Homilías

Martes, 30 marzo 2021 15:14

Homilía del cardenal Osoro en la Misa crismal (30-03-2021)

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Querido señor cardenal Carlos Amigo. Querido hermano Luis [Luis Armando Tineo Rivera], obispo en Venezuela que estás aquí un tiempo y que hoy a través tuyo nos unimos a todos los presbiterios de esa querida nación que está pasándolo mal. Queridos obispos auxiliares don Santos, don Juan Antonio, don José y don Jesús. Vicario general. Vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos diáconos. Hermanos y hermanas todos que expresáis la presencia del pueblo santo de Dios en esta celebración de la misa crismal.

Viviendo esta pandemia y entregados al servicio de todos los hombres en nuestra archidiócesis de Madrid, nos reunimos con alegría hoy en la Misa crismal. El año pasado no lo pudimos hacer. Deseábamos que llegase este momento, aunque haya tenido que ponerse límites, por el aforo, en el número de sacerdotes que hubiesen querido estar aquí con nosotros. Lo hacemos con esos recortes que esta situación, fruto de la COVID-19, no pide. El año pasado es verdad que no pudimos reunirnos. Hoy el Señor nos ha permitido reunirnos en esta celebración entrañable de la Misa crismal en la que el obispo celebra con su presbiterio, y juntos recordamos lo que el Señor hizo con nosotros. En el marco de esta celebración se va a consagrar el santo crisma y se bendicen los demás óleos. Toda la celebración es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo, que no es en función de las ideas, sino en función de la marca tan honda y tan profunda que ha hecho Jesucristo Nuestro Señor en cada uno de nosotros. Gracias por vuestra presencia. Sabéis muy bien que con el santo crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos, y la iglesia y los altares en su dedicación. Y con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al Bautismo. Y con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad.

Quiero recordar aquí a los hermanos sacerdotes que han fallecido incluso por causa de esta pandemia que estamos viviendo.

Queridos hermanos, cuando estaba preparando esta homilía pensé en este momento que vive la humanidad, esta pandemia que se hace presente en todas las partes de la tierra, en la que tantas personas han muerto y mueren, y tantos sufrimientos provoca en quienes viven la cercanía de quienes mueren o padecen este contagio en estos momentos.

La vulnerabilidad del ser humano se nos ha hecho patente, la estamos viviendo en nuestra propia carne. Esta experiencia que afecta a lo más hondo del ser humano, a los mismos fundamentos de existencia que estábamos poniendo incluso en este siglo que hemos comenzado, el siglo XXI. Hemos sido constructores y hemos vivido, los que somos más mayores, el deseo de lograr una sociedad del bienestar, donde la riqueza era todo un logro, pero al mismo tiempo vivíamos desconectados de un mundo de pobreza que iba creciendo y al mismo tiempo desentendiéndonos nosotros de él. El magisterio del Papa Francisco nos venía advirtiendo de la urgencia de cuidar nuestro mundo. Todo lo que Dios creó y que a menudo hemos utilizado nosotros sin ningún cuidado, sencillamente lo hemos utilizado para enriquecernos. El Papa Francisco advirtió en la encíclica Laudato si la urgencia del cuidado, de cuidar lo creado y de cuidarnos los hombres los unos a los otros.

Últimamente, en la encíclica Fratelli tutti, nos habló con claridad diciéndonos: «Es verdad que una tragedia global como la pandemia de COVID-19 despertó durante un tiempo la conciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos. Por eso dije que la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, nuestras rutinas y nuestras prioridades. El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia hacen resonar la llamada a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia» (cfr. FT 32, 33). Y a nosotros como sacerdotes nos hace repensar también en qué estamos gastando el tiempo en nuestro ministerio, qué es lo que vivimos y cómo estamos caminando juntos.

