Homilías

Martes, 16 agosto 2022 08:59

Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de la Paloma (15-08-2022)

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Queridos hermanos:

Un año más nos reunimos en esta comunidad cristiana de la parroquia de la Paloma, que tiene una historia muy bella desde su inicio: la de aquellos niños que jugaban con un lienzo de la Virgen que habían tirado a la basura y aquella mujer, Isabel Tintero, que lo recogió y lo colocó en su casa para el culto de quienes entonces vivían en estos lares. Una historia sencilla, pero llena de fuerza y de humanismo cristiano y fe. En esta comunidad se han fraguado tareas importantes en torno a nuestra Madre. Entre otras cosas, alentados por el arzobispo Casimiro Morcillo, Carmen Hernández y Kiko Argüello impulsaron desde aquí el Camino Neocatecumenal, hoy extendido por todo el mundo.

En este día nos reunimos para honrar a nuestra Santísima Madre en esta advocación de Nuestra Señora de la Asunción. En el salmo 44, la Iglesia ha visto reflejada la vida de la Virgen. Al lado de Dios está la Reina; todos salen a su encuentro, pues es el mismo Dios quien está prendado de su belleza. Ella ha sido elegida para dar rostro humano a Dios y Ella se ha postrado ante quien es el único Señor. Este momento de la historia de los hombres requiere que repensemos la vida desde Dios. No bastan nuestros pensamientos para entender lo que nos sucede: hay guerras y migraciones, nos desentendemos los unos de los otros, buscamos el poder no para servir sino para servirnos de él, no miramos de frente muchas situaciones… Pero también hay grandes esfuerzos para dar salidas y resolver los problemas humanos.

En este día quiero hacer una reflexión: los hombres siempre hemos concebido la Asunción a lo divino como la escalada de una pirámide. Intentamos llegar a su vértice por los propios esfuerzos, unas veces especulativos y otras veces ascéