Homilías

Lunes, 29 junio 2020 14:31

Homilía del cardenal Osoro en la celebración de las ordenaciones diaconales (27-06-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares de Madrid, don Jesús, don Juan Antonio, don José y don Santos. Vicario general. Vicarios episcopales. Queridos rectores de nuestros seminarios diocesanos: el Metropolitano y el Redemptoris Mater. Queridos hermanos sacerdotes. Quiero agradecer también la presencia del superior general de los Discípulos de Jesús y María. Y la del que representa en estos momentos aquí, en Madrid, a Pro Ecclesia Sancta.

Queridas familias. Y queridos diáconos, seminaristas aún todavía, que vais s ser ordenados diáconos dentro de unos momentos. Queridos David, Walter, Francis, Arsenio, Paco Javier, Francisco, José Pablo, Carlos Eduardo, Bernabé, Ignacio, Pedro, Maxi, Matthieu, Espérant, Fernando y Rafael.

Acabamos de escuchar juntos la palabra de Dios. La que hoy se proclama en toda la Iglesia, en estas vísperas del domingo. Esta palabra de Dios que para nosotros tiene una fuerza singular y especial. Siempre nos invita a cantar la misericordia de Dios. La misericordia entrañable, el amor entrañable, de un Dios que se va manifestando a través de nuestra vida de formas diversas, pero que precisamente hoy tiene una manifestación singular entre nosotros. El Señor, siempre con su palabra, ilumina los acontecimientos que vivimos. Y yo resumiría en tres palabras lo que el Señor nos quiere decir en esta tarde en la que vais a ser ordenados diáconos: el Señor nos ha invitado, en primer lugar a ser servidores; en segundo lugar, configurados; y en tercer lugar, testigos.

Servidores. Sí. Es verdad que vuestra ordenación de diáconos es una ordenación con vistas a ser presbíteros. Pero es que el presbítero tiene que ser un servidor. ¿Qué podemos hacer por los hombres? Esta fue la pregunta que Eliseo se hizo. Se preguntó a sí mismo: «¿Qué puedo hacer por estar mujer que me cuida, que me abre su casa, que me da lo necesario para vivir?». ¿Qué puede hacer por ella? Él pensó: «lo que haré será servir a sus necesidades». Yo quisiera que entraseis en la hondura que esta pregunta en vuestra propia existencia os habéis hecho. El Señor os llama. Sentisteis la llamada que os hacía el Señor para ser sacerdotes. Pero es verdad que uno no puede llegar al sacerdocio sin haberse desposeído absolutamente de todo y ponerse al servicio de los demás. Y es necesario pasar por esta experiencia profunda, porque el Señor hoy llega a vuestra vida con su Espíritu para conformaros como servidores. Y a esta pregunta, que quizá en algún momento de vuestra vida antes de entrar en el seminario os hicisteis: ¿qué puedo hacer yo por los hombres?, pues mirad: la respuesta nos la da la palabra del Señor.

Yo estoy seguro de que quiero ser un hombre de Dios. Quiero ser un hombre a quien reconozcan por el modo y la manera en que Dios se hizo presente en este mundo. Que siendo Dios, como nos dice el apóstol Pablo, no tuvo a menos hacerse hombre, y no tuvo a menos pasar por uno de tantos. Sí. Alguien a quien fundamentalmente reconocían por las obras que hacía. Lo seguían porque no solamente curaba enfermos, sino que hacía experimentar al paso por sus vidas algo singular y especial que les invitaba precisamente al seguimiento. Aquella mujer que recibía a Eliseo, ella misma experimentó: «estoy segura de que este es un hombre de Dios. A este que viene a vernos, que viene a servirnos, que viene a darnos la paz, que viene a darnos como una experiencia especial de la presencia de Dios entre nosotros, no lo podemos dejar marchar. Construyamos en la terraza una pequeña habitación para que se quede. Una mesa y una silla y una lámpara para cuando venga a retirarse».

