Homilías

Lunes, 24 mayo 2021 14:42

Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de san Isidro Labrador (15-05-2021)

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Hermanos y hermanas:

Quiero iniciar mis palabras dando una vez más gracias a Telemadrid por su presencia aquí para transmitir esta celebración. También os mando a todos los que la seguís mi abrazo de padre y pastor; que la paz de Cristo esté con vosotros.

Celebramos la fiesta de san Isidro Labrador en el contexto de la pandemia. Pido a nuestro patrón por tantas personas y tantas familias que han sido tocadas por el virus y siguen sufriendo sus consecuencias: por quienes han perdido a un ser querido, los enfermos, por quienes los cuidan y les llevan consuelo, entre ellos muchos sacerdotes; por el personal sanitario y por aquellos que siguen investigando cómo hacer frente a la enfermedad; por los que han perdido su trabajo y por quienes encaran el futuro con incertidumbre… Enciende, san Isidro, nuestro corazón de luz y de esperanza.

En ese tiempo nos hemos dado cuenta de que ninguno de los dioses que nos hemos creado pueden sostener nuestras vidas, ni dar seguridad cuando nos hemos sentido vulnerables; son dioses de barro. ¡Cuántas soledades! ¡Cuántos miedos! Vemos que nos hemos dedicado a servir a una cultura del propio bienestar, pero nos hemos olvidado los unos de los otros y de Dios. Hemos descuidado lo que el Señor nos pidió cuando nos creó: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó» (Gn 1, 27). Ser su imagen es decirnos: os entrego todo lo que he creado, cuidadlo y cuidaos unos a otros. Al retirar u ocultar a Dios se nos olvida construir la cultura del encuentro. La pandemia nos ha hecho ver la urgencia del cuidado que tan bellamente nos recuerda Jesucristo cuando resume los mandamientos en «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo».

En este sentido, las virtudes teologales fraguaron la vida de san Isidro y os invito a que fragüen la nuestra:

1. Vive acogiendo el don de la fe y sé testigo de la Resurrección (Hch 4, 32-35) como san Isidro Labrador. Mira las consecuencias que tiene para uno mismo y para la humanidad poner el yo en lugar de Dios. No busquemos a Dios donde nosotros queremos, sino que, como san Isidro, estemos abiertos a Él, a un encuentro que cambia la manera de vivir. Lo acabamos de escuchar: «Los creyentes pensaban y sentían lo mismo», «daban testimonio de la Resurrección del Señor», «con mucho valor»... «Ninguno pasaba necesidad, lo que tenían lo ponían a disposición de los apóstoles y se distribuía según necesitaba cada uno».

La fe es un don inmenso. Cuando lo recibimos uno no acaba de creérselo. En la pandemia surgen dudas e incluso podemos plantearnos ¿por qué permite Dios esto? Os voy a pedir que, como san Isidro, dejéis entrar a Jesucristo en vuestra vida. Nuestro patrón llevó la novedad de Dios a todos los que encontró por su camino porque la fe es abrazar también a los que no formulan la vida desde la fe; esos también son de los nuestros, son mis hermanos; nunca podemos lavarnos las manos.No caigamos en la tentación de vivir en una especie de semife, no seamos tibios, no vivamos adormecidos... Hace dos años os escribía una carta pastoral que titulé «¿Qué quieres que haga por ti?». Es la pregunta que le hace Jesús al ciego Bartimeo. Está solo, lejos de su casa y abandonado. Cuando quiere hablar le tapan la boca. Sin embargo, Jesús lo escucha y se hace próximo, es decir, prójimo. Le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?». No va con una moneda, no dispensa consejos. La fe es vivir el amor de Dios que ha cambiado mi vida. No es adoctrinamiento ni es activismo; es realizar la obra de Dios y al modo de Dios. Es llevar luz a la oscuridad de la vida.

2. Vive en esperanza: para ello, vive en diálogo permanente con Dios, ora (Santiago 5, 7-8. 11. 16-17) como san Isidro Labrador. «Esperad con paciencia», «mucho puede la oración insistente del justo». El diálogo con el Señor, la oración, nos da salidas ante todas las situaciones que podamos vivir, nos abre a la esperanza.

