Homilías

Martes, 10 marzo 2020 16:40

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de clausura de la Asamblea Internacional de FIDACA (1-03-2020)

  • Print
  • Email

Querido presidente, don Sancho. Y querido vicepresidente, don Ignacio. Hermanos todos.

Acabamos de escuchar la Palabra del Señor que nos regala, a nuestra vida, y nos hace presente este Dios que para nosotros es misericordia. Y precisamente hoy, en este primer domingo de Cuaresma, le gritamos al Señor: misericordia Señor, hemos pecado. Y recurrimos al Señor porque es bueno, porque es compasivo y porque es el único que puede lavar nuestra existencia. Es necesario, es verdad, reconocer y hacer presentes nuestros pecados. Y descubrir que el Señor no quiere la maldad y el mal. Lo aborrece. Y solo Él puede crear en nosotros un corazón puro.

Por eso, suplicamos al Señor, al inicio de esta Cuaresma, que nos renueve por dentro. Que nos de ese rostro que solo Él puede dar. Que nos devuelva la alegría. Que nos afiance en tener ese espíritu que Jesús ha querido entregarnos a los hombres.

Tres palabras pueden sintetizar la Palabra que el Señor nos entrega en este domingo. La primera es perder; la segunda es devolver ; y la tercera palabra para nosotros, tal y como hemos escuchado en el evangelio, es alcanzar.

Perder. Perder la dignidad recibida. Como hemos escuchado en la primera lectura, el Señor nos modeló. El Señor nos dio el aliento de vida. El Señor creó todo lo que existe para ponerlo al servicio del hombre. Puso en el centro al hombre, porque además le pidió que en el centro de su corazón tuviese a Dios. Pero el ser humano no hizo caso a lo que Dios le había mandado. Se fió del mal. Y el mal le remitía a que dejase a Dios e hiciese lo que a Él le conviniese. Por eso nos lo narra tan bellamente aquí el libro del Génesis, hablándonos de ese fruto que tenía prohibido el hombre, y lo coge. El fruto era el mal, en la definitiva. Y la tentación era: no hagáis caso a Dios. Porque Dios os ha dicho esto porque sabe que seréis como dioses. Y el hombre se dejó engañar. Perder. Queridos hermanos, a veces perdemos la dignidad que tenemos. Porque la máxima dignidad es vivir como hijos de Dios y como hermanos de todos los hombres. La máxima dignidad es poner en el centro de nuestra vida a Dios. Y es cierto que a veces, por no hacerlo, perdemos y hacemos perder la dignidad a todos los hombres.

Estamos viendo nosotros, en nuestro mundo, cómo la división, la ruptura, el enfrentamiento se da en muchos pueblos de la tierra. Porque hemos relegado a Dios a un segundo lugar. Nos hemos puesto nosotros, y están nuestros egoísmos. Y están nuestros intereses. Y están el no considerar que la fraternidad universal solo puede llegar cuando seamos capaces de invocar a Dios como Padre, porque en esa invocación sentimos a los demás como hermanos. El Señor nos invita a no perder esta dignidad.

En segundo lugar, la otra palabra es devolver. Jesús… Nos decía la carta del Apóstol San Pablo a los romanos que lo mismo que por un hombre entró el pecado, también por un solo hombre ha comenzado el derroche de gracia y de justificación. Dios ha querido estar entre nosotros. Dios ha querido mostrar su rostro en nuestra vida. Dios ha querido que el delito de uno, que trajo la condena de todos los hombres, y nos ensució en el pecado y en la muerte, por la obediencia de uno, que es Cristo mismo, que nos habla hoy, por esa obediencia de Él, todos nos convertimos en justos. Por un solo hombre Él ha querido reincorporarnos. Devolvernos la dignidad perdida. Y lo acogemos como gracia.

En tercer lugar, alcanzar. El Señor nos invita a que alcancemos también esta dignidad que nos regala Jesucristo. Y nos da unos medios, como habéis escuchado en el Evangelio, para alcanzar la dignidad. Nos invita a tener tiempos para escuchar la palabra. Tiempos para mantener la fidelidad a Dios. Tiempos para centrar la vida solo en Dios. Jesús, llevado al desierto por el Espíritu, para ser tentado por el diablo. Es conmovedor contemplar a Jesús en el desierto. Es conmovedor: Jesús solo está ante Dios. En silencio. Sin ayudas materiales ni humanas. Es ahí donde aparecen las tentaciones. Las tentaciones son las de todo ser humano: la tentación de tener, del prestigio y del poder. Son tentaciones que nos dividen, queridos hermanos.

Estáis reunidos todos aquí, en este día especial. Y singular para todos vosotros. Reunidos. Esta asociación, FIDACA, reunidos aquí. Y yo os invito a que acojamos estos medios para alcanzar la dignidad que todo ser humano tiene. Sí. El Señor nos invita a hacerlo. Las tentaciones de hoy son las de todo ser humano. Siempre. Son las tres esclavitudes capitales. Son experiencias humanas universales: tener, prestigio, poder. Que nos rompen. Que nos dividen a todos. Jesús vivió nuestra condición humana tal como es: con los límites, con las carencias, con las tendencias. Pero las vivió filialmente. Es decir, las vivió con docilidad al Padre.

