Homilías

Miércoles, 15 abril 2020 14:03

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo (09-04-2020)

  • Print
  • Email
  • Media

Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid: don Jesús, don Juan Antonio, don José y don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono. Queridos hermanos y hermanas que estáis asistiendo a esta celebración desde vuestras casas, pero que estáis aquí. Os siento cerca y percibo que se hace verdad lo que el Señor nos ha dicho en la Palabra de Dios que acabamos de proclamar.

El contenido fundamental del Evangelio y de este Jueves Santo, quizá tan especial para nosotros, sigue siendo este que nos dice Jesús: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Y hoy Jesús entra en vuestras casas. Hoy vuestras casas se han convertido en ese cenáculo en el que la maravilla del amor del Señor se ha de manifestar entre vosotros los esposos, que os queréis, que os perdonáis; entre vosotros, los hijos con los padres, y los hijos entre vosotros mismos también; en las familias, que quizá ha habido momentos en que habéis estado un poquito lejanos o fríos, pero que sin embargo el Señor quiere entrar a vuestra vida. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».

Si os habéis dado cuenta, en la Palabra de Dios que hemos proclamado aparecen tres realidades que a mi modo de ver son esenciales para nosotros. Aparece que también vosotros sois una señal en medio del mundo. Habéis escuchado la primera lectura del libro del Éxodo, donde el pueblo de Israel era una señal de la presencia de Dios en medio de ese mundo. Una señal fuerte. Una señal evidente. Dios ayudaba a ese pueblo. Dios permanecía con él. Dios lo alentaba. Dios lo protegía. Como hace, queridos hermanos, con todos nosotros. Somos también una señal en medio de este mundo. Pero recordad que la señal más grande que tiene que darse por nuestra parte en medio de este mundo es precisamente la misma que Jesús dio a los discípulos, y les señaló: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».

En segundo lugar, el Señor nos dice también que vivamos lo que Él nos ha dado. Qué maravilla. El evangelista quiere que se nos grabe bien esta escena del lavatorio de los pies que amontona verbos. Daos cuenta que amontona ocho verbos: se levantaba de la cena, se quita el manto, toma una tolla, se la ciñe, echa agua en la jofaina y se pone a lavar lo pies a los discípulos. Describe una escena preciosa. Plano a plano, como si fuera una película para suscitar en la comunidad cristiana una actitud que tiene que ser la que invada y la que organice toda nuestra existencia. «Vivid lo que os he dado», nos diría el Señor.

Mirad, como vosotros sabéis y me lo habéis oído en muchas ocasiones, lavar los pies en aquella cultura era un trabajo de esclavos. Jesús lavaba los pies, y estaba realizando un gesto escandaloso. El que dais vosotros cuando tomáis la decisión de que lo más importante en vuestra vida, en nuestra vida, es permanecer en el amor. Amarnos. Querernos. Dar la vida los unos por los otros. Y que esto se manifieste precisamente en el núcleo más esencial y más bello que puede existir en este mundo, que es la familia. Por necesidades hoy estáis en la familia. Pero daos cuenta que quizá el Señor nos quiere dar a nosotros también algo especial. Quiere suscitar una actitud de lo que ha de ser nuestra vida. Lo que hace Jesús, lavar los pies, solo lo hacían los esclavos, y alguna vez las mujeres. Por eso, con este gesto, Jesús provoca desconcierto en los discípulos. Él preside la mesa. Es el Señor. Es el maestro. Es el Mesías. Y, queridos hermanos, se pone a lavar los pies. Es incompresible para los discípulos. 

