Homilías

Lunes, 22 junio 2020 15:18

Homilía del cardenal Osoro en la celebración de las ordenaciones sacerdotales (20-06-2020)

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Queridos obispos auxiliares de Madrid, don Jesús, don Juan Antonio, don José y don Santos. Vicario general, vicarios episcopales, cabildo de la catedral. Queridos hermanos sacerdotes, pero dejadme pronunciar de una forma especial mi agradecimiento sincero a los dos rectores y formadores de nuestros seminarios: a don José Antonio, rector del Seminario Metropolitano, y a don Eduardo, rector del Seminario Misionero Redemptoris Mater. Y a todos los formadores. Gracias por vuestra entrega. Gracias porque, gracias a vuestro trabajo, y perdón la redundancia, podemos estar hoy celebrando esta ordenación sacerdotal que, realizada en este contexto y en el momento en el que estamos, tiene una significación especial para todos nosotros.

Queridos ordenandos. Queridas familias. Muchas gracias por vuestra presencia, y también por el sacrificio que hacéis, porque no podemos hacer esto de la manera en que en una normalidad lo hemos hecho siempre. Gracias por esta comprensión. Y, sobre todo, gracias a Dios nuestro Señor por este momento. Este momento de Dios. Aquí se palpa la presencia de un Dios que no quiere abandonar a los hombres, sino que quiere estar presente en medio de los hombres.

La oración que hemos realizado al comienzo de esta celebración tiene una fuerza especial: «Señor, Dios nuestro, que para regir a tu pueblo has querido servirte del ministerio de los sacerdotes». Ese ministerio es el misterio mismo del Señor, presente en medio de los hombres. Que perseveren siempre. Y así se lo pedimos al Señor. Que perseveréis al servicio de la voluntad del Señor: con vuestra vida, con vuestro ministerio, con vuestro ejemplo. Y que nunca olvidéis que lo vuestro es buscar la gloria de Dios.

Hemos escuchado estas dos lecturas del profeta Jeremías y esta página preciosa del Evangelio de san Juan: el capítulo 10 del Evangelio de san Juan. Yo quisiera acercar a vuestro corazón, especialmente a vosotros que vais a ser ordenados, pero a todos los que estamos aquí, tres aspectos que me parece que son esenciales y que la Palabra de Dios que hemos proclamado nos ha ayudado a descubrir. En primer lugar, sois vidas diseñados por el amor de Dios. En segundo lugar, vais a ser pastores de su pueblo. Y, en tercer lugar, tened siempre valentía para entregaros a esta misión. Una misión excepcional. Por tanto, podríamos resumirlo en tres palabras: diseñados, pastores y misioneros.

A través de todo el tiempo de formación que habéis tenido en nuestros seminarios, o en otros seminarios: en África, o en el seminario de la Fraternidad Misionera del Verbum Dei; a través de todos estos momentos, el Señor os ha hecho ver que vuestras vidas están diseñadas por el amor de Dios. Tiene una belleza especial la lectura del profeta Jeremías que hemos escuchado: «Antes de formarte». El sueño de Dios para vosotros estaba incluso antes de formaros, para regalaros el misterio y el ministerio mismo de Jesucristo. Antes de formaros. El Señor os eligió, os consagró, y hoy quiere constituiros profetas de todos los hombres y de todos los pueblos. Quizá es necesario hacer esta lectura. Aquí no estáis por casualidad. Ni siquiera por una decisión. Es verdad que sois libres para hacerlo. Pero el Señor lo había decidido antes que vosotros. Y os eligió. Y os consagró. Y os constituye en unas vidas que están diseñadas por el amor de Dios.

¿Cuál es vuestro trabajo? ¿Cuál es? Necesariamente tenemos que descubrir que vuestro trabajo es singular. Es singular. Ayer, por pura casualidad, leía una poesía de un poeta amigo mío, que tiene premios en España, bastantes, de poesía; y en una de las poesías, que no sabía que me la había dedicado a mí y al teólogo Olegario González de Cardedal, decía: «Para los puristas desertores de todos los tiempos, la Iglesia es una institución insana, pecadora, que acoge en su seno, a veces sin piedad, y pueda parecer para algunos como una cueva. Agustín, Francisco de Asís, Ignacio, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa de Calcuta, Óscar Romero y todos aquellos en quienes brilló la gloria del cielo con dolor de sus almas y el corazón roto, ellos se quedaron en esa Iglesia que aparece arrugada e impura, cargando sobre sus huellas con el peso de las miserias y los pecados de los hermanos. Porque un santo no abandona nunca el tajo».

