Homilías

Jueves, 16 abril 2020 08:45

Homilía del cardenal Osoro en el Domingo de Resurrección (12-04-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid: don Jesús, don Juan Antonio, don José, don Santos. Queridos hermanos sacerdotes. Querido diácono.

Muchas gracias a Telemadrid por retransmitir esta celebración. Por poner a disposición de todos los creyentes, y los hombres y mujeres de buena voluntad, que desean escuchar y vivir esta celebración, en este domingo de la Resurrección del Señor. Gracias a quienes estáis trabajando ahora mismo para hacer la retransmisión, y a la dirección.

El primer día de la semana, María Magdalena, lo acabamos de escuchar fue al sepulcro al amanecer. Cuando aún estaba oscuro. Y vio algo excepcional: la losa quitada del sepulcro. Al amanecer, María va al sepulcro. Poseída por una falsa concepción de la muerte; creía que con la muerte acababa todo. Y no se ha dado cuenta que el día ha comenzado.Nosotros, queridos hermanos que estáis escuchándome, y viviendo esta celebración desde vuestras casas, ¿nosotros somos conscientes de que el día ha comenzado? ¿O todavía es oscuro para nosotros?. María solamente ha ido a visitar el sepulcro. Busca a Aquel que es la vida. Pero lo está buscando como un cadáver. ¡Qué equivocación! Al llegar vio la losa quitada del sepulcro y el sepulcro vacío. El sepulcro vacío es el triunfo de la vida sobre la muerte. De que Cristo ha resucitado. De que vive para siempre. Es verdad que ella no capta esta realidad, y su reacción es de alarma, Va rápidamente a avisar a los discípulos; se han llevado al Señor. Y Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba tanto corrieron.

Aquel discípulo al que Jesús tanto amaba era capaz de correr más, es el que avanza más rápido en su vida, Pedro, por el contrario, no había hecho la experiencia del amor que Juan había hecho en su propia vida. Va más lento. Pero Juan ha hecho esta experiencia del amor y es también el que tiene la deferencia de esperar a Pedro, e incluso de dejar que Pedro pase de delante de él al sepulcro; es como si le dijera: pasa tú primero. Podemos ver en este gesto, el gesto de la reconciliación. Sí, El amor es capaz de tener gestos de reconciliación. Y esta manifestación y reconciliación es manifiesta esperando a Pedro, cediéndole el paso. Después, se nos dice que entró, vio y creyó. Vio y creyó. Este discípulo es el modelo de todo discípulo de Jesús. Es el modelo de todos nosotros que queremos ser discípulos. Es el que ha acogido. El amor, el que ha hecho la experiencia del amor. De sentirse amado. Por eso, ve y cree. El verbo ver indica que tiene experiencia de la vida. Y cree. Significa que se adhiere a Él, a Cristo resucitado. Que le da su confianza.

Hoy nosotros estamos invitados a  lo mismo que hizo Juan. A darle la vida. Y quisiéramos Señor entregarte toda nuestra vida. Sí, Cristo vive, No morirá jamás, Aquel que fue despreciado, desechado, colgado en la cruz, ha resucitado. Cristo vive. Y está aquí, con nosotros, Cristo vive para siempre. No lo olvidéis. Cristo vive, pero no basta con decir esto. Pero no basta con decir que Cristo ha resucitado. Ahora, Cristo nos invita para que participemos de su Resurrección. Nos invita a que resucitemos cada día. A que vivamos resucitados. A que hagamos el paso de la muerte a la vida.

Me dirijo a todos vosotros, hermanos: ¿estamos dispuestos hoy, en este día, a dar el paso de la muerte a la vida?.La Resurrección de Cristo es un Sí a la vida de todo ser human. Un Sí a nuestra vida. Nuestras más profundas aspiraciones pueden llegar a realizarse. Tenemos derecho a esperar un mundo nuevo, un mundo de amor, de paz, un mundo donde reine la justicia, donde brille la fraternidad.

La vida nueva brota del sepulcro vacío. Es decir, brota del amor. Vivir la Resurrección es amar hasta el final. Nos lo ha dicho el apóstol san Juan cuando nos dice en la primera carta: sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Por eso, celebrar la resurrección nos compromete.

Mirad, queridos hermanos: el Papa Francisco, en el inicio de su ministerio como sucesor de Pedro, nos invitaba a toda la Iglesia a vivir, y digo las palabras exactas que nos dijo: una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría. Es más, nos indicaba caminos para la marcha de la Iglesia en estos momentos de la historia de la humanidad. Y nos llamaba a vivir la alegría renovándola permanentemente, y renovándola, porque no podemos cerrar y encerrar en nosotros la alegría de la resurrección. No se puede clausurar, nos decía el Papa, esa alegría en nuestra vvida interior ni en nuestros propios intereses, entre otras cosas porque entonces ésta no sería la alegría del resucitado.