Os invito: quedémonos por un instante contemplando esta escena. Imaginemos que estamos también nosotros en ese círculo. Y es Dios mismo el que viene a lavarnos los pies. Sí. Nos encontramos frente a frente con Jesús. Lavándonos los pies. Lavando nuestras miserias. Lavando nuestros pecados. Haciendo posible que tengamos otra actitud en la vida. Jesús hoy se arrodilla frente a frente ante nosotros. Sí. Jesús está hoy arrodillado ante tantos enfermos de coronavirus. Ante tantos que lloran por no haberse podido despedir de los familiares que ya han fallecido. Se arrodilla ante los sanitarios que se han entregado heroicamente a tantos enfermos, y que han llorado incluso por ellos muchas veces su impotencia. Jesús se arrodilla también ante cada uno de nosotros. Toca lo sucio de nosotros, queridos hermanos. Toca lo sucio que hay en el ser humano y en nosotros. Toca nuestra fragilidad. Toca nuestro pecado. Pero, ¿sabéis lo que sucede? Que cuando lo toca Jesús, nos devuelve la dignidad.

Queridos hermanos: cuando a veces no vivís precisamente el amor entre nosotros, Jesús toca nuestro corazón, nos devuelve la dignidad. Porque la dignidad nuestra está en valorar, en dar la dignidad al otro. Y la dignidad básica se la devolvemos cuando amamos como Jesús. Jesús toca nuestras fragilidades. Nos devuelve la dignidad. Nos devuelve la libertad. Qué maravilla. Es Jesús el que nos hace libres. Es Jesús el que nos quita toca esclavitud y toda alienación. Es Jesús que os dice y nos dice a todos, queridos hermanos: «tu vida es valiosa, tu vida vale mucho, eres imagen mía, tienes mi vida. Yo la amo».

Queridos hermanos, es verdad que en esta época no están los amos y esclavos de la época de Jesús. Este gesto en tiempos de Jesús es revolucionario. En el contexto de hace más de dos mil años. ¡Revolucionario! Jesús propone una revolución del amor y de la ternura. Y esto es lo que celebramos esta tarde. Y esta revolución es la que yo os propongo, queridos hermanos, en este momento y en esta situación en la que estamos viviendo. Demos valor a lo que tiene valor. Dejemos entrar en nuestra vida aquello que merece la pena. Abrir nuestras puertas y nuestro corazón para que entre.

Tengamos la osadía de cambiar esta tierra y este mundo. Pero no con cualquier arma; con la que nos entrega Jesús: «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Tengamos esta osadía, queridos hermanos. Jesús, con este gesto, rompe todos los esquemas: los religiosos, los sociales, los culturales, invierte valores, derrumba estructuras de un mundo injusto. Jesús no actúa como soberano: actúa como servidor. Como lo hace contigo esta tarde. Se acerca a ti , te lava los pies, te lava lo sucio, te recupera, quiere que vivas no de cualquier cosa. Vive de su amor. Entrega su amor. Haz la revolución en esta tierra y en este mundo. 

¿Veis? Hay una actitud en el Evangelio que hemos escuchado. Pero para Pedro, esto es inaceptable. Por eso se comprende que Pedro dijese al Señor: «Pero Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? ¡Imposible, ni hablar, no me lavas los pies, tú no me lavarás los pies jamás!». Es, como veis queridos hermanos, una negativa rotunda. Pedro no admite la igualdad. Tiene un modo de pensar de la cultura dominante. Cree que es legítima la desigualdad. Por eso no acepta en absoluto que Jesús se abaje hasta el extremo, que su maestro sea amigo suyo, que lo limpie. Pero habéis visto la reacción de Jesús, que es la reacción que tiene con nosotros. Mirad, «si no te lavo los pies no tienes parte conmigo». Si no te lavo los pies no vas a cambiar nada. Vas a estar triste. No solamente no vas a cambiar nada, vas a introducir en este mundo algo que no merece la pena, que nos divide, que nos rompe, que nos aliena. Sin embargo, si me dejas lavarte los pies, sí que tendrás parte conmigo

