Homilías

Viernes, 09 abril 2021 13:06

Homilía del cardenal Osoro en la Vigilia Pascual (3-04-2021)

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Querido hermano Su Eminencia Besarión metropolita de España y Portugal del Patriarcado ecuménico de Constantinopla. Gracias, querido hermano, por su presencia. Queridos obispos auxiliares don Santos, don Juan Antonio, don José y don Jesús. Queridos vicarios episcopales. Rectores del seminario, formadores, seminaristas. Queridos hermanos y hermanas todos.

¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Esta es la pregunta que se hicieron las mujeres que iban al sepulcro muy temprano para embalsamar el cuerpo de Jesús. Es también nuestra pregunta en esta noche santa, los que estamos aquí reunidos en la catedral, y quienes a través de televisión, de TVE2, estáis viviendo también esta celebración de la Vigilia Pascual. ¿Quién nos correrá la piedra? Queridos hermanos: ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo nuestro Señor ha resucitado!. Y esto es lo que celebramos nosotros en esta noche santa. Como habéis escuchado en la Palabra de Dios, Cristo ha vuelto a crear nuevas todas las cosas. Hay nueva creación. El hombre puede ver y descubrir la verdad: que está hecho a imagen y semejanza de Dios. Que la identidad del ser humano está precisamente ahí. Ahí está su dignidad. Y esta dignidad la queremos llevar, hacérsela ver a todos los hombres de la tierra. Los discípulos de Cristo anunciamos esta nueva creación, y especialmente decimos a todos los hombres: «¡Cuántas son tus obras, Señor. Cuánta es tu sabiduría. Cuántas tus criaturas, que están llenas de tu presencia, y especialmente el ser humano, que está hecho a imagen y semejanza tuya!. Te bendecimos, Señor. Sí. Nosotros te bendecimos».

Y lo hacemos con la fe de Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura que hemos proclamado. Tú, Señor, también en estos momentos de la historia de la humanidad, estás poniendo a prueba nuestra fe. En esta pandemia que estamos viviendo, y que asola a toda la tierra. En todos los continentes hay situaciones de dolor precisamente por esta pandemia. Pero tú, Señor, lo mismo que hiciste con Abrahán, nos llevas también al monte, a la montaña; y nos llevas también para hacernos descubrir que la grandeza de la fe hace posible que se aparte todo aquello que es malo para los hombres.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: «Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, te bendeciré». Queridos hermanos, el Señor nos bendice. Sí. Nos enseña el sendero de la vida. Nos sacia de gozo con su presencia. Nos da la alegría perpetua que esta noche nosotros podemos vivir junto a nuestro Señor Jesucristo. ¡Cristo ha resucitado! ¡Vida nueva existe en esta tierra porque la ha venido a traer Jesús nuestro Señor! Miembros vivos somos de su pueblo y, ayudados por el Señor, caminamos como caminaba el pueblo de Israel. Caminamos y sabemos que el Señor nos ayuda; aparta las dificultades como apartó las aguas del Mar Rojo, para que el pueblo de Israel lo cruzase. Por eso, cantamos al Señor lo que decíamos antes: «Sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor».

Esta es nuestra fuerza, queridos hermanos. Esta. Y nos fiamos del Señor, como nos decía hace un instante el profeta Isaías en la lectura que hemos proclamado: somos un pueblo, reunido de todos los pueblos, de todos los países. Pero es cierto que el Señor nos ha dado un pueblo nuevo. Nos ha regalado una manera de vivir absolutamente nueva con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Esta noche, nosotros le decimos al Señor: «Envía tu luz y tu verdad. Que sea esta luz la que nos guíe en nuestra vida. Que tu verdad nos conduzca hasta tu morada». Hermanos, al Dios de nuestra alegría le damos gracias de corazón en nuestra vida. Por eso, es el Señor quien ha hecho este milagro. Es el Señor el que nos regala esta noche la alegría de pasar de lo viejo a lo nuevo.

¿Quién nos correrá la piedra? Tres mujeres, lo hemos escuchado en el Evangelio, se dirigían al sepulcro muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol. Estas mujeres iban al sepulcro. No pensaban en la Resurrección. Pero amaban a Jesús. Querían a Jesús. Habían visto junto a Jesús lo que Él hacía por los hombres. No habían previsto quién les quitaría la piedra del sepulcro, pero amaban al que estaba detrás de ella. Estas mujeres amaban por encima de todo. El amor, simbolizado en los aromas que ellas llevaban para poner al Señor. Las mujeres fueron las primeras que entraron en el sepulcro, y se preguntaban por el camino: «¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?». Aquella piedra enorme que las mujeres no tenían fuerzas suficientes para removerla, y representa lo definitivo; de alguna manera, esa piedra representa lo definitivo, que es la muerte. Esa piedra era la muerte. Y no la podemos quitar nosotros.