El Señor os invita hoy a acoger lo que Él os va a regalar: sed servidores. Aquello que el Señor en la última cena les dijo a los discípulos después de lavarles los pies: «Lo que yo he hecho, hacedlo vosotros también». Aquello que nos dice el Señor en el Evangelio: «No he venido a ser servido, sino a servir». No se sube de categoría por la ordenación. Se baja. Como lo hizo Dios mismo. Y uno se pone al servicio de los hombres. Se hace servidor de todos los hombres. Para vosotros, el padre nuestro ha de tener un contenido especial también en vuestra vida. Rezar el padre nuestro es un atrevimiento. Es lo que nos dice la Iglesia en esa digamos monición que hace el sacerdote antes de rezar el padre nuestro: «Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir». Sí. Me atrevo a decir que todos los hombres son hijos de Dios. Incluso aquellos que lo niegan, o no lo conocen, o que están opuestos a Él. Y que todos los hombres precisamente son hermanos míos. Y que yo entrego mi vida para servir a todos sin excepción. Esto que vengo repitiendo desde hace dos meses: hay en la vida dos sustantivos fundamentales. Vosotros, como diáconos, dejaos de adjetivos. Son necesarios, quizá para reafirmar el sustantivo. Pero pensad que el Señor nos ha dado dos sustantivos fundamentales. Nos los dio en el padre nuestro: hijos. Hjos de Dios. Y, por tanto, hermanos de todos los hombres. ¿Qué podemos hacer por los hombres? Hacernos servidores. Dar la vida. «No he venido a ser servido, sino a servir».

En segundo lugar, configurados. La segunda lectura que hemos hecho, de la carta del apóstol Pablo a los romanos, nos lo ha dicho. Fuimos bautizados en Cristo. Fuimos bautizados en su muerte. Fuimos sepultados en la muerte. Para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos, así también andemos en una vida nueva. Hoy el Señor os va a configurar. Sí. Como servidores de todos los hombres. Os va a configurar. Configurados por Cristo, el Señor. Incluso hoy vais a hacer, digamos, la promesa de celibato, de uniros cada día más al modo y a la manera de Cristo. Y esto es algo especial. No se trata de no casarse, y entendedme bien lo que voy a explicar: se trata de contraer matrimonio. Es la Iglesia mi esposa. Es la Iglesia a la que amo entrañablemente. Es en la Iglesia en la que sirvo. Es en la Iglesia en la que doy mi vida. Es en la Iglesia… Pero en la Iglesia fundada por el Señor. Una Iglesia que sabe de abrirse a todos los hombres. De buscar en todos los caminos a los hombres, donde estén, no importa. Yo los tengo que ir a buscar. Porque para eso ha venido Jesucristo. Y para eso también yo hago esta promesa hoy de vivir ese celibato, por el cual yo vivo no para mí mismo: vivo para el Señor. Vivo para los hombres. Vivo para todos. Configurados por Cristo. Consideraos, como nos decía el apóstol hablando del Bautismo. Pero en este caso lo digo porque, por la imposición de manos, vais a ser configurados con Cristo como servidores. Sí. Entregados a vivir una vida que es para los demás. No es para vosotros mismos. Mirad, hay una tentación en nuestra cultura: hacernos, por decirlo de alguna forma, esos solterones que viven para sí mismos, que necesitan no sé cuántos descansos, no sé cuántas vacaciones, no sé cuántos… Eso no es lo vuestro. Hoy asumís una manera de vivir que es para los demás. Gastaos para los demás. El Señor es lo que vino a hacer cuando estuvo entre nosotros. Y si nos elige a nosotros, y nos pide que hagamos esta promesa, es para que hagamos lo mismo. Soy de los demás. No soy para mí mismo. Esto nos lo enseña Jesucristo. Configurados.