Os leo esto porque es lo que el Señor quiere de vosotros, en esta Iglesia concreta; esta Iglesia diseñada por el Señor, en la que vosotros habéis conocido a Jesucristo; en la que vosotros habéis logrado entusiasmaros con esta misión del Señor; en la que vosotros habéis acogido el amor de Dios en vuestra vida y no lo habéis querido guardar para vosotros mismos sino para dárselo a los demás. En esta Iglesia, vosotros vais a anunciar a nuestro Señor. Y, como el profeta Jeremías ponía algunas disculpas: «ay, Señor mío, mira que no sé hablar», no pongáis disculpas, no pongáis disculpas, porque la palabra os la dará nuestro Señor. La manera de hacerlo os lo dará también nuestro Señor. Pero estad mucho junto a Él, escuchad mucho su palabra, diseñad vuestra vida dejándoos abrazar por el amor del Señor. Lo tenéis fácil. Nos lo ha dicho hace un instante el profeta: «Irás adonde yo te envíe, y dirás lo que yo te ordene». Vidas diseñadas por el amor mismo de Dios. No hay otro diseño. No sois seres que habéis venido de no sé dónde. No. Estáis en esta tierra. Y, en esta tierra y en esta historia, nuestro Señor os ha acogido, os ha abrazado con su amor, y os regala lo más grande que un ser humano puede tener, que es la misión misma de Jesucristo nuestro Señor. Pero una misión que tenéis que realizar en el diseño mismo que Jesús hizo, al frente de la cual el Señor puso a los apóstoles, y en primer lugar a Pedro. Y Pedro sigue estando con nosotros. Y los demás apóstoles siguen estando con nosotros. Y formando una unidad inquebrantable. Tenéis que anunciar al Señor. Por eso, nunca olvidéis que vuestro diseño no es un diseño que uno hace según sus intereses, o según a él le parece en el momento oportuno, o en el momento histórico en el que vivimos. No. El diseño lo hace Cristo con su amor, que os regala la plenitud del amor hoy, entregándoos todo lo que es Él para que se lo entreguéis también a los hombres.

En segundo lugar, no solamente sois vidas diseñadas por el amor de Dios. Vais a ser pastores de su pueblo. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: «Yo soy el buen pastor». Y te regalo lo que soy. Qué maravilla. Qué maravilla. Te regalo lo que soy. El buen pastor da su vida. Da su vida. El buen pastor no es un asalariado. Forma parte, unido, absolutamente unido, a quien os regala su misión. Pastores del pueblo. Pastores de este pueblo de Dios que el Señor ha querido hacer en esta tierra ya. Pastores de un pueblo que el Señor va eligiendo, porque además tenemos que hacer posible que otros se integren en este pueblo. Es un pueblo con dimensiones universales. Él es el buen pastor. Y, qué bonito, en la ordenación: te regalo lo que yo soy. ¿Sabéis lo que es esto? ¿Sabéis lo que significa esto en vuestra vida? ¿Que Dios, que vino a este mundo y a esta tierra, que sabe lo que necesitan los hombres, elija a hombres como vosotros, y os diga hoy, y lo haga realmente: Te regalo lo que soy?

