Homilías

Viernes, 09 abril 2021 09:28

Homilía del cardenal Osoro en la celebración de la Pasión y Muerte del Señor (2-04-2021)

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Queridos obispos auxiliares, don Santos, don Juan Antonio, don José, don Jesús. Queridos vicarios episcopales. Deán de la catedral. Cabildo. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas que estáis aquí en este templo, y quienes estáis siguiendo estos Oficios por televisión, TVE2.

Juntos acabamos de decir las mismas palabras que Jesús: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». «A ti, Señor, me acojo». «Tú, que eres el Dios leal, el que puedes todo. Tú me librarás». «Confío en ti». «Tú eres mi Dios». «Tú vas a hacer posible brillar tu rostro sobre tu siervo». Y el Señor, desde la cruz, nos estaba diciendo a todos nosotros: «Sed fuertes y valientes de corazón. Esperad siempre en el Señor».

La Palabra que hemos proclamado, queridos hermanos, nos ayuda a entender y a acercarnos más a este misterio que Jesucristo hoy nos regala: Él expuso su vida hasta darla. No la guardó para sí mismo. Él es el autor de la salvación eterna. Nos decía la carta a los Hebreos: «Mantengamos firmes la fe que profesamos. […] Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia». Él, solo Jesús, es autor de esta salvación eterna.

Y hemos escuchado una historia santa que nos hace santos a todos nosotros, queridos hermanos. Una historia que tantas veces hemos oído. Hoy ha sido la Pasión que nos relata san Juan. Una historia santa que nos hace santos. El evangelista que la escuchó nos cuenta, como habéis escuchado: «Sabiendo que estaba cumplido, para que se cumpliera la escritura, exclamó: “Tengo sed”». No se refería el Señor a la sed indecible de un cuerpo que estaba desangrado, que estaba cubierto de heridas, que estaba abrasado, que estaba expuesto al sol implacable de un mediodía de Oriente. La sed de Jesús se refiere a algo diferente. Sí. La sed de Jesús revela el deseo de Dios de derribar los muros que nos separan de Él, que separan al hombre de Él. Esos muros que nos cierran en nosotros mismos, que nos amurallan en nuestra autosuficiencia, y que nos impiden estar plenamente vivos.

Nosotros también tenemos sed de vida y de sentido, queridos hermanos. Es más, en estos momentos de la historia que vivimos, los seres humanos, en todas las partes de la tierra, motivados también por la situación que estamos viviendo en esta pandemia, experimentan que hay sed de vida, que hay sed de sentido. «Tengo sed». Lo acabamos de escuchar de labios de Jesús. Tú tienes sed, Señor. Tú, que eres la fuente de agua viva, tienes sed. Y todos los humanos bebemos en ti. En ti. Cuando la luz se nos apaga, tú nos das luz. Cuando el amor no existe, tú nos das amor. Porque la sed del amor que no tenemos nos lo regalas tú. Tú, Señor, has sufrido sed de mí, y lo estás sufriendo: sed de mi amor, sed de mi vida. Y yo, por otro sitio.

Si os habéis dado cuenta, hay una expresión bellísima en la Pasión de san Juan. Y es cuando Pilato pregunta al Señor, y se lo repite en varias ocasiones: «¿Tú eres Jesús?». «Yo soy». Frente a un Pedro que, situado allí en un rincón, le preguntan: «¿Tú eres compañero? ¿Eres discípulo?». «Yo no lo soy».

«Tengo sed». Tiene sed de amor. Tú, Señor, has sufrido sed de mí. Sed de mi amor y sed de mi vida. Y mi alma tiene sed de ti. Y hay un vacío en la existencia del hombre cuando vive desde sí mismo que a veces no se puede resistir, queridos hermanos. O nos distraemos con otras cosas diferentes. A la sed física de este Jesús en la cruz hay que añadir siempre la otra sed, la sed mayor: la sed de amor, la sed de vida, la sed de fraternidad, la sed de justicia, la sed de paz, la sed de saber quién soy yo, a quién me debo; la sed de su gran deseo de dar la vida al mundo que manifiesta Jesús. Jesús tiene sed de agua, sí, pero tiene más sed de justicia, de reconciliación, de amor, y quiere entregárselo a este mundo.

