Homilías

Viernes, 03 enero 2020 14:33

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Gallo (24-12-2019)

  • Print
  • Email
  • Media

Queridos hermanos obispos, don Jesús, don José y don Santos. Queridos vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes. Seminaristas. Queridos hermanos y hermanas.

Esto es lo que celebramos y hace un instante cantábamos con el salmo 95: hoy nos nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y este acontecimiento que ha cambiado la historia, es necesario cantarlo no con cualquier cántico. Es un cántico nuevo que el Señor ha querido que hagamos con nuestra propia existencia y nuestra propia vida. Es un canto que hay que alcanzarlo y hacerlo llegar a toda la tierra.

Es necesario bendecir el nombre del Señor y proclamar y contar las maravillas que este Dios ha hecho en favor de los hombres. No ha mandado un mensaje, sino que ha sido Él mismo el que ha venido a esta tierra, ha tomado rostro humano para que de verdad nosotros conociésemos quién es Dios, lo entendiésemos, nos hablase con sus propias palabras, con su testimonio, y nos lanzase a hacer posible que toda la tierra se alegre, que aclamen todos a este Dios, que delante del Señor esté toda la humanidad y descubra que es junto a Jesucristo donde alcanzamos el presente y el futuro.

Queridos hermanos. Tres palabras esta noche pueden sintetizar lo que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios: ver. Vemos. Agradecer. Ha aparecido la gracia, una gracia que es Dios mismo que trae la salvación. Y, la tercera palabra, contemplad. Contemplemos el misterio que hemos escuchado en el Evangelio que acabamos de proclamar.

Queridos hermanos. Ver. Es importante para nosotros situarnos, no en las tinieblas, sino en esa luz que aparece y que ya profetizaba Isaías. Esa luz que es el Mesías, el Señor. Maravilla de consejero, asombro para todos los hombres. Queridos hermanos: estamos celebrando esta fiesta de la Navidad. Fiesta de luz y fiesta de paz. Fiesta de asombro y fiesta de alegría. De asombro y alegría que se expande por todo el universo, porque Dios se ha hecho hombre. Dios está entre nosotros. Dios está a favor de nosotros. Y esto desde Belén, un lugar pobre e insignificante en el mundo conocido de entonces. Sin embargo, Dios desde allí se dirige a nosotros. Desde aquel silencio de Belén donde solamente en el momento del nacimiento estaban María y José, en un lugar que habían encontrado, porque no les daban sitio, aposento, para dar a luz la Virgen María. Dios esta noche nos interpela. Sí. Habla con su silencio. Dios nos muestra su amor y su cariño. Nos invita a renacer en Él, porque el eterno ha descendido hoy del efímero mundo y es capaz de arrastrar nuestro hoy que es pasajero al hoy perenne y eterno de Dios.

Qué fuerza tiene para todos nosotros, queridos hermanos, esta noche, escuchando al profeta Isaías, cómo Dios renuncia a su esplendor divino y desciende a un establo donde podemos encontrarlo. De tal modo que su bondad, su cariño, sus entrañas de amor y misericordia toquen nuestro corazón, se nos comuniquen a nosotros y así nosotros podamos comunicarlo a este mundo.

Queridos hermanos: ver, porque Jesús nació de noche y fue anunciado también de noche. Para dar luz a quienes llegaba este anuncio. ¿Qué nos quiere decir esta realidad? Nació y fue anunciado de noche. ¿Qué nos quiere decir, queridos hermanos? Esta presencia y anuncio de noche tiene para todos nosotros una fuerza singular. Nació de noche cuando todos los hombres descansamos de la fatiga de cada día, pero Dios desea ya comunicar desde el primer momento de su estancia entre nosotros que quien elimina y quita las fatigas del ser humano es Él. Que quien elimina los problemas y las situaciones que a veces nos desunen y nos enfrentan a los seres humanos, es Él. Por eso viene a nosotros. Y recodad que cuando Jesús comienza la predicación Él mismo recuerda aquello que hizo en la noche: venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Y fue anunciado también de noche, queridos hermanos. Nació de noche y fue anunciado también de noche. Sin luz. En la oscuridad. Porque era necesario que se presentase Él mismo, que era la luz. Y fue anunciado a unos pastores que vigilaban por turnos su rebaño. No precisamente a unos hombres excepcionales: los pastores en tiempos de Jesús eran gente de poco fiar, y sin embargo de noche el Señor se hace presente en sus vidas. Unos pastores que vigilaban por turnos su rebaño. Quería darse a conocer a los hombres como luz en medio de la noche. Por eso nos recuerda el profeta: el pueblo que caminaba en las tinieblas. Y nos lo recuerda para todos los pueblos que caminamos en las tinieblas. Quiere entregarnos su luz, y muestra ya cómo esa luz la da Él. Él mismo es la luz.