Para nosotros es una llamada esta situación a vivir con todas las consecuencias nuestro ministerio y dejar entretenimientos que vacían nuestra identidad y niegan que hemos sido ungidos y enviados. Este momento histórico, nos está haciendo una llamada a recuperar la pasión compartida por anunciar a Jesucristo todos juntos, pero todos unidos, todos buscando lo que la Iglesia legitimada por Pedro y sus sucesores desean. Aquí no valen opiniones apartadas. Siempre sabiéndonos miembros de la Iglesia y engendrando en todos los cristianos el sentido de pertenencia, de construir la fraternidad y no la división, de entregar esas seguridades que ofrece Jesucristo para eliminar el vacío, la desilusión y entregarnos a ver que nos necesitamos unos a otros, los unos a los otros, de tal manera que la oración que nos enseñó Jesús y que nosotros repetimos cuando celebramos la Santa Misa y afirmamos que tenemos el atrevimiento de decir, sea precisamente lo que nos haga, nos una, nos aliente y nos ponga en una situación de misión. Decir padre nuestro es afirmar por una parte que somos hijos de Dios, y por eso decimos padre, y lo decimos en nombre de todos los hombres, aunque esto algunos no lo sepan. Y segundo, que precisamente por eso, por tener un Padre que nos ama entrañablemente, que nos amó tanto que envió a su Hijo, el Dios-con-nosotros, el Dios-entre-nosotros.

Queridos hermanos, somos pastores, y como Jesús sentimos la necesidad de sentarnos a escuchar. Sepamos escucharnos entre nosotros. No hay que perder la capacidad de escuchar. Lo característico del encuentro humano es precisamente escuchar: escuchar a Dios, escuchar la voz del pobre, del enfermo, del anciano, del niño, de las familias, de la naturaleza. Sombras hay, pero a pesar de ellas, que no es conveniente ignorar estas sombras, se abren muchos caminos de esperanza. La pandemia precisamente nos ha situado en otro paradigma que no es el del bienestar, es el paradigma del del cuidado. Cuidémonos los unos a los otros como nos ha enseñado Jesucristo, con los criterios del Señor, con las acciones del Señor. Cuidémonos de mantener esa acción de ungidos y enviados que nos ha regalado Nuestro Señor Jesucristo. Hagamos de nuestras comunidades esos hospitales entre comillas que cuidan a todos, que nos cuidamos unos a otros. Dentro de ese cuidado para nosotros es fundamental el anuncio claro de Jesucristo Nuestro Señor. Cuidémonos como lo estamos haciendo durante esta pandemia: tantos sacerdotes y tantas personas que han sabido mirar más allá de la comodidad personal. Yo os lo agradezco. Y al mismo tiempo os habéis abierto a esos grandes ideales que engendran deseos de dar la vida y hacer que la vida de los demás sea más bella y digna. Para esto hemos sido ungidos y enviados.

Como sacerdotes, pensemos y gestemos un mundo abierto. La altura espiritual de cualquier ser humano está marcada por el amor. Todos los creyentes, todos los discípulos de Jesucristo necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, y el mayor peligro es no amar o meternos, con aspectos que no tienen claridad, en situaciones críticas que no expresan ni amor a nosotros mismos ni amor a los demás, ni ciertamente amor a la Iglesia. Amar no es ponerse a vivir acciones benéficas, aunque estas naturalmente broten necesariamente. El amor al prójimo ha de moverme a buscar lo mejor para su vida y no vale decir, destruyéndolo, que es por amor. Necesitamos aprender a vivir juntos fraternalmente, en fraternidad, en armonía, en paz y sin necesidad de que tengamos que ser todos iguales. Sabiéndonos que en nosotros se ha verificado lo que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios proclamada.

Yo os propongo tres descubrimientos. Primero, descubrámonos en lo que somos: ungidos. Se hace realidad en nuestra vida lo que hace un instante escuchábamos del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor» (Is 61, 1-3a. 6ª. 8b-9). Sí, ungidos para abrazar a todos, justos y pecadores, para repartir la vida y no quedarnos con nada, como lo hizo Jesús, para no cansarnos de esperar siempre, para tratarnos entre nosotros como ungidos y así ungir al pueblo santo de Dios con la esperanza que ponemos en Jesús, con la caridad con las familias, con los ancianos, con los jóvenes, con los niños, con los pobres, con los que estén sufriendo por cualquier motivo. Incluso con aquellos que nos encontremos en la vida y nos son precisamente los que más experimentan o nos hacen ver que pertenecen a la Iglesia. Descubrámonos en lo que somos: ungidos.