Nos ha dicho el Evangelio que había un jarro de agua, pero estaba lleno de vinagre. Lo habían llenado de vinagre. Y Jesús, cuando lo tomó, dijo: «Está cumplido». Tomar vinagre significa aceptar su muerte causada por el odio. Y, así, Jesús muestra su amor hasta el extremo. «Está cumplido». Sí, Señor. El fin de tu vida, de tu honor, de tus esperanzas humanas, de tu lucha, de tus fatigas: todo ha pasado. ¿Y qué es lo que se ha cumplido? ¿Qué es lo que está cumplido? Pues, queridos hermanos: el amor incondicional de Dios. En Jesús se manifiesta el amor incondicional de Dios. El amor sin cálculo ni medida. La desmedida del amor. Se ha cumplido el amor hasta el extremo. «Todo ha terminado». Jesús ha llevado a cabo su misión. «Está cumplido». «Os he amado hasta dar la vida».

De nuestra parte, nos falta aún ese largo día a día de cada historia humana, de toda la humanidad. Tú, Señor, ya lo has hecho todo. Tú lo has hecho todo. En este día, en que nos cerca a nosotros a veces el lucro, el egoísmo, el miedo, la mentira, los odios, las guerras, qué bien nos viene escuchar de ti: «Está cumplido. ¡Te he dado todo. Soy Dios. Te he dado todo!».

Nos dice el Evangelio, la Pasión que hemos proclamado: «Inclinando la cabeza, entregó su espíritu». Sus ojos se cerraron, su cabeza se inclinó, y su último acto fue entregarnos su espíritu. Nos dio el aliento de su vida. Queridos hermanos: ante la muerte de Cristo, ¿qué nos sucede? ¿Qué nos sucede? Quedamos en silencio. Guardamos silencio. Quizá lo podemos contemplar, quizá no entendemos esto, pero oramos. Los que creemos, oramos. Señor, tu Pasión está presente en la historia de toda la humanidad. Tu Pasión está presente en la historia de los humillados, de los agredidos, de los pisoteados, de los que están sufriendo en estos momentos. Hoy, Cristo prolonga la Pasión en los pobres, en los que están sin trabajo, en los inmigrantes, en los que viven en las cárceles, en los enfermos por la COVID-19, en los ancianos que se sienten solos, en todos los que viven en el desamor y en la angustia, en todos los seres humanos en este tiempo. Hoy Jesús prolonga su Pasión. Pero no nos deja solos: nos regala su amor.

Esta pandemia nos ha despertado bruscamente del delirio de la omnipotencia del ser humano: un pequeño virus ha bastado para recordarnos, hermanos, que somos mortales; que nosotros no podemos nada; que solo si acogemos el amor de Dios podemos, trabajamos, damos presente y damos futuro, vivimos para aquellos que están padeciendo más, esos que como os decía hace un instante sufren y prolongan la Pasión de Cristo. Sí. Todos ellos: los pobres, los que están sin trabajo, los emigrantes, los que están en las cárceles, los enfermos, los ancianos… Todos. En el rostro de Jesús muerto en la cruz se nos manifiesta todo el amor de Dios al mundo. ¿Qué hemos hecho nosotros, queridos hermanos, de ese rostro de amor de Jesús? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué hemos hecho de ese rostro de amor que se manifiesta en Cristo crucificado? ¿En este Jesús que nos han relatado sus palabras? ¿Qué hago yo ante este rostro de amor?

