Homilías

Lunes, 09 noviembre 2020 12:38

Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de Santa María la Real de la Almudena (9-11-2020)

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Hermanos y hermanas:

Celebramos este año la fiesta de Santa María la Real de la Almudena en plena pandemia del coronavirus, que afecta a la humanidad entera y también a nuestra ciudad. Hoy hay sufrimiento en Madrid por las numerosas muertes en este tiempo, así como por la crisis económica y social.

Como tantas veces hemos hecho en nuestra historia, pedimos a nuestra Madre ayuda y protección. Renovamos aquel voto de hace siglos y decimos: «Santa María, en este momento difícil que atravesamos, acude en nuestra ayuda. Como en las bodas de Caná, pídele a tu Hijo Jesucristo que intervenga y venga en nuestra ayuda. Tus palabras tienen vigencia: “Haced lo que Él os diga”. Protege a los más débiles. Danos tu ayuda».

Mi carta pastoral de este año se titula «Quiero entrar en tu casa». Deseo deciros a todos las mismas palabras que el Señor dirigió a Zaqueo: «Date prisa, baja que quiero entrar en tu casa». Cuando Zaqueo lo recibió, todo cambió en su vida y en las vidas de los que estaban junto a él; que no solamente desconocían a Jesús, sino que se burlaban diciendo: «Si este supiera a que casa viene, no entraría». Como pastor de esta Iglesia que camina en Madrid, quiero mostraros la cercanía de Jesús y recordaros, tanto a quienes creéis como a quienes estáis en búsqueda, duda o negación, que Jesucristo os ama y que, cuando ese amor se acepta, cambia la vida entera. Así sucedió en casa de Zaqueo.

La Palabra de Dios que hemos proclamado nos invita a reconocer lo que el salmo responsorial nos decía aplicándolo a Santa María: «Tú eres el orgullo de nuestra raza». Sí, María, tú eres a quien Dios ha bendecido más. Te pidió que prestases la vida para darle rostro humano y dijiste sin dudar: «Aquí estoy». Tú eres, Santa María, el modelo de lo que la Iglesia ha de ser. Como nos señalaba proféticamente Zacarías hace un instante: «Se unirán al Señor muchos pueblos, […] habitaré en medio de ti, comprenderás que el Señor me ha enviado». Tú, Santa María, provocas que en la vida y en la historia de los hombres, la experiencia de Dios esté con nosotros. «Dios estará con ellos y será su Dios, […] ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. […] Todo lo hago nuevo», como nos decía el libro del Apocalipsis. Tú, Santa María, eres nuestra Madre. Así lo quiso tu Hijo y así te recibimos, como lo hizo san Juan en nombre de todos. ¿Qué significa para nosotros recibir a María en nuestra casa, en nuestra vida, en estos momentos que estamos viviendo de pandemia? Vamos a acercarnos a su historia para entenderlo:

1. Momento de confianza. Dios pide a María que le preste su vida y Ella lo acepta: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra».

En esta situación de pandemia el Señor nos pide que curemos el mundo. Nos encontramos con heridas profundas, con nuestras vulnerabilidades, con muchas muertes y la enfermedad, con incertidumbres a causa de los problemas socioeconómicos, que golpean especialmente a los más pobres… Es necesario que tengamos la mirada fija en Alguien que nos ofrece una nueva manera de vivir y de estar entre nosotros, que nos abre nuevos horizontes. El sí de María nos vuelve a ofrecer un encuentro con el Evangelio de la fe, de la esperanza y del amor, que nos lleva a afrontar con espíritu nuevo creativo y renovador los problemas que nos asolan. Resuenan con fuerza aquellas palabras de san Juan Pablo II: «¡No tengáis miedo! Abrid vuestras puertas a Cristo». La Virgen María es experta en esta apertura. Jesucristo sana en profundidad todas las estructuras injustas y sus prácticas destructivas que nos separan a unos de los otros y amenazan a la familia humana y nuestro planeta. ¿De qué modo podemos ayudar a nuestro mundo? Continuando su obra de curación y sanación. La Iglesia sigue ofreciendo modos concretos de sanación: mantengamos el principio de la dignidad de la persona, del bien común, de la opción preferencial por los pobres, del destino universal de los bienes, de solidaridad, de subsidiariedad, del cuidado de nuestra casa común...

La pandemia ha sacado a flote otras patologías sociales más amplias como la visión distorsionada de la persona, que muy a menudo ignora su dignidad y su relacionalidad, o la mirada que tenemos hacia los otros como objetos para usar y descartar. Son miradas ciegas que fomentan una cultura del descarte individualista y agresiva, que transforma al ser humano en un bien de consumo. Dios mira al hombre de otra manera: nos ha creado como personas amadas y capaces de amar, nos creó a su imagen y semejanza, nos creó para la armonía y la comunión, nos da capacidad de procrear y custodiar la vida. Es cierto que el coronavirus no hace acepción de personas, pero ha encontrado en su camino devastador grandes desigualdades y discriminación y las ha incrementado. Por eso, la respuesta a la pandemia es doble: hay que encontrar la cura, pero también hay que combatir la injusticia social y la marginación. En esta respuesta de sanación hay una elección que no puede faltar: la opción preferencial por los pobres, que no es una opción política ni ideológica, ni de partidos, sino que es la opción que está en el centro del Evangelio, en el centro del anuncio de Jesús. De esta crisis debemos salir mejores; tenemos la ocasión para construir algo diferente.

