Homilías

Miércoles, 03 junio 2020 14:03

Homilía del cardenal Osoro en la solemnidad de Pentecostés (31-05-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid, don José y don Jesús. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas que estáis aquí, en la catedral, y quienes estáis viendo y celebrando esta Eucaristía desde vuestras casas a través de Telemadrid.

Gracias también de corazón a Telemadrid por estar presente aquí, una vez más, y poder hacer llegar esta gran noticia que es Jesucristo nuestro Señor a todos los hombres. A todos los que creéis. Quizá también a algunos que dudan. Y que, sin embargo, estáis viviendo este acontecimiento único y extraordinario de una Iglesia que comienza a caminar en este día de Pentecostés llevando la fuerza del Espíritu Santo, y que está extendida por toda la tierra, anunciando a nuestro Señor Jesucristo como el Camino, la Verdad y la Vida. Entregándose precisamente a quienes más necesitan. Estando en los lugares quizá más inhóspitos de este mundo. Pero, sin embargo, acelerando la llegada de esta noticia única, que es Jesucristo nuestro Señor.

Para acercarme a vuestro corazón y a vuestra vida hoy, a través de esta palabra que el Señor nos ha regalado, os quiero resumir esta Palabra en tres expresiones. Sí. Una lengua. Un Espíritu. Y una misión.

Una lengua nos ha entregado el Señor. Todos los discípulos juntos el día de Pentecostés, como nos decía la primera lectura que hemos proclamado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Y allí vinieron unas lenguas de fuego. Vino el amor de Dios mismo. Vino el Espíritu Santo que Jesús les había prometido. Y, como llamaradas, como fuego transformador, se posaba en los apóstoles, que se llenaron del Espíritu, y empezaron a hablar de tal manera que les entendían todas las gentes. Nos dice el libro de los Hechos que había muchos hombres, venidos de todas las naciones de la tierra, y sorprendidos preguntaban: ¿pero estos no eran los galileos que estaban con nosotros? ¿que seguían a Jesús? Los oímos hablar de la maravilla de Dios en nuestra propia lengua. Una lengua, queridos hermanos, que crea armonía.

Os invito, en este día de Pentecostés, a tomar conciencia de nosotros mismos. Hemos sido salvados sin merecimiento alguno. Se nos ha amado incondicionalmente. Amados en lo que somos, y como somos. Es muy normal que cuando tomamos conciencia de esta realidad, a veces nos avergoncemos. Pero, ¡bendita vergüenza! Esta es ya una gracia. Permitidme que insista en el recuerdo de aquel momento impresionante que vivieron los primeros discípulos de Jesús. El día de Pentecostés. Jesús había Resucitado. Había estado con ellos. Sí. Y, como hemos escuchado hoy el Evangelio, tenían las puertas cerradas. Pero, sin embargo, aquel mandato que Jesús les había hecho el día de su Ascensión, «Id por todas partes y anunciar el Evangelio», ellos quizá no sabían cómo hacerlo. Pero el Espíritu que bajó sobre ellos, como ha venido sobre nosotros, nos dice cómo tenemos que hacerlo: ni miedos, ni dificultades para el camino, ni desalientos, ni preocupados por cómo vamos a resolver nuestras vidas… Salimos del encerramiento de nosotros mismos y nos disponemos a entrar en el corazón y en la vida de todos los hombres.

Queridos hermanos: este fue el camino de los apóstoles. A partir de Pentecostés, se dejaron invadir por la profundidad del Espíritu Santo. No se dejaron manejar por el momento en el que estaban, perseguidos y observados. Al contrario. El Espíritu les mantuvo fuertes. Serenos. Con capacidad para hacer obras grandes. Aquella paz de Jesús es un camino de la paz. Que no está en alejarnos de los problemas del momento. Está en dejarnos llevar por la profundidad que nos da el Espíritu. Que no nos homologa. No. Aquí mismo estamos diversos. Y distintos. Y en vuestras casas, quienes seguís esta celebración, sois diferentes. Incluso en la propia familia. El Espíritu Santo no nos homologa. No elimina la diversidad que trae riqueza. Pero sí que da armonía. Sí que da armonía. Sí que da unidad en la diversidad.

Ahora mismo, todos los que estamos aquí, y quienes estáis siguiendo esta celebración, y queréis, y habéis recibido el Espíritu… la armonía, ¿quién nos la da? El amor. Sí. Es el amor mismo de Dios. El Espíritu Santo es amor. Que llena nuestra vida. Y que nos hace salir al mundo con esta lengua, para que la entiendan todos los hombres. Porque todos los hombres entienden esta lengua. Y con este lenguaje salieron los primeros discípulos por todas las partes de la tierra, como hoy lo siguen haciendo tantos y tantos hombres y mujeres, anunciando a Jesucristo. Como lo hacéis vosotros, en vuestras familias, en vuestro trabajo, en la vida pública… manifestando y expresando que solo este amor de Dios, que invade nuestra vida, es el que cambia este mundo. Una lengua que crea armonía en la diversidad. Una lengua que es necesario implantar en este mundo. Y que tenemos la misión de dar a conocer. De difundir este mensaje. De que todos los hombres puedan probar esta manera de entenderse.

Es preciosa la imagen que nos presenta el libro de los Hechos, cuando nos dice que había partos, medos, elamitas, venidos de Mesopotamia, de Capadocia, de Panfilia… Y todos entendían lo que decían los apóstoles. Porque, queridos hermanos, el amor lo entienden todos los hombres. «Envía tu Espíritu Señor, y repuebla la faz de la tierra» decíamos hace un instante, recitando el Salmo 103. Bendigamos al Señor. Bendigamos al Señor. Tengamos el aliento del Señor. Ese aliento que crea. Y que repuebla de bondad y de vida la faz de la tierra. Sí. Como habéis visto, hermanos, una lengua.

En segundo lugar, un Espíritu. Un Espíritu que crea unidad. Nadie puede decir «Jesús es el Señor» si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Sí. Los apóstoles, después de la Resurrección, se habían encerrado en una estancia, como hemos visto en el Evangelio. Tenían miedos. No se atrevían a decir: «Jesús es el Señor». Y tiene que venir el Espíritu. Que les da fuerza. Les quita miedos. Les da atrevimiento. Les da valentía. Como nos lo da a nosotros, queridos hermanos. Hoy se lo pedimos al Señor. También le decimos con fuerza: envía tu Espíritu. Y repuebla la faz de la tierra.

Esta humanidad y esta tierra necesita este lenguaje. El de Cristo. El de Cristo. Otros lenguajes sobran. Hay lenguajes que rompen, que dividen, que matan. El lenguaje de Cristo es de vida. Es de vida. Crea unidad. Tiene el atrevimiento de dar la mano a cualquiera. Porque esa mano acerca el amor mismo de Dios. Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. Diversidad de funciones en la Iglesia, pero un mismo Espíritu. Vosotros, como cristianos, como padres de familia, como profesionales, como hombres y mujeres… estáis en la vida pública. Yo, como arzobispo. Los sacerdotes… Todos. Tenemos el mismo Espíritu. Diversas funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

Por eso, queridos hermanos, esta iglesia de Jesús extendida por toda la tierra, donde hay hombres y mujeres de todos los lugares, naciones, razas… judíos, griegos, esclavos, libres, bautizados en Cristo, con la fuerza del Espíritu, forman un solo cuerpo y un mismo Espíritu. Un Espíritu que crea unidad en la diversidad. ¿No os explicáis esto? Ved. Ved cómo hoy, en torno al sucesor de Pedro, en torno a los apóstoles, sucesores de los apóstoles, vamos caminando. Y vamos viviendo lo que hace un instante se recitaba en esta secuencia: Ven Espíritu. Manda la luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre. Ven dulce huésped del alma. Entra hasta el fondo del alma, divina luz. Enriquécenos. Enriquécenos.

