Homilías

Lunes, 28 diciembre 2020 13:47

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Sagrada Familia (27-12-2020)

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Queridos hermanos obispos auxiliares, don José, don Santos y don Jesús. Querido vicario general. Querido rector de nuestro seminario metropolitano. Hermanos sacerdotes. Queridos delegados diocesanos de Laicos, Familia y Vida que habéis organizado tan bien este encuentro, esta celebración, y el que esto llegue también a toda nuestra diócesis. Queridos hermanos y hermanas.

«Dichosos los que siguen los caminos del Señor». Hoy la Iglesia propone, sigue proponiendo a la Sagrada Familia como un lugar especial, singular, privilegiado, para acoger a Jesucristo nuestro Señor. A este Dios que ha querido hacerse hombre y ha querido estar junto a nosotros. Sí. La familia es una comunidad de personas. Una comunidad de personas que se reúnen porque se aman, que se encuentran porque se aman. Y no con cualquier amor, sino que la familia cristiana hace experiencia viva del amor de nuestro Señor Jesucristo. La familia cristiana se pone al servicio de la vida y aporta a nuestra sociedad el desarrollo auténtico que ha de tener el ser humano en todas las dimensiones de la vida. La familia cristiana participa en la vida y en la misión de la Iglesia.

Hemos escuchado la primera lectura del libro del Eclesiástico. Se nos describe lo que es la comunión en la familia. Nos habla del padre, de la madre, de los hijos, de cómo tienen que estar viviendo los unos para los otros. Queridos hermanos. Para descubrir lo que es la familia cristiana y la fuerza que esta familia tiene, tenemos que poner la mirada en Jesús. Sí. La vocación de la familia se nos describe precisamente en la familia de Nazaret. La vocación de la familia, y lo que une a la familia cristiana, se nos ha descrito también en la segunda lectura que hemos proclamado de la carta a los Colosenses, cuando nos habla de que somos elegidos por Dios los que formamos parte de su Iglesia. No estamos ni por oposición, ni por prestigios personales que tengamos, sino que por pura gracia de Dios hemos sido llamados a la pertenencia eclesial, a formar parte de este pueblo santo, de este pueblo que camina por toda la tierra, y que camina con la fuerza y el amor de Jesucristo mismo. Y una familia que se quiere como se quería en Nazaret hace verdad lo que nos decía hace un instante esta segunda lectura de Pablo a los Colosenses: sobrellevaos, perdonaos, tened misericordia y, por encima de todo, vivid el amor y vivid en el amor.

Qué bien nos lo describe el Papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris laetitia. Después de los sínodos sobre la familia nos hizo llegar precisamente esta exhortación, en la que nos habla de cómo el amor en el matrimonio y en la familia constituye la fuerza que engendra y genera una capacidad especial y singular para vivir en la comunión. Porque no se trata de cualquier amor: se trata de ese amor de Dios que tiene paciencia, por el que se ponen los unos a los otros al servicio de todos, que sana cualquier envidia que pudiera haber en su existencia, que sin alarde para nada se agrandan, sino que se empequeñecen porque se ponen los unos a los otros al servicio de todos, porque en ellos se manifiesta permanentemente el perdón, porque se alegran de cualquier acontecimiento que otro pueda tener, y todos viven la alegría, porque disculpan todo, porque se fían y confían los unos en los otros, porque soportan cualquier dificultad que llegue a uno de ellos y todos se ponen a ayudar y a soportar absolutamente todo. Todo en común. Todo con alegría. Todo con diálogo. Todo con un amor que va creciendo, que se hace caridad. Un amor que no viene de uno mismo, sino que viene de Dios.

