Homilías

Domingo, 15 agosto 2021 14:00

Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de la Virgen de la Paloma (15-08-2021)

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Queridos hermanos y hermanas, que es el título más grande que Dios nos ha dado: hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos… A todos os entrego la paz de Jesucristo, esa que tan maravillosamente hizo presente en este mundo la Santísima Virgen María y que quiso acercar y mostrar de una manera sencilla y singular al pueblo de Madrid a través de esta advocación que en este día de la Asunción de la Virgen a los Cielos celebramos: la Virgen de la Paloma. Desde aquel día en el que aquí unos niños jugaban con este lienzo que hoy contemplamos y una mujer, Andrea Isabel Tintero, lo adquirió y lo expuso en su domicilio, invitando a visitar e invocar a la Virgen, seguimos reuniéndonos ante la Paloma.

Desde la pasada fiesta de la Virgen de la Paloma, hemos vivido en esta comunidad cristiana acontecimientos dolorosos: la explosión de gas que derribó la casa parroquial y acabó con la vida del padre Rubén, sacerdote al que había ordenado hacía muy pocos meses, de los padres de familia David y Javier, y de Stefko, de nacionalidad búlgara. Vaya para ellos nuestro recuerdo y nuestra oración, sabiendo que «si vivimos, vivimos para Dios y si morimos, morimos para Dios, en la vida y en la muerte somos de Dios». Descansen en paz. Oramos por sus familias.

La Palabra de Dios que hemos proclamado en esta fiesta nos habla de la Luz de Jesucristo. Especialmente en este momento de dificultades por la pandemia, en un tiempo en el que la libertad y la dignidad de la persona humana también se ven cuestionadas en muchos lugares, vemos la necesidad y la urgencia de alguien que nos dé una Luz diferente. Que nos haga hermanos a los hombres y no enemigos; que nos devuelva un corazón limpio que regale paz, fraternidad, justicia y verdad; que elimine de nosotros todo ánimo de venganza y regale perdón; que nos haga fijar nuestra mirada en Jesucristo y ver así a los demás como verdaderas imágenes de Dios… ¡Qué grandeza alcanza la participación de la Virgen María en hacer presente, como uno de tantos, a Dios mismo en este mundo! ¡Cómo nos sitúa el libro del Apocalipsis ante la Virgen María! «Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas». Con Ella, que estaba invadida por el sol, que es Dios mismo, única Luz para todos los hombres, «ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo». Por otra parte, el apóstol san Pablo en la primera carta a los corintios nos habla de quién ha venido y de cómo se hizo presente en esta tierra con el protagonismo singular de la Virgen María: «Por un Hombre ha venido la Resurrección, […] por Cristo todos volverán a la vida. […] Dios ha sometido todo bajo sus pies». El Evangelio nos ofrece una manera única de ponernos en camino en este mundo. Como la Virgen María, hemos de ser y dar la Buena Noticia. Como Ella, con nuestra vida hemos de hacer percibir la presencia de Dios y, para ilustrarlo, me gustaría detenerme en aspectos del cuadro:

1. Vive un modo nuevo de caminar por el mundo. Miremos la imagen de la Virgen de la Paloma: el rosario cuelga de sus manos, nos indica un modo de entender la vida y un modo de caminar. No caigamos en la tentación de hacer de nuestra ciudad una ciudad muerta, sin sentido, sin arraigos, sin motivaciones, sin historia. No eliminemos a Dios de la vida, que es la tentación de una civilización sin entrañas y sin amor. Dios es Alguien que está entre nosotros; el ser humano tiene un deseo innato de abrirse más y más hasta encontrarse con quien sabe que lo ama. El Dios de Jesucristo ha estado presente en la historia de esta ciudad y sigue estando presente en nuestro pueblo. Demos a los niños y a los jóvenes lo que necesitan para crecer en todas las dimensiones de sus vidas. Quitar raíces a un pueblo es destruirlo, es matar su vida. Y las raíces no son las que nosotros ponemos, son las que tenemos y con las que nacemos que nos las ha dado Dios mismo: hay un deseo innato en el ser humano de Dios. ¡Cuánta gente lo está buscando! Escuchemos a las gentes en las calles, en los hospitales, en las residencias de ancianos, en las colas de parados, en los comedores sociales y en las Cáritas parroquiales, escuchemos a quienes llegan de otros lugares del mundo por circunstancias muy diversas… Acerquémonos a las personas, escuchemos lo que hay en su corazón. ¡Qué vacíos experimenta el ser humano! No hagamos teorías, no ofrezcamos baratijas que son pan para hoy y hambre para mañana.

