Homilías

Lunes, 09 marzo 2020 16:48

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Miércoles de Ceniza (26-02-2020)

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Queridos don Santos, don José y don. Jesús, obispos. Querido vicario general. Queridos rectores de nuestros seminarios metropolitano y Redemptoris Mater. Hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas de los dos seminarios. Hermanos y hermanas.

Comenzamos, como al inicio de la Eucaristía os decía, este tiempo importante de Cuaresma. Y le decíamos al Señor hace un instante: misericordia, Señor. Misericordia. Porque todos necesitamos realizar un cambio en nuestra vida. Un cambio que no va a ser producto de las fuerzas personales que tengamos, sino un cambio que cuando nos ponemos al alcance de tu gracia se produce en cada uno de nosotros. Al alcance de tu mirada reconocemos nuestras propias situaciones y la maldad que a veces anida en nuestro corazón. Y te pedimos Señor, en este tiempo que tú nos da la oportunidad de vivir, que crees en nosotros un corazón puro; que nos renueves por dentro; que arrojes de nosotros todo aquello que no pertenece a tu vida y a lo que tú quieres de cada uno de nosotros. Señor, este tiempo de gracia que nos das, que es la Cuaresma, devuélveme esa alegría que entregas solamente en tu salvación y que entrega tu vida.

Como veis, queridos hermanos, el Señor en su palabra nos ha dicho fundamentalmente tres cosas: el Señor nos llama. Estamos llamamos a la conversión. Nos llama a convertirnos de corazón.

En segundo lugar, el Señor nos invita también a caminar. A cambiar nuestra vida. Es necesario que nuestra existencia se cambie. Que en nuestra vida se engendren otras actitudes distintas, diferentes, en nuestra existencia: las que nos da, las que nos regala Dios. Por eso, en este día, y en este tiempo, el Señor nos ha dicho en el Evangelio: convertíos. Convertíos al Evangelio. Estas palabras tomadas del Evangelio de Marcos se nos dicen hoy además en el momento de recibir la ceniza. En este miércoles, con toda la Iglesia, comenzamos este camino cuaresmal. Un camino de conversión para llegar a la Pascua con una vida renovada, un corazón renovado. La antigua fórmula de imposición de la ceniza, que se tomaba del Génesis, decía: acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás.

¿Qué significa este gesto de la ceniza al comenzar la Cuaresma? ¿Qué significa? El tomar la ceniza es un gesto de humildad. Un gesto de humildad que quiere decir: reconozco, Señor lo que soy; soy criatura frágil; soy limitado, hecho de tierra. La ceniza nos recuerda que nuestra existencia humana está limitada por la muerte. Pero esto no agota la libertad de la celebración, porque nosotros escuchamos una buena noticia en la imposición de la ceniza: conviértete y cree en el Evangelio. Nos invita a vivir plenamente. Hoy podemos decir aquello que decían los antiguos: sí, somos polvo, pero polvo amado por Dios. Estamos marcados por la ineludible realidad de la muerte, pero más allá de la muerte se nos abren las puertas de la Resurrección y de la vida. Esto quiere decir, queridos hermanos, que no podemos vivir absolutizando esta vida y construyéndonos sobre falsos valores. Por eso, lo habéis escuchado: el Señor nos ha llamado a la conversión. Convertíos. Dad un cambio en vuestra vida. El Señor nos ha invitado también a la reconciliación, a que nos reconciliemos, a que no vivamos con las armas que a veces tenemos en nuestra vida. Vivir absolutizando esta vida, construyéndonos sobre falsos valores. No.

Esta Cuaresma es especial. Estamos viviendo cómo muchos sistemas que hoy veis que se derrumban. Se derrumban. Estamos construyendo algo que puede derrumbarse. Y lo nuestro no es para derrumbarlo. El Señor nos ha llamado a no derrumbarnos, a ponernos en sus manos, a asumir que esta tierra y este mundo en el que vivimos puede reconciliarse, pero puede hacerlo solamente si realizamos una verdadera conversión.

Mirad, hoy a veces tenemos el riesgo de vivir absolutizando sistemas que vemos que se están derrumbando. En este mundo veis rupturas, enfrentamientos, divisiones, gente que está sufriendo, gente que tiene que marchar de sus lugares de origen, gente que no encuentra acogida en los lugares a los que llega, crisis ciertamente… la estamos viviendo nosotros en la familia, en la amistad con Dios.

Al comenzar la Cuaresma es maravilloso, queridos hermanos, que hoy el Señor nos diga: convertíos. Creed en el Evangelio. Si no, nos diría: mirad, si no hacéis esto, no toméis la ceniza. Porque se trata de que os estoy haciendo una invitación al cambio. A un cambio en profundidad de vuestra vida. A una adhesión al Jesús que es el Evangelio vivo de Dios. Convertíos. Cambiad de manera de pensar y de actuar. Dios no cambiará nuestra sociedad si nosotros no cambiamos personalmente. Todos somos urgidos en estos tiempos difíciles a esta conversión personal. Nuestro mundo necesita convertirse a Dios. Necesita de su amor y de su perdón.

Por eso, es una maravilla, queridos hermanos, que estén aquí quienes se están  preparando para el ministerio sacerdotal en nuestros dos seminarios: en el Metropolitano y en el Seminario Misionero Redemptoris Mater. Es maravilloso que estén aquí. Porque este mundo necesita hombres que en nombre de Jesús llamen a esta conversión. Nuestro mundo necesita convertirse a Dios. Nuestro mundo necesita de la cercanía de Dios, de la proximidad de Dios a los hombres. Necesita de su perdón.