El evangelista nos dice que Jesús, después de ayunar 40 días con 40 noches, sintió hambre. La primera tentación fue esta: si eres hijo de Dios di que estas piedras se conviertan en panes. Tentación del tener. Propone a Jesús que ponga sus fuerzas de hijos de Dios para satisfacer su hambre. Que utilice a Dios en su propio beneficio. ¿Veis cómo la tentación de que Dios nos de siempre la razón? No es solo tentación de tener, del consumo, del materialismo, sino que es la tentación de manipular a Dios. Jesús sabe que la solución que le propone el diablo resulta perversa. Abandona a los hombres en sus manos en su lucha por el pan, les encierra en la necesidad económica, y venden así su dignidad: por el alimento, por el dinero… Jesús responde que no basta la prosperidad material para la realización del ser humano. No solo de pan vive el hombre. ¿Quién se toma tiempo para escuchar la palabra de Dios? Porque no solo de pan vive el hombre. Tenemos que vivir de esta palabra.

La segunda tentación es el prestigio: tírate abajo, porque está escrito que ha dado órdenes para que se acerquen a ti y te sostengan en sus manos, para que tu pie no tropiece en la piedra. Es la tentación, queridos hermanos, del triunfalismo; del éxito. Es la tentación de la teatralidad, del espectáculo, de la ostentación. Es la tentación que se reduce a esta expresión: gana prestigio para que la gente crea en ti. Cualquiera que quiera tener éxito necesita en la teoría, hoy, de nuestro mundo, una buena campaña de imagen. Su mesianismo no puede interpretarse como maravilla exterior, sino como expresión de fidelidad radical, porque la respuesta a Jesús fue contundente: no temerás al Señor tu Dios. Es respuesta de sabiduría. Corta. Corta de manera radical con la tentación de dejarse llevar por el afán de protagonismo. Lo suyo, como lo nuestro, queridos hermanos, es la fidelidad a Dios. Hasta el final.

Y la tercera tentación también es grave, como habéis visto. Es la del poder. A la que Jesús responde, cuando le dicen que le van a dar todos los reinos: al Señor tu Dios adorarás. A Él solo darás culto. Es la tentación de la ambición del poder. Enraizada en el poder humano, y en todo ser humano. Por eso, lo más sorprendente de esta tentación es descubrir que la ambición de poder no pertenece a Dios. Es del diablo. Es del diablo, queridos hermanos. Y esto puede darse también entre nosotros en la Iglesia. No sirve para extender y construir el reino. Es todo lo contrario. Quiere decir que no hay que hacerse ídolos. Que no hay que centrar nuestra vida más que en Dios. Por eso, cuando abandona la escena, nos dice el Evangelio, se acercaron ángeles que lo servían.

Queridos hermanos: Jesús experimentó, como nosotros, la fuerza de la tentación. Él sintió miedo, inseguridad, seducción del prestigio y del poder. Pero el camino que eligió Jesús es de docilidad total a Dios. Y nos abrió un camino de esperanza. Quizá la pregunta hoy para nosotros fuese esta: ¿cuáles son nuestras tentaciones que nos esclavizan? ¿Quién es el único que puede librarme de las fragilidades que me dominan? Jesús las ha vencido. Y Jesús nos sigue dando la fuerza para vencerlas.

Por eso, esta mañana y en este encuentro, al celebrar la Eucaristía que yo con mucho agrado celebro con todos vosotros, le pido al Señor también que en todos vuestros trabajos como Federación Internacional, FIDACA, esté presente esta actitud de Jesús: buscar como discípulos del Señor la fidelidad absoluta a Dios en todas las cosas y en todas las acciones y movimientos que tengáis. Por eso, esta mañana repetimos: Señor, que eres la paz de los que en ti confían, acógenos. Conviértenos a ti hoy de corazón. Danos fuerza para vencer esas tenciones. Porque queremos mantenernos en la dignidad que tú nos diste como hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Señor, devuélvenos la alegría de tu salvación. Afiánzanos en tu espíritu generoso. Deseamos alcanzar la dignidad. Y por eso nos comprometemos en este tiempo de Cuaresma a tener el tiempo de escucha de la palabra. A mantener la fidelidad a ti. Y a tener tiempo para descubrir y vivir el centro de nuestra vida que eres Tú, Señor.

A este Jesús que se hace presente aquí y ahora, en el altar, y que se convierte en centro, todos lo miramos, todos lo adoramos, todos lo acogemos. Todos estamos dispuestos a servir al Señor y a rechazar toda la tentación que llegue a nuestra existencia. Un rechazo que no hacemos nosotros con nuestras fuerzas, sino que lo queremos hacer con las fuerzas que vienen del Señor. Tener el prestigio y el poder no es algo que sea necesario para nosotros. Para nosotros, es necesario tener a Dios. Y tener a los demás como hermanos.

Que el Señor os bendiga a vosotros y a este encuentro. Y bendiga todas vuestras acciones. Y las tareas que aquí y ahora vais a tener. Que así sea. Amén.

© 2018 Archidiócesis de Madrid. CIF: R2800137H. Todos los derechos reservados - Login

Search