Homilías

Martes, 14 abril 2020 16:11

Homilía del cardenal Osoro en la Misa Crismal (08-04-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid, don José, don Jesús y don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Hermanos todos. Queridos sacerdotes que estáis siguiendo esta celebración, esta Misa Crismal donde vamos a bendecir y a consagrar el santo crisma y bendecir los óleos, y que vais a llevar vosotros después a vuestras comunidades para guardarlos como un tesoro y poder después realizar las Confirmaciones, dar el óleo a los enfermos para que se recuperen y se pongan en la dirección siempre de Nuestro Señor.

Queridos hermanos sacerdotes. Os lo he dicho antes: en estos momentos estáis todos, todos, aquí. Estamos solos prácticamente en la catedral.pero no estamos solos. Estáis todos vosotros. Vuestra presencia es real. No es una presencia teórica.

Mirad, hay dos sacerdotes excepcionales que pasaron por aquí, por Madrid, que estuvieron con nosotros. Me refiero fundamentalmente a uno que llegó a ser obispo, san Antonio María Claret, y a otro que fue mártir, aquí, san Pedro Poveda. Dos sacerdotes que, después de meditar las lecturas que acabamos de proclamar, me parecía a mí que era importante tenerlos en cuenta. Porque es cierto que, fundamentalmente, la Palabra que acabamos de proclamar nos habla de tres tareas esenciales en nuestra vida: nos habla de nuestra profesión, nos habla de las herramientas que tenemos para hacerla, para vivirla, y nos habla de la misión entrañable que Jesús nos ha regalado a todos nosotros.

Sí. El Señor, a través del profeta Isaías, nos habla de nuestra profesión. Lo habéis escuchado: «Sacerdotes del Señor, sois ministros de nuestro Dios». Sois hombres enviados para dar esa buena noticia. Para curar, para proclamar, para consolar. Cuántos momentos en estos días, habéis vivido de esta manera. Qué momentos extraordinarios. Anoche mismo me contaba un sacerdote, despidiendo a su padre y rezando en el momento que casi va a expirar, poniéndole en manos del Señor. Entrañable, queridos hermanos. Gracias.

Estos dos sacerdotes: san Antonio María Claret, que pasó por aquí, por Madrid, y con el testimonio de su vida y con sus palabras pronunciadas en el ejercicio del ministerio, tienen que dejar impronta en nosotros. Sí. Él las dejó. El padre Claret veía la urgencia de la misión como la estáis viendo vosotros en estos momentos, y lo mostraba en aquellas palabras con las que él se dirige al padre Xifré en el año 1861, cuando le dice: «Yo, al ver la disposición de la gente al hambre de la divina palabra, no me puedo contener». Queridos hermanos: eso os ha pasado a vosotros. Lo habéis visto, lo habéis percibido y lo habéis experimentado en vuestra vida. Hay hambre de Dios. Hay deseos de Dios. Hay deseos de que haya una palabra que venga más allá de nosotros mismos. Hay deseos hondos y profundos en nuestro mundo y en nuestra sociedad de Dios. Pues queridos hermanos, qué profesión más bella la que nos ha regalado Nuestro Señor Jesucristo.

Pero exactamente igual el padre san Pedro Poveda nos decía. Un hombre que vivió con nosotros y entregó la vida aquí, y decía así: «Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni por lo que deslumbran, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos. Por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado, a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia». Queridos hermanos, vosotros hacéis sentir los efectos de la presencia de Nuestro Señor en medio de los hombres. Cuando perdonáis, cuando bendecís, cuando acompañáis, cuando celebráis la Eucaristía, aunque sea en estos días como lo estamos haciendo en la soledad, pero una soledad que para nosotros es ficticia porque están todos con nosotros, tenemos a todos los hombres con nosotros, a todas nuestras gentes, a toda nuestra comunidad.

No nos distinguimos por deslumbrar. Ojalá siempre nos distingamos por los frutos santos. Por esta profesión que el Señor nos ha regalado, y en la que nos ha dicho: «sois enviados». Sí. Para dar la buena noticia. Para curar. Para proclamar. Para consolar. Para estar al lado de las gentes. Estamos, queridos hermanos, descubriendo el rostro de ese buen pastor. El rostro de ese pastor que siempre vive en la búsqueda del hombre, ocupado y preocupado por la misión. El rostro de un hombre que es testigo y maestro, con un amor incondicional a la Iglesia y un amor incondicional a todos los hombres. Prestando todo lo que es y lo que tiene para acercarse a cada uno de los hombres con que se encuentre en la vida.

Pero, en segundo lugar, no solamente el Señor nos ha dado esta profesión, sino que nos ha dado unas herramientas. Qué bien nos las proponía el apóstol Pablo cuando nos dice que estamos invadidos por la gracia y por la paz de Nuestro Señor Jesucristo.

