Homilías

Lunes, 06 abril 2020 16:38

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Domingo de Ramos (5-04-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares: don Jesús, don Santos y don José. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Queridos hermanos todos los que estáis siguiendo esta Eucaristía a través de Telemadrid, a quien doy sinceramente las gracias por el esfuerzo que están haciendo para acercar esta palabra del Señor y esta vida de Nuestro Señor Jesucristo a todos. Gracias de corazón. Hermanos todos que hoy desde vuestras casa estáis siguiendo la celebración que estamos realizando desde la catedral, en la que estáis todos. Queridos hermanos: aquí, esto está abarrotado. Está todo Madrid: los que creéis explícitamente en Nuestro Señor y os sentís miembros vivos de la Iglesia, y todos los que, quizá con dudas, pero sois también miembros de la Iglesia.

Queridos hermanos todos: el Señor nos ha abierto el oído, nos decía el profeta Isaías hace un instante. El Señor nos ayuda. Dios me ayuda. No es un Dios extraño, no es un Dios que se ha quedado lejos de los hombres, de la vida de los hombres. Ha participado en toda la existencia que tiene el ser humano. También en los padecimientos, y también en la muerte. Pero también, queridos hermanos, en la Resurrección. Como nos decía hace un instante el apóstol Pablo: tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos, pero Dios lo exaltó y le ha concedido el nombre sobre todo nombre. Por eso nosotros hoy estamos reunidos aquí, en este Domingo de Ramos en el que, fijaos queridos hermanos, hoy estamos sin ramo. Esa alegría que otros años teníamos aquí en la plaza e íbamos en procesión con los ramos y con los niños, hoy no la tenemos. Pero son ramos más auténticos, porque mirad, los ramos sois cada uno de vosotros: el abuelo, la abuela, con toda su existencia cargada de trabajo, cargada de transmitir la fe a todos los que os acogemos y os honramos. El padre, con su trabajo, con sus necesidades, en el momento en el que estamos viviendo donde quizá está sospechando que pueda haber alguna situación que traiga tristeza, pero sin embargo padre cristiano. Madre cristiana. Que estáis hoy junto a vuestros hijos. Sois ramos. Sois un ramo singular y especial. Y esto es hoy lo que ofrecemos nosotros al Señor. Todo Madrid, cada uno de los que somos parte de esta archidiócesis nuestra de Madrid, vamos llevando nuestro ramo, nuestra existencia, en su pobreza, en su pequeñez, pero en la grandeza que tiene el sabernos necesitados del Señor. Como las gentes de Jerusalén, que viendo al Señor que entraba salieron corriendo a acercarse a Él porque necesitaban de su amor, de su presencia, de su cariño, de su aliento. Era Dios con nosotros, queridos todos. Bendito el que viene en nombre del Señor.

Si yo quisiera hacer una síntesis de la palabra de Dios que acabamos de proclamar, y hacer una síntesis también del momento que estamos viviendo, os diría tres palabras: estamos necesitados, estamos acompañados y estamos abrazados.

Sí, hermanos: estamos necesitados. Este es el grito que resuena en el Evangelio de este Domingo de Ramos. El grito de los discípulos en la entrada de Jesús en Jerusalén es también nuestro grito hoy: «Bendito el que viene en nombre del Señor». Mirad, a pesar de lo que estamos viviendo, duro para muchos de nosotros, muy duro, necesitamos aclamar al Señor que viene a nosotros en esta situación dolorosa que atravesamos. Nos pasa como a las gentes de Jerusalén: estamos necesitados de alguien que nos acompañe; de alguien, queridos hermanos, que esté junto a nosotros, que se solidarice con nosotros, que nos aliente, que nos haga ver entre la niebla o las cortinas que en estos momentos impiden pasar la luz; que nos haga ver que Él es la luz, que Él es la fuerza, que Él tiene capacidad para liberarnos en esta necesidad que tenemos.

Estamos invitados, hermanos, a participar en esta manifestación y a aclamar a Jesús por el camino de esperanza que ha abierto para nosotros. Sí, con nuestro ramo, el que somos; nuestra vida, la que tenemos. Nos sentimos parte de esa muchedumbre que ha experimentado que Jesús es el gran liberador. Queremos decirle a Jesús también nosotros, esta mañana, cada uno de vosotros desde vuestras casas, pero conmigo aquí, unidos a vuestro pastor, que os tiene aquí, en torno al altar: «bendito el que viene en el nombre del Señor». Así queremos decirle. Es la expresión del deseo de liberación del pueblo, de liberación de cada uno de nosotros. Es, queridos hermanos, como si le dijésemos al Señor hoy desde aquí: «sácanos, Señor, sácanos de este círculo asfixiante en que vivimos. Déjanos aclamarte en este día con un cántico nuevo». Sí, Señor, en estos momentos tenemos la seguridad de que vienes a nosotros: vienes a los enfermos, vienes a los que padecen el coronavirus, a los que se encuentran en las UCI, a los que han perdido un familiar querido sin poder despedirse, a los que ya han pasado al otro lado de tu amor. Sí, hermanos: ¡bendito el que viene en nombre del Señor! Necesitados.