¿Os dais cuenta? ¿Os dais cuenta cómo estaría la cara de Pedro? Imagínate a Jesús de rodillas ante él pidiendo que le deje lavarle los pies. Imagínate tú hoy, queridos amigos, vosotros, los niños, los papás, los abuelos, yo mismo ahora..., que Jesús viene y me dice que me quiere lavar los pies. ¡Qué maravilla!. ¿Qué siento? ¿Me resisto, o seré capaz de acoger el amor? Queridos hermanos, daos cuenta de una cosa: cuántas cosas hemos acogido en nuestra vida, en nuestro mundo, cuántas cosas estamos acogiendo que nos destruyen. Queridos hermanos: sí, nos destruyen. Solo el amor del Señor nos construye, nos alienta, nos saca de nosotros mismos, nos hace dar la mano al otro siempre. Dejémonos alcanzar por este amor del Señor en lo profundo de nosotros mismos.

Os hago esta pregunta, queridos hermanos; me la hacía yo preparando esta homilía esta mañana, en mi capilla, rezando: «Señor, ¿seré yo capaz de dejarme tocar los pies hoy? ¿De dejarme lavar lo sucio de mi vida? ¿Seré capaz de incorporar a mi vida lo que tú me regalas, el amor?».

Qué bonita es la terminación del diálogo y del lavatorio de los pies: «Si yo, el Señor y el maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavar los pies unos a otros». Esta es la gran tarea. Esto es precisamente amar hasta el extremo, queridos hermanos. El lavatorio de los pies, queridos hermanos, es en definitiva hoy el que nos hace apreciar lo que es la Eucaristía. Es el pan partido y repartido entre todos como expresión del amor hasta el extremo. De alguna forma, la Eucaristía es una protesta tremenda contra la injusticia de nuestro mundo. Es la celebración del amor y de la vida para todos, sin exclusión de nadie.

Esta Eucaristía nos está preparando, queridos hermanos, para lo que puede venir. Y lo que viene, queridos hermanos, es que tenemos que abrirnos a las necesidades de los demás. Va a quedar mucha gente a veces al margen. Y tenemos que ayudarnos. Tú y yo podemos cambiar este mundo. Y lo podemos hacer con esta propuesta que os hago: acogiendo el amor del Señor, dejándonos lavar los pies y quitando los egoísmos. Y pensando más en el otro. Por eso, la Eucaristía.

Hoy también es el día del amor fraterno. Un amor que no es inclusivo, que se extiende a todos los seres humanos comenzando por los que están más cerca. Es el día del ministerio sacerdotal. Cristo a vuestro lado. Como lo habéis experimentado estos días a través de tantas visitas, tantas llamadas, tantas cercanías..., en vuestro barrio, en los hospitales, de los sacerdotes, queridos hermanos. Sí. La cercanía de Cristo, que os regalaba su bendición, os regalaba su perdón, en definitiva os regalaba esa cercanía. Día de la institución del ministerio sacerdotal. Día del amor fraterno, queridos hermanos. Día en que el Señor nos enseña algo especial: que amar, morir y resucitar son las tres realidades más importantes en la vida de cada ser humano.

Quizá el verbo amar es el que ha sido más conjugado en la historia de la humanidad. Pero el ser humano sigue sediento de amor. Y cuando lo encuentra, y cuando lo da, es feliz. Pero hay que amar como Jesús. Sí. Amar como Jesús no es fácil. Es un amor sin medida. Amar como Él amó supone negarse, olvidarse, vencerse. No. No es fácil amar así. No lo hacemos en general los hombres. Por eso, a veces el Jueves Santo no lo entendemos, queridos hermanos. Cuando Jesús, antes de la fiesta de Pascua y en los preparativos, habla de la llegada de su hora, se trata de algo decisivo y esperado, queridos hermanos.

La señal de los cristianos, el distintivo de los discípulos de Cristo, es el amor. «En esto conocerán que sois mis discípulos». Sí. No en ritos. No, no. El amor hasta el extremo, hasta dar la vida por los enemigos. Por eso, el sentido de la Eucaristía es el amor; de la misma manera que el sentido de la cena de Jesús en la noche del Jueves Santo es la muerte en la cruz al día siguiente. Queridos hermanos, ¿a quién vamos a acudir? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna. Solo Jesús alcanza nuestro corazón. Qué belleza tiene, por tanto, contemplar el lavatorio de los pies tal como habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado.