Y, en tercer lugar, testigos. Lo habéis escuchado en este Evangelio que hemos proclamado. Testigos fuertes del Señor. «El que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». El Evangelio de hoy hace tres afirmaciones fuertísimas. Es más, hace afirmaciones desconcertantes. La primera afirmación dice: «el que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». ¿Qué quiere decir esto? ¿Es que acaso el Señor está en contra de la familia y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? Resultaría extraño esto en Jesucristo. Sería incluso inhumano. No es posible. Pero sí es verdad que lo que Jesús quiere decir es que el discípulo es alguien que elige al Señor como valor absoluto de la vida; como lo más importante; como la referencia última en todo, por encima de los lazos más fuertes que son los de la propia familia. El elegir a Jesús, anteponiendo incluso a la propia familia, expresa la radicalidad del seguimiento de Jesús. En la época de Jesús, la familia era el grupo social que daba sentido a la vida de las personas y, por tanto, la ruptura con ella suponía un desarraigo social casi completo. Solo una relación personal con Jesús justifica la ruptura y hace posible el amor entregado. Lo dejan todo, porque nada es comparable con seguir a Jesús. Nada. Absolutamente nada. Se quedan sin nada. Y lo vais a encontrar todo en el tesoro escondido. El amor de Él nos puede bastar. Y el amor del Señor puede iluminar todas las zonas sombrías que existen en nuestro corazón. La segunda afirmación que aparece en el Evangelio, y que hemos escuchado, es: «el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». Tomar la cruz no quiere decir exclusivamente vivir con serenidad dificultades y sufrimientos. Tomar la cruz quiere decir seguir el camino que Jesús nos enseñó. Es afrontar con confianza los esfuerzos y los sufrimientos que comporta el seguimiento. El camino del amor, el camino de la generosidad, el camino de trabajar al servicio de los demás, el de ser solidarios, el de luchar por la paz y por la justicia... a veces es duro. Vosotros mismos lo veis: en vuestros padres, en vuestra familia... la generosidad, el trabajo para que vosotros hayáis podido vivir y ser lo que sois. Comporta siempre tomar la cruz. Hoy somos conscientes de la dificultad que implica hablar de la cruz en una sociedad que parece que la hemos hecho para el éxito personal. Sin embargo, pensad una cosa: la cruz es signo de amor. Siempre que veáis y miréis la cruz –a mí me gusta mucho venir a la catedral y mirar esta cruz– es signo de amor. Es lo que te pide el Señor: que ames. Que ames. Tomar la cruz nos lleva a identificarnos con Jesús. Y a tener una única pretensión en la vida. Una única: amar como Él amó. Y esto llenará vuestro corazón y vuestra vida.

Y la tercera afirmación es también la que nos decía el Evangelio: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará». Buscar la vida era el ideal de los sabios de Israel. Pero Jesús –es precioso esto–, Jesús intenta invitarnos a cambiar esta sabiduría. A cambiar esta sabiduría por una más profunda: la que vosotros habéis encontrado. Un día encontrasteis, incluso dijisteis: «me marcho al seminario». Y habéis decidido imitar la entrega de Jesús. Sí. Esta es la sabiduría verdadera. Y esto es perder la vida. El ideal de los sabios de Israel era cambiar esta sabiduría por otra más profunda. Pues, mirad: la sabiduría de la que habla el Señor hoy es vuestra entrega. Entregad la vida. Ganad una vida en plenitud. De tener y acumular, que es lo que a veces vivimos en la vida, Jesús pasar a decir: donad vuestra vida. Sed solidarios. Entregad vuestra vida propia. «Amad con mi amor», os diría el Señor. Esto es perder la vida. Gastarse sin reservas. Estar dispuesto a todo por una causa digna: esta causa de Jesús que impresiona. Impresiona. Quizá este momento que está viviendo la humanidad, de la pandemia, nos está llevando a entrar en esta profundidad. ¿Por quién me desgasto yo? ¿Por qué? ¿Por ser un personaje importante? ¿Por ser alguien importante? ¿Por qué? Optar por Jesús requiere perder la vida. Solo es posible cuando descubrimos un amor mayor. Y en ese amor mayor, damos todo. Pierde la vida antes que... el Señor te haga caer en la cuenta de que estás viviendo para ti mismo.

Vosotros habéis sido seducidos por el Señor. Es verdad que reconocéis el valor de las realidades humanas. Y todos lo reconocemos. Es cierto. Pero el motor de vuestra vida es Jesucristo. Es nuestro Señor. Sí. Y esta experiencia os ha llevado también a relativizar otros valores de este mundo, y a colocarlos en su justo lugar. Pero a poner en primer lugar a Jesucristo nuestro Señor. ¿Veis? Estamos asistiendo, queridos hermanos a algo especial, donde es Señor nos hace vivir una experiencia singular. Sí. Aquí los tenéis: servidores; configurados con nuestro Señor, y quieren ser testigos de Él en la entrega absoluta por los demás. Por todos los hombres. Sean quienes sean. Esto da un vueco a esta historia y quizá a una manera de vivir.

Que el Señor os bendiga. Y que nos bendiga a todos nosotros, queridos hermanos. Porque hoy en Madrid sucede algo extraordinario. Hoy en Madrid, y en esta catedral, sucede algo extraordinario. Que no es de los hombres: es de Dios, pero cambia este mundo. Que este encuentro que dentro de un momento vamos a tener con nuestro Señor, y todo lo que significa esta ordenación, nos haga sentir el gozo de la cercanía de Jesucristo a nuestras vidas. Que así sea.

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