Pero, queridos hermanos, es verdad que el sepulcro estaba bien cerrado, con una piedra enorme. Pero esa piedra ha sido eliminada. Esa piedra que paraliza ha sido eliminada por Cristo. Cristo ha triunfado, y esto lo teneos que anunciar, queridos hermanos, a todos los hombres, en todas las partes de la tierra. Tenemos que anunciárselo. Sí. Las mujeres preguntaban: ¿Quién nos correrá la piedra? ¿Quién curará nuestras heridas? ¿Quién nos liberará de nuestras esclavitudes? ¿Quién nos hará superar nuestros miedos? ¿Quién nos sacará de nuestros pesimismos, de nuestras tristezas? ¿Quién nos abrirá caminos de gozo, de esperanza, de un verdadero sentido de nuestra vida? ¿Quién? Queridos hermanos: solamente Jesucristo nuestro Señor. Creedme. Y si no me creéis a mí, creed la Palabra que el Señor nos dirige. Estas mujeres, incapaces de quitar la piedra, incapaces de dar un sentido nuevo a la vida... Pero se lo dio Jesucristo, con su Resurrección.

Él cura heridas. Él libera. Él quita esclavitudes. Él quita miedos. Él quita pesimismos y tristezas. Él abre caminos de gozo y esperanza. Esta humanidad necesita de Jesucristo, queridos hermanos. Necesita de Jesucristo. No tengamos miedo de anunciarlo. Es la única respuesta a las piedras que existen en esta tierra y en este mundo. Es la única respuesta: Cristo, que ha resucitado; que sigue siendo escándalo para unos, pero es salvación para todos los hombres. En este camino, resulta que estas mujeres vieron que la piedra estaba quitada. Y era muy grande: había hueco para entrar en el sepulcro. Esta es la primera sorpresa que tienen: la piedra estaba corrida. El poder de la muerte se quebraba. No lo olvidemos. La piedra. La tumba abierta para siempre. Para siempre. ¿Quién la abrió? ¿Quién ha abierto la tumba? ¿Quién da horizontes a la vida? ¿Quién da vida verdadera? ¿Quién da hondura a la existencia humana? ¿Quién garantiza la dignidad del ser humano? Cristo, que ha resucitado. Porque la fuerza del Rsucitado puede remover absolutamente todo. Puede abrir tumbas que nos impiden vivir con sentido nuestra vida humana. Puede abrir esas tumbas que a veces existen cuando los hombres somos incapaces de darnos la mano, de darnos un abrazo, siendo diferentes. Queridos hermanos: al quitar la piedra, Cristo nos ha hecho descubrir una vez más que no podemos decir «esos son otros». ¡No! Somos nosotros. Todos nosotros. Todos. La fuerza del Resucitado puede remover, puede abrir tumbas, puede dar un sentido absolutamente nuevo a la vida. Esta es la primera sorpresa.

Pero la segunda sorpresa es que estas mujeres encontraron también a un joven vestido de blanco. El vestido blanco es el color de la vida. Ellas no le reconocen. Es Jesús resucitado quien les dice: «no tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno? ¿Buscáis al crucificado? Ha resucitado. No está aquí». También para nosotros hoy esta es una gran noticia, queridos hermanos. ¡Ha resucitado! Nosotros no estamos reunidos aquí por un hombre famoso que vivió hace 21 siglos, que hizo cosas extraordinarias. ¡No! Estamos resucitados en nombre de Dios que en Cristo se hizo presente en esta tierra. Es Dios mismo. Es el Hijo de Dios, que ha triunfado sobre la muerte, que ha quitado las piedras, que ha roto las tumbas, que ha resucitado. Sí. Tú, Señor resucitado, has vencido a la muerte, y nos has dado tu paz. Que en esta noche de tu triunfo sobre la muerte, la humanidad entera encuentre en ti la luz y la fuerza para oponerse a todo lo que niega la vida en nuestro mundo.

Queridos hermanos: esta tarde, antes de venir a esta celebración, hablaba con diversos obispos y arzobispos, sobre todo de América Latina, y alguno de Europa. Hablaba con algunos otros misioneros. Esta tarde. Y es verdad que les decía que en esta noche todos íbamos a estar juntos. Ellos y nosotros. Porque somos nosotros, que celebramos en esta noche el triunfo sobre la muerte que ha encontrado la humanidad en Cristo. Él es la luz. Él es la fuerza. Él se opone a todo lo que niega la vida en nuestro mundo. Con la Resurrección del Señor, la vida empieza a tener un nuevo sentido. Y esto es lo que estamos celebrando en esta Pascua. El Resucitado está con nosotros, y en nosotros. Y está para siempre. Ningún ser humano está solo. Nadie está perdido. Nadie, queridos hermanos. Nadie está perdido en esta tierra. Ningún grito deja de ser escuchado por este Jesús que ha resucitado. El Resucitado es una presencia que aporta paz y esperanza a nuestra vida, y que nos busca salidas. Salidas de hermanos, búsquedas de la fraternidad. Hay esperanza esta noche con la Resurrección de Cristo para los pobres, para los marginados, para los crucificados de la tierra. Porque los que tienen esta experiencia de que Cristo ha vencido a la muerte, de que Cristo nos ha dado una vida nueva, estamos dispuestos a comunicárselo a los demás.