Cuando hacemos esto, lo guardamos, lo guardamos, lo encerramos. No hay Pascua. No dejamos espacio para los demás. No entran los pobres. No se escucha la voz de Dios. Ello hace que ni escuchemos ni gocemos de la dulce alegría del amor de Dios, que no palpite ese entusiasmo de Jesús resucitado en nuestra vida para hacer el bien.

¿Qué es hacer el bien?. Pues mirad, la máxima expresión. El bien es regalar el triunfo de Cristo a todos los hombres. Su vida, que nos conforma y nos da una manera de vivir, de actuar; crea fraternidad, crea encuentro, crea paz, da capacidad para tener los brazos siempre abiertos a todos, como los tiene Jesús para con nosotros.Hoy todos, todos, acercaos a Jesús que os abraza. Mirad, a veces también los que estáis en la duda, los que no creéis, o decís que no creéis: dejaos abrazar.

¡Vivir en la alegría de la Pascua nos hace tanto bien!. No huyas nunca de la resurrección de Cristo. Nunca tengas la tentación de declararte muerto. Volvamos siempre al resucitado. Cuando parezca que todo está perdido, volvamos a Cristo. Sí en este instante, en este momento que estamos viviendo la pandemia, hoy cuando nos han relatado también que han muerto cantidad de gente, volvamos a Cristo resucitado. Nos ama. Nunca se cansa de perdonar. Nunca se cansa de decirnos: adelante. Nunca se cansa de cargar nuestras vidas sobre sus hombros. Siempre se ilusiona con nosotros. Nos devuelve la alegría. Nunca se cansa de decirnos lo que en este día nos vuelve a repetir, como habéis escuchado: no está aquí, en el sepulcro, o vio la losa quitada, o se lo han llevado del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. El sepulcro está vacío. Que es lo mismo que decir: no hay muerte. Hay vida solamente. Y la tienes tú, porque te la da Cristo. Y la puedes regalar.

¿Sabéis la alegría que supone decirle a los hombres de este mundo: no hay muerte? ¿Sabéis lo que supone decir: si vivimos, vivimos para Dios, si morimos, morimos ‘para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios?.

Creedme: ha llegado la vida. La vida está en Cristo. Ha vencido a la muerte. Nunca, nunca nos convirtamos en esos discípulos quejosos. Siempre quejosos- No tengamos la tentación de dejar espacio a los demás. Todos en mi vida tienen que tener espacio. No vivamos con resentimientos. Demos todo lo que somos. Tenemos para dar vida a los demás. Dejemos que entre la alegría de la Resurrección. Dejemos de vivir en el gozo de esa alegría que provoca el sentirnos amados por Dios. Porque si no nuestro corazón no palpita con ese entusiasmo que da el saber la noticia que hoy se nos entrega: Cristo ha resucitado y nosotros hemos resucitado con Él.

Queridos hermanos: qué fuerza tiene lo que acabamos de escuchar. Qué fuerza tiene lo que dice el Evangelio: no está aquí. Ha resucitado, como había dicho.

Con qué rapidez salieron Pedro y Juan. Qué bien lo expresa lo que es la Iglesia. Qué bien lo expresa de quien ha puesto el Señor al frente de la Iglesia: llega primero Juan, pero no entró. Llega Pedro, y entró. Primero tiene que entrar quien había puesto el Señor al frente de la Iglesia- Vio las vendas en el suelo, el sudario que había cubierto la cabeza enrollado en un sitio aparte, vio y creyó.

En este día os quiero destacar el encuentro de María Magdalena y de Pedro. Sí. Esta mujer de quien conocemos su historia ha llorado, ungió los pies de Jesús, secó sus cabellos- Una mujer despreciada por quienes se creían justos. Pero Jesús dijo de ella que había amado mucho y por ello se le perdonaban los pecados. Su amor al Señor la hizo ir al sepulcro y vivir junto a la otra María: no temáis, al que buscáis, al crucificado, este ha resucitado. El encuentro con Pedro también, que había negado a Jesús. A quien Jesús había puesto al frente de su Iglesia. Y ve con sus propios ojos, como Juan también, las muestras de la Resurrección de Cristo. Vieron y creyeron.

Esto sucede también hoy con nosotros. Con todos nosotros. Con todos. Mirad: sí. Somos pecadores. Tenemos oscuridades. Tenemos egoísmos. Tenemos faltas de fe, negaciones. Somos vendedores. Pero el Señor, en este día, se acerca a ti y a mí para decirnos: no tengas miedo. Vete a comunicar que Él ha resucitado de entre los muertos. Alégrate.

