Homilías

Jueves, 10 diciembre 2020 13:12

Homilía del cardenal Osoro en la Vigilia de la Inmaculada (7-12-20)

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Queridos hermanos obispos auxiliares, don Santos y don Jesús. Querido vicario general. Deán de la catedral. Queridos hermanos vicarios episcopales, hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos.

Ha sido precioso escuchar cómo juntos, llamados por el Señor, cantábamos hace un instante el salmo 97: «Cantad un cántico nuevo, porque el Señor ha hecho maravillas. Cantad al Señor». Este canto lo comenzó Nuestra Madre, a quien hoy recordamos de un modo singular y especial. La Santísima Virgen María nos ha enseñado a todos nosotros a recitar este cántico que tiene una novedad total y absoluta, y esta novedad nos la ha presentado la Santísima Virgen María.

Estamos reunidos esta noche, en estas vísperas de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Con María, la humanidad ha aprendido a decir Sí a Dios. Con María, un giro absoluto de la historia de la humanidad ha comenzado. María nos lo entrega, queridos hermanos y hermanas.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar podríamos centrarla en tres realidades que esta noche, junto a nuestra Santísima Madre, nosotros experimentamos: visitados, turbados y comprometidos.

Visitados. Lo acabamos de escuchar. La visita que a María le hace Dios a través del ángel: «Alégrate. Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo». La aparición del ángel es una posibilidad con la que cuenta. El ángel de Dios es enviado a María. Y es enviado para llenar de alegría este universo, toda la tierra; para llenar de alegría a todos los hombres. Es una experiencia interior que el Señor nos invita a tener esta noche, junto a Nuestra Madre. Esta experiencia interior de María, y que la podemos tener sus hijos, nosotros también, nos permite escuchar voces que nadie es capaz de decir por sí mismo. Nadie. Es necesario descifrar este mensaje que a María le da el ángel, y que en María recibimos nosotros también.

El ángel Gabriel, si os habéis dado cuenta, comienza con estas palabras y con este saludo: «Alégrate», que en el fondo es decirle favorecida, el Señor está contigo. Ese alégrate, ese jaire, es mucho más que alégrate. Quiere decir exulta de gozo, danza, expresa lo que está sucediendo solo en ti. «Alégrate» es la primera palabra de Dios a toda criatura humana, queridos hermanos. También a nosotros esta noche. «Alégrate» fue lo que le dijo a María, y lo que esta noche nos dice a cada uno de nosotros, en medio de estos tiempos difíciles, con incertidumbres, con oscuridades. Lo primero que sorprende y que se nos pide es la alegría. No perder la alegría. Sin la alegría la vida se hace dura, se hace difícil. Y la alegría que nos ofrece Dios no es una alegría engañosa. Es una alegría fundada en la certeza de que Dios nos quiere. De que Dios nos ama. De sentirnos amados por Dios.

Esto que sucedió en María, cuando se le apareció el ángel de parte de Dios y le dijo «alégrate», esta noche, a través de Nuestra Madre, nos lo dice a nosotros también. Somos visitados por Dios. Alegrémonos. Alegrémonos. Exultad de gozo. Dios nos quiere. Dios nos ama. Dios no nos ha abandonado. Dios está a nuestro lado. Dios está de nuestra parte. Dios nos guía. Dios nos ofrece su Palabra. Dios nos ofrece su vida, y la acerca a nosotros, como la acerca esta noche a través de la Palabra que hemos proclamado, y dentro de un momento de la realidad de un Dios que ha querido quedarse con nosotros en el misterio de la Eucaristía. «Alégrate». Necesitamos esa alegría, queridos hermanos. Esta fiesta de la Virgen de la Inmaculada Concepción, que se hace en este momento del Adviento siempre, el Señor quiere que la acojamos y la tengamos, y más en estos momentos que estamos viviendo, para llenarnos de alegría. Queridos hermanos: somos visitados por Dios mismo. Dios nos visita. Dios no está ausente de nuestra vida. Dios nos ama. Acojamos este amor de Dios, y devolvamos este amor a los demás.

Visitados. Sentirse amado es algo esencial, queridos hermanos. Cuántas soledades hay porque no se conoce a Dios. Cuántas. Cuántas situaciones difíciles. Seguro que en estos momentos, aquí en Madrid, hay soledad y angustia porque no se conoce a Dios. Alégrate. Y nosotros tenemos la misión de regalar también a los demás esta visita que hace Dios a nuestra vida. Visitados.