Convertíos. Creed en el Evangelio. Necesitamos como nunca, hermanos, acoger la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Necesitamos creer en el poder transformador del Evangelio. Y sobre todo tenemos que ver que no estamos solos. Dios está sosteniendo nuestra vida y el clamor de todos los que sufren en esta situación difícil que atravesamos. Nos está invitando a acoger cada día más este amor del Señor.

Como veis, el Evangelio de hoy nos propone tres medios para combatir con eficacia el mal del mundo: la limosna, la oración y el ayuno. La limosna que implica fraternidad. Dar de lo que yo tengo para que otros puedan vivir. La invitación a la solidaridad, a compartir nuestros bienes donde a veces crece el hambre y la injusticia. A no idolatrar el tener. A no defraudar a quien está a mi lado, que Dios me lo ha puesto como hermano. Por eso, nos decía antes el Señor: «Tú, en cambio, cuando hagas limosna…».

Otro medio: orar. «Tú, en cambio cuando ores, entra en tu cuarto». Jesús nos invita a retirarnos a nuestro interior. Retirarnos a nuestro cuarto en el original era la casa. Profunda, ¿no? Donde nos encontramos con nosotros mismos y encontramos también la necesidad que tenemos de Dios. Entrar en una profunda relación con Dios. Mirar la vida desde Él, con los ojos del Padre, como lo hizo Jesús. Ha llegado el momento, queridos hermanos, de que los seres humanos nos demos cuenta de que tenemos que entrar a ese cuarto; a ese cuarto y aceptar la mirad de Dios, que vela por nosotros. Ha llegado el momento de hacer silencio para acoger esa llamada que nos hace el Señor a la conversión y que hace posible que, de lo nuestro, demos también a los demás.

Y el ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste. Perfúmate la cabeza y lávate la cara cuando ayunes. El ayuno cuaresmal no es para estar en forma, ni para reducir peso, ni para mejorar la imagen: es una crítica a los excesos de nuestro mundo de consumo en los que estamos inmersos. El ayuno es para compartir y para mejorar la imagen de cara a que los demás vean que yo soy su hermano, que soy hijo de Dios. La imagen de ir al encuentro de los hombres.

Queridos hermanos y hermanas: qué comienzo más maravillo para nosotros el de este Miércoles de Ceniza. Qué comienzo de este tiempo de conversión que nos ofrece la Iglesia en nombre de Jesucristo. Qué comienzo y qué llamada nos hace el Señor más grande, y qué medios más bellos nos propone. Al comenzar nuestra Cuaresma, cuarenta días hasta la alegría de la Pascua, vamos a volvernos al Señor, todos juntos, y decirle: Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro. Siempre.

Queridos hermanos: hoy no tenéis aquí la carta pastoral que os he escrito con motivo del comienzo de la Cuaresma. Una carta sencilla que he titulado No olvides que el Señor es compasivo y misericordioso. Durante estos próximos días la tendréis ahí para que el que quiera la recoja y sea un lugar o un medio para vivir este tiempo apasionante de la Cuaresma, dejarnos tocar por el amor de Dios, y poder regalar ese mismo amor sin esperar que comiencen los otros. No es exagerado lo que Jesús quiere de nosotros: que amemos cómo Él. No señaló. Nunca señaló a quienes lo condenaron, a quienes le mataron injustamente. Nunca los señaló. Les abrió los brazos. Les abrió el corazón, como lo vemos aquí, en este crucifijo que tenéis delante. Y dijo además: «Perdónales, porque no saben lo que hacen».

Os quiere decir el Señor que recurrir a la violencia no es nuestro. Lo nuestro no es devolver mal por mal, porque es precisamente entonces cuando entramos en un círculo infernal de violencia y destrucción, que a veces es lo que en la historia de la vida de los hombres hacemos y tenemos. Yo, en la carta pastoral, convierto la carta en que hagamos todos juntos un canto liberador. Un canto liberador que comienza: qué diferente es la vida dejándonos mirar por Dios a vivirla solo con nuestra mirada. Qué distinto. Un canto que tiene una introducción. Pero un canto que tiene cinco estrofas, queridos hermanos, que son las que en los diversos domingos de Cuaresma, los cinco domingos de Cuaresma, vamos a escuchar todos nosotros.

Por eso, yo os invito a que cojáis esta carta. Es una ayuda para orar y, sobre todo, para que todos vosotros, todos juntos, hagamos este canto. Cada uno como somos, desde donde estamos, en lo que vivimos. Pero hagamos este canto, que viene dado por la misma Palabra que el Señor nos va a regalar durante todo este tiempo cuaresmal.

Hermanos: convertíos y creed en el Evangelio. Es la llamada del Señor. Es de Jesús, que se acerca a nuestra vida esta noche, para invitarnos a hacer este camino cuaresmal. Con toda la Iglesia, en todas las partes de la tierra. Para convocar a todos los hombres a un cambio, a una conversión, a una reconciliación. Ayudados siempre por medios sencillos. No es necesario grandes cosas. Sencillos. Sencillo es repartir lo poco o lo mucho que tengamos. Dar de lo nuestro. Lo nuestro es hablar a Dios y dejar que Él nos hable. Y lo nuestro es descubrir que el ayuno que el Señor nos invita a hacer no es para que estemos más elegantes o más guapos. No. Es para que recordemos que Dios nos está esperando con los brazos abiertos y nos está pidiendo que hagamos un cambio en nuestra vida. Que así sea.

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