Homilías

Martes, 02 junio 2020 14:45

Homilía del cardenal Osoro en la institución de ministerios de acólito y lector (29-05-2020)

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Querido don José Antonio, rector de nuestro Seminario. Queridos formadores. Queridos seminaristas:
 
Para mí hoy es un día… No os podéis imaginar qué contento estoy desde esta mañana, que ya empecé a rezar por vosotros y a preparar la homilía, que no sé cómo saldrá, pero la he preparado y la he rezado. ¿Por qué? Porque hacía mucho tiempo que no estaba con vosotros, y para mí siempre, tanto vosotros como los que han hecho el curso propedéutico, pues estáis permanentemente en mi vida, en mi corazón y en mi oración.

Es verdad que a todos nos ha afectado esta pandemia, a algunos nos ha afectado más que a otros, y hemos tenido que estar más escondidos en la medida de lo posible, aunque ciertamente a veces los demás no lo hemos hecho mucho.
 
Pero este es un momento también para renovar y reanudar nuestro encuentro. Un momento importante, cuando vais a recibir los ministerios. Esto que nos ha dicho el Señor en el salmo 102, que hemos rezado juntos. El Señor nos invita a bendecirle: «bendice al Señor alma mía». Y nunca olvides todo lo que el Señor ha hecho y hace por nosotros. Todos los que estamos aquí no estamos por pura casualidad. No estamos ni por una decisión personal… es verdad que al final le decisión la hemos tomado, pero porque nos invitó el Señor a realizar una tarea. A vosotros os llamó al ministerio sacerdotal, y os estáis preparando para ello. A los que vais a recibir los ministerios, es un paso importante en vuestra vida. La Iglesia os va a regalar unas tareas que os van a ayudar también en vuestra existencia si tomáis estos ministerios y los asumís en vuestro propio corazón.
 
No olvidemos los beneficios del Señor nunca. Está grande con nosotros. Y, además, el Señor siempre se levanta para darnos la mano. Para regalarnos su bondad. Para alejar de nosotros el mal. Siempre. De formas muy diversas, el Señor lo expresa y lo manifiesta. Porque, en definitiva, no solamente nosotros lo bendecimos, y reconocemos que nos entrega su bondad y aleja de nosotros todo mal. Sino porque el Señor además lo hace porque es dueño y soberano de todo lo que existe.

Qué importante es esto para todos nosotros. Y para vosotros, este día. Qué importante. Este día especial, donde el Señor hace maravillas en nuestra vida. Desde ti, Gleison, Antonio, Carlos, Pablo, Maxi, Jorge, Jesús, Ignacio, Francis (es que uno tiene que recordar las cosas, que lleva mucho tiempo sin nombraros), Esteban, el otro Esteban –aquí como en el Evangelio, el otro Esteban–, Quique (Enrique) y Diego. Yo creo que es un día precioso para nosotros, en este final de mayo donde la Santísima Virgen María ha estado tan cerca de nosotros, de todos nosotros, de toda la Iglesia. En estas vísperas para terminar este mes de mayo. Es muy importante que el Señor se acerque de esta manera aquí, a nuestro Seminario. Y se acerque a vosotros para regalaros un ministerio especial que os ayude a fraguar vuestra vida para ser futuros sacerdotes.
 
Como hago casi siempre, yo os diría tres expresiones que sintetizan la Palabra que el Señor nos regala hoy a nosotros. Sed noticia, en primer lugar. Sed noticia. No cualquier noticia. Sed noticia. En segundo lugar, dejaos conquistar el corazón. Y, en tercer lugar, realizad la misión. Con todas las consecuencias que esto tiene. Tres expresiones que, como veis, resumen lo que la Palabra, lo que el Señor, nos ha dicho a nosotros en el día de hoy: que seamos esa noticia, pero para serlo hay que dejarse conquistar el corazón. y lanzarnos a la misión. Lo nuestro es la misión. Anunciar a Jesucristo Nuestro Señor.
 
¿Qué significa para nosotros ser noticia? Os habéis dado cuenta en esta lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles cómo Pablo fue noticia. Y fue noticia por lo que decía, por lo que hacía, por lo que verbalizaba, pero sobre todo también por cómo mostraba con su propia vida la cercanía que tenía con nuestro Señor Jesucristo y la misión que en nombre del Señor realizaba. Así lo reconoce en aquellos días el rey Agripa para cumplimentar a Festo. Y así lo reconoce Festo cuando le dice al rey: «el caso de Pablo». Una noticia se multiplica, se da a conocer, cuando de verdad tiene su importancia. Un pobre hombre, un judío, que había sido perseguidor de nuestro Señor, y de sus discípulos sobre todo. Un judío que había participado en la matanza de Esteban. Un judío que un día, en el camino de su vida, se encuentra con nuestro Señor Jesucristo. Como nos dice la Palabra de Dios, fue derribado. Pero fue derribado para ser conquistado por el Señor. Sí. Para que fuese noticia de Jesús en medio de este mundo.
 
