Homilías

Lunes, 29 marzo 2021 14:44

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Domingo de Ramos (28-03-2021)

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Queridos obispos auxiliares don Juan Antonio, don Santos, don José y don Jesús. Excelentísimo cabildo catedral. Queridos seminaristas. Excelentísimo señor alcalde y concejales. Director de Cáritas diocesana. Queridos hermanos y hermanas todos.

Acabamos de escuchar la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Iniciamos en este día, en este Domingo de Ramos, esta Semana Santa. Esta semana donde el Señor, a través de la Iglesia, nos da la gracia de poder profundizar,  poder descubrir y acercarnos a ese acontecimiento de salvación que nos trae nuestro Señor.

En este día hemos comenzado la celebración diciéndole al Señor, como aquellas gentes que lo rodeaban cuando él iba hacia Jerusalén: «Bendito el que viene en el nombre del Señor. Bendito el reino que llega». Estas son las aclamaciones del pueblo a Jesús a su entrada en Jerusalén. Jesús ha despertado la esperanza en el corazón de las gentes. De los pobres, de los humildes, de los olvidados, de todos aquellos que quieren buscar la verdad, que quieren tener vida y darla y entregarla. Se produce ciertamente una verdadera manifestación popular. Jesús sube a Jerusalén en medio del gentío, en medio del entusiasmo y de las expectativas que estuvieron vinculadas siempre a la fiesta de Pascua. Jesús fue a Jerusalén de una manera singular. Llama la atención que pida prestado un borrico, y además no es suyo, pero tiene amigos que se lo pueden prestar. Frente al caballo guerrero de los reyes de Israel, Jesús quiere cabalgar sobre un borrico que nadie ha montado todavía. ¿Y por qué elige esto? Porque el borrico representa la mansedumbre, representa la paz frente al caballo que era entonces símbolo de violencia y de la guerra. Él es un Mesías lleno de mansedumbre y de paz. ¿Qué podemos aprender de Jesús en este gesto de paz y de mansedumbre?

Mirad, el detalle está en el mismo Evangelio que hemos proclamado: un borrico que nadie había montado todavía. Porque ningún rey de Israel, ningún jefe del mundo, ha ejercido su trabajo y su vida sin usar la violencia. Jesús es el primero que viene como rey de la paz, como rey humilde, como rey manso. Él no ejerce la violencia. Él no se impone a nadie: solo viene a ofrecernos paz y a abrirnos un camino de amor y de comunión para todos.

Queridos hermanos, esta Semana Santa yo os invito a todos, por supuesto a los que creéis y que estáis ahora en esta celebración, y los que estáis escuchando esta transmisión, a quien agradezco, por Telemadrid; os invito a que profundicéis en este camino de amor y de comunión. Pero también quizá los que tenéis una fe que no tiene esa fuerza que quizá incluso vosotros quisieras poder tener, que abráis el corazón a Jesús que viene con su paz, que viene con su amor, que viene sin violencia, que viene a entregar la fraternidad, que instaura en nuestra vida todas esas cosas que el ser humano quiere tener, pero que especialmente en este tiempo de pandemia que nosotros estamos viviendo necesitamos.

Como os he repetido en otras ocasiones, aquí también en mi predicación, el paradigma del bienestar que hemos vivido y que hemos tenido ha de cambiar. La vulnerabilidad que hemos sentido, que seguimos sintiendo en este tiempo de pandemia, nos hace descubrir la necesidad de cuidarnos los unos a los otros. Es el paradigma del cuidado el que tiene que entrar en nuestra vida y en nuestro corazón: el que tuvo Jesús. Le llevaron un borrico. Vamos a abrir el corazón. Él viene con su paz. Él viene con su entrega. A él le dicen «hosanna», que era una oración israelita que casi se puede traducir literalmente por este grito: «Sálvanos. Por favor, sálvanos». El «bendito el que viene en el nombre del Señor» expresa que Jesús viene en nombre de Dios, como representante sobre el mundo para realizar una obra nueva, distinta, diferente, necesaria, urgente para el corazón de los hombres. La entrada de Jesús montado en un borrico no fue una entrada triunfal como pudiera ser reseñada en los libros de historia. No. Tampoco aparecería hoy en las portadas de nuestros numerosos medios de comunicación. Podemos decir que fue un triunfo, pero al revés. Humanamente hablamos de triunfo cuando se consiguen victorias sobre el enemigo. De todo tipo.

Jesús entrando en Jerusalén es el triunfo de la paz sobre toda clase de violencia. Es el triunfo de la alegría sobre todas situaciones de tristeza que podamos tener los hombres. Es el triunfo del amor sobre el odio. Es el triunfo de la paz, de la mansedumbre, de la humildad, de la alegría. Queridos hermanos: ¿seremos capaces de expresar esta alegría y alabar al Señor en este día? Desde el fondo de nuestro corazón podemos decirle a Cristo: Bendito tú, Señor, que vienes cada día a nuestra vida. Bendito tú, Señor, que vienes con tu amor y tu paz, y que nos lo regalas, y que lo único que hace falta es que te abramos nuestro corazón y que entre en nuestra vida. Solo tú puedes ser nuestro rey. Solo tú puedes salvarnos. También nosotros queremos gritarle al Señor y decirle: «Hosanna. Sálvanos, por favor. Danos tu vida. Danos tu paz. Danos tu alegría».

