor hace lo mismo con cada uno de nosotros: Manuel, Pablo, María, José, Almudena… quiero entrar en tu casa, quiero ser tu huésped?

El entrar en casa de Zaqueo supone para Jesús perder la reputación. Todos murmuraban de Él. Pero Jesús da todo por amor a Zaqueo. Como lo da por amor a ti y a mí. Nos ama como seres únicos. Echa por tierra su propia reputación por amor a Zaqueo. Como lo hace por amor a nosotros. Jesús acoge a Zaqueo tal como está. Y Zaqueo comprende que para Jesús él cuenta. Cuenta. Se siente amado por Jesús, y esto le cambia la vida. ¡Qué palabras más bellas! «Se puso en pie y le dijo: mira, la mitad de mis bienes se los doy a los pobres, y si a alguien el he sacado dinero, se los restituiré cuatro veces más». Cambia su corazón en el encuentro con Jesús. La respuesta de Jesús es clara: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa. A tu vida». Como llega a nosotros, queridos hermanos, si le dejamos hospedarse en nuestro corazón. ¿Qué sucedió para que se diera un cambio tan profundo en Zaqueo? Se sintió amado, se sintió preferido. Había una multitud, pero se sintió único. La amistad y la comunión con Jesús le hacen feliz. Os aseguro hermanos que nos hace feliz la amistad y la comunión con Jesús. Es más, hace posible que hagamos felices a los demás. Porque no nos veremos como enemigos, sino como hermanos.

Señor: concédenos la alegría que experimentó Zaqueo al acogerte en su casa.

Queridos hermanos y hermanas: el mismo Jesús que realizó este encuentro se va a hacer presente aquí, en el Misterio de la Eucaristía, dentro de unos momentos. Jesús te dice, nos dice hoy: baja, quiero entrar en tu casa. Hermanos, no perdamos esta gracia y esta ocasión. Dejadlo entrar. Recibid su amor. Amén.     

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