En este mundo interdependiente y globalizado, en el que bienes, servicios, dinero e ideas circulan con una velocidad y dimensiones sorprendentes, hagamos lo que siempre hizo Madrid: demos Vida a quienes están aquí y vienen aquí. El rosario que la Virgen de la Paloma tiene entre sus manos nos manifiesta el regalo que Ella hizo a Madrid y que los madrileños y quienes llegaron de otras latitudes supieron acoger: los misterios gozosos, la acogida de Jesucristo en sus vidas fue clara, con una presencia real en sus costumbres y relaciones. He sido obispo de cuatro diócesis y puedo deciros que la Iglesia en Madrid es por excelencia la más misionera. Lo que se hace aquí repercute en todos los lugares. Junto a los misterios gozosos poned los otros misterios del rosario, los dolorosos, los gloriosos y los luminosos. Todos nos hablan de hasta dónde llega Dios para alcanzar el corazón de los hombres: dona su Vida para que tengamos Vida. Triunfa y nos regala su Resurrección; la vida tiene sentido en Él y nos manifiesta su Luz en todas las ocasiones: su bautismo, su capacidad para hacer posible que la fiesta se haga entre los hombres como mostró en Caná, el regalarnos el Espíritu Santo a la Iglesia, la Eucaristía que ahora celebramos en la que Él se hace realmente presente…

Hoy le pedimos a la Virgen de la Paloma que nunca Madrid abandone sus raíces cristianas, que acoja la presencia de Jesucristo y oriente su historia con la fuerza y la creatividad que da el Evangelio.

2. Vive un modo diferente de relacionarte. Fijemos nuestra atención en las manos de María: nos indican que está hablando con el Señor. Sus manos entrelazadas invitan a construir la fraternidad. Dios la ha mirado, se ha fijado en Ella como se fija en cada uno de nosotros, y Ella vive en la alegría del Evangelio, esa que nace del encuentro con el Señor. Mirad cuántos madrileños y madrileñas han llevado a otros esta alegría. Pensemos en las múltiples congregaciones, asociaciones e instituciones nacidas aquí en Madrid y que han ido construyendo la civilización del amor. Nuestros santos madrileños, acompañados por la Virgen María, no vieron a los demás como simples números, sino como hermanos. Recordemos a algunos de los que guardamos reliquias de su cuerpo, como san Isidro y santa María de la Cabeza, santa Soledad Torres Acosta, santa María Micaela, san José María Rubio, san Pedro Poveda, san José María Escrivá o san Alonso de Orozco. Todos han dejado huellas imborrables, que marcan dirección y sentido. Nos invitan a hacer presente el Reino de Dios.

3. Vive una mirada nueva sobre la realidad. La mirada de la Virgen es la de Jesucristo. Hoy quiero fijarme en este Madrid que sigue recibiendo a personas. Es una ciudad a la que ha venido gente de todas las partes de España y del mundo. A veces tengo la costumbre de preguntar a los jóvenes: «¿De dónde eres?». Me dicen que son de Madrid. Y sigo con la pregunta: «¿Y tus padres?, ¿y tus abuelos?». La respuesta aquí ya es de otra manera: Castilla, Galicia, Asturias, Cantabria, Andalucía, País Vasco, Navarra... o de otros países de los que huyeron por situaciones de penuria económica o por confrontaciones políticas. Como dijo el Papa al Congreso estadounidense en 2015, «tratemos a los demás con la misma pasión y de la forma apasionada con que deseamos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que buscamos para nosotros mismos. En suma, si queremos seguridad, demos seguridad: si queremos vida, demos vida». Son palabras que suenan hoy de un modo especial contemplando la mirada de María sobre la realidad. Correspondamos a nuestra tradición de solidaridad y apoyo con quienes se encuentran a la deriva de un mundo en conflicto. No podemos tratar a las personas como juguetes aprisionados por conflictos internacionales. Nunca lo hizo Madrid. Todas las naciones tienen derecho a su seguridad y protección interna, pero ese derecho debe ser ejercido dentro de los patrones de la justicia social, la compasión y el respeto por la dignidad de la persona y de las familias vulnerables. En mi calidad de obispo apelo a mi comunidad rezando y pidiendo un espíritu generoso, sentido de misericordia a todos los que tienen necesidad de protección y de cuidados, y confío en que nuestro país tome decisiones respetuosas respecto a las cuestiones que afectan a refugiados y migrantes. Nuestras convicciones religiosas y nuestra historia nos exhortan a cumplir este propósito.

Hermanos, Jesucristo dentro de unos momentos se va a hacer realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Acogedlo como lo hizo María. Y acogido en nuestra existencia hagamos con Él el mismo cántico de María: proclamemos la grandeza del Señor, alegrémonos de ser sus discípulos y de poder entregar a este mundo la novedad de Evangelio, que es novedad en el modo de entendernos a nosotros mismos, nuestras relaciones y en la construcción de un mundo según Dios. Santa María de la Paloma, ruega por nosotros. Amén.

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