Cuando vengo a la colegiata y me arrodillo ante el cuerpo de san Isidro y de su mujer, santa María de la Cabeza, me emociona recordar que ellos nunca dijeron: «No puedo más». Esta frase se pronuncia muchas veces en nuestra sociedad. Una sociedad desesperada pone sus esperanzas en pequeñas cosas sin importancia y ante las grandes se resigna: guerras, hambre, niños privados de enseñanza, falta de fraternidad en el mundo...

¿Dónde estuvo la esperanza en san Isidro Labrador? Tiene un nombre y un rostro: en Jesucristo. Él fue su esperanza. Un Dios que se hizo carne, que se ha hecho uno de nosotros y nos acompaña, nos llama y nos ama, nos ha dado la vida; nos hace mirar al prójimo y provoca el hacer el bien, eliminando desesperanzas, envidias, celos, vicios; nos hace buscar el encuentro, el diálogo, la apertura al otro sea quien sea…

En un momento como el actual, donde la violencia y la adversidad se manifiestan, los discípulos de Jesús hemos de entregar esta esperanza como san Isidro.

3. Vive con caridad, regalando el mismo amor de Dios (Jn 15, 1-7) como san Isidro Labrador. Él escuchó estas palabras: «Yo soy la verdadera vid», «permaneced en mí y yo en vosotros», «pediréis lo que deseéis y se realizará» (Jn 15, 1-7). Vive regalando el amor mismo de Dios, desde esa comunión plena con Jesucristo. La caridad no es la ayuda o la limosna que damos para acallar nuestra conciencia, sino regalar ese amor. Qué bueno dar el abrazo de Dios nuestro Padre a todos y a cada uno de los hombres y mujeres que encontremos en nuestra vida, sabiendo que ocupan un lugar especial y singular en el corazón de Dios los que sufren. La caridad es una virtud sobrenatural. Dios es amor; tu encuentro con Dios, si es verdadero, te regala su amor. Como recordaba el Papa Benedicto XVI en Deus caritas est, no hay otro camino para el encuentro con Dios que amar y dejarse amar.

A Dios hay que buscarlo en la humanidad de Cristo como hizo san Isidro Labrador. Hay que buscarlo en horizontal como nos enseña el Señor en el capítulo 25 de san Mateo: tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y en la cárcel y vinisteis a verme...

¿Por qué el pueblo de Madrid se entusiasmó con san Isidro? ¿Por qué ha definido la vida, la historia y las tradiciones de Madrid este santo? Quisiera decíroslo en pocas palabras: cuando la altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, los humanos entendemos que ese es el criterio decisivo para valorar positivamente o negativamente la vida. Fue el amor al otro lo que hizo de san Isidro un santo del pueblo. El amor mueve a buscar lo mejor para la vida del otro, no excluye a nadie, construye una fraternidad abierta a todos. Reunidos para celebrar la Eucaristía, donde la presencia real de Jesucristo se realiza, encontremos en Él ese amor que necesitamos para vivir nosotros y dar vida a los demás.

Madrid ha sido una escuela de comunión a través de toda su historia. San Isidro dejó una huella que marcó la dirección de esta gran ciudad. Aquí nadie se siente extraño. Hay diversidad de procedencias, de culturas y de tradiciones, pero todos estamos integrados en una comunidad de hermanos. No olvidemos que la historia de Madrid y sus habitantes fue fraguada por la fe; siempre hubo un espacio para Dios que no es una idea, sino una Persona que nos da fuerza y capacidades para convertirnos en una sociedad abierta que integra a todos. Permanezcamos en el Señor, dejémonos impregnar por su Espíritu de amor. San Isidro oyó estas mismas palabras que nosotros hoy hemos escuchado y que se hacen verdad en la Eucaristía: «Permaneced en mí», «ese da fruto abundante». Que san Isidro interceda por todos los que vivimos en esta gran ciudad. Amén.

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