Homilías

Miércoles, 07 octubre 2020 13:49

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de inicio del curso de la Universidad San Dámaso (6-10-2020)

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Queridos hermanos obispos. Queridos hermanos sacerdotes. Excelentísimo e Ilustrísimo señor rector de nuestra Universidad. Queridos profesores. Hermanos y hermanas.

Como todos los años al iniciar el curso, pero hoy de una forma diferente, distinta, por la pandemia que estamos viviendo, que nos ha hecho cambiar nuestros planes y, de alguna manera, verificar que los planes de Dios no son nuestros. Ytenemos que entrar en los planes de Dios. Precisamente por eso también un año más hemos pedido que el Espíritu Santo sea quien nos guíe, que su fuerza renovadora sea la que nos llene de alegría, que haga posible que la comunión entre nosotros sea cada día más plena, y no sea solamente una palabra, y que ese caminar juntos que es hacer un camino siendo distintos, a veces con perspectivas diferentes u opiniones distintas, pero que sin embargo nunca abandonamos el camino juntos.

Después de tantos meses, queridos hermanos, retomamos este encuentro, no a través de una pantalla, aunque también hoy las tengamos que utilizar, sino aquí, nosotros, cara a cara. Y este cara a cara es bonito, es importante; es más: es necesario. La pandemia actual que vivimos ha puesto de relieve nuestra interdependencia. Todos estamos vinculados, los unos con los otros, tanto en el bien como en el mal. Por eso, para salir mejores de esta crisis que estamos viviendo, necesariamente tenemos que hacerlo juntos. También en nuestra Universidad Eclesiástica de San Dámaso. Juntos, no solos. No cada uno por un sitio. Juntos. Solos, no. Solos no se puede. Y si tenemos el Espíritu Santo, ciertamente nos dice que no se puede. O se hace juntos, o no se hace.

Debemos hacerlo juntos. Todos. Y hoy quisiera subrayar estas palabras, que en el fondo es una solidaridad, pero distinta, marcada por la comunión y por la sinodalidad. Como toda la familia humana, tenemos el origen en Dios. Estamos viviendo no solamente en una casa común; estamos teniendo un proyectos común en nuestra Universidad. Cuando nos olvidamos de esto, nuestra interdependencia se convierte en dependencia de unos hacia otros. ¿Por qué? Porque perdemos la armonía, perdemos la comunión –que es lo que nos entrega el Espíritu Santo–, perdemos en definitiva todos nosotros ese camino que tenemos que hacer juntos en una tarea tan bella como la que tenemos entre manos.

Perdemos la armonía. La armonía nos la da el Espíritu Santo. Por eso se la hemos pedido: porque cuando perdemos la armonía aumenta la desigualdad y aumenta también la marginación de unos con los otros. Se debilita todo. Por lo tanto, esta comunión y esta solidaridad, esta sinodalidad, es más necesaria que nunca. Yo recuerdo unas palabras de san Juan Pablo II que nos hacen ver que es verdad que todo, de una forma u otra, está interconectado. Todo. El gran mundo no es otra cosa, como decía él, que una aldea global. Y cuanto más nos acercamos a realidades concretas que hacemos en este mundo, vemos que la interdependencia es absolutamente necesaria, y por ello también la comunión y la sinodalidad.

Caminar juntos. Los egoísmos individuales o de grupo, las rigideces ideológicas, alimentan todo lo contrario. Son siempre estructuras de pecado. Por eso esta palabra, que a veces está gastada en nosotros, de comunión, de sinodalidad, a veces podemos interpretarla mal; porque no son actos esporádicos de generosidad: es crear una nueva mentalidad que nos haga pensar en términos de comunidad, de Iglesia, de dar prioridad a la vida de todos sobre la apropiación de alguna cosa por parte de algunos. Recordemos que esto es lo que nos dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium. Esto significa comunión. Sinodalidad. No es solo cuestión de ayudarnos unos a otros: se trata de algo distinto. Sí. La comunión, la sinodalidad, nos hace solidarios y fructíferos, y necesita siempre para enraizarse raíces fuertes en nosotros, los humanos. Necesitamos esas raíces. Si os dais cuenta, la Biblia desde el principio nos advierte. Pensemos por ejemplo en el pasaje de la torre de Babel, en el capítulo 11 del libro del Génesis. Describe lo que sucedió cuando trataron de llegar al cielo ignorando el vínculo que tenía todo lo humano con la creación, con todo lo que existe. Pensemos en la torre: somos capaces de construir torres, rascacielos, pero a veces destruimos la comunidad. Unificamos edificios y lenguas, pero a veces mortificamos la riqueza que hay en un grupo humano, donde todos tienen algo que decir, y algo importante. Construimos torres y rascacielos, pero a veces destruimos la comunidad. Unificamos edificios y lenguas, pero mortificamos lo que es propio de cualquier institución.