Que podamos abrirnos a ti, Señor, que eres la vida; que eres la fuente de la verdadera vida; que eres el colmo de la alegría que nadie nunca podrá arrebatarnos. Queridos hermanos: el joven vestido de blanco les está recordando a las mujeres que Él va por delante. A Galilea. Que «allí lo veréis». Para ver al Resucitado, queridos hermanos, hay que volver a Galilea. Sí. Al Resucitado no se le puede ver sin volver a la Galilea. A la Galilea de nuestra realidad, del día a a día, de la cotidianidad que tenemos todos nosotros. En esta noche, cada uno de nosotros podemos preguntarnos: «¿Y cuál es mi Galilea? ¿Dónde está mi Galilea?». Para recibir al Resucitado en medio de nosotros necesitamos la vuelta a nuestra vida ordinaria; a la vida, a nuestras relaciones, a nuestros trabajos, a nuestras familias, a ver las situaciones que viven otros, que a veces están sin ese trabajo, que viven sufrimientos diversos... Pero, siempre, para llevar una esperanza renovada en nuestro corazón. Esa que Jesús nos da con su Resurrección. Que podamos acoger su presencia, queridos hermanos. Que podamos decirle al Señor: «Tu presencia, Señor, elimina nuestra soledad. Llena de sentido toda nuestra vida». «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?», queridos hermanos. ¿Por qué buscáis soluciones a quien no da ninguna solución? ¿Por qué? ¿Por qué no tenemos el atrevimiento de abrirnos a esta experiencia que nos entrega Cristo resucitado?

Esta noche, en honor del Señor, en esta vigilia, estamos conmemorando la Resurrección de Cristo. Y debemos de considerar esta noche, como nos decía san Agustín, la madre de todas las santas vigilias. Qué don y qué alegría poder celebrar esta noche santa. En esta noche también nos dicen a nosotros, desde la Palabra de Dios, lo que hace un instante proclamábamos: «No busquéis entre los muertos al que vive: ha resucitado. Buscadle a Él. Encontraréis sentido en vuestra existencia». Desde esta catedral, que tiene y es tesoro del santuario de la Santísima Virgen patrona de Madrid, Nuestra Señora la Real de la Almudena, que nos habla permanentemente cuando la miramos con la fuerza del amor de Dios, y hasta dónde entra Dios en el hombre y en la vida; desde esta catedral, queridos hermanos, nosotros, acogiéndonos a la Virgen María, como la vemos, cogiendo en sus brazos a Cristo, el mismo que entró en este mundo para cambiar el mal en bien, porque la fuerza de Dios es la única que puede con todo. Ese mismo que tiene María en sus brazos es el Resucitado. Es el Resucitado. El que nos entrega a nosotros el verdadero sentido de nuestra existencia.

Que aparezca en nuestro modo de vivir esta realidad: ¡Cristo ha resucitado! Este es el gran grito de nuestra fe. Este es el testimonio y una verdad que va a llenar el mundo de gloria. Ya la tiene, pero tenemos que entregarla con mucha más fuerza. Tu Resurrección, Señor, nos llena de luz y esperanza. Eres el principio de una vida nueva, de una regeneración de la humanidad que nosotros estamos dispuestos a seguir regalando en este mundo a los hombres. Y, por eso, cuando nos encontramos con todos los hombres, quienes sean y quieren fueren, les decimos: «La paz esté con vosotros». Esa paz es Jesucristo nuestro Señor.

Queridos hermanos: con la intercesión de Santa María, yo le pido que Ella nos haga sentir lo que sintió esa santa española, Teresa de Ávila: «Solo Dios basta». Que nos haga sentir como a san Francisco Javier, recordando las palabras que José María Pemán, en El divino impaciente, pone en su boca, en boca de san Francisco: «Soy más amigo del viento que de la brisa, y hay que hacer el bien aprisa, que el mal no pierde momento». Anunciemos a Jesucristo. Como san Pablo, caminemos en el amor.

Queridos hermanos: ¡Feliz Pascua de Resurrección!. Que el Señor nos bendiga a todos, queridos hermanos. Gracias a la presencia de las Comunidades Neocatecumenales, que hoy tenéis también una celebración especial. Sé que Kiko está mejor, gracias a Dios.

Celebremos todos juntos esta Resurrección de Cristo. Que el Señor os bendiga y os guarde a todos, a los que estáis aquí y a quienes estáis viendo y siguiendo esta celebración desde vuestras casas.

Cristo ha resucitado. Resucitemos con Él.

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