Homilías

Lunes, 28 diciembre 2020 12:16

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de Navidad (25-12-2020)

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Queridos obispos auxiliares don Jesús, don Santos y don José. Querido vicario general. Rectores de nuestros seminarios. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas.

Es verdad que tenemos que hacer ese cántico nuevo al que nos invitaba el salmo que juntos hemos recitado: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios». Sí. El Señor se nos ha dado a conocer. Hemos, estamos experimentando en esta fiesta de la Navidad que esa buena noticia que anuncia la paz, que pregona la vitoria, ha tomado rostro humano. Por eso, nosotros queremos cantar de una forma especial este acontecimiento importante para nuestra vida. Porque es verdad que Dios habló de muchas maneras a los hombres; sin embargo, en esta etapa nos ha hablado por Jesucristo nuestro Señor.

«El Verbo –lo acabamos de escuchar– se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria». Queridos hermanos, esta es la afirmación fundamental del Evangelio que acabamos de proclamar. La afirmación fundamental en este día que celebramos el nacimiento de Jesús, que no es un mero hecho histórico, es mucho más. Él viene a nuestro encuentro. Y nos acoge a todos. Acoge nuestra condición humana, frágil, limitada, Él viene a entregarnos su luz en este tiempo que ahora mismo estamos viviendo de la pandemia, de oscuridad, de sufrimiento para mucha gente, de muerte. «En el principio –hemos escuchado– existía el Verbo». El término griego logos significa muchísimo más que palabra. Logos es más bien sentir que se expresa en la palabra. Habría que traducir mejor que «en el principio había sentido». El sentido de todo. Así creó Dios todas las cosas, y vio que todo estaba muy bien hecho. Esa realidad para nosotros grande que se llama Dios. En el principio existía amor. Existía. Y el ser humano era consciente de que Alguien sustentaba todo y daba sentido a todo. En el principio por supuesto no existía nada. Y, de la nada, nada puede nacer. Nunca nace nada. Pero existía algo: existía el misterio, existía el amor. Y este amor, que es Dios mismo, es el origen de todo. De este amor ha surgido el gran designio del Padre, que es la vida misma. En la Navidad, en este día queridos hermanos y hermanas, estamos celebrando la vida de Dios en nosotros, la vida de Dios en cada uno de nosotros. ¿Somos conscientes de que vivimos sumergidos en un océano inmenso de amor, que sobrepasa y nos rodea por todas las partes?

En el principio existía el Verbo. Había sentido. Sí. Estaba el sentido. El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Él, Cristo, es la luz que alumbra nuestra oscuridad. Es la luz que alumbra nuestro corazón con la claridad de su amor. Es la luz, por supuesto, más fuerte que las tinieblas. Y vino a su casa. Lo acabamos de escuchar. Vino a nosotros. Y nosotros, los suyos, no lo recibieron. ¿No es una metáfora piadosa, queridos hermanos, decir hoy que Dios vino a su casa y los suyos no lo recibieron?. ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que todos nosotros, y que en todos nosotros, está la dramática capacidad de poder rechazar el amor; poder elegir un camino que lleva a la vida, o el camino en el que podemos malograr nuestra vida. Significa que nuestra propia ceguera, en la que podemos confundir la luz con la oscuridad, en esa ceguera Dios puede no encontrar casa en nosotros, puede no encontrar lugar. Realmente, Dios no tiene casa hoy. Veamos: en muchos lugares, los campos de refugiados, en los que sufren el hambre, el odio, la guerra. En lugares concretos, no lejos de nosotros. Oriente Medio, Libia, Irak... En los niños de Siria, un país arrasado por la guerra desde hace ya años. Tampoco tiene casa en muchas otras zonas conflictivas de nuestro planeta. Porque Dios es la paz. Es el amor. No hay sitio. No hay sitio en muchos sitios: ni para los refugiados, ni para los inmigrantes, ni para los ancianos que viven solos, ni para los más necesitados de la tierra.

A veces tampoco tiene casa este Dios, queridos hermanos, en nuestro propio corazón, cuando no queremos acogerlo, o no podemos acogerlo. Jesús a veces es el gran ausente en la fiesta de la Navidad. Por eso, esta mañana, queridos hermanos, aquí, nosotros nos preguntamos: ¿Dónde? ¿Dónde está Dios en nosotros? ¿Dónde está Jesús en esta Navidad, en el año 2020? Porque se hizo carne, habitó entre nosotros, está entre nosotros, Él da sentido a la vida. Él nos llena de su amor. Y Él quiere que este amor lo regalemos, los demos, lo manifestemos, lo expresemos. Que conduzca de alguna manera los destinos de este mundo. Por eso, nosotros no miramos para afuera ahora mismo. Mirémonos para nosotros mismos. Señor, ¿tengo espacio yo para ti en mi vida? Porque ciertamente tú tratas de venir a mi existencia. ¿Tengo tiempo para ti? ¿De verdad lleno mi vida, no de palabras vacías, sino de tu amor, que me impulsa a salir fuera de mí mismo? A veces, queridos hermanos, nos podemos resistir a que este Dios entre en nuestra vida. Cuántas veces nos encontramos nosotros mismos, ¿no? que no le hemos dejado espacio.

El texto que acabamos de escuchar decía: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Es llamativo que el evangelista utiliza el término carne en vez de hombre. Carne, en griego sarxs, significa la condición existencial. ¿Qué significa afirmar que «la palabra se hizo carne»? Pues significa que, en Jesús, Dios ha asumido nuestra condición humana frágil, con las debilidades y limitaciones, con la vulnerabilidad tal como hoy nosotros la estamos viviendo, y que se ha hecho más patente con la pandemia que asola la humanidad. Por eso, celebrar la Navidad para nosotros es celebrar el misterio de la encarnación; es celebrar que Dios se atreve a hacerse carne, a hacerse humanidad, a hacerse historia; a tomar parte en los desvaríos, en las miserias, y también en todo lo bueno y lo bello de los seres humanos, que hay mucho también, queridos hermanos. Mucho. Dios no asumió nuestra humanidad abstracta, sino que se hizo un ser histórico: Jesús de Nazaret, que vivió en una tierra, nació en una raza, asumió un estilo de vida, una cultura. Jesús conoce la sed, conoce la soledad, conoce la traición, conoce las lágrimas que tuvo que derramar por un amigo que se había muerto, conoce la alegría de la amistad, conoce las tentaciones, conoce el horror de la muerte... Sí, queridos hermanos: se hizo carne. Pero movió toda su vida desde ese amor absoluto que estaba en Él, y que todos los que se encontraron con Él recibieron.

Queridos hermanos: en Jesús, Dios acoge la fragilidad y toda la impotencia de la condición humana. Esto es profundamente liberador, queridos hermanos. Porque esta mañana nosotros aquí, en esta celebración de la Eucaristía, podemos preguntarnos: ¿yo será capaz, Señor, de acoger también mi fragilidad y de percibir que tú, Señor, que tú me acoges, justamente en mi propia fragilidad, y me das la fuerza necesaria para salir adelante, para vivir de tu amor, para hacer posible que no haya sufrimiento en carne en ninguna parte de la tierra, porque lo podemos cambiar con tu amor y con tu fuerza?

Queridos hermanos: en el Evangelio hemos escuchado algo también precioso. «Hemos contemplado –decía– su gloria. Gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad». Esta afirmación de san Juan es preciosa. Los biblistas nos dicen que el libro quizá del Evangelio más histórico, que responde más a la vida de Jesús, es precisamente el de san Juan. «Hemos contemplado su gloria. Gloria como del unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad». La vida que se ha manifestado en Jesús se hace presente con esta fuerza de amor más poderosa que las tinieblas, más poderosa que la muerte, más poderosa que nuestros infiernos. Nuestro mundo ha sido visitado por Dios, queridos hermanos. Dejad, dejad que entre Dios en vuestra vida. Dejemos que entre en nuestra vida y en nuestra existencia. Nuestro mundo ha sido visitado por Él. Y tenemos que mostrar esta visita con nuestra propia vida. Los grandes misioneros no son los que han hecho grandes predicaciones, que también es verdad que las han hecho, pero han mostrado con su propia vida que merecía la pena dejar entrar a Jesús en nuestra existencia porque cambiaba nuestras relaciones, cambiaba todo lo que somos. La vida, con esta fuerza de amor, es más poderosa. Desaparecen las tinieblas. Nuestro mundo ha sido visitado por Dios. Dios dice al mundo y al ser humano: «Yo te amo. Yo te quiero. Coge mi amor. Vive de mi amor». En un momento importante, queridos hermanos, de la historia de la humanidad, qué maravilla es que Dios hoy haya entrado en la carne de las familias, donde el amor entre de lleno, entre en nosotros, para que cuando veamos alguna situación donde ese amor no se percibe porque hay odios, porque hay diferencias, porque hay disputas, porque hay enfrentamientos, porque hay guerras, porque se quiere ganar a costa de lo que sea lo que fuere, prestemos este amor.

Hoy, queridos hermanos, se enciende en la noche una luz que nunca se apaga. Mantenedla en vuestra vida. Es Jesucristo. No estáis aquí esta mañana por pura casualidad. Sois discípulos de Jesús todos. Con los fallos que tenemos todos, empezando por vuestro obispo. Pero hoy el Señor quiere entrar en nuestra vida, quiere encender su luz. En este día, todos juntos podemos decirle a Jesús: «Ven, palabra hecha carne. Tú das sentido absoluto a nuestra vida. Ven al corazón, renuévanos con tu amor y con tu misericordia. Ven allí donde está peligrando la suerte de la humanidad. Ven. Tú eres nuestra paz».

Queridos hermanos: encontrémonos con Jesucristo. Porque «el Verbo se hizo carne». Y está entre nosotros. Nos ama. Abrimos nuestro corazón y entra en nuestra vida. Y cuando entra en nuestra vida logramos mostrar el rostro maravilloso de este Dios que nos ama y que además quiere que contagiemos su amor a todos los que nos encontremos en nuestra vida.

Feliz Navidad para todos, queridos hermanos. Es un día importante para la Iglesia y para el mundo. Dios con nosotros. Y Dios regalando su paz y su amor a los hombres, Él directamente, y a través de su pueblo, del cual somos nosotros parte. Así acogemos a Jesús, en el misterio de la Eucaristía donde se va a hacer presente realmente, y donde nos va a mostrar una vez más su amor, su entrega, su fidelidad por nosotros. Amén.

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