Homilías

Martes, 09 junio 2020 13:58

Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de la Santísima Trinidad (7-06-2020)

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Queridos obispos auxiliares don Jesús y don Santos. Hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas.

Me dirijo de un modo especial a quienes estáis aquí y a quienes están viendo y asistiendo a esta celebración a través de la televisión, de Telemadrid. Me dirijo a vosotros que celebráis, algunos los 50 años de matrimonio, y otros los 25 años. En ninguna fiesta mejor que en esta de la Santísima Trinidad, donde se nos manifiesta precisamente que Dios es amor y tiene pasión por los hombres. Ese amor que ha unido vuestras vidas durante estos años que vivís el matrimonio cristiano.

Queridos hermanos: también hoy celebramos la Jornada Pro Orantibus. Recordamos a todos los religiosos y religiosas que han consagrado su vida a rezar por nosotros, por los humanidad entera. Tantos monasterios que tenemos aquí en Madrid, 30 monasterios, y os pido que ayudéis a estos monasterios también. Ellos han entregado la vida por nosotros, para acercar a Dios a nosotros.

Queridos hermanos todos, los que estáis aquí y los que estáis viendo a través de Telemadrid esta celebración. Una vez más, gracias a Telemadrid por participar también en anunciar esta buena noticia para todos los hombres, regalando también esta transmisión de la celebración de la Eucaristía.

Me dirijo de una forma especial a nuestros delegados, María y José, que han preparado esta celebración. Ellos llevan todo el tema de los laicos, y también por supuesto de matrimonio y familia. Gracias por esta preocupación que tenéis por acercar esta buena noticia que es la familia a todos los hombres.

Yo quisiera acercar la Palabra de Dios en tres momentos, como acabáis de escuchar en la proclamación que hemos hecho de la misma. Primer momento: compasión y misericordia. Segundo momento: amor y comunión. Y tercer momento, el que nos ha regalado el Evangelio que hemos proclamado: salvación.

Bien. El Señor nos manifiesta que es compasivo y misericordioso. Hemos escuchado la primera lectura del libro del Éxodo. Es un Dios que tiene pasión por el ser humano. El ser humano salió de las manos de Dios. Y Dios desea, en esa libertad que le dio, para acercarse a Él o no, porque Dios es el que nos entrega la máxima libertad, incluso para negarle, para decir que no existe, que nada tenemos que ver con Él. Este Dios tiene pasión por ti y por mí. Y lo hace además con su amor misericordioso. Un amor sin medidas. Lo da todo. Lo ha dado todo. Nos creó. Cuando veía que estábamos perdidos mandó a su hijo Jesucristo a estar con nosotros para decirnos quién era Dios y quién es el hombre. El Señor nos sigue ayudando también a través de su cuerpo, que es la Iglesia, para hablarnos de que este Dios en quien creemos es amor, es compasión, es misericordia. Y viene a nosotros, queridos hermanos. Sí. El texto del libro de Éxodo, cuando el Señor pasó ante Moisés y él responde: «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Este Dios, que se nos ha revelado en Cristo, es el que nosotros encontramos hoy aquí.

Pero, en segundo lugar, es un Dios que es amor. Es comunión. «Alegraos», nos decía el apóstol Pablo en esta segunda carta a los Corintios. En este texto que hemos proclamado. «Enmendaos, animaos, tened un mismo sentir. Y vivid en paz». ¿Por qué celebramos hoy también este día de las bodas de oro y plata de los matrimonios? Porque dos personas que han unido sus vidas por amor, que han conquistado esas vidas haciendo partícipes el uno al otro del amor mismo de Dios, que es incondicional, que es misericordioso. Ese Dios nos hace vivir en paz. Es un Dios del amor. Y este Dios del amor quiere que encarnemos. Y lo habéis encarnado a través de estos años con vuestro amor, con vuestra entrega, con ese beso de paz que os habéis dado día tras día, en medio de las dificultades y también de las alegrías.

El amor de Dios. Y esa comunión que tenemos que vivir permanentemente con el Señor y que nos lo da la fuerza del Espíritu Santo, nos hace tener un mismo sentir. Vivir en paz unos con otros. Queridos hermanos, el Señor hoy nos viene a consolar. Y aquí vemos un modo de consolar claro. Como nos decía en estas dos lecturas que hemos proclamado: compasión y misericordia. Amor y comunión. Nosotros tenemos mucho modos de consolar. Y aquí vemos los auténticos y los cercanos. Nosotros, a veces, consolamos por un telegrama que mandamos a alguien y le decimos :«estoy apenado profundamente». Pero, queridos hermanos, eso es un consuelo de formalidad. ¿Cómo consuela Jesucristo? ¿Cómo nos da su amor y su misericordia? ¿Cómo nos hace caminar por la vida? Esto es importante saberlo. Cuando en la vida pasamos por momentos de tristeza, aprendemos a ver cuál es el auténtico consuelo del Señor.