2. Momento de compromiso con la humanidad. Dios pide a María que salga a comunicar a quien ya ha sido acogido en su vida y está entre nosotros: «María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña».

Nuestra Madre la Virgen María sale a los caminos de los hombres, no puede guardar para Ella misma el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad, que marca un antes y un después en la vida de los hombres. Marcha a ver a su prima Isabel, que en su ancianidad va a tener un hijo. Al experimentar la presencia de Jesucristo hay necesidad de salir y comunicarlo con obras y palabras. La Iglesia es misionera por naturaleza. Salgamos a anunciar a Jesucristo, también en este momento de la historia. La Iglesia desea mover los corazones de los hombres con la presencia real del mismo Jesucristo, como movió María, primera misionera, el corazón de su prima Isabel y la vida de un niño que aún estaba en el vientre de su madre.

Si nunca podemos ignorar al otro, menos cuando no se puede defender ya sea por la enfermedad, por la situación social de desamparo, por edad en el inicio o al final de la vida... En la encíclica social que el Papa Francisco nos acaba de regalar a la humanidad, Fratelli tutti, no pretende resumir la doctrina del amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos. Frente a las diferentes formas de ignorar a los otros que azuzan a la humanidad en estos momentos, hemos de salir al mundo con la misma fuerza de María, llevando a Jesucristo y haciendo experimentar la grandeza que da a la vida humana.

La COVID-19 ha dejado al descubierto nuestras falsas seguridades; seamos humildes para reconocerlo. A pesar de lo hiperconectados que estamos, estamos fragmentados, nos es difícil resolver los problemas que afectan a todos. La Virgen María nos está invitando a conocer la dignidad de cada persona desde el inicio de la vida hasta la muerte. Somos llamados a hacer renacer un deseo mundial de fraternidad y de respeto a la vida. Mirémonos unos a otros. Abramos nuestra vida a todos y a todos los momentos de la vida del ser humano. No somos dueños; no seamos solamente consumidores o espectadores.

Frente a las culturas vacías, inmediatistas y sin un proyecto común, cuando nos entrega a Jesucristo, María nos está entregando un proyecto de vida, nos está diciendo que la pregunta que debiéramos hacernos al comenzar cada día es: ¿dónde está tu hermano? Y tus hermanos son todos. A una sociedad se la conoce, entre otras cosas, por cómo acoge, respeta y cuida a los niños y a los ancianos. María nos enseña a no provocar descartes. Hagamos posible el nosotros.

3. Momento de valentía y pasión por regalar una forma de vida nueva y dar contenido real a dos palabras: hijos y hermanos.

La Virgen María vivió siempre sabiéndose hija de Dios y, desde el momento en que Jesús en la cruz le dio el título de Madre de todos, lo acogió con todas las consecuencias. Aquel canto que salió de su alma («Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí») tiene una vigencia permanente. Evitemos actitudes cerradas e intolerantes: todos somos hijos de Dios y, por ello, hermanos. Sentémonos a escuchar al otro, algo clave en el encuentro humano y así en el camino de la fraternidad local y universal.

Cuando se deja entrar a Dios en la vida de los pueblos, nace la esperanza porque nace la necesidad de darnos la mano unos a otros. Cuando esto se impide, sea por los motivos que sea, perdemos las raíces, no somos de nadie y entre nosotros nos unimos por gustos, pero no porque somos hermanos.

Con nuestra Madre, Santa María la Real de la Almudena, acojamos estos tres momentos: de confianza, compromiso y valentía y pasión. Confianza para prestar la vida. Compromiso por salir a encontrarnos con todos los hombres y muy especialmente con quienes más lo necesitan. Valentía y pasión por vivir sintiéndonos hijos y hermanos.

Cuando llegué a Madrid como arzobispo os invitaba a vivir así: «Entre todos, con todos y para todos». Reitero mi propuesta y mi compromiso de llenar el corazón de cosas grandes: toquemos la verdad, la bondad, la belleza, la justicia, el amor. Seamos líderes en dar esperanza que mira más allá de la comodidad personal y abrámonos a los grandes ideales que hacen la vida más bella y digna. Hoy os digo que sigamos los pasos de nuestra Madre María: prestemos la vida para dar dignidad al otro; salgamos al encuentro de los hombres en los caminos reales en que transitan, y vivamos como hijos y hermanos.

Hermanos y hermanas, que Jesucristo, el hijo de María que se hace presente realmente en el misterio de la Eucaristía, nos haga vivir así. Amén.

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