Pero, en segundo lugar, estamos acompañados. Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, la última etapa antes de llegar a Jerusalén, en el Monte de los Olivos, Jesús se detiene y envía por delante a los discípulos para que le consigan una cabalgadura. «Id a la aldea de enfrente, encontraréis una borrica, atada con su pollino. Desatadlo y traédmelo». ¿Por qué elige el Señor un borrico para entrar en Jerusalén? Representa, queridos hermanos, la mansedumbre, la paz, frente al caballo que simbolizaba la violencia y la guerra. Jesús es un Mesías que nos llena de paz, de amor, de entrega. Jesús es quien hace que en toda la tierra se alce hoy el grito: «paz. Te necesitamos, Señor». La multitud, todo el pueblo, como pasa hoy, extiende los mantos por el camino. El cortejo se ha organizado enseguida, queridos hermanos, como está organizado en nuestro corazón y en nuestra vida. Está organizado el cortejo: te necesitamos, Señor. Ven, entra en nuestra vida. Viva el hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor. Tú traes la salvación, tú traes esa capacidad nueva que nos das a cada uno de nosotros para estar interesados siempre por el otro, sea quien sea, especialmente por el que más lo necesita. La multitud, como nosotros hoy en Madrid, extendemos los mantos por el camino. Jesús entra. Entra en nuestra ciudad. Entra hoy. Quiere entrar también en nuestro propio corazón. Dejémosle entrar, queridos hermanos.

Es verdad: estamos necesitados. Pero, como os decía en segundo lugar, estamos acompañados: el Señor, su rostro, no es el de un poderoso fuerte, es el de alguien manso, humilde, pacífico y sin armas. Y ante Él podemos preguntarnos nosotros: «¿Señor, por qué caminos nos quieres conducir? ¿Qué esperas tú de cada uno de nosotros?». Jesús no llegó en un caballo, como los grandes del mundo, sino en un borrico prestado. Jesús es un Mesías pobre, rey de los pobres. Y la pobreza de Jesús nos invita a vivir libres de toda ambición de poder, de ser importantes, de toda ambición de tener, que es la que arruina este mundo y genera tanta injusticia. Jesús nos está invitando a darnos un mensaje importante. Sí, queridos hermanos: Jesús se manifiesta y rompe nuestros esquemas. No es Dios más que de los abatidos, de los pobres, de los enfermos, de los marginales, es el Dios que viene a nosotros lleno de paz y de mansedumbre y que nos ofrece el camino de una vida nueva, distinta, en paz, no ensangrentada por la violencia. Este Jesús es el que clama el pueblo, este Jesús es el que quiere entrar en nuestro corazón, queridos hermanos. Estamos necesitados, pero estamos acompañados. El Señor viene. Está con nosotros. Está a nuestro lado. Entra en nuestra ciudad de Madrid. Dejémosle entrar en nuestro corazón.

Y, en tercer lugar, estamos abrazados. No solamente necesitados, que lo estamos. No solamente acompañados. El Señor está a nuestro lado. Ha entrado en Madrid y nos abraza. Queridos hermanos: la ciudad de Jerusalén, nos decía el Evangelio, que preguntaba alborotada: «¿Quién es este?». Los que venían con él contestaban: «Es Jesús, el profeta de Nazaret, el profeta de Judea». Quizá la gente que lo seguía aclamándole aquel día de primavera se planteó la pregunta fundamental: ¿quién es de verdad Jesús? Nosotros, hermanos, también hoy nos lo preguntamos: ¿quién es para mí personalmente Jesús? ¿Cómo respondería yo a esta pregunta: quién es para mí Jesús? Para ti, padre, madre, abuelos, hermanos, niños. Gracias porque habéis acogido la propuesta que os hacía de llenar hpy las ventanas de vuestros dibujos, de ramos, para manifestar que Jesús entra también en esa casa. Queridos hermanos, no tendríamos que dejar de hacernos esta pregunta: «Jesús, ¿tú quién eres para mí?». «Yo sé que tú eres Dios. Quizá tengo oscuridades, quizá me falta abrirte el corazón, pero sé que tú me acompañas y no me pones absolutamente ninguna condición. Hoy entras en todos los que en Madrid viven. Hoy, desde esta catedral, tú te haces presente».

Señor, que tengamos siempre sed. Esa sed que no apague nuestro corazón. Sed de amor, sed de entrega, sed de fidelidad, sed de servicio, sed de dar lo mejor de nosotros mismos. Desde el fondo de nuestro corazón, queridos hermanos, hoy quisiera que dijésemos todos al Señor: «Vienes a nosotros en un borrico, lleno de humildad, todo lo contrario de lo que nos suele gustar a nosotros, que queremos aparentar más de lo que somos, que deseamos ser reconocidos importantes. Bendito tú, Señor, que siempre traes la paz, que siempre nos regalas el amor. Hosanna, Señor. Sálvanos. Lo necesitamos hoy más que nunca. Sálvanos. Elimina de nuestra vida esta pandemia que asola a tanta gente, que nos tiene a todos ocupados y preocupados. Hoy abrimos las puertas de nuestro corazón. Nos ofreces tu paz y tu esperanza. Gracias, Señor. Estamos necesitados, es verdad, pero nos sentimos acompañados por ti y hoy nos sentimos abrazados. Tú te haces presente en este altar de la catedral hoy, una vez más, y nos abrazas, y nos dices a todo Madrid: “No estáis solos, os acompaño, os quiero, os amo, vivid en mi amor”». Que así sea.
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