Queridos hermanos: esto es lo que el Señor nos ha querido decir, y nos quiere decir, en este día de la Sagrada Familia. El amor. La mirada puesta en Jesús. El amor que se vuelve fecundo, y que se amplía, como hoy nos dice el lema de esta Jornada de la Familia: Los ancianos, tesoro de la Iglesia y de la sociedad. El amor fecundo, que se realiza y constituye esa familia ampliada: los esposos, los hijos, los ancianos, los hermanos... Que nos hace tener un corazón grande. Queridos hermanos: anunciemos hoy el Evangelio de la familia. Es urgente hacer este anuncio. Si os dais cuenta, el paradigma de nuestra sociedad ha cambiado. Es diferente. Hoy la familia necesita recuperar la fuerza evangelizadora que muchos de nosotros pudimos tener. Fue en la familia donde aprendimos quizá las primeras oraciones; donde aprendimos las tareas más fundamentales que el ser humano, si se dice cristiano, tiene que realizar. Aprendimos las consecuencias que tiene también tener la vida de Jesús: saber perdonar, saber amar, saber construir, saber vivir juntos. La familia era el lugar privilegiado para la catequesis, queridos hermanos. Hoy este paradigma ha cambiado. Hoy, a veces, eso se ha descuidado. Y tenemos que recuperar la familia cristiana. Recuperarla en el sentido profundo que tiene. Esta familia que sabe que el amor se vuelve fecundo, y que sabe que el amor supone vivir esas actitudes esenciales y esas maneras de ser y de estar en la vida de las que nos habla el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios, en el canto al amor, y que el Papa Francisco, en Amoris laetitia, en la exhortación, precisamente nos habla de ese amor que tiene que estar en la familia, que se vuelve fecundo y ese amor que construye y da la transmisión de la fe.

Pero, queridos hermanos, también es verdad que ha cambiado la escuela. Antes la escuela era una prolongación también de alguna forma de la transmisión de la fe. Hoy no es así. Se nos ha construido, o se nos da, una escuela laica, con aires de respeto. El respeto grande a un ser humano es cuando se le reconoce en todas las dimensiones que tiene, y no se le acorta absolutamente ninguna. Porque cuando se acorta alguna dimensión, o se corta, o se aleja de ser vivida y construida, estamos estropeando al ser humano. Queridos hermanos: la fuerza de la familia está en su capacidad de amar, y en la capacidad que la familia tiene de enseñar a amar. Pero no con cualquier medida del amor, sino con la medida que nos da Jesucristo nuestro Señor. Como os decía, lo hemos escuchado en el libro del Eclesiástico: «honra a tu padre y a tu madre». Honrarle. Los hijos, y los padres también con los hijos, en esa relación mutua. Quereos como la familia se quería en Nazaret.

Y, en tercer lugar, queridos hermanos, pongamos a Dios en medio de la familia. Os decía antes: ha cambiado. A veces Dios no está en el centro. Recuperemos la misión de la familia cristiana. Tiene atractivo, queridos hermanos. Tiene una fuerza singular. Tiene una belleza única. Es sanadora de la existencia humana. Es constructora de personas grandes, que se abren a los demás y que se abren a Dios. Dios en medio de la familia. Y el Señor hoy nos da dos tareas que tenemos que realizar también en nuestra familia. Una de ellas nos viene dada por el anciano Simeón, como lo habéis escuchado en el Evangelio. Los padres de Jesús lo llevaron, según la ley de Moisés, a Jerusalén, al templo, para cumplir lo escrito en la ley: todo primogénito varón será consagrado al Señor. Y fueron allí. Y encontraron al anciano Simeón, como nos dice el Evangelio un hombre justo y piadoso. Este hombre tomó en su brazos a Jesús. Tomó en sus brazos a Jesús. Son preciosas las palabras que salen de su corazón: «Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, que es luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Queridos hermanos, queridas familias: acojamos en nuestra casa a Jesucristo. Tomemos al Señor. Y, cada uno de los miembros de la familia, tomemos a Jesús. Como el anciano Simeón. Nos entrega luz. Nos entrega su amor. No para que lo guardemos, sino para que lo entreguemos a los demás. Nos entrega sabiduría. Nos entrega paz. Engendra en nosotros libertad. Engendra en nosotros unas capacidad singulares que nada más que Dios nos puede dar a todos nosotros. Acoger. Tomar al Señor en vuestra vida. La familia cristiana hace posible esto: que cada uno de los miembros se tome en serio a Dios, y lo tome en sus brazos.

En segundo lugar, no solamente lo tomamos, sino que lo anunciamos, lo damos a conocer. Fijaos en la figura de la profetisa Ana: una mujer muy anciana, que nos dice el Evangelio que había estado, no se apartaba del templo, sirviendo día y noche a Dios. Y, cuando se acercaba el momento, hablaba del Niño, nos dice el Evangelio, a todos los que aguardaban la liberación de Israel. A todos. Hablaba del Niño. Daba noticia. Anunciaba a Dios. Acoger por un parte al Señor supone también que lo damos a conocer; que lo presentamos, no solamente entre nosotros, sino hacia afuera. Convirtamos la familia cristiana en familias misioneras, queridos hermanos. Os decía antes: el paradigma de la familia hoy es distinto. Es diferente a lo que quizá los que tenemos años hemos vivido. Pero también es verdad: es necesario que se anuncie. Antes, se transmitía, se seguía anunciando al Señor en la formación, en la educación; se seguía incluso en las costumbres sociales que teníamos en los pueblos o en las ciudades. Dios era importante. No se le escondía. La familia cristiana tiene la misión de anunciar a Jesucristo y de no esconder a Dios. De reunirnos para anunciar al Señor en medio de este mundo. Y, todo esto, queridos hermanos, sin ninguna fuerza singular y especial. Con la fuerza del amor mismo de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo nuestro Señor.

Queridos hermanos: es un día especialmente importante para todos nosotros este día de la Sagrada Familia. Es un día singular para todas nuestras vidas. El Evangelio nos ha presentado estos dos personajes: uno, que nos enseña a meter en nuestra vida al Señor; y otro que nos enseña también que tenemos que anunciarlo. Necesitamos saber que todos los miembros, todos, tenemos que anunciarlo. Todos, queridos hermanos. La tarea de los padres y educadores hoy es ayudar a todos a la búsqueda de Alguien que dé sentido total a nuestra existencia. Dios no sobra, queridos hermanos. Es más, Dios se manifiesta como alguien necesario en este momento de la historia que estamos viviendo. Miedos, oscuridades, sufrimientos que dan muchas veces hasta depresiones, queridos hermanos. El ser humano necesita de Alguien que le dé luz, que le haga salir de sí mismo, que le haga buscar a los demás. Y esa institución bella y preciosa que Cristo mismo quiso tener en este mundo es la familia. Hagamos posible que en nuestra archidiócesis de Madrid la renovación de la familia cristiana sea tan fuerte, sea tan grande, que experimentemos todos una nueva forma de entender la vida, una manera nueva de vivir en la alegría del Evangelio de la que estos días el Señor quiere que tengamos, porque no nos ha abandonado. Está con nosotros. Está en medio de nosotros. Este Jesús que se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Este Jesús que nos invita a todos nosotros a fortalecernos, a acompañarnos, a vivir esa espiritualidad honda y profunda en el matrimonio y en la familia.

La familia también tiene una espiritualidad, que es la de la comunión. La del vivir los unos para los otros. Vivir además los unos para los otros no sintiendo las fronteras de nuestros límites, sino la grandeza de romper fronteras que nos da Dios cuando entra en nuestra vida y yo puedo decir al otro «perdóname», y seguir adelante no con cualquier fuerza, sino con la misma que nos da el poder decir perdón, que es la fuerza de Dios. Este Jesús es el que viene aquí ahora junto a nosotros. El mismo que quiso tener una familia para venir a este mundo. El mismo que a través de la Iglesia nos propone a la Sagrada Familia como ejemplo a vivir, a imitar. Siempre. Pero que en estos momentos quizá de la historia se nos presenta con más urgencia el poder descubrir la grandeza de la familia.

Queridos hermanos y queridas familias: feliz día para vosotros. Feliz día para todos. Y que a todos podamos contagiar esta alegría que tuvo Jesús, el hijo de Dios, viviendo y creciendo en Nazaret, junto a María y José, y siendo ejemplo hoy, después de 21 siglos, para todos los hombres de familia. La familia no ha pasado de moda. Es más actual que nunca. Hagámosla visible y viable. Amén.

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