Queridos hermanos: no es un Dios que viene a entregarnos unas ideas. No. Porque las ideas nuestras pueden ser distintas. Pero ha sido un Dios que ha querido presentarse vivo en su persona y entregarnos su vida y su luz a nosotros. Y muestra ya cómo esa luz la da Él. Los pastores lo que reciben es la luz de Él. Les envuelve esa luz. Recordemos las palabras del Evangelio: «la gloria del Señor los envolvió con su claridad y se llenaron de gran temor. Hoy, en la ciudad de Belén, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor». Desde entonces, queridos hermanos, se hacen verdad las palabras del profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; en las sombras habitaban los hombres, y una luz brilló; acreció la alegría de los hombres; acreció el gozo de los hombres; y los hombres pueden gozar con su presencia, y se pueden repartir ese botín que nos da Dios, que es botín de paz, de entrega, de servicio, de fidelidad, de reconciliación. Maravilla de contemplación. Ver.

En segundo lugar, agradecer. Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres le decía el apóstol Pablo en la carta a Tito. Sí. Ha aparecido la salvación. Este Dios nos enseña a renunciar a las fuerzas mundanas. Sí. Él nos quiere entregar su propia fuerza, que es su propio amor. Queridos hermanos: agradezcamos que Jesús ha aparecido. Y creemos en Él. Y esto hay que comunicarlo a todos los hombres, queridos hermanos. El mundo en el que estamos es un mundo que anda con muchos despistes: enfrentamientos; en todas las latitudes de la tierra, en todos los continentes, hay varios enfrentamientos, no uno solamente. Hay divisiones, hay rupturas, mantenemos la convivencia por miedo, por negociaciones que van dirigidas siempre casi con miedo: o me das o te quito. Ha aparecido la luz, queridos hermanos. Y este Dios tiene que entrar en el corazón de los hombres. Y nosotros somos una parte de ese pueblo que el Señor quiso elegir y escoger para comunicar esta noticia a todos los hombres. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y prepararse un pueblo purificado dedicado a las buenas obras.

Queridos amigos: esta noche agradecemos al Señor ser parte de este pueblo que ha sido purificado, y del actual somos parte. Y lo que tenemos que hacer son buenas obras: las mismas de Jesucristo cuando le acercamos a nuestra vida y nos dejamos iluminar por Él.

Y la tercera palabra, contemplar. Aquella claridad transformó la noche que caía sobre Belén de Judá. Gracias a la luz de aquella noche, queridos hermanos, como os decía antes, los pastores se vieron inmersos en una extraordinaria claridad. No solo había luz entorno a ellos, sino también luz en su interior. Esta luz nos alumbra a todos en esta Nochebuena. La noche cerrada se convierte en claridad que nos envuelve. La presencia de Jesús en el mundo. Nos decía el texto que hemos proclamado que le llegó a ella el tiempo del parto y dio luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. No había sitio para Él, queridos hermanos. Tuvieron que salir a los arrabales. Fuera de la ciudad. Él ha querido compartir la condición de los más pobres, de los olvidados de la tierra, de todos aquellos que no tienen sitio en la sociedad.

Jesús pertenece… desde su primera venida, Él quiere hacerse cargo de la pobreza, quiere hacerse cargo de la miseria más extrema. El dolor humano. Sí. Del dolor humano. Del dolor que producen esos enfrentamientos y divisiones y que hacen que muchos tengan que salir de sus pueblos para lograr un mínimo de paz. Sí, hermanos. Jesús está presente en el dolor humano, en la soledad más grande. Jesús está presente y nace cada día en millones de seres humanos dispersos por la superficie de la tierra. Millones de seres humanos que prolongan en el tiempo y en el espacio el pesebre de Belén.

Recordamos en esta noche a todos los que no tienen sitio en la posada. Como la familia de Belén, en esta tierra hay gente que no tiene sitio. También Él quiere encontrar sitio en nuestro corazón, queridos hermanos. Quiere encontrarlo pero ¿tenemos espacio para Él cuando viene a nuestro encuentro? Tal vez estanos llenos de nosotros mismos que no hay sitio ni tiempo para Dios. ¿Quién tiene un espacio interior para Él? En nuestra sociedad, en nuestro mundo civilizado... Queridos hermanos: hoy no hay sitio. No hay sitio para Él. No hay natividad de Jesús. No puede nacer en el corazón.

La Navidad ha sido secuestrada. Ha sido secuestrada. la Navidad no es la cena pomposa. Tampoco son los regalos. Es Jesús, queridos hermanos. La Navidad es Jesús. Es Dios que entra en la historia. Es Dios con nosotros y que busca un hueco en nuestro corazón. Quiere entrar en nuestra existencia.