En segundo lugar, turbados. Qué maravilla esas palabras del ángel a la Virgen: «El Señor está contigo». Este es el motivo por el que María tiene que sentirse gozosa. Porque el Señor está con Ella. Es la experiencia humana fundamental de nuestra vida. No estás solo. ¿Por qué ese miedo? Si el Señor está contigo. Si está con Nuestra Madre, y a partir de estar con Nuestra Madre y de ese Sí que Ella dijo, está con nosotros. Queridos hermanos, ¿por qué ese miedo? Alguien nos acompaña. Ella se turbó, nos dice el Evangelio, ante estas palabras. Realmente, serían como un shock para María estas palabras, Ella quedó impactada, desconcertada a nivel de cabeza: eran demasiadas impresiones para una muchacha joven. Asombrada ante el misterio de un Dios que se acerca a su vida, y que tiene una experiencia fundamental: que Dios la quiere.

No es extraño que Jesús nos dejase a su madre como Madre nuestra. No es extraño que Jesús nos dejase a su madre para decirnos también, y enseñarnos Ella a nosotros, cómo la alegría tiene que estar en nuestra vida. Y también la turbación. «No temas», le dijo el ángel a María. «No temas, el Señor está contigo y has encontrado gracia ante Dios». El ángel llama a María por su nombre. «No temas, María». El nombre tiene una importancia particular en la cultura bíblica. El nombre, decir el nombre, es la expresión de amor de Dios. Dios nos llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre. Nos ama personalmente. Dios nos ama como únicos. Solo Dios puede amar así. Y siempre Dios interrumpe en nuestra vida, queridos hermanos, en todas las situaciones que estemos. En todas. Nos dice: «No temas. No temas. Si estoy contigo. Si ere mi hijo. Si estoy a tu lado. Si te he dado la vida de mi Hijo». El «no temas, María» es también para nosotros. Dios nos libera del miedo, Dios interrumpe nuestra vida. En la turbación, aparece Dios. «No temas. No temas. Despierta». Y despierta en María una gran confianza. Como la que esta noche quiere despertar en nosotros. Es verdad. Como cuando nos dice alguien: oye, que Dios te quiere; que está a tu lado, no te turbes, no temas. En todas las circunstancias, Dios a tu lado.

Queridos hermanos, que despertemos como María a esta confianza absoluta en Dios. Visitados, turbados, impactados a veces y desconcertados por este amor incondicional de un Dios que nos ama y que irrumpe en nuestra vida en todas las circunstancias para decirnos: «no temas». También en estas que estamos viviendo ahora mismo todos, en toda la humanidad. No temas. Qué bueno es poder celebrar en esta pandemia esta fiesta de la Virgen, y escuchar también de parte de Ella, Ella fue el primer ser humano que escucha esto: «¨No temas. Voy a estar contigo. Me voy a hacer presente en la historia de los hombres, y lo voy a hacer a través de ti». Qué maravilla, queridos hermanos: a través de nosotros quiere seguir haciéndose presente el Señor en nosotros, con las mismas actitudes de María.

Visitados. Turbados ante este amor inmenso de Dios. Y, en tercer lugar, comprometidos. Las palabras del ángel a la Virgen son impactantes para nosotros: «Concebirás en tu vientre y dará a luz un hijo». Dios le promete a María un hijo que llevará por nombre Jesús, que significa Dios salva, Dios es salvador. Y salvador quiere decir vida plena. María tiene que preguntar: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». María, mujer de fe, conocía las normas morales de su época, que le impedían la relaciones sexuales antes de los desposorios. «¿Cómo puede ser eso?», pregunta María. Y nosotros, queridos hermanos, esta noche también nos preguntamos: ¿cómo puede eso? ¿Cómo puede ser eso?. ¿Cómo podremos comenzar una vida nueva? ¿Cómo podemos superar las tendencias negativas que a veces están en nuestra vida para abrirnos a la ternura, a los deseos de Dios, a la felicidad que Dios quiere poner dentro de nuestra vida? ¿Seré capaz de desengancharme de todo aquello que no merece la pena, que no es esencial? ¿Cómo puedo abrirme a lo que a veces me frena, a la vida de Dios que se me ofrece? Es preciosa esta imagen de María: «Concebirás y darás a luz un hijo». ¿Cómo puede ser eso?.

Y es la pregunta nuestra, queridos hermanos: pero, ¿cómo puede ser que Dios nos ame de tal forma que sea capaz, si le dejo entrar en mi vida, de quitar todos los enganches que adormecen mi vida, a los que doy importancia y que son secundarios? Fijaos, hay algo precioso. ¿Sabéis cuál fue la respuesta de Dios a la Virgen cuando le preguntó ¿cómo puede ser eso?: «El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra». ¿Sabéis cómo podemos hacer nosotros quitar todos los enganches a todas las cosas que no son buenas, que nos estropean, que nos limitan, que nos hacen tener miedos? ¿Sabéis cómo? Sabiendo que Dios se encarga de todo. El Espíritu, la fuerza poderosa de Dios, que actuó también en la Virgen María, sigue actuando en nosotros. Es el Espíritu el que nos ha dado el Señor a toda la Iglesia. Nosotros necesitamos recordar que el Espíritu nos cubre con su sombra. Su presencia está en nuestra vida. Necesitamos renovar la confianza en que celebramos esta fiesta de la Virgen María, la confianza en Dios. María tuvo confianza en Dios, se fió de Dios. Demos la mano a Nuestra Madre. Fiémonos de Dios.