Por eso, recuerdo una historia medieval que describe eso que se llama, que han llamado algunos autores «síndrome de Babel», que es cuando no hay comunión, cuando no hay esa sinodalidad, ese hacer camino andando juntos, y dándonos la mano además. Esta historia medieval dice que durante la construcción de la torre de Babel, cuando un hombre caía, porque todos eran esclavos, y moría, nadie decía nada. Como mucho, lo que a veces nosotros decimos también, ¿no?: «pobrecillo, se ha equivocado y ha caído». Sin embargo, en esa torre, si caía un ladrillo, todos se lamentaban. Y si alguno era culpable, era castigado. ¿Por qué? Porque un ladrillo era caro de hacer, era caro de preparar, era caro de cocer. Se necesitaba tiempo y trabajo para hacer el ladrillo. Un ladrillo en definitiva, en aquella torre, valía más que una vida humana. Pensemos en lo que a veces sucede hoy en nuestras comunidades, en nuestras instituciones... Pensemos esto. Pensemos. Cada uno de nosotros, porque lamentablemente hoy pueden suceder, sin darnos cuenta, cosas parecidas. Cae la cuota de mercado financiero, lo vemos estos días en los periódicos y en todos los sitios, cae esa cuota del mercado financiero, y la noticia está en todas las agencias. En todas: tdos los periódicos, todos los medios de comunicación, dan noticia de esto. Caen miles de personas, como está sucediendo, de hambre, de miseria, de muerte... y nadie habla de ello. No se dice. Estamos aquí, en nuestra Universidad Eclesiástica de San Dámaso, para los alumnos; y todo es para esto, y no para que nos quedemos a veces en cuestiones secundarias o anecdóticas, o en cuestiones que afectan a veces a mi persona.

Diametralmente opuesto a Babel es Pentecostés, que es lo que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado. Sí. El Espíritu Santo desciende de lo alto como viento y fuego; inviste la comunidad, cerrada en el Cenáculo, y la inunda de la fuerza de Dios; y la impulsa a salir de sí misma a anunciar a todos a Jesús, y a anunciar que Jesús es el Señor. El Espíritu crea la unidad en la diversidad; crea armonía. Y esto es lo que le pedimos al Señor en estos momentos para nosotros. En la historia de la torre de Babel no hay armonía. Había ese ir adelante para ganar solamente: allí el hombre era un mero instrumento, mera fuerza de trabajo. Pero en Pentecostés, en nosotros, cada uno es un instrumento; pero un instrumento comunitario que participa con todo su ser en la edificación de la comunidad y en la manera de sacar adelante este proyecto precioso de la Iglesia que tenemos aquí, en Madrid, que es nuestra Universidad Eclesiástica de San Dámaso.

San Francisco de Asís estos días para nosotros tiene una resonancia especial por mucho motivos. Pero san Francisco de Asís lo sabía bien, y animado por el Espíritu daba a todas las personas, es más, a las criaturas, el nombre, a todas: de hermano o de hermana. No son primos segundos, de esos que no los conoces casi. No. Con Pentecostés, Dios se hace presente, e inspira la fe de la comunidad; la fe de todos los que formamos esta gran familia de la Universidad de San Dámaso. Inspira. Y en esa diversidad, en esa comunión y en esa sinodalidad nos unimos en armonía, en la que nos da el Espíritu Santo en este camino. Una diversidad que posee los anticuerpos que tanta validez tienen en estos momentos; los anticuerpos para que la singularidad de cada uno, que es un don único e irrepetible, no se enferme en el individualismo, en el egoísmo, en el esto es lo que pienso y no cambio absolutamente nada… La diversidad posee también los anticuerpos para sanar las estructuras y los procesos que a veces han degenerado en sistemas pues de injusticia o de falta de toda la verdad. Es verdad.

Queridos hermanos: de esta crisis que tenemos, decía el Papa Francisco hace muy pocos días, no se sale igual que antes. La pandemia que estamos viviendo es una crisis. Y en esta crisis también hemos tenido que, pues hoy mismo, no estamos aquí todos, y dentro de un rato se va a hacer de otra manera todo. De una crisis se sale mejor o peor: tenemos que elegir nosotros. Y esta tarde, nosotros hemos elegido la armonía que nos da el Espíritu Santo. Una comunión y una sinodalidad entre todos, con todos y para todos, guiada por la fe, que nos permite traducir el amor de Dios en nuestras vidas cotidianas. Sí. No construyendo torres o muros. No. Porque eso divide, y encima se caen. Sino tejiendo una comunidad universitaria y apoyando procesos de crecimiento que nos hacen más humanos por supuesto, más solidos, más comunitarios, con ese espíritu que el Señor nos pide que caminemos.

Queridos hermanos y hermanas: que la creatividad del Espíritu Santo pueda animarnos a generar nuevas formas fecundas de fraternidad y de acción en este curso que comenzamos en nuestra Universidad de San Dámaso. Que el Señor bendiga a todos los que formamos parte de esta Universidad y nos ayude a vivir en la misión que la Iglesia nos entrega al hacernos partícipes de esta obra de Iglesia que es nuestra Universidad. Que así sea.

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