Homilías

Martes, 01 diciembre 2020 15:08

Homilía cardenal Osoro en la misa funeral por Joaquín Iniesta (24-11-2020)

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Querido don Juan Antonio, obispo. Excelentísimo cabildo catedral. Querido deán de la catedral. Querido José Antonio, sobrino de don Joaquín. Querida familia de don Joaquín, queridos hermanos. Hermanos y hermanas todos.

Nos hemos reunido para orar por don Joaquín. Para ofrecer esta Eucaristía en sufragio de su vida y de su alma. Y nos reunimos porque creemos en la vida eterna. Porque creemos en que Jesucristo nuestro Señor, con su Resurrección, nos ha dado la vida verdadera, y nos la regala.

Hemos cantado juntos ese salmo que tantas veces repetimos en la liturgia: «el Señor es mi pastor». Sentirnos siempre acompañados por Dios en la vida y en la muerte, en todas las circunstancias, es una gracia, queridos hermanos, para todos nosotros; porque en esa compañía que nos hace el Señor, no nos falta nada; sentimos la presencia de la vida y la percibimos; esa que viene de Él y que nos ha regalado Él; y nos hace vivir naturalmente, especialmente para vosotros, la familia, el dolor de la separación, pero al mismo tiempo el Señor nos hace vivir en la esperanza, porque esas verdes praderas, que nos decía el salmista, en que nos hace recostar, son la esperanza precisamente. Esas fuentes tranquilas en la que nos hace beber son para todos nosotros esa seguridad que nos alcanza el Señor. Aquella seguridad de la que hablaba el apóstol Pablo: «en la vida y en la muerte somos de Dios». Esa certeza de que el Señor repara nuestras fuerzas, es la certeza de los hombres y mujeres creyentes, que sabemos que si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, como nos dice el apóstol, morimos para el Señor, porque en la vida y en la muerte somos del Señor.

El Señor es el que conduce nuestra vida. Es el que, en medio de los caminos oscuros que siempre aparecen en nuestra vida, va junto a nosotros. Siempre. No tengamos esta duda nunca, queridos hermanos.

En las razones nuestras pueden aparecer dudas, nubarrones y oscuridades, pero vivamos de la vida del Señor. Va con nosotros. Y prepara una mesa para darnos esta seguridad, porque su bondad y su misericordia siempre van en nuestra compañía. Qué triste es la vida sin experimentar esta bondad y esta misericordia de Dios.

Este momento histórico que nos toca vivir, y en el que estamos celebrando esta Misa que ofrecemos por don Joaquín, es un momento en el que toda la humanidad vive en la oscuridad de esta pandemia, que asola a todo el mundo, y que hace sufrir a tanta gente. Sin embargo, queridos hermanos, en medio de esta pandemia nosotros tenemos la seguridad de que Dios nos acompaña. Y nos acompaña con su bondad y con su misericordia. Y Él, en medio de los caminos oscuros por los que estemos viviendo, está junto a nosotros. Habita entre nosotros.

Por eso, las lecturas que acabamos de proclamar, queridos hermanos, tienen una densidad y una fuerza extraordinaria para nosotros. El señor nos invita a pensar en la Resurrección. En esa que Él ha tenido, y nos regala. Pensar en aquellas palabras que le dijo el Señor a la hermana de Lázaro, a Marta, cuando enterándose de que había muerto su amigo, va de camino, y le sale al encuentro Marta, y le dice: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. El Señor le dijo a Marta: Marta, yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Tú crees esto? Marta respondió que sí. Pensemos, queridos hermanos.

En la primera lectura del segundo libro de los Macabeos hemos visto cómo Judas, jefe de Israel, recoge los dracmas, nos decía el texto bíblico, entre sus gentes, y los envía a Jerusalén, para que ofreciesen un sacrificio de expiación; pensando, como nos dice el texto, con rectitud y nobleza; pensando en la Resurrección. Pensemos en la Resurrección, queridos hermanos. Tengamos esperanza en la vida eterna.

El texto nos habla de cómo, a los que habían muerto, les estaba reservado un magnífico premio. Y esta es una idea santa y piadosa. Y esto es lo que nos reúne aquí a nosotros. Queremos iluminar este momento, y situarlo en el encuentro con nuestro Señor Jesucristo. El que hacemos aquí, en el misterio de la Eucaristía. Haciendo cercanía de sus palabras a nuestro corazón. Pensemos así en esta Eucaristía, y ofrezcamos este sacrificio por el eterno descanso de don Joaquín.

Es una idea santa saber que tenemos a alguien que padeció la muerte y alcanzó la resurrección para nosotros. Y en la vida siempre tenemos, todos los humanos, algo por lo que pedir perdón. Nosotros ofrecemos nuestra Eucaristía pensando en la resurrección. Que el Señor se la conceda y se la de a don Joaquín. Pensar.

En segundo lugar, escuchar. Escuchemos esta palabra que nos ha regalado el Señor. Jesús les dijo a los judíos: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna. Recordar aquellas palabras de los discípulos: ¿a quién vamos a ir Señor, si solo tú tienes palabras de vida eterna?. Pensad en las que os he dicho hace un instante: yo soy la Resurrección y la vida. Pensad en esas palabras de Jesús: venid a mí los que estáis cansados y agobiados, yo os aliviaré.

Queridos hermanos: escuchemos la Palabra. Nos dice el Señor: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna. Y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Escuchemos a Jesús.

Os decía antes: pensemos en la resurrección. Escuchemos a Jesús. Y vivid. Pensad. Escuchad. Y vivid. El Señor nos da su vida para vivir. Sí. Nos lo ha dicho también en el Evangelio que hemos proclamado: igual que el padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el hijo del hombre. Este juicio del Señor hacia nosotros es que nos quiere regalar su vida. Y no nos puede sorprender esto. No nos puede sorprender, queridos hermanos.

Por eso hoy nosotros, en esta noche, aquí, en la catedral, donde hizo también el servicio de deán, junto con la parroquia de la cripta de la catedral, y el servicio que prestó a la diócesis también siendo vicario general, o el servicio en la Rota romana. Que para nosotros este momento sea para decirle al Señor: Señor, tú conocías a don Joaquín. Conocías su camino y su verdad. Te pedimos para Él el descanso eterno. Venimos aquí como Judas, el jefe de Israel del Antiguo Testamento, para ofrecerte sacrificio por él. Dale tu descanso eterno.

Todos, queridos hermanos, necesitamos del Señor para alcanzar la plenitud de la vida. Por nosotros mismos no podemos alcanzarla. Vivamos. Vivamos de su vida, para vivir la vida plena.

Que Jesucristo nuestro Señor, que se acerca y se hace presente en este altar en un momento; que el Señor nos de esta certeza: si vivimos, vivimos para Dios. Si morimos, morimos para Dios. En la vida y en la muerte, somos de Dios.

Descanse en paz don Joaquín.

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