En segundo lugar, descubrámonos en dónde estamos: enviados. Enviados para anunciar «a aquel que nos amó», como hemos escuchado en la segunda lectura, aquel «que nos ha librado de nuestros pecados por su sangre y nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre» (Ap 1, 5-8). Enviados. Enviados con su Espíritu. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista». Así escuchábamos en el Evangelio. Hagamos esta tarea con júbilo y con alegría. Es bueno que nos preguntemos hoy: Señor, ¿qué es lo que de júbilo y alegría hay en mi corazón? Y esta no es una pregunta marginal, es una pregunta fundamental, queridos hermanos, que requiere también una respuesta sincera por nuestra parte. ¿Qué hay de júbilo y de alegría en mi corazón? ¿Mi alegría nace en la misión o tengo que buscar otros momentos? ¿Es misionando como me lleno de alegría o tengo que buscar otras cosas para estar alegre? La Eucaristía celebrada y repartida, nos hace hacer sentir en nuestras manos que estamos unidos a todos, al obispo, a los hermanos sacerdotes, a todos los hombres. ¿Salto de júbilo al contemplar los pocos o muchos niños que vienen a la catequesis? A las familias que visito en sus casas como Iglesias domésticas que son, ¿es júbilo para mí y alegría? ¿Estoy lleno de alegría cuando celebro el sacramento del perdón personalmente para mí mismo, reconociéndome en la verdad de mi vida, o cuando entrego este perdón en nombre de Jesucristo? ¿Salto de alegría y júbilo cuando veo que un hijo pródigo vuelve otra vez a su casa? En la pequeñez, en la fortaleza, en el júbilo, experimentemos que hemos sido enviados. Enviados para dar la Buena Noticia a todos los hombres.

Y en tercer lugar, no solamente nos tenemos que descubrir como ungidos, en lo que somos; como enviados, donde estamos; sino descubrámonos como hombres de Iglesia, imitando y siguiendo a Cristo, estando en medio de nuestro pueblo, empapados de sus tradiciones, de sus costumbres, con un corazón que nos arde por dentro porque deseamos que se renueve la faz de la tierra. Seamos sacerdotes enamorados de la madre Iglesia, que ha sido la que nos ha dado lo más valioso que tenemos. Una Iglesia en la que nunca nos podemos permitir el lujo nosotros de oscurecerla o maltratarla con opiniones personales. Nuestro ministerio sacerdotal es de Jesucristo y es ahí, en esa relación con Él, donde tenemos que vivir esta experiencia fundamental de lo que somos. Como hombres de Iglesia, enamorados de la Iglesia y por tanto sin perder la mirada del primer amor, con un corazón abierto como el de la Iglesia, que recibe a todos, ¡a todos!, y muy especialmente a los que nuestra sociedad excluye. Seamos sacerdotes que corrigen a la Iglesia primero en nosotros mismos. Sí, somos Iglesia, nunca nos aprovechemos del manejo indiscreto de heridas o desavenencias para lastimar o burlarnos de la madre Iglesia o de algunos hermanos. Seamos sacerdotes que santificamos y que no nos instalamos nunca en la mundanidad. Seamos sacerdotes que hagamos el diagnóstico sobre nuestro mundo con la mirada de Jesús, desde la mirada de Jesús, donde nada hay de quejumbroso, ni de paralizante. Quizá, queridos hermanos, la audacia más grande de Jesús es la acción inclusiva que tuvo, asoció a sí a los pobres, a los oprimidos, a los ciegos, a los pequeños. El Señor cuando nos mira en la fragilidad, nos invita a cuidar a la Iglesia no con temor, sino con audacia.

En esta Misa crismal, yo le pido al Señor que descubramos con más hondura lo que somos: ungidos, dónde estamos; enviados. Y que nos descubramos como hombres de Iglesia. Y pido a la Santísima Virgen María en esta advocación de Nuestra Señora la Real de la Almudena que los sacerdotes de Madrid no caigamos nunca en la tentación de considerarnos unos meros delegados o representantes de la comunidad. Que nunca concibamos el ministerio como una gestión. Que no seamos autorreferenciales que de célibes nos volvemos solteros y estériles. María, Santa Madre de Dios y Madre nuestra, haz que la unción y la misión que tu Hijo Jesucristo nos ha regalado nos mantenga en el don del ardor y nos mantenga desgastándonos todos nosotros por la misión.

Queridos hermanos. Sí, el paradigma es nuevo, el paradigma es cuidar, cuidarnos, cuidar a todos, nadie nos sobra. En el cuidado anunciamos también a Jesucristo a todos los hombres. Que el Señor bendiga a nuestro presbiterio, que el Señor suscite esas vocaciones que necesitamos nos solamente para anunciar el Evangelio aquí en Madrid, sino para llevar este anuncio donde se nos pida, y nos pida Nuestro Señor. Que el Señor os bendiga siempre y os guarde. Amén.

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