Y, en tercer lugar, no solamente una lengua. No solamente un mismo Espíritu. Sino que tenemos una misión. La misma misión. Un Espíritu que nos lanza a la misión. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado. En el Evangelio, hay una serie de palabras que es importante que tengamos en cuenta. Anochecer. En el anochecer, cuando no se ve del todo. Puertas cerradas. Miedos. Así está esta humanidad sin el Espíritu del Señor. En el anochecer. No sabe dónde está la luz. No sabe dónde está la vida. No sabe dónde está el camino. No sabe la lengua que hay que tener para que la entendamos todos los hombres. Y nos ayudemos unos a otros. Y no nos peguemos, y rompamos, y nos dividamos. No lo sabe. Y las puertas cerradas. La experiencia de las puertas cerradas es tremenda, queridos hermanos. No solamente cuando el mundo está roto y dividido, sino también incluso cuando es acogedor. Tener las puertas cerradas: a personas, a gente. Qué maravilla ver a los apóstoles abriendo puertas: partos, medos… y todos les entendían. Porque no iban con una idea. Iban con la fuerza de una lengua que les había dado Dios mismo. Y con la fuerza de Jesucristo nuestro Señor.

Ni anochecer. Hay luz. Ni puertas cerradas. Abiertas a todos los hombres. Ni miedos. El miedo nos tumba. El miedo nos rompe. El miedo nos enfrenta. El miedo nos hace pensar mal de los otros. ¿Qué sucede? ¿Qué ha sucedido en el Evangelio? Que aparece Jesús. Como hoy aquí a nosotros, queridos hermanos. Porque la palabra de Dios no es de antes de ayer. Es Jesús el que viene aquí. En medio quizá de anocheceres, de miedos o de puertas cerradas, Jesús viene. Y, claro, cuando entra en nuestro corazón, nos pasa como a los apóstoles: se llenaron de alegría. Se llenaron de alegría. Que no es la alegría del triunfo de la vida. Es la alegría de saberme salvado; de saberme querido; de saberme interpelado; de saberme acogido por Dios mismo; de saberme enviado por Dios a cambiar este mundo, a cambiar esta tierra. Alegría.

Y Jesús nos envía: como el Padre me envió, así os envío yo. Os envío, no de cualquier manera. Os envío con la fuerza del Espíritu. Aquellos hombres, cuando Jesús apareció, abrieron las puertas. Desapareció la noche. Vino la luz. Quitaron los miedos. Dieron la mano a todos. Jesús no solamente trae la alegría y la misión, sino que trae la reconciliación. Exhala su aliento. Sí. Jesús resucitado, esta mañana, aquí y ahora, a quienes estáis aquí, a quienes estáis celebrando o siguiendo esta celebración desde vuestras casas, nos da su aliento de vida. Nos da ese aliento. Ese aliento que nos abre puertas. Que nos quita miedos. Jesús resucitado atraviesa puertas. El miedo ya no detiene a los discípulos. Atraviesan puertas.

¿Estaremos también nosotros, hermanos, a veces con las puertas cerradas? Preguntáoslo. Yo me lo preguntaba cuando estaba preparando estas palabras que os estoy dirigiendo. ¿Estaré con las puertas cerradas a causa de los miedos? Con frecuencia, las tenemos. Pero Jesús resucitado atraviesa. Abre. Abre nuestras puertas. Podemos imaginarnos a Jesús, que entra hoy en nuestra casa. En nuestra vida. En nuestra familia. En nuestra sociedad. Que abre todo lo cerrado, para que vuelva a la vida todo lo bueno y bello que está ahogando. Lo mejor de nosotros mismos. Jesús nos da su aliento. Sí. Este Jesús vence los miedos. Nuestros decaimientos. Nuestros pesimismos. Nuestras dificultades. Su amor puede superar egoísmos, barreras y resistencias. El amor de Dios. ¿Pero no os habéis dado cuenta? Aquellos hombres que nos dice el Evangelio, los apóstoles, unos pobres hombres, cerrados en sí mismos… cuando llega Jesús, y les da el aliento del Espíritu, son otros. Salieron de sus caminos. Salieron incluso de sus lugares de Palestina, yendo a todos los lugares conocidos del mundo.