Sí, queridos hermanos: estamos celebrando la Misa Crismal. El obispo celebra con los presbíteros, como hacemos todos los años, y de alguna manera lo estamos haciendo en estos momentos de otra forma distinta, en esta Misa en que consagramos el santo crisma y se bendicen los restantes óleos. Esta Misa es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. En la oración colecta habéis visto lo que hemos dicho: «Oh, Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a nosotros miembros de su cuerpo, nos haces partícipes de su misma unción, ayúdanos a ser en el mundo –le decíamos al Señor– testigos fieles de la redención que ofreces a todos los hombres». Queridos hermanos: qué maravilla. Testigos, fieles, de la redención que el Señor regala a todos los hombres.

Otros años renovábamos aquí juntos las promesas sacerdotales. Como os decía al inicio, lo haremos de una forma especial y celebrando nuestro ministerio, el regalo que el Señor nos ha hecho. Lo celebraremos aquí en algún momento. Ojalá, queridos hermanos, siempre seamos protagonistas testigos valientes, para anunciar el año de gracia del Señor, para hacer creíble a los hombres que «hoy se cumple la escritura que acabamos de escuchar», como nos decía el Evangelio. Asumimos en nuestra vida el vivirla como el buen pastor. Qué hermoso, queridos hermanos, las herramientas que el Señor nos da: su gracia, su paz, su comunión, su misterio, su ministerio, su cercanía a los hombres, su dar la mano a todos, sin hacer excepciones. Todos los hombres, lo estamos viendo quizá en estos momentos más que nunca, necesitan de la cercanía de Dios. Acercad al Señor. Como nos decía el Señor, les dijo a los apóstoles, y a nosotros también en ellos: «Lo que he hecho con vosotros, hacedlo». Hacedlo. Dadlo. Regaladlo. Lo que el Señor no ha dado, démoslo, no lo guardemos para nosotros mismos. Profesión. Unas herramientas excepcionales que no las hemos conquistado nosotros, nos lo ha regalado Nuestro Señor. Su misterio y su ministerio es un regalo del Señor.

Y, en tercer lugar, nos lanza a la misión. Enviados en medios del mundo. Enviados para proclamar la libertad a los cautivos- Para evangelizar a los pobres. Para dar y poner libertad en un mundo que a veces está lleno de esclavitudes. Para hacer posible que toda opresión se quite del corazón y de la vida de los hombres. Para proclamar este año de gracia del Señor.

Queridos hermanos: qué fuerza tiene el discurso del buen pastor escuchado en estos momentos de nuestra vida y de esta historia. Fijaos en algo que es importante. A partir del siglo III, la figura del pastor se convirtió en figura característica del cristianismo. El discurso del buen pastor, si os habéis dado cuenta, no comienza con una afirmación solemne, «yo soy el buen pastor». No. Comienza con otra imagen más sencilla y más profunda: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Anteriormente había dicho cosas como estas: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido. El que entra por la puerta es pastor de las ovejas». ¡Qué importante es este paso! A través de Él, el Señor nos da todas las pautas necesarias para ser pastor. Para ser pastor bueno. Solo el que entra a través de Jesús, entendido como la puerta, es buen pastor. Y es que el rebaño le pertenece solamente a Jesús, y quienes elige Él para que cuiden del rebaño y le hagan presente en medio de las ovejas no tienen que entrar por otro sitio. Han de entrar por la puerta, que es Él.

¿Cómo entrar, queridos hermanos sacerdotes, por esta puerta que es Jesús? Os invito esta mañana a que miremos la llamada que sobre Pedro hace Jesús después de la Resurrección. Le dice por tres veces: «Apacienta a mis corderos, apacienta a mis ovejas, Pedro». A Pedro, el Señor le designa pastor de las ovejas de Jesús. Pero, ¿cómo desempeñar este oficio? Nada más y nada menos que entrando por la puerta, que es el mismo Cristo. ¿Y cómo se entra por esta puerta? Dejándonos hacer la misma pregunta que a Pedro le hizo el Señor: «Simón, ¿me amas?». Carlos, ¿me amas? Jesús, ¿me amas? Santos, ¿me amas? José, ¿me amas? Poned los nombres en vuestra vida.

¿Cómo entrar? «Apacienta a mis corderos», le dice por tres veces. «Apacienta mis ovejas». A Pedro, el Señor le designa pastor de las ovejas de Jesús. Pero, ¿cómo desempeñar este oficio? Nada más que entrando por la puerta, que es Cristo. ¿Y cómo se entra? Dejándonos hacer esta pregunta: «¿Me amas?». Una pregunta personal, que requiere una respuesta personal. Se le pregunta solo y exclusivamente por el amor, que le hace ser una sola cosa con Jesús. Este ser una sola cosa con el Señor es lo que hace que a Jesús le escuchen. Escuchen su voz. Es la voz de Jesús. De tal manera que no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y a través del cual llegan las ovejas.