Esto requiere tres cosas que os digo sencillamente. Primera, renueva tu encuentro con Cristo resucitado. No importa lo que hayas hecho hasta ahora. Cristo abre los brazos. Toma la decisión de dejarte encontrar por Él. Jesús no es para unos el escogido. Pueden abrazarlo  todos los hombres. Todos estamos enviados. Estate abierto a este encuentro.

¡Qué diferencia más abismal existe!. Y se da en la vida de un ser humano que se deja encontrar por Jesús. Déjate mirar. Déjate abrazar. Déjate iluminar. No hay que hacer más esfuerzos. Descubre algo que es decisivo en la vida humana. El Señor nunca se cansa de perdonar. El Señor nos devuelve la dignidad verdadera que tenemos cuando en medio de la oscuridad nos dejamos abrazar por Él. Él lo hace sin imposiciones, con ternura. Te abraza y te dice: adelante. Encuéntrate con Jesús.

En segundo lugar, llevemos a todos los lugares de la tierra, donde habitan los hombres, la dulce y confortadora alegría del Evangelio. El bien siempre se comunica. Cualquier ser humano que tenga experiencia de Jesucristo y con Jesucristo adquiere tal hondura su vida, se siente tan a gusto en este encuentro con el Señor, adquiere tal hondura su vida que no puede guardárselo para sí mismo. La quiere  comunicar. El bien se comunica. El bien se expande.

La Resurrección de Cristo nos lleva a ver que la vida. Se acrecienta dándola. Y nos hace ver que al margen de la vida de Cristo resucitado, la vida disminuye, se debilita, se aisla, se hunde en la comodidad de vivir para uno mismo. Vete a todos los lugares, y lleva la dulce y confortadora alegría del Evangelio.

Y en tercer lugar, manten vivo el anuncio del Cristo. Aquel que mandó hacer a sus discípulos: id y anunciar el Evangelio a todos los hombres.

He mandado un mensaje a todos los misioneros de Madrid que están en muchas partes de la tierra. La fuente de mayor alegría para todos los cristianos es el anuncio de Cristo resucitado. Podemos tener metodologías diferentes, incluso espiritualidades distintas, pero se nos pide que seamos coherentes con el mandato del Señor: id, salid, anunciad. Y para ello dejarme deciros que hay ser atrevidos y osados. Atrevidos para no instalarnos en la comodidad de decir: ¿para qué complicarnos la vida, si esto siempre ha sido así?. Como nos dice el Papa Francisco: hay que llegar a todas las periferias geográficas o existenciales donde la luz del Evangelio se hace necesaria.

¿Cómo hacer esto?. Tomemos iniciativas concretas. Sí. Salgamos al encuentro de los hombres. De los más cercanos y de los más lejanos. Con obras y gestos que toquen la vida. Que toquen las heridas. Que toquen los proyectos. Que toquen las ilusiones.yY que toquen los desafíos que tenemos en estos momentos. Lo importante es que nosotros, discípulos del resucitado, sepamos que nuestra vida es para exponerla. Para darla.

La celebración de la Pascua nos está llamando a vivir en una reforma permanente. Hagámosla. Nunca mutilemos o reduzcamos a Jesucristo a intereses personales. Hagamos presente la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Cristo resucitado.

Mirad qué compromiso os pido para esta Pascua. El mismo que tuvieron los discípulos de Jesús: comenzar de nuevo el camino, con la novedad que trae la Resurrección. Esto trae tal capacidad de esperanza....Dejadme deciros que la Iglesia nace de un movimiento de esperanza. Y cuando ese movimiento falta, es señal que no se cree del todo en la Resurrección. Hoy hay que despertar ese movimiento de esperanza si queremos dar un nuevo impulso a la fe. Es necesario conquistar el mundo, pero con la fuerza del Resucitado. La esperanza. No hay ninguna propaganda que pueda hacer tanto como la esperanza. Cuando se ataca la esperanza, se ataca lo esencial. La esperanza mueve a los jóvenes, a los mayores, a las familias. Regala la esperanza. Ha resucitado. Por eso, en este día, os invitaba a las familias a que hicieseis, en ese vídeo que os he mandado, la gran fiesta de la esperanza. Y que vosotros los padres les dijeseis a los hijos las tres cosas que son más importantes para vosotros en la vida de ellos, según la vida que tengan, y que los hijos os dijesen lo que desean de vosotros.

Feliz día de la Resurrección del Señor. Amén.

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