Homilías

Viernes, 17 abril 2020 10:36

Homilía del cardenal Osoro en el Lunes de la Octava de Pascua (13-04-2020)

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Querido Fausto, diácono. Querida hermana que estás haciendo la traducción al lenguaje de signos. Hermanos y hermanas que estáis viviendo esta celebración desde vuestras casas.

Ha sido hermoso poder recitar juntos este salmo que acabamos de decir: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti». Dicho este salmo en este contexto que estamos viviendo de esta pandemia del coronavirus, lo decimos de corazón. Protégenos, Señor, Tú eres nuestra salvación. Tú eres mi Dios. Yo sé que mi suerte está en tu mano. Sé que tú me bendices. Nos bendices. Te tengo siempre presente. Contigo no vacilamos. Hablamos seguros. Tenemos una dirección segura. Es más, en medio del sufrimiento y del dolor, tú alegras nuestro corazón. No nos abandones. Sabemos además que no lo haces. Sabemos que tú nos acompañas. Estamos celebrando tu triunfo, tu Resurrección, que alienta nuestra vida. Tú eres el único capaz de enseñarnos el sendero verdadero que tiene que tener la vida. Yo te pido, Señor, que llenes de gozo y alegría a Madrid. Llénala de gozo. Llena a esta ciudad. Esta ciudad te quiere. Esta ciudad te ha abierto su corazón. Esta ciudad es capaz de hacer cosas extraordinarias para que todos los que lleguen aquí puedan tener acogida.

Yo os diría que hay tres ejes que estructuran la Palabra de Dios que acabamos de proclamar. Tres ejes que quizá podrían resumirse en tres palabras: anuncia; te doy un mandato; y trabaja, realiza la tarea.

Anuncio. Anunciemos a Jesucristo directamente. El día de Pentecostés, como habéis visto en la primera lectura del libro de los Hechos, fue algo extraordinario. Los apóstoles, los mismos que habían estado junto a Jesús, que eran miedosos, que alguno, incluso Pedro, el que habla, le había negado... ¿Qué experiencia viviría en lo más profundo de su corazón, que se lanza a decir a todas las gentes: «Somos testigos de que Cristo ha resucitado, y esto que veis y esto que oís no es casualidad, es fruto de este encuentro con el Resucitado?». Este Jesús, que ha sido acreditado con milagros, prodigios y señales, este Jesús es Dios. Queridos hermanos, este anuncio démosle. Démosle en nuestra familia. Démosle entre nuestros amigos. Démosle en el trabajo. Démosle en la vida pública. No nos guardemos la fe solo para el interior. Démoslo. Afirmemos. Sin vergüenza. Quizás con los límites que todo ser humano tiene, que somos discípulos de Cristo y que creemos en la Resurrección. Sí. ¡Anunciad! 

En segundo, lugar, otro eje: el Señor, nos da un mandato. Lo habéis escuchado en el Evangelio. Salgamos del sepulcro. Hoy hay lugar para la vida, Cristo ha resucitado, ha salido del sepulcro. Y como las mujeres marcharon a toda prisa para decir a los apóstoles y anunciarles que habían visto al Señor, que le habían amado. Qué bonito es lo que hacen, ¿no? Lo que hacen estas mujeres. Marchan a toda prisa. Quieren anunciarlo. Este momento de la historia que estamos viviendo los hombres, donde hay grandes vacíos espirituales, y vosotros mismos lo podéis comprobar en la propia existencia de cada uno de nosotros y en la construcción de esta historia, qué importante es salir del sepulcro. Nosotros anunciamos la vida. Anunciamos a un Dios que nos ha querido tanto que ha dado la vida por nosotros. Un Dios que nos ha enseñado que lo más importante de la vida es que su amor llegue a todos los hombres: a ti, a mí, a todas las situaciones, a todas las realidades que vivamos los hombres.

Anuncio, mandato y tarea.

Qué preciosa es la tarea. Cuando vemos a Jesús en el Evangelio, que sale al encuentro de estas mujeres. Sale a su encuentro. Como esta noche sale a nuestro encuentro, y nos dice «¡Alegraos! ¡Alegraos!». Las mujeres, nos dice el Evangelio que abrazaron lo pies de Jesús y tocaron, tocaron sus pies. Qué maravilla. Abrazan los pies de Jesús. Esos pies de Jesús que habían caminado por toda Palestina. Esos pies de Jesús a los cuales se había referido en la última cena cuando lava los pies a los apóstoles y dice: «lo que yo he hecho con vosotros, hacedlo también vosotros con los demás. Servid. Amad. Entregaos. No devolváis mal por mal». Esos pies. Y además, no solamente les dice que se alegren. Les dice: «Comunicad a mis hermanos que vayan y vean en Galilea. Y me vean a mí allí». La fe no es para tenerla escondidita en nuestra vida. Es para comunicarla. Es para decirlo. Es para decir: mirad, yo he encontrado en la vida un tesoro, y este tesoro que he encontrado lo quiero comunicar a todos los hombres. Yo no puedo guardármelo para mí. Yo estoy dispuesto hacer lo que sea para comunicar que el tesoro de la vida es haber conocido a la persona de Nuestro Señor Jesucristo. ¡Que no es un muerto! ¡Es un Dios vivo! Que ha resucitado y que nos ama.

Alegraos, comunicad. Y es verdad que tendréis dificultades. Lo hemos visto en el Evangelio. Unos de aquellos que estaban al servicio de la mentira pues comenzaron a decir que sus discípulos habían robado el cuerpo, y que todo esto era un cuento. Pues no, queridos hermanos. ¡No es un cuento! Cristo ha resucitado. Y Cristo te ama. Y Cristo te quiere. Y Cristo sale a tu encuentro. Y Cristo alegra tu vida. ¡Pruébalo! ¡Pruébalo! Cuando metes a Cristo en tu vida tienes una alegría distinta en medio de las dificultades que podamos tener.

Que el Señor os bendiga. ¿Veis? Anunciar. Tenemos un mandato: salir del sepulcro. Nada de estar en el sepulcro. A toda prisa hay que salir. Y una tarea, preciosa. Una tarea que se hace en la alegría. En la comunicación de esta verdad que es Cristo. No es una teoría, es una persona de la que hablamos y comunicamos. Y naturalmente que tendremos dificultades en este anuncio. Pero siempre vence la fuerza de Dios.

Que el Señor os bendiga al finalizar este día. Y que nos encontremos ahora con este Jesús que se hace realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Acogedle. Haced como las mujeres: abrazadle. Tenedle en vuestra vida. Comunicadle. En medio de las dificultades. Pero es más fuerte Dios que las dificultades.

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