El Señor consuela siempre de tres maneras: con la cercanía, con la verdad y con la esperanza. Esto es lo que habéis vivido vosotros. Esto que viven los religiosos de vida contemplativa, que han regalado la vida, encerrados ahí en el monasterio, día tras día, orando por los hombres y por la humanidad. Los tres rasgos del consuelo del Señor, los que yo os invito a tener y a vivir, son precisamente estos tres. Sí. La cercanía. Esa cercanía que es el estilo de Dios. Esa cercanía que se manifestó en la Encarnación. Dios no es un Dios distante. Quiso entrar en la historia de los hombres, quiso entrar por los caminos de los hombres, hacerse cercano con nosotros. El Señor nos consuela con su cercanía. Esta mañana, aquí, en esta celebración de la Eucaristía, en la catedral, dentro de un momento el Señor, cercano, porque nos ha hablado, se ha dirigido a nosotros, nos ha dicho que es compasivo y misericordioso, nos ha manifestado que él es amor y comunión, y que recrea cuando le acogemos en nuestra vida ese amor, esa comunión. Este Dios consuela en la cercanía. Se va a hacer presente aquí, no solamente en su Palabra sino realmente en el misterio de la Eucaristía. El Señor consuela. No usa palabras vacías. Es más, prefiere a veces el silencio. Pero consuela. La fuerza de la cercanía de la presencia. Habla poco, pero está cerca. Está a tu lado.

Otro rasgo de consolar, u otra forma de consolar, es la verdad. Jesús es verdadero. No dice cosas que son mentiras. No dice: «Mira, estate tranquilo, todo pasará, no sucederá nada, las cosas pasan». No. No dice esto. Dice la verdad. No esconde la verdad. Él mismo ha dicho: «Yo soy la verdad. Yo me voy. Moriré». Dice la verdad. «Pero resucitaré. Y os daré mi vida para siempre». Queridos hermanos: la muerte es una verdad. Y lo dice sencillamente el Señor: «moriré». Y lo dice con mansedumbre. No esconde la verdad. Pero nos dice también la verdad entera: que él conquistará para nosotros algo nuevo.

Y otra forma de acercarse a nosotros no solamente es en la cercanía y diciéndonos la verdad, sino también dándonos esperanza. En un momento malo, el Señor se acerca y nos dice: «No se turbe vuestro corazón. Fiaos de mí. Confiad en mí. Os digo una cosa: en la casa de mi Padre hay muchas moradas, hay muchas estancias, yo os voy a preparar sitio. Tenéis sitio todos. Os llevaré conmigo. Donde yo estoy, estaréis vosotros también. Vendré y os llevaré». La esperanza. Es Jesús el que nos tiene en sus manos. Es Jesús el que nos alienta. Es Jesús. Y entonces vemos que son verdad estas palabras que hemos escuchado hace un instante: es un Dios compasivo; es un Dios misericordioso; es un Dios que entrega el amor verdadero, que nos recrea y engendra la comunión en nuestra vida. Con Él, y con todos los hombres. Y lo hace consolándonos: en la cercanía, en la verdad y regalándonos esperanza. «Que no se turbe vuestro corazón. Estad en paz».

Queridos hermanos: y, en tercer lugar, salvación. No solamente el Señor nos regala su misericordia y la compasión. No solamente el Señor nos entrega a nosotros también el amor y la comunión, sino que nos da la salvación. Todo lo hace por amor. Todo. Qué bonitas son las palabras del Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno». Todo empieza por el amor de Dios. Todo, queridos hermanos.

¿No os dais cuenta que esto es lo que más necesita esta humanidad: experimentar el amor de Dios? Todo empieza con el amor de Dios. ¿Qué hubiera pasado si Dios no nos hubiese entregado a su hijo? ¿Cuál es la esperanza de una humanidad sin Dios? Juan responde con el verbo perecer. Perecer. Para que ninguno perezca. Sí. Sí. Si Dios no viene, si Dios no está, perecemos. Si Dios es amor, es la gran revelación que en este día de la Trinidad Santísima se nos hace. Y Jesús es la demostración histórica de ese gran amor de Dios al mundo. Y, queridos hermanos, es lo que tenemos que entregar en esta tierra. Vino a este mundo. El Evangelio de hoy nos recuerda que el sentido del mundo, que el sentido de nuestra vida, está en Jesús. Jesús es el rostro del amor. Es la ternura de Dios manifestado entre nosotros. Y lo necesitamos para vivir. No vino para condenar: vino para que el mundo viva por él.