Había unos pastores, nos decía el Evangelio, que pasaban la noche al aire libre. Y el ángel del Señor se presentó: no temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo. Esta es la buena noticia, queridos hermanos. Esta que nos decía el Evangelio: hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor. La noticia más grande, la noticia más importante para el mundo. Dios ha hecho presente su amor. En el amor que nos tenemos unos a otros también se hace presente Dios. No busquemos la Navidad fuera: en las luces, en la fiesta externa. En la noche de Belén, unos pastores están en vela y reciben el anuncio del ángel, y son envueltos por la luz del Señor. Y este anuncio a los pastores, hermanos, es para todos los seres humanos de la tierra. Sí. ¿Por qué el anuncio del ángel a los pastores? Porque los pastores constituían en aquella época una clase que era despreciable. Representaban a los más marginados de la sociedad y de todas las sociedades de todos los tiempos. El primer anuncio de esperanza y de alegría va dirigido a los pastores. Nosotros, discípulos de Cristo, tenemos que ser no espectadores de esta situación. Tenemos que ser solidarios para entregar este amor del Señor.

Hoy os ha nacido un salvador. Esta noche el tiempo se abre a lo eterno porque Jesús ha nacido entre nosotros. Con su nacimiento el hecho del tiempo humano hoy es tiempo de salvación. Es un tiempo de vida y esperanza. El Señor disipa nuestros miedos, renueva nuestra esperanza, llena el mundo de alegría. Esta Nochebuena se nos repite a todos nosotros, queridos hermanos. Esta noche, el Señor nos dice también a través del ángel: no temáis, os anuncio una buena noticia, que será de gran alegría para todo el pueblo. Acojamos esta alegría en el silencio de nuestro corazón.

No temáis, queridos hermanos. Jesús viene a liberarnos del miedo. Un miedo que a veces nos atenaza y no  despierta lo mejor del ser humano. No es más fuerte la noche, no es más fuerte la violencia, no es más fuerte la división, no es más fuerte la envidia, no son más fuertes los enfrentamientos de los hombres, no es más fuerte la injusticia: es más fuerte el amor de Dios. Es más fuerte que la noche. Acojamos esa luz y comuniquémosla a todos los hombres.

El relato del Evangelio dice de forma poética, como acabáis de escuchar, que los ángeles cantaron en la noche de Belén: «gloria Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». El amor de Dios abraza a todos los hombres, queridos hermanos. Dios ha amado al mundo en Cristo. Cristo quiere amar al mundo a través de la Iglesia, de la que somos parte todos nosotros.

Dios ha amado al mundo. En su nacimiento ha revelado a todos los humanos el camino de la paz, el camino de la fraternidad, el camino de la reconciliación. Hoy nosotros en esta noche santa le decimos al Señor con todas nuestras fuerzas: Señor ayúdanos a ser hombres y mujeres, ayúdanos a transformar este mundo como tú quisiste. Hagamos presente a Jesús. Es la luz. Es la verdad. Es la vida. No es una idea: es una persona que quiere entrar en nuestra vida y ocupar todo nuestro corazón.

Queridos hermanos: bienaventurados todos nosotros. Bienaventurados siempre. Sí. Si descubrimos en la sencillez de Belén a quien sencillamente nos pide nuestro amor. No quiere abrumarnos con su fuerza, ni con su poder,; simplemente quiere regalarnos su amor y que nosotros se lo regalemos a todos los hombres.

Bienaventurados cuando nuestra vida está disponible y dispuesta a dejar en nuestro interior, en nuestra familia, en nuestra ciudad, en nuestros pueblos al Dios que nace en Belén, que lo cambia todo cuando entra.

Queridos hermanos: bienaventurados porque reafirmamos con fuerza el misterio de la salvación. Sí, en Belén, que revela el camino que lleva a la plenitud. Este Jesús que se va hacer presente aquí, en el altar, dentro de un momento. Sí, este Jesús que vino a este mundo, y que vio una tierra maltratada, pero que también nos mostró la belleza que puede tener esta tierra si entregamos su amor.

Navidad es la gran fiesta de la creación, queridos hermanos. Es la gran fiesta nuestra. Es la fiesta que nos interpela a todos los hombres y mujeres del mundo si somos de verdad como queremos ser. Los que estamos haciendo y celebrando esta misa queremos ser interpelación para los hombres, pero no a la fuerza, sino con el amor mismo del Señor.

Recibamos a Jesucristo, que se hace presente aquí, en el altar. El mismo Jesús. En la noche. Esta noche. En esta noche santa se hace presente en el misterio de la Eucaristía que quiere ser la prolongación del misterio de la encarnación y del cual nos quiere hacer partícipes con su vida. Y partícipes y protagonistas de esta historia entregando en este mundo este misterio salvador que es Cristo Jesús, Señor nuestro, el hijo de Santa María Madre.

Amén.

© 2018 Archidiócesis de Madrid. CIF: R2800137H. Todos los derechos reservados - Login

Search