Queridos hermanos sacerdotes, os invito a que nos hagamos esta pregunta: ¿cómo llegamos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Cómo habéis llegado estos días? ¿Por nuestra sabiduría?, ¿por nuestro modo de entender lo que tiene que hacer la Iglesia?, ¿por nuestras opiniones personales?, ¿por nuestros planteamientos?, ¿por nuestros programas?, ¿por nuestros fallos?, ¿por las rupturas que podamos tener en diversas opiniones? Hay algo que es extraordinario. Mirad cómo acaba la escena de la llamada que le hace el Señor a Pedro para cuidar las ovejas. La escena acaba así: «¡Sígueme!». ¡Sígueme! 

Queridos hermanos: habéis experimentado esto estos días. El ladrón viene para robar, matar y hacer estragos. Qué tremenda fragilidad. Sin embargo, el pastor no quita nada. Da la vida. Es transparencia de Dios. «He venido para que tengan vida en abundancia». Llevar siempre a las ovejas a buenos pastos. ¿Qué significa esto en estos momentos para nosotros? ¿Qué significa? Nos tenemos que preguntar con toda profundidad: ¿de qué vive el hombre? Y desde esa profundidad responder con los criterios del Evangelio. El hombre, queridos hermanos. Vive de la verdad.Vive de ser amado. Vive de ser amado por la verdad. No tengamos miedo de entregar esta verdad, que es Jesucristo. En nuestra cultura secularizada, laica, que a veces arrincona a Dios. Saquémosle fuera, a la vida. Dejemos de hacer tramoyas y presentemos a un Dios vivo, que habla al corazón del hombre y le interpela. Lo que estáis haciendo, amando a la gente, queriendo a la gente, estando con la gente, sirviendo a la gente, sabiendo que estáis en casa, sabiendo que salís a los lugares que ellos deseen y que necesitan. Un Dios que se acerca. El hombre, como siempre, pero quizás más en estos momentos, lo estamos viendo que necesita amor. Necesita a Dios mismo. No relatos, sino a Dios mismo. Necesita a Jesucristo. 

Queridos hermanos. La cruz es el punto central del relato del buen pastor. En tiempo de pandemia, la cruz adquiere un significado muy hondo. Cuando estamos celebrando la Misa Crismal, pongamos la cruz en el centro de nuestra vida de sacerdotes. La cruz no le coge desprevenido a Cristo. Él hace entrega libre y decidida de sí mismo. «Yo entrego mi vida para recuperarla, nadie me la quita sino que yo la entrego. Y la entrego libremente». Así se explica lo que ocurre en la Eucaristía. La crucifixión es un acto de entrega voluntaria de sí mismo por los demás. El Señor no entrega algo: se entrega a sí mismo. Es más, no tuvo a menos hacerse hombre siendo Dios como era. ¿Qué hago yo? ¿Qué entrego? ¿Dejé por Cristo mi pensar por el suyo, mi ser por el suyo, mi actuar por el suyo? Solo en Dios, y a través de Dios, se conoce verdaderamente al hombre. Cuanto más nos acercamos al Señor, más conocemos a los hombres. 

¿Cómo anunciar hoy, y cómo no dejar de anunciar a Jesucristo? ¿Cómo no ponernos siempre en estado de misión, pero más en estos momentos? Para un sacerdote, es importante llegar a esta conclusión: no obedezco a un Jesús que yo u otros imaginamos a partir de las Escrituras. Entonces solo obedecería a mis propias ideas preferidas y me adoraría a mí mismo, a la imagen de Jesús creada por mí. Obedecer a Cristo significa obedecer a su cuerpo. A Él en su cuerpo. Y Él en su cuerpo es representado por el obispo. Y este representa a la Iglesia en un lugar y remite a la totalidad de la historia de la fe.

Queridos hermanos. En este día de la Misa Crismal renovemos en lo más profundo de nuestro corazón el misterio que es nuestra vida por la ordenación sacerdotal. Para que sean realidad las palabras que en el prefacio vamos a decir: «Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti, por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor».

Queridos hermanos. Ponemos nuestras vidas en manos de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora la Real de la Almudena. Ella, la buena madre, nos da la mano para seguir los pasos de Jesús. Gracias de corazón por vuestro ministerio y por vuestro misterio. Gracias a todos los cristianos que estáis siguiendo esta celebración. Quiero tener un recuerdo singular y especial por los seminaristas que se preparan para el ministerio sacerdotal, y que están viviendo este momento de una forma excepcional de entrega y de fidelidad en la preparación para el servicio de todos los hombres. Que a ellos alcance también esta oración. El Señor os bendiga a todos. Amén.

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