Y, en tercer lugar, entregaros a la misión. Diseñados por el amor de Dios. Pastores de su pueblo. Entregaros a la misión. ¿Cómo? Mirad, nos lo ha dicho el Evangelio: conoced a los hombres. Conoced a los hombres de vuestro tiempo. No vivamos de rentas. No vivamos de «se hizo». Se hace. Y se hace con los hombres de mi tiempo. En las circunstancias históricas en las que estoy. No en las que a mí me convengan. Conoce a los hombres. Nos lo ha dicho el Señor: el buen pastor conoce a las ovejas, igual que el Padre le conoce a Él. Así tiene que conocer a las ovejas: en sus circunstancias, en sus realidades concretas, en su pensar, en su existir, en las dificultades que tiene, en las realidades que acontecen en su vida. Conoce a los hombres. Y te conozcan igual que Dios te conoce. Pero da la vida. Da la vida por ellos. Qué importante es esto: olvidarse de uno mismo. Olvidarse. Y esto cuesta, porque siempre nos remitimos a nosotros. Siempre. Pero sin embargo el Señor nos pide que nos remitamos a Él. Que nos demos como Él se dio, hasta la muerte. Por otra parte, que sepáis esto: sois misioneros. Entregaos a la misión. Hay muchos que están fuera. Hay muchos que no conocen al Seño. Hay muchos en circunstancias difíciles, diversas, que se hacen preguntas. Atraedlos. Nos lo ha dicho el Evangelio: «Tengo además otras ovejas que no son de este redil». Pertenecen a otro. A esas también las tengo que atraer. Por eso, no olvidéis nunca esto. No sois de un grupito determinado y cerrado. No. Vuestra misión como la de Jesús es para buscar a todos los hombres, estén donde estén. Hay que ir a ellos. A veces esto es difícil. A veces incluso no os entenderán los que están a lo mejor a vuestro lado. No importa. Lo entiende Dios. Y hacéis verdad lo que el Señor nos dice en el Evangelio: «Tengo que buscar a otras que no están en este redil». Y a esas las tengo que atraer. Solo un pastor así es el que el Señor quiere. Y esto es lo que os va a regalar. Esto. Te regalo lo que soy. Pues esto.

Queridos hermanos todos: veis, y especialmente vosotros,  el diseño que el Señor ha hecho en vuestra vida. Que va a hacer. En este misterio que vamos a vivir aquí de la ordenación, por la imposición de manos. En este misterio cada palabra que vamos a vivir aquí, que vais a tener, tiene una significación, una hondura especial, que marca vuestra existencia. Marca unas existencias diseñadas por el amor de Dios para entregar este amor. Marca una existencia de hombres que son pastores del pueblo. Sí. En la Iglesia concreta, en la que también todos somos pecadores. Y, en esa Iglesia, nos entregamos. Nos entregamos. Pero, vosotros, con lo que el Señor os da, no con otras cosas. Te regalo lo que soy. Da la vida. No eres un asalariado. No. No abandones nunca a las ovejas. No huyas. No huyas ante la dispersión. Importa que te entregues enteramente a los hombres. Entrégate a la misión. Conócelos. Descubre lo que en estos instantes necesitan.

Vais a ser ordenados en este tiempo que vive la humanidad. Un momento histórico singular. Algo tan pequeñito como un virus es capaz de poner en crisis a toda la humanidad. Toda la humanidad. En este momento, el Señor os da su misterio y su ministerio. Y os lo regala para que también hagáis posible entregar lo que esta humanidad, en estos momentos, necesita. Necesita dar sentido a su vida. Necesita no apoyarse en dioses extraños y falsos. Necesita descubrir, y lo estamos viendo en mucha gente que en estos momentos se ha acercado de una manera especial a Dios; descubrir a este Dios verdadero. Acompañad siempre así a los hombres.

Queridas familias: para vosotros también es un regalo el tener en vuestra propia familia un sacerdote, con lo que esto significa. Apoyadlos, como lo habéis hecho hasta ahora. Y rezad también por ellos, para que descubran la grandeza de su ministerio. Que nunca vuelvan la vista para atrás, sino que sigan adelante acercándose cada día más, con el abrazo que el Señor nunca nos retira, el abrazo de su amor. Así vamos a vivir estos momentos de la ordenación que van a seguir dentro de un instante. Que el Señor os bendiga.

Yo quiero daros las gracias a vosotros por decir sí a nuestro Señor. Habéis tenido todo un proceso de formación. Entregaos a la misión. Pero entregaos siempre escuchando la voz del Señor, viviendo siempre en su presencia y buscando la gloria de Dios. Pero una gloria de Dios que no buscáis por vuestra cuenta: la buscáis unidos al obispo. Todo lo que hagáis al margen no lo bendice nuestro Señor, porque Él ha querido la Iglesia de una manera.

Que trabajéis por el anuncio del reino de Dios. Que así sea.

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