Nadie se puede sentar a la mesa del Señor y hacerse de su familia sin haberse dejado lavar los pies y quitado la suciedad. También vosotros, hoy, desde vuestras casas, sentados como estáis, quizá los más mayores lo entendéis más, pero ayudad a vuestros hijos a decid que le digan a Jesús: «Señor, lávame los pies a mí también. Lávame. Lávame». Y desde esta comunicación, abríos enteramente a la comunión con los demás y con Dios mismo. Todos los gestos de Jesús en el lavatorio de los pies nos llevan a vivir desde una profundidad del misterio de su vida que en nada se puede comparar.

Celebrar la institución de la Eucaristía, celebrar la institución del sacramento del Orden, celebrar el mandato del amor, es celebrar en definitiva todo aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús que desea regalarnos a los hombres. Él se levanta de la mesa para llevarnos a su mesa. Sí. Deja su mesa para ir a la búsqueda de los hombres. Y en la mesa de ellos, curarlos; quitarles la suciedad, para que puedan sentarse a la mesa de la familia de Dios. Y se despoja de sus vestiduras, de su gloria. No tiene a menos hacerse hombre. No tiene a menos pasar por uno de tantos.

Por eso, quiero que os quedéis con estas últimas palabras: «Si yo, el maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Qué belleza tiene contemplar y acoger el amor infinito de Jesús. Ese amor que da la verdadera sustancia de la vida. Asumid estos compromisos, queridos hermanos. Sí. En este momento, cuando vivimos turbados, cuando vivimos desconcertados, es importante tener luces. Y la luz que nos da Jesús es evidente. Tengamos la valentía de decir sí al amor de Dios que hemos conocido en Jesucristo. Tengamos la valentía de asumir la necesidad de que necesitamos del perdón, de la bondad de Dios, de la cercanía de Dios, de que toque nuestra suciedad. Creamos firmemente que la Eucaristía, que el ministerio sacerdotal y el amor fraterno abren caminos de libertad; que estos llegan cuando accedemos a la mesa de la vida, de la que todos nosotros estamos participando ahora. Es verdad que lo hacéis desde vuestras casas, pero cuando yo comulgue, haced esa comunión espiritual que los cristianos tanto han valorado a través de todos los tiempos. Sí, queridos hermanos. Desde esta perspectiva, asumid las necesidad que tenemos de dejarnos lavar los pies. Creed firmemente que la Eucaristía, el Orden y el amor fraterno abren caminos de libertad a este mundo. ¡Abrid esos caminos! ¡No tengáis miedo! 

Jesús nos lava como estamos. No se requiere ninguna cosa especial. Simplemente, dejar que nos lave. Al encontrarnos hoy en el cenáculo, sintamos el gozo de la presencia real del Señor en el misterio de la Eucaristía. El gozo de ver cómo yo, un miserable y pecador, se hace presente ante mí Cristo mismo. Sí, a través mío, queridos hermanos. A través de quien celebra, porque lo hace in persona Christi, y nos da la alegría de poder descubrir con la celebración de la cena del Señor eso que se engendra en nosotros, que es el amor fraterno.

A nuestra Madre, Nuestra Señora de la Almudena, encomiendo a todas las personas, hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas, que están en Madrid. Ella es nuestra Madre. Dejaos convencer por Ella. Dejémonos lavar los pies. Ella nos los dice: «haced lo que Él os diga». Entremos con todas las consecuencias, sin avergonzarnos, en esta gran familia que es la Iglesia de Cristo, que tiene la misión de cambiar este mundo. Sois señal. Vivid de lo que nos dio el Señor, de su amor. Mostradlo con obras en medio de los hombres. Que el Señor nos bendiga a todos. Amén.

© 2018 Archidiócesis de Madrid. CIF: R2800137H. Todos los derechos reservados - Login

Search