Homilías

Jueves, 04 febrero 2021 11:15

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Jornada de la Vida Consagrada (02-02-2021)

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Querido cardenal Bocos: muchas gracias por su presencia en esta celebración. Queridos obispos auxiliares, don Juan Antonio, don Jesús, don José y don Santos. Vicario general. Vicarios episcopales. Permitidme que salude de una forma especial al padre Elías Royón, vicario episcopal para la Vida Consagrada. Gracias, don Elías, padre Elías, por tu trabajo y por tu entrega en favor de la vida consagrada. Es una gracia inmensa para toda nuestra diócesis poder celebrar este día, esta celebración, que como os he dicho en la carta que os he escrito, Presencias de fraternidad, siguiendo el eslogan que teníais para este día, y que ha propuesto la Iglesia que camina en España, La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido, lo he hecho con una especial incidencia porque daos cuenta que aquí, en nuestra archidiócesis de Madrid, tenemos 843 comunidades. Son presencias de fraternidad. Y tenemos también entre nosotros 404 congregaciones religiosas presentes en nuestra diócesis a través de casas provinciales o casas generales. Por eso, quiero agradeceros lo que hace un instante nos decía el salmo que hemos recitado: «El Señor, Dios del universo, Él es el rey de la gloria». Y estas presencias de fraternidad lo manifiestan, lo provocan, lo cantan, con vuestra vida y con vuestro trabajo. Por eso, para los que estáis aquí en esta celebración, y para quienes están siguiendo esta celebración por YouTube en las diversas comunidades: gracias de corazón.

Yo quisiera acercar la Palabra del Señor que acabamos de proclamar, que es la que se proclama en toda la Iglesia, en tres aspectos que me parece que son importantes recordar para detenerme fundamentalmente en esas presencias de fraternidad que tienen que distinguirse por algo que es esencial, algo que a mí me parece que nos hace vivir lo concreto de la fe, lo más concreto de la fe. Como nos ha recordado la primera lectura, somos enviados. Sí. El libro de Malaquías nos habla de cómo el Señor dijo: «Envío mi mensajero». ¿Qué es la vida consagrada? ¿Qué es cada comunidad y cada miembro de la vida consagrada? Hombres y mujeres que se sienten enviados por el Señor, hacedores en su vida y acogedores de un carisma que les ha entusiasmado, que os ha entusiasmado, y que, fruto de este carisma, vivís en una comunidad y lo hacéis presente. Y ese es vuestro mensaje: vuestra vida, fundamentalmente. Naturalmente que esa vida se formula en obras, en tareas, en compromisos, en la oración… De formas muy diversas.

Sois enviados, queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada. Pero también sois personas que os habéis consagrado al Señor. Lo que hizo la Virgen María y san José, que llevaron a Jesús al templo para presentarlo al Señor de acuerdo con lo escrito en la ley. También vosotros y vosotras os habéis consagrado al Señor, porque queréis entregar la luz del Señor, que es lo más importante. En este mundo, donde estamos viviendo en estos momentos también unas circunstancias especiales y singulares por esta pandemia, que nos ha hecho pues que podamos reunirnos incluso pocos en este día, sin embargo seguís siendo esa luz que alumbra y que da gloria en medio de los hombres. La gloria de Dios acerca a los hombres.