Por eso, Festo le dice al rey: «el caso de Pablo». «Tengo aquí un preso. Un preso que ha dejado Félix, cuando fui a Jerusalén. Y los sacerdotes y los ancianos presentan acusación, y quieren que lo condene». César respondió que no es costumbre de los romanos hacer esto. Ceder así a un hombre por las buenas. Tiene derecho a defenderse. Pero fijaos qué bellísima es la expresión. La defensa de Pablo no es con palabras: es con su propia vida. Con su propia existencia. En lo que hace, en lo que entrega, en lo que sirve, en lo que ama. Esta es la defensa de Pablo. Cuando los acusadores, dice Festo, tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave. «Se trataba de ciertas acusaciones acerca de su religión, y de uno, un difunto, que se llama Jesús».
 
Qué bonito es leer esto. Menudo difunto. Dios mismo que ha venido a este mundo, que ha vencido a la muerte, que ha pasado por todas las situaciones por las que pasa el ser humano, y que ha resucitado. De este, o a este, quiso Pablo dar noticia a todos los hombres. Y de este Jesús es del que vosotros, también, queréis dar noticia. Y dedicar vuestra vida entera a anunciar a nuestro Señor en los lugares que sean. No escojáis lugar. Donde os envíen. Lo importante es tener la convicción que allí donde esté un ser humano, yo tengo que ser noticia viva de un Jesús que ha resucitado. Que ha vencido la muerte. Tengo que ser noticia viva de Él.
 
¿Veis? Un preso, decía Festo. Un preso. «Le tengo en la cárcel». Le acusa. La acusación fundamental es que habla de Jesús. De un difunto. Queridos hermanos: hoy se necesitan más que nunca hombres, mujeres, que anuncien explícitamente a nuestro Señor Jesucristo. En un cambio de época que estamos viviendo ya. En un cambio de época en el que vosotros habéis visto cómo un virus pone en cuestión a toda la humanidad. A toda la humanidad. La pone en jaque. Y aquí, un 29 de mayo, en el Seminario Metropolitano de Madrid, un grupo de jóvenes le dice al Señor que acepta esos ministerios que hoy le entrega. O que la Iglesia en su nombre les entrega. Para ser noticia. Para prepararse para ser esa noticia, identificándose con nuestro Señor a través del ministerio sacerdotal.
 
Sed noticia. No olvidéis nunca esto. Estáis llamados para dar la noticia de Jesucristo. No es una teoría: es una persona.
Y, por eso, en segundo lugar, es muy importante que os dejéis conquistar el corazón por Él. Es muy importante. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado de san Juan. Donde Jesús, después de estar con los discípulos comiendo, se dirige a Pedro. Como esta tarde se dirige el Señor a cada uno de nosotros, a través de esta palabra. Y no lo hace para poner rivalidad entre los discípulos. No se trata de eso. A los demás les quiere decir lo mismo. No se trata de una rivalidad, o de poner enfrentamiento entre ellos. Sino que se trata de hacernos ver cómo Jesús quiere conquistar nuestro corazón. «Simón, ¿me amas más que estos?». Diego, Quique, Esteban, el otro Esteban, Francis, Ignacio, Jesús, Jorge, Maxi, Pablo, Carlos, Antonio… Se trata de esto. El Señor quiere conquistar nuestro corazón. ¿Me amas? ¿Me amas?. No quiere poner rivalidad a vosotros con todos los que estamos aquí. Pero ciertamente el Señor se dirige a todos con su palabra. Pero se dirige a cada uno de nosotros. ¿Me amas?.
 
Pedro, con la nobleza que le caracterizaba, responde al Señor: «sabes que te quiero, Señor. Tú sabes que te quiero». Qué bonito es esto. Qué bonito. Porque, para ser noticia, hay que dejarse conquistar el corazón por Cristo. Porque la tarea que nos da es una tarea impresionante: es la tarea más bonita. Pero, ¿sabéis lo que es ser sacerdote en una nueva época? ¿En esta? ¿Sabéis lo que es que Jesús hoy os vaya diciendo, a todos los que estamos aquí nos vaya diciendo: apacienta? Apacienta. Es decir: cuida. Dales de comer. Ayúdales. Dales la mano. Fortaléceles. Entrega lo más necesario. ¿Sabéis lo que es esto? ¿Que el Señor nos elija para esto? Para apacentar. Pero, claro, si no nos dejamos conquistar el corazón, daremos nuestro alimento. Lo que a nosotros nos conviene.

Vamos a celebrar mañana, vísperas ya, la vigilia de Pentecostés. Y el domingo, Pentecostés. A mí me impresiona algo siempre en Pentecostés, pero quizá con los años me va impresionando más: que el Espíritu Santo, cuando lo recibimos y dejamos que entre en nuestra vida, nos da una armonía tal a nosotros, y junto a los demás, a los que viven con nosotros, una armonía que cambia todo. Recordad a los apóstoles. Los apóstoles, antes de venir el Espíritu Santo, estaban encerrados en una estancia. Y, dice el Evangelio, que lo oiremos el domingo: por miedo a los judíos. Tienen miedo. Santo Tomás dice que el miedo es la turbación de la mente. Es la turbación ante algo que nos acontece y nos pone en cuestión. Es la turbación de la mente ante el temor de un peligro inminente y futuro que nos amenaza fundadamente. Ellos creían que esto se terminaba. Y los discípulos, encerraditos. Con miedo.
 