Pues, queridos hermanos, en el Viernes Santo se nos invita a mirar la cruz. A mirarla. Recordad esas palabras que vamos a decir después: «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo». Miradla. «Venid a adorarlo», respondemos nosotros. ¿Qué significa ir hacia Él? ¿Qué significa inclinarnos ante la cruz? ¿Besar la cruz? Mirad: significa que besamos las heridas del mundo, que besamos todas las heridas de la humanidad. Todas. Más aún: besando a Cristo acogemos nuestras propias heridas, nuestras penas íntimas, nuestras soledades, nuestros sinsentidos, todo lo que nos agobia, todo lo que nos angustia... Esto es lo que besamos, queridos hermanos. «Mirad el árbol de la cruz –vamos a decir dentro de un momento–, donde estuvo clavada la salvación del mundo». «Venid a adorarlo». Y cuando lo adoremos, adoremos la cruz, ahí estamos nosotros inclinados también, besando a Cristo en la cruz. Ahí está, acogiendo todas nuestras heridas, el Señor. Es más: al besar la cruz, dejaos besar por Jesucristo; dejaos besar por el beso de su amor que nos reconcilia; que nos reconcilia con cada uno de nosotros;que nos hace revivir. Cristo nos dice a cada uno hoy: «Entrégame todo lo que te pesa. Entrégame todo lo que te esclaviza. Entrégame todo lo que te agobia. Entrégame todo lo que te entristece. Entrégamelo de verdad». Y cada uno de nosotros podríamos decirle al Señor: «Señor, en ti deposito mi vida entera».

Hoy, Viernes Santo, miramos tu cruz levantada en lo alto del monte y podemos decirte todos nosotros: «Señor, todo lo tuyo nos habla de amor. Tus brazos extendidos, tu cabeza inclinada, tu abandono en manos del Padre. Nos amas sin lógica. Nos amas sin medida. Nos amas sin nada a cambio. Nos amas como amaste a aquellos que te quitaron las ropas, se las repartieron. Se reían. Se mofaban de ti….

Allí había una mujer excepcional: nuestra madre, la Virgen María. Sí que ella te entendió. Sí que ella sabía de ese amor de Dios. Lo había experimentado en su propia vida. Ella sabía la elección que había tenido de parte de Dios para dar rostro humano a Jesús en este mundo. Y porque sabía tanto de ese amor de Dios, entre otras cosas, Jesús nos la regaló como madre nuestra, en san Juan: «Ahí tienes a tu madre». Ahí estábamos nosotros. Nos da a nuestra madre para que experimentemos también junto a ella lo que es el amor de Dios.

Queridos hermanos: ¿qué hago yo ante este rostro de amor? ¿Qué hago? ¿Qué he hecho de ese amor que Dios me da y que no me lo quita nunca, aunque yo le dé la espalda? ¿Qué puedo hacer yo, con ese amor de Jesús, por los demás? Has colmado, Jesús, al mundo de la ternura de Dios. Tú eres el rostro de bondad y el rostro de la gran misericordia. Sobre cada uno de nosotros, y sobre toda criatura humana, esa ternura llega. Haz posible que nosotros nos abramos a la ternura de Dios. Haz posible, Señor, que nosotros, junto a ti, descubramos en esta historia santa que nos hace santos, en este momento de confusión, donde quizá tenemos la tentación de decir, como Pedro, «no lo soy, no lo soy», que descubramos la misión que tú nos entregas. «Mi reino no es de este mundo». «¿Con que tú eres rey?», le dijo Pilato. «Para esto he nacido, para esto he venido al mundo». Y nosotros, queridos hermanos, queremos tener a este Jesús como rey, porque nos da todo lo que nos falta: el amor. Para poder establecer una relación en esta tierra ya, entre nosotros, diferente, nueva, distinta. Una relación con Dios y con los hermanos. Pero fruto de la relación con Dios. Que nos lleva a darnos siempre a los demás.

Esta revelación es la que nos hace Jesús, queridos hermanos. Y nos ha dado en testamento una gran riqueza: a su propia madre. Acoged este testamento. En esta catedral, que es santuario de la Santísima Virgen María patrona de Madrid, Nuestra Señora la Real de la Almudena, siempre podemos encontrarnos con Ella. Los que podáis, siempre, subid esas escaleras. Acercaos a María. El amor de Jesús en Ella se os regala. Se nos regala. Se nos da. «Ahí tienes a tu madre». San Juan la recibió en su casa, porque es la gran maestra del amor de Dios. La gran maestra.

Que el Señor os bendiga y os guarde siempre. Amén.

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