Durante mucho tiempo quizá hemos visto a un Dios juez. Presentado como juez. Muchas religiones a lo largo y el ancho del mundo siguen presentando a Dios así. El Dios que se manifiesta en Jesús, en Cristo, es un Dios que no juzga. Que no amenaza. Qque no condena. Es un Dios que solo es amor y vida. El amor de Dios manifestado en Jesús para todo ser humano; para que el mundo viva. Por eso la necesidad que tenemos de anunciarlo, queridos hermanos. ¿Os habéis dado cuenta, en este tiempo que hemos llevado: un virus pone en crisis y desestabiliza a toda la humanidad? Y alguien que da estabilidad, o lo que da estabilidad a la vida del ser humano, es el amor. Necesitamos el amor. Necesitamos percibir que somos amados. Que somos queridos. Y esto lo hace Dios. Él no viene para condenar. Viene para salvar.

Hoy celebramos la fiesta de la Trinidad Santísima. Es la fiesta del misterio de Dios que es amor y comunión. ¿Qué significa este misterio?. Que el Dios en quien creemos, que se nos ha revelado en Jesús, no es un Dios solitario; es un Dios que es amor. Un amor que se da, que se relaciona y que se unifica. El Dios cristiano es comunión, queridos hermanos. ¿Cómo entender esta realidad?. No se trata de descubrir el misterio de Dios, que nos sobrepasa. Entenderemos algo de la Trinidad si lo referimos al misterio de la vida. Padre, Hijo y Espíritu son vivientes. La característica fundamental es que son el uno para el otro, por el otro, con el otro y en el otro. Es la comunión la que hace posible todo crecimiento auténtico. Es creer que el ser humano creado a imagen de Dios se realiza en la medida en que se relaciona; se libera cuando se abre, crece y cuando ama.

Cuánta concordia. Cuánta alegría. Cuánta justicia social habría en este mundo si asumiéramos en nuestro pensar, en nuestro actuar, esta lógica del amor de Dios. Siempre envuelve al hombre. Siempre nos hace vivir en comunidad. Siempre buscando al otro. Siempre acogiendo diferencias. Siempre impidiendo que se transformen las diferencias en desigualdades. Siempre. Es un Dios que nos transforma. Por eso, en esta fiesta, tenemos que recordar que la crisis, queridos hermanos, de la civilización occidental y de nuestro mundo actual, solo tiene una salida: el camino del amor, el camino de la solidaridad entre todos los seres humanos. Y para eso es necesario que no olvidemos dos sustantivos que os llevo diciendo ya hace tiempo, esenciales. Sí. Esta humanidad necesita incorporar dos sustantivos. Dejémonos de adjetivos. Hijos y hermanos. Hijos de Dios somos todos los hombres. Yprecisamente por eso son hermanos, somos hermanos todos. Sin diferencia ni distinción. Y un hermano, si vive del amor de Dios, da la mano a quien se encuentra por el camino.

Que nos dé fuerzas el Señor para seguir avanzando en el camino del amor y de la alegría. Queridos hermanos: es necesario. La salida de esta humanidad necesariamente pasa precisamente por el camino del amor y de la solidaridad que surgen precisamente cuando acogemos dos sustantivos esenciales, fundamentales. ¿Por qué nos reunimos aquí esta mañana nosotros? ¿Por qué, queridos hermanos? Si algunos no nos conocemos... Pero somos hermanos porque somos hijos de Dios. Y tenemos necesidad de salir de nosotros mismos y dar la mano a quien encontremos en el camino, que es también hijo de Dios. Ojalá estos dos sustantivos sean para nosotros hoy esenciales. Un Dios compasivo, misericordioso, que nos entrega su luz y su amor, que se nos manifiesta como ese amor que necesitamos todos para vivir y para fraguar la vida.

Vuestra vida, los que estáis aquí hoy, celebrando vuestros 25-50 años de matrimonio, no lo habéis hecho. No ha sido un contrato solo. Ha sido el amor: vivido, reactivado día tras día, y vivido también con las medidas del amor de Dios. Perdonando siempre. Y siguiendo adelante. Hoy Cristo nos lo comunica una vez más, haciéndose presente entre nosotros. Queridos hermanos, todos: los que estáis aquí y los que estáis a través de la televisión, de Telemadrid, viviendo esta celebración; acoged el amor de Dios. Dios es amor. ¿Cómo? Dejaos impregnar por él. No tengáis miedo. No os arrebata nada de la vida. Al contrario: engendra novedad en la existencia humana. Así recibimos a Jesucristo. Amén.

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