Y, cuando viene el Señor, y les regala su Espíritu, aquellos hombres cambian totalmente. Salen a las plazas. Empiezan a hablar. Les entienden todos. Porque llevaban una fuerza en su interior. Y un lenguaje que es el que entiende todo hijo de vecino. Llevan el lenguaje del amor mismo de Dios manifestado por el Espíritu Santo. Entregan el amor de Dios. Y la gente lo experimenta. Y les entienden. No es posible hacer esto sin dejarnos conquistar el corazón. Dejémonos conquistar el corazón.

A Pedro le pregunta el Señor otra vez: «¿Me amas, Simón, me amas?». Y ahora le dice otra palabra: pastorea. Pastorea. No solamente eso, sino estate con ellas. Al lado de los hombres. No seas extraño a los hombres. Oye: vais a ser sacerdotes. Bueno: estáis para estar entre la gente, ¿eh? Esa es la vocación a la que os llama el Señor. Para estar entre la gente. Para darles la mano. Para, incluso sin decir nada, con vuestra vida, dar orientación, dar dirección, mostrar caminos.
 
«Tú, Señor, tú sabes que te quiero». Haced este propósito: que todos vuestros estudios de teología sean, por supuesto para aprender, pero sobre todo para dejaros conquistar el corazón. Que la teología que estudiéis, los estudios que realicéis, no sean solo para saber más. Más cosas, que por supuesto lo sabemos. Hacer un estudio de la teología de rodillas, como dice san Agustín. Hace muchos años, no sé si os lo he contado ya, cuando se hizo la primera ratio para los seminarios en España, yo entonces era rector de Seminario y me pidieron para una revista de la Conferencia entonces que hiciese un artículo sobre el estudio de la teología en los seminarios. Y recuerdo – yo ya no sé dónde estará, estará, porque está la revista por ahí pero no sé dónde estará–,  que hablaba precisamente de esto: estudiarla de rodillas, para dejarnos conquistar el corazón. Porque si no, seremos muy sabios, pero no seremos noticia: seremos de esa gente que dirán «sabe mucho», ¿eh?, pero... Ese pero es lo malo. Que digan «pero…». Sabe mucho, ¿eh? ¿Pero se le nota en su vida? ¿En su manera de atendernos? ¿De mirarnos? ¿De ayudarnos? ¿De estar con nosotros? ¿De no olvidarnos? ¿De gastar la vida por nosotros?…
 
«Apacienta a mis ovejas». Dejaos conquistar el corazón. Sed noticia. Pero, para serlo, hay que dejarse conquistar el corazón.

Y, en tercer lugar, para hacer la misión. Yo no dejo conquistar mi corazón para… Lo tengo para una misión. Es la misión que aparece aquí en tres palabras: apacienta, pastorea, sígueme. Tres palabras. Pastorea, apacienta, sígueme. Cuida, da de comer. Pero hazlo siguiendo mi estilo de vida, mi manera de ser y de hacer.
 
Pues bueno: que el Señor os bendiga. Yo hoy disfrutaba mucho preparando estas palabras que os he dicho. Porque me parece que es como si el Señor hubiese querido  escoger este encuentro después del coronavirus, de la pandemia, para estar con vosotros. Y para deciros una vez más lo que permanentemente os estoy diciendo desde que me conocéis. Sí: dejaos de verdad. Habéis entrado al Seminario para ser noticia. Pero de las buenas. Esa noticia de unos hombres que, como Pablo, se dejan conquistar el corazón; y como Pedro. Que dan la vida por nuestro Señor donde sea. Que no ponen límites a su entrega. Que no ponen condiciones a su entrega. Y lo hacen, además, dejándose conquistar ese corazón. Al fin y al cabo, el proceso del Seminario es este: dejarnos conquistar el corazón.

Estoy seguro de lo bien que lo han aprendido los que han hecho este año el primer curso nuestro, propedéutico. Es el primer año que hacemos esto. Y qué bien han sentido que la misión que tenemos no solamente se realiza porque sepamos muchas cosas, porque hagamos estrategias de no sé qué tipo… No. No. La misión se realiza porque estamos dispuestos a apacentar. Estamos dispuestos a pastorear. Y estamos dispuestos sobre todo a seguir las huellas de nuestro Señor.
 
Este Jesús que se hace presente aquí, en el altar, dentro de un momento. Este Jesús que os va a dar estos ministerios ahora a través de mi. Pero es el Señor el que os regala, a través de la Iglesia, estos ministerios. Escuchad bien: dejaos interpelar siempre por la Palabra. Guardad la Palabra en vuestro corazón. Decidíos por estar muy cerca del altar del Señor. Sí. Cuidando y viviendo la experiencia de su presencia real entre nosotros, porque no nos ha abandonado. Sigue con nosotros para siempre.

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