Homilías

Martes, 29 septiembre 2020 14:21

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de envío de los docentes católicos de la diócesis (28-09-2020)

  • Print
  • Email
  • Media

Queridos vicarios episcopales. Querido deán de la catedral. Hermanos sacerdotes. Delegada de Educación de nuestra archidiócesis de Madrid. Hermanos y hermanas todos.

Hemos comenzado un curso nuevo y estamos aquí, poniendo nuestra vida delante de nuestro Señor, porque además es un curso especial. Nuestra forma de vivir y de hacer las cosas, fruto de esta pandemia que está viviendo toda la humanidad, se ha visto modificada sustancialmente. También en nuestro trabajo, en el entorno de los centros de estudio, la metodología, la planificación, incluso los recursos que tenemos, se han visto alterados y tenemos que inventarnos y realizar cosas que quizá no preveíamos. Además de estas circunstancias, estamos en un momento en el que vemos que mucha gente está sufriendo, que tienen temor, que tienen miedo y que necesitan también de nosotros que los acompañemos. En esta situación de incertidumbre, por esta pandemia, necesitamos también ver la fuerza y la luz de Dios, como acabamos de escuchar en la Palabra que el Señor nos ha entregado.

Es un momento también para repensar la educación. Motivo de la pandemia, veis que en las cartas que os escribo todas las semanas estoy tocando el tema de la educación: eduquemos para cuidar la tierra, eduquemos para el amor, eduquemos para la verdad que tanto se necesita en estos momentos, o la de esta semana, que la he titulado Eduquemos para la comunión. Naturalmente que cuento con nuestro Señor Jesucristo para hacer todo esto. No es una educación aséptica, que tenga una distancia de la realidad que nos reúne a nosotros aquí, esta noche, en la celebración de la Eucaristía.

El momento, como os decía, es oportuno para repensar la educación. Y para poner en el centro a quien tiene que estar, que son los alumnos. Y poner en el centro de nuestro corazón también, como educadores cristianos, a Jesucristo. El Señor nos ha dado una vocación, la vocación docente, y vamos a ejercerla con todas las consecuencias. Por eso, como discípulos de Jesús, este envío, que esta profesión también necesita: somos enviados por el Señor para anunciarle... Naturalmente que vuestra vida, la vida del educador, también es una cuestión de amor. Como decía Don Bosco, la educación es una cuestión de amor. Y es una cuestión que nos llama a mirar, y a la acogida, y a abrir las puertas a todos y, en definitiva, a descubrir que nosotros somos también agentes de cambio, y que nuestro trabajo es para hacer posible este cambio.

«Inclina el oído y escucha mis palabras». Escuchemos el rumor de todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor en estos momentos. Escuchemos las conversaciones que se tienen en todos los niveles. Que os diría: «ojalá no sean las nuestras», porque a veces ciertas conversaciones son para, en medio de esta pandemia, buscar a ver cómo puedo yo seguir triunfando, y no para ver cómo yo tengo que seguir sirviendo; y sirviendo a los que más necesitan, y sirviendo por supuesto a los que están iniciando la vida, y a los que vosotros dais clase. Pero el Señor nos ha invitado a inclinar el oído. Escuchar sus palabras. «Escucha. Atiende. En mis labios no hay engaño». Es un momento oportuno para descubrir la verdad que nos entrega nuestro Señor. Que seamos capaces, como nos decía el salmista en este salmo 16 que hemos recitado, de mirar con rectitud; de tener la mirada de Jesús; de dejarnos que sondee nuestro corazón; de dejarnos que nos visite en la oscuridad, en la noche. En estos momentos quizá estamos, en muchos momentos y circunstancias, en la noche. Pero dejemos que el Señor nos visite, y encienda nuestro corazón y nuestra vida. Y, sobre todo, invoquemos a nuestros Señor. Invoquémosle. Y démosle ocasión para que, con atención, escuchemos lo que Él nos dice. Y, sobre todo, la maravilla de su misericordia y de su amor, que se unen a todos nosotros.

Quizá yo os diría, como educadores hoy, después de escuchar la Palabra que hemos proclamado... lo resumo en tres palabras: probado, escogido y llamado. También nosotros hemos sido probados. Como le pasó a Job cuando el Señor le preguntó a Satanás: «¿De dónde vienes?». «De dar vueltas por la tierra». Y en estas vueltas por la tierra estamos viendo cómo está la humanidad. Esta pandemia está tocando la vida de tantos y tantos hombres, en tantas y tantas circunstancias. Hace un rato, antes de venir aquí, en una videoconferencia, estaba hablando con los países de Centroamérica: Guatemala, Honduras, El Salvador… Es terrible lo que te cuentan, queridos hermanos. No nos quejemos nosotros. Dar vueltas por la tierra. Y el Señor, lo único que le dijo fue: «¿Y te has fijado en Job?». Yo diría: ¿te has fijado en tanta gente que en estas circunstancias está dando la vida por los demás? ¿Te has fijado en todos los educadores que, arriesgando su vida también, no les importa el gastar tiempo con los jóvenes y con los niños para regalarles la noticia más importante, la que en estos momentos quizá puede entregar alguna luz? ¿Te has dado cuenta de la gente que está así? Recordad que la respuesta de Satanás a Dios fue: «¿Y crees que teme a Dios?». Y entonces el Señor le dijo: «Pues tú... pruébale a Job. Pruébale a Job. Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no le toques».

Qué preciosa es esta expresión. El ser humano es sagrado. No podemos jugar con el ser humano. No podemos estar solamente mirándole a distancia. Hay que tocar el corazón del ser humano. Y esta es la educación. En lo que vosotros dais, en la cercanía que tengáis a vuestros alumnos, en la manera de expresaros y de atenderles: tocad el corazón. Porque lo que estáis haciendo no es llevar el mal, como quería Satanás con Job; estáis llevando una manera de entender la vida, una manera de ver a los demás, una manera de situarnos ante los otros dando la mano y no cerrándola, una manera de fijarnos en las necesidades reales que tiene el ser humano. ¿Veis? A Job le probó matando a todos sus criados, haciéndoles morir; matando a sus bueyes, al rebaño de sus ovejas, a los mozos que cuidaban los camellos, y a los camellos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos... Y, sin embargo, Job, recordad esta palabra que dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: bendito sea el nombre del Señor». Solo necesito a Dios, en definitiva, fue la respuesta que dio Job.

Queridos hermanos: estas circunstancias que estamos viviendo nos están llevando también a descubrir a veces dónde la humanidad ha puesto el corazón y su vida. O, por lo menos, los que dirigen nuestra humanidad. Siempre es en el triunfo de ellos: a ver quién hace la vacuna primero. En el fondo, es a ver quién gana más. A ver quién... Que es necesaria por supuesto... ¿Pero estaría bien ir pegándonos para ver... cuanto antes la tengamos, para que no muera nadie más, y para que esta humanidad pueda ser feliz?.

Queridos hermanos: solo necesito a Dios. Esta noche, el Señor se acerca a vosotros para haceros ver que esta es la necesidad fundamental que tienen los hombres en esta humanidad. Hemos olvidado cosas que son importantes en la humanidad. Hemos olvidado que somos hermanos. Y lo hemos olvidado porque además hemos olvidado a Dios, que es el único que nos da capacidad para comprender que si somos hijos de Él, somos hermanos. Pero olvidado Dios, somos vecinos; a veces bien avenidos, a veces avenidos, porque nos metemos miedos los unos a los otros, si tú me haces esto yo te hago lo otro... Pero no hemos descubierto la verdadera razón por la que tenemos que dar la mano a todos. Y vosotros, como profesores, como profesionales también de la educación, que es cuestión de amor, tenéis que llevar a entender la necesidad de Dios para el corazón de los hombres, y para que subsista esta humanidad, sirviendo a los demás y no sirviéndonos de los demás. Por eso os decía: probado. Seremos probados también. Pero ojalá todos digamos «solo necesito a Dios», como Job.