Queridos hermanos: habéis escuchado ese relato de la Pasión del Evangelio de san Marcos que hemos proclamado. Hay diez escenas que yo os invitaría a contemplar, a vivir y a anunciar. Esas escenas se traducen, en primer lugar, en la entrega. Jesús se entrega. Recordad: reúne a los discípulos, celebra la Eucaristía, y les dice: «Tomad y comed, esto es mi cuerpo». Pero Jesús les manifiesta que hay otra escena: «Estoy junto a vosotros como el que sirve. Haced vosotros lo mismo: servíos los unos a los otros. Cuidaos los unos a los otros». Y hay una tercera escena que el Señor nos invita a vivir con la fuerza, no de uno mismo. Nos cansamos, queridos hermanos. Nos cansamos. Es necesario vivir con la fuerza que nos viene de Dios. Con su gracia. Con su amor. En cuarto lugar, el Señor nos invita al diálogo: hablemos con Dios, queridos hermanos. Él se retiró a orar. Y los discípulos también, pero se quedaron dormidos. Y, sin embargo, el diálogo con Dios, la oración, es para nosotros esencial. Dejar que Dios te hable. Dejar que Dios toque tu corazón. Dejarlo, queridos hermanos.

Otra escena que el Señor vive: la traición y la violencia. La traición de Judas por unas cuantas monedas. La violencia de Pedro, que saca la espada. Quiere vivir con la fuerza, no con lo que Jesús viene a entregar. En sexto lugar, las fuerzas, todas las fuerzas, se ponen contra Jesús: la fuerzas humanas, todos los que gobiernan Jerusalén, y están en Jerusalén -las fuerzas políticas, las fuerzas religiosas-, contra Jesús. Porque trae algo nuevo, algo diferente. Ojalá nosotros podamos abrazar esa novedad que trae Jesús a nuestra vida. Hagamos por eso, en séptimo lugar, la confesión de Jesús. Han sido preciosas, si os habéis dado cuenta, las palabras que el Señor nos ha regalado a través del apóstol Pablo en la carta a los Filipenses: siendo de condición divina, no se aferró a su igualdad con Dios. Se despojó. Se humilló. Se hizo uno como nosotros. Y por eso lo hemos conocido, queridos hermanos. Conocemos a Dios. Confesemos a este Jesús. Este Jesús que es condenado. Y condenado por hacer el bien. Condenado por construir la fraternidad. Condenado por erradicar la violencia de su existencia. Condenado por tener amistad con todos, pobres y pecadores, santos, humildes... No le apartó nada de nadie. Quiso acercarse a todos. Este Jesús en el que hemos visto su crucifixión y su muerte.

Queridos hermanos. Estas escenas: contempladlas durante estos días. Pero no solamente para ver una historia que sucedió. No. No. Contempladla para acogerla en vuestra vida. Para que acojamos en nuestra vida esa entrega, ese servicio, ese vivir de su gracia, ese diálogo con Dios, esa confesión de Jesús con todas las consecuencias. Hermanos: el Señor está grande con nosotros. Está grande. Desde el fondo de nuestro corazón, esta mañana a todo Madrid, a toda nuestra archidiócesis de Madrid, os invito que digáis al Señor: bendito seas, Señor; vienes a nuestra vida; te abrimos nuestro corazón; deseamos no vivir de nuestras fuerzas, sino aun a veces vacilando nuestra fe, vemos que tu amor, que tu entrega, que tu servicio, que tu manera de vivir es lo que nos hace falta para cambiar este mundo, para convertir esta tristeza en alegría. Tú vienes para despertar esperanza. Y nosotros, tus discípulos, estamos también para despertar esperanza en este mundo. Tú eres nuestro rey. Hosanna. Puedes salvarnos. Y por eso queremos acercarnos a ti durante toda esta Semana Santa.

Que el Señor os bendiga, queridos hermanos. Que el Señor os guarde. No vamos a tener los pasos en Madrid por las calles, pero sí están preparados en los lugares y en las parroquias de donde van a salir. Este año vamos a visitarlos nosotros, con el orden que hay que establecer para no arriesgar la vida de nadie. Pero visitemos estos pasos. Es una Semana Santa, es verdad, distinta. Pero quizá es una Semana Santa donde hay necesidad, más que nunca, de decirle al Señor: «Sálvanos. Tú eres el único que puedes salvarnos». Abrid vuestro corazón. abrid vuestra vida al que viene aquí, a este altar, dentro de unos momentos. El mismo que nos sigue diciendo: «tomad y comed, que esto es mi cuerpo; tomad y bebed, que esta es mi sangre. Creced con mi alimento, y olvidad otros alimentos que os llevan al enfrentamiento y a la división. Este os lleva a la fraternidad y a daros la mano. Y a dar la mano especialmente a los que más necesitan». Amén.

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