Consagrados al Señor. Y viviendo de Él, en Él y por Él. Por tanto, es cierto esta realidad: somos enviados. Somos consagrados. Y, en tercer lugar, somos testigos. Acogiendo la vida del Señor y manifestándola con obras, tal como nos ha dicho el Evangelio. Haciéndolo como Simeón. No vale… Para ser testigo hay que tomar al Señor en nuestra vida. Hay que introducirlo en nuestra existencia. Ese gesto de Simeón, que lo tomó en brazos y bendijo al Señor; ese gesto de Simeón, que pudo decir: «mis ojos han visto a tu Salvador, que has presentado a todos los hombres». En el fondo, en el fondo, ¿un testigo qué es?: alguien que acoge con todas las consecuencias a nuestro Señor Jesucristo, y quiere darlo a conocer. Y quiere darlo a conocer no solamente con palabras, aunque sean necesaria en algún momento, sino fundamentalmente con la vida. ¿Por qué? Porque han encontrado la luz en Jesucristo. Habéis encontrado la luz en nuestro Señor. Sois testigos también, como Ana. Sabéis dar gracias a Dios, y sabéis hablar a los hombres. Ella daba gracias a Dios, y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Sí, queridos hermanos: estas tres palabras son vuestras. Y son vuestras, y de alguna forma dignifican vuestro nombre. Tenéis un nombre por el que os distinguís unos de otros, es verdad. Tenéis una congregación a la que pertenecéis, que es parte viva de la Iglesia que presenta el rostro del Señor en medio de este mundo. Y lo hacéis sabiéndoos enviados, sabiéndoos consagrados, y sabiendo que sois testigos del Señor. ¿Y cómo lo hacéis? Pues, queridos hermanos, viviendo lo concreto de nuestra fe. ¿Y cuál es lo concreto de nuestra fe? ¿Qué es lo concreto de nuestra fe? ¿Qué es lo que ejerce de alguna forma presión en nuestra vida? Mirad: ante los gritos y las presiones que esta humanidad está dando, y sigue dando en estos momentos quizá más que nunca, en esta situación de pandemia –antes de venir aquí, por eso he llegado con la hora justa, estaba hablando con un grupo de obispos de América Latina en una videoconferencia, y las situaciones son tremendas en todos los lugares, mucho peores que aquí, con muchos menos medios–, pero se trata de que la vida consagrada vive lo concreto de la fe. Ante los gritos y presiones, Jesús habla claramente de lo que tiene que ser lo concreto de la fe. Y nos lo recordaba el Papa Francisco en el Año de la Misericordia. Sí. Nos lo dice cuándo él nos habla, y cuando el Señor mismo nos habla de las obras de misericordia. Eso es lo concreto. Ellas son las que entregan y manifiestan al Hijo de Dios que se ha hecho carne. Él es el que viene a liberarnos de todo aquello que no engendra libertad, de todo aquello que no engendra esperanza, de todo aquello que tiraniza, que nos impide ser nosotros mismos, de aquello que engancha y nos sitúa en diversas formas de esclavitud. Nos diría el Señor que la vida consagrada no teoriza: hace presencias de fraternidad, y en lo concreto; está al lado de los hombres y mujeres de este mundo; visita a todos los hombres: enfermos, da de comer al que tiene hambre, visita al encarcelado, viste al desnudo…

Las presencias de fraternidad hacen posible que, con cada hermano que nos encontremos en el caminar de nuestra vida, estéis encontrando la carne de Cristo. Y el Señor nos manda también ir a todos, pero es verdad que tiene una predilección por quienes tienen y viven estas situaciones concretas. Por eso, acogemos hoy de verdad, y con todas las consecuencias, esta vocación a la que el Señor os ha llamado. Sí. Meditad siempre, y descubrid que Dios se hizo carne para identificarse con nosotros. Es una gracia inmensa para nuestra vida. Nos hace ver en concreto que acercarnos a los hombres, y de una manera especial a aquellos que tienen alguna necesidad, en todos los aspectos de la vida, en el hospital, en el colegio, para hacer crecer en todas las dimensiones al ser humano. Acercarnos con todas las consecuencias hace posible que acerquemos la misericordia de Dios. Él nos ha dado su vida para que su misericordia transforme nuestro corazón, para que experimentemos el amor fiel del Señor. Y, queridos hermanos y hermanas, un amor, cuando se acoge en nuestra vida, nos hace capaces de misericordia. Este milagro real de que el amor misericordioso de Dios se haga vida en cada uno de los discípulos del Señor, y nos impulse a amar al prójimo con obras de misericordia, con las que la Iglesia nos ha enseñado, tanto las corporales como las espirituales, es el auténtico milagro que sigue haciendo la vida consagrada con sus presencias de fraternidad en este mundo. Y que hemos de hacer visibles en esta historia, y junto a todos los hombres.