En segundo lugar, escogidos. Sí. Escogidos para ser pequeños, como nos decía el Evangelio; para ser humildes. Porque la importancia no está en ser grandes y con poder y con prestigio... y con no sé cuántas cosas más. ¿Quién es el más importante?. Jesús cogió a un niño. Un niño que necesita de los demás. Como nosotros necesitamos de Dios también. Necesita de los demás. Necesita ser acogido. Escogidos para enseñar que hay que acoger a los demás siempre. Sea quien sea. No podemos vivir de ideologías. Vivimos de una adhesión absoluta a un Dios vivo y verdadero que se nos ha manifestado en Jesucristo, y que nos ha dicho que somos hermanos de todos los hombres, y que a todos los hombres tenemos que cuidar. Y que el cuidado más grande que se puede dar a alguien es hacerle sentir que es lo más importante, pero cuando se hace más pequeño porque se agarra a Dios, que es lo más grande. Probados en estas circunstancias vosotros. Escogidos también para expresar dónde está la importancia del ser humano. Y descubriéndolo en Jesucristo, que siendo Dios no tuvo a menos hacerse hombre y pasar por uno de tantos. Este Dios es el que nos enseña a empequeñecer para engrandecer.

Y, en tercer lugar, llamados. Ha sido precioso esto que hemos escuchado en el Evangelio: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, pero no es de los nuestros. Se lo hemos impedido». Qué preciosa es la respuesta de Jesús, y a eso sois llamados, somos llamados todos: «Todo el que hace bien, es de Dios». Jesús nos hace ver que tenemos que fijarnos en todos los hombres. Lo importante es que hagan el bien. Que sean hombres y mujeres de bien. Que sean hombres y mujeres que impartan, y den, y entreguen... que pongan el corazón en los demás. Si tienen poder, si echan demonios, no se lo impidáis. El caso es que hagan el bien. Es verdad que, a la larga, quien hace el bien se encuentra y se topa necesariamente con Dios.

Queridos hermanos, vamos a escuchar de verdad, de corazón, al Señor que nos ha hablado. Prestemos oído a lo que nos ha dicho. Prestemos oído a esta orientación que el Señor nos da. Seremos probados, es verdad. Tenéis muchas dificultades hoy para ser profesores, y máxime los que estás dando la clase de Religión. Muchas dificultades. Porque en el fondo, en el fondo, en esta cultura, un Dios que nos dice que somos hermanos, y que nos impide cascarnos unos a los otros, estorba. Porque vamos a ver quién puede más. Y queremos ser dioses nosotros. Y, por tanto, el que de alguna manera, habla de Él, estorba. Y se le ponen dificultades.

Probados. Pero habéis sido escogidos. Sed humildes y pequeños. Entregad la presencia de Dios. El niño, en cuanto le abres los brazos, se tira a ti. Abrid los brazos a todos los hombres. Habéis sido escogidos y llamados para esto. Que Jesucristo nuestro Señor, que viene ahora junto a nosotros al altar, nos enseñe esto, que es fundamental para todos los hombres: la verdad es esencial, tanto en la vida personal como en la vida pública. Y qué importancia tiene ser valientes para decir, buscar y seguir la verdad con todas las consecuencias. Por eso, yo deseo que en este curso todos vosotros intentéis educar en la Verdad. Con mayúsculas. Es Jesús el que nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida. Es Jesús el que nos dice que garantiza el crecimiento del ser humano cuando se le educa en la verdad. Es Jesús el que os va a impulsar a no tener miedo en las circunstancias difíciles que vivimos por la pandemia, pero también que vivís por entregar esa noticia de que la trascendencia y lo religioso no es un adyacente para el ser humano. Constituye una dimensión fundamental de la existencia humana, que cuando se liquida y se borra convertimos en una selva de animales salvajes nuestra convivencia, y nos estorbamos unos a otros. Seguid adelante. Seguid con fuerza.

Dentro de unos días voy a entregar la carta pastoral de este año que he titulado Quiero entrar en tu casa. Es el texto de Zaqueo, aquel hombre que se sube a un sicomoro, a un árbol, para ver pasar a Jesús. Y es Jesús el que lo ve, y fijándose en él, le dice: «Date prisa, que quiero entrar en tu casa». Es la dimensión misionera que tenemos también en la Iglesia. Es la dimensión que tenéis vosotros. La dimensión misionera. Entrad en la casa de los jóvenes, de los niños. Entrad. No violentando. Entrad con las herramientas que el Señor nos regala siempre. El gran regalo nos lo hace ahora haciéndose presente entre nosotros. Que así sea.

© 2018 Archidiócesis de Madrid. CIF: R2800137H. Todos los derechos reservados - Login

Search