El amor del Señor supera nuestros egoísmos. Sí. Con frecuencia, a veces tenemos las puertas cerradas. Pero el aliento del Señor vence miedos. Decaimientos. Pesimismos. Queridos hermanos. ¿Cuándo, los que están a nuestro lado, oirán hablar en su propia lengua nativa, como escucharon a los apóstoles aquellos partos? ¿Cuándo? ¿Qué significa este fenómeno de las lenguas? Significa que el AMOR es la lengua que todo el mundo entiende. El miedo desaparece. Las leguas se sueltan. Hablan con franqueza. Anuncian a Jesucristo. Y lo hacen de tal manera y con tal lenguaje que todos, todos, acogen a este Jesús. Porque donde había división e indiferencia nace unidad y comprensión. Pentecostés es todo lo contrapuesto a Babel, que significa confusión de lenguas. División entre los hombres.

Queridos hermanos: hoy, día de Pentecostés, día en que nace la Iglesia, uno siente el gozo de ver que este mundo necesita la presencia de Cristo. Y necesita nuestra presencia en todas las partes de la tierra y en todas las circunstancia y momentos. Hoy hay división de lenguas. Entre los hombres. Nuestro mundo necesita espacio para el Espíritu Santo. Las guerras. Las divisiones. Las violencias. Las grandes injusticias. Hoy necesita de hombres y mujeres que lleven este lenguaje. Que no es palabrería. Es una manera de ser y de estar en el mundo. Es una manera de unirnos en la familia. Es una manera de unirnos en la sociedad. Es una manera de interpretar tantas y tantas cosas. El Espíritu Santo, en nuestro mundo, en nuestras relaciones humanas, en nuestra Iglesia. lo necesitamos. Por eso hoy decimos: ven Espíritu. Ven. Ven.

Este mundo marcado por la pobreza, por la violencia, por las injusticias, por el desamor presente... Este mundo, en el que tantos han fallecido a causa de esta gran pandemia; en el que tantos sufren a causa de tanto dolor y sufrimiento; en el que tantos sufren por las consecuencias económicas y sociales que está trayendo, que estamos padeciendo ya... Deseamos que el amor del Espíritu llegue a todos los rincones de la tierra. Y nosotros, discípulos de Cristo, nos queremos hacer solidarios con los que sufren. Y queremos estar a su lado. Ven Espíritu a renovar la faz de la tierra. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven donde domina la guerra y las armas. Ven donde vienen las palabras y el insulto a los demás. Ven donde hay indiferencia. Ven. Ven. Haznos jóvenes. Sí. Con tu fuerza lo puedes hacer. Haznos orientados. Renuévanos con tu fuerza. Renueva este mundo necesitado de tanta transformación.

Queridos hermanos: ¿veis? Una maravilla. Día de Pentecostés. Sois una maravilla todos. Los discípulos de Cristo. Todos miembros de una misma iglesia. Anunciando a Jesucristo. Ahora aquí, entre nosotros, en Madrid. Pero donde vayamos. Anunciando a nuestro Señor Jesucristo. Donde vayamos. Porque tenemos el mismo Espíritu. Sí. Una misma lengua. Un mismo Espíritu. Y una gran misión que tenemos en esta tierra, para transformarla. Y podremos cambiarla si tenemos este lenguaje del amor mismo de Dios. Que el Señor os bendiga a todos. Amén.

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