Recordad cómo responde la Virgen María ante esta, como os decía antes, visita a su turbación y a su compromiso con Dios. Cuando ve que todo va a hacerlo Dios, Ella es la que dice, queridos hermanos: «Aquí está la esclava del Señor. Aquí está. Hágase en mí según tu palabra». Sí. «Aquí está la sierva. Hágase en mí según tu palabra». ¿Qué es lo que hizo María? Dar un Sí radical a Dios. Mirad, queridos hermanos, estamos en un momento de la historia donde es una gracia de Dios inmensa el que en esta noche, en estas vísperas de la Inmaculada Concepción, podamos vivir y descubrir lo que el Señor ha querido entregarnos a través de Nuestra Madre: la alegría de que el Señor está con nosotros, la confianza absoluta de que nos acompaña, la confianza total de que con Él encontramos gracia para vivir, y sobre todo, queridos hermanos, sabiendo que Dios se va a encargar de todo si nos ponemos en sus manos. María respondió a Dios con confianza. Necesitamos  renovar la confianza en Dios. El Espíritu nos cubre con su sombra. Su presencia está en nuestra vida. En este día de la fiesta de María, renovemos la confianza.

Fijaos en el ejemplo que Dios le puso, a través del ángel, a María: «Ahí tiene a tu prima Isabel. A pesar de su vejez ha concebido un hijo, y está de seis meses la que llamaban estéril. Porque para Dios nada hay imposible». Qué maravilla, queridos hermanos. Diremos esta noche, con María: aquí me tienes, Señor. Aquí estoy. Quiero darte un sí radical. En un momento de la historia de la humanidad en que parece que Dios sobra, que parece que hay que retirarlo de la vida, que no cuenta en la construcción de este mundo, resulta que nosotros, los discípulos de Jesús, tenemos el empeño absoluto de que sí tiene que contar en la construcción de este mundo. Sí a Dios. El sí absoluto de María. El sí radical de María. Esa actitud de María de disponibilidad, de confianza, es la que Dios nos invita a vivir a todos nosotros. En una absoluta libertad. Dios quiere humanizar este mundo con su humanidad. Aquella que comenzó hace 21 siglos con esta mujer excepcional, Nuestra Madre, la Inmaculada Concepción.

Por eso, queridos hermanos, la fiesta de María Inmaculada en medio del Adviento no es un paréntesis para los que nos preparamos a la venida del Señor. ¿Qué significa hablar de María Inmaculada? ¿Qué significa? Es tomar conciencia de que en un ser humano, en María, descubrimos algo en lo hondo de su ser; algo que fue siempre limpio, que fue siempre puro, sin mancha, sin arruga; algo que la llevó a decir a Dios sí, y a mostrar eso que recibía de Dios a los hombres. El testimonio de María pone de relieve lo que es prepararnos al misterio de Dios encarnado. El amor gratuito de Dios, que revela esperanza. María acoge el amor de Dios. María, y con María, aprende la humanidad a decir sí a Dios. Y esta noche, a los discípulos de Jesús, se acerca Nuestra Madre para decirnos: ¿estáis dispuestos conmigo a decir sí a Dios? ¿A que cuente en vuestra vida? ¿A que cuente en la vida que vosotros construís en este mundo?. Un Sí a Dios. Sí a Dios en nuestra vida. Sí a Dios en nuestra historia. Sí a Dios en esta humanidad. Sí a Dios, porque nos llena de gracia, como la llena de gracia. Un sí a Dios que nosotros queremos decir con las mismas palabras de Nuestra Madre: «Hágase en mí según tu palabra».

Y esto, que decimos con esas palabras, tiene realidad dentro de un momento con su Hijo Jesucristo, que acercándose a nosotros, Él, nos dice también: «¿Queréis darme rostro en esta tierra? ¿Queréis configurar vuestra vida por la acción que yo hago en vosotros, por mi amor, y entregarlo en esta tierra, y configurar este mundo no de cualquier manera, sino con mi gracia, con mi fuerza?». «Porque también –nos diría el Señor–, yo os visito; a veces os turbo porque os digo “no tengáis miedo”, pero sobre todo os comprometo, y os pido que me digáis –diría el Señor–, como dijo mi madre: “Aquí me tienes”».

Que con la intercesión de Santa María lo hagamos así. Amén.

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