¿Dónde? ¿Dónde y cómo hacer este milagro que quiere propiciar el Señor a través de nosotros, en nuestra historia concreta, en este momento que vivimos del COVID-19? El Señor quiere que lo hagamos a través de los gestos cotidianos. De gestos cotidianos que ayuden al prójimo: cuando nos ven viviendo en una comunidad, en fraternidad, en servicio de los unos a los otros; cuando nos ven que nuestras puertas están abiertas. Sí. Esos gestos concretos que hagamos en la vida. Por eso seremos juzgados. Y por esos hablarán de las presencias de fraternidad. Y con estos gestos entraremos y nos entusiasmaremos por llevar a a Jesucristo a carnes concretas que a veces están laceradas por las situaciones en las que viven. Qué maravilla, ¿no?, despertar a un niño, a un joven; despertarle a una experiencia de Dios; abrirle a todas las dimensiones de la vida. Qué maravilla cuidar a un anciano que está en los últimos años de su vida, pero a él se acerca ternura, que es quizá la medicina más importante para poder vivir. No se trata de poner al servicio ideas, que también las tenemos; se trata de vaciarnos de nosotros mismo, de llenarnos de la misericordia de Dios, y ponerlo todo a este servicio de los hombres.

Queridos hermanos y hermanas: estemos siempre en esa situación de regalar misericordia. Estemos siempre. Vivamos, más que nunca en estos momentos, deshaciéndonos de la indiferencia. Sí. Nunca nos neguemos a cerrar puertas; nunca nos neguemos a abrir los ojos a los demás; y nunca dejemos de acercarles el amor misericordioso de Dios que nosotros, por pura gracia, hemos recibido. Que seamos capaces, precisamente hoy, fecha en la que recordamos cómo José y María presentan a Jesús en el templo, que recordemos a la Santísima Virgen María, que abrió su vida para acoger a Dios mismo, que deseaba mostrar cómo ama Dios a los hombres. Así nosotros, abriéndonos al amor de Dios, construyamos y hagamos de este mundo un santuario; ese que yo he querido mostraros en la carta pastoral que habéis recogido a la entrada, Presencias de fraternidad.

Estamos celebrando la Eucaristía, queridos hermanos y hermanas. Y en la carta yo os digo que la Eucaristía celebrada diariamente es el momento culminante para vivir y mantener la fraternidad; para vivir la fe en concreto; para aprender a construir la fraternidad, a comunicarla. Cristo, nos dice la constitución Gaudium et spes, manifiesta plenamente al hombre al propio hombre, y le descubre la grandeza de su vocación. El Señor os muestre la grandeza de vuestra vocación. En esa Eucaristía diaria, como en la que ahora estamos celebrando, vivimos ese momento culminante en que nuestro Señor, al darnos su cuerpo y su sangre, nos revela el misterio de su identidad, y nos indica el sentido que tiene que tener nuestra vocación en la vida. Sí, queridos hermanos: es importante que en nuestra existencia seamos capaces de descubrir que el cuerpo y la sangre del Señor, por Él, y por esa comunión que hacemos con el Señor, es precisamente por lo que damos vida y por lo que ofertamos la misma salvación del Señor. Porque nos identificamos con Él. Porque nos hacemos don para los demás. Porque identificarnos con Cristo en la Eucaristía, y alimentarnos de su cuerpo y de su sangre, nos da fuerza para transformarnos en don para los demás. Qué bonitas son aquellas palabras de san Agustín que yo siempre las he tenido como una fórmula y que, quizá, siempre que termino de celebrar la Eucaristía, las repito en mi corazón y en mi vida: «Sed lo que recibís. Y recibid lo que sois». Nos recuerda que si recibimos a Cristo, tenemos que dar a Jesucristo.

Queridos hermanos y hermanas: gracias por vuestra presencia; gracias por vuestra vida; gracias porque, yo lo he comentado con algunos, si quitamos las 804 comunidades, presencias de fraternidad, que hay en Madrid, Madrid es distinto. Esos son los grandes monumentos que tenemos en Madrid. Habrá otros que han hecho los hombres, pero esos transforman la vida, cambian la existencia, dan colorido y un sabor a esta ciudad y a este mundo diferente.

Damos gracias a Dios por toda la vida consagrada. Y ofrecemos la Eucaristía para que seamos capaces, como os decía hace un instante, de vivir lo concreto de nuestra fe, que son las obras de amor de Dios, en medio y en las las circunstancias que cada uno de nosotros tengamos en nuestra vida.

El Señor y la Santísima Virgen nuestra Madre, y la compañía de san José también hoy, nos ayuden a descubrir la grandeza de la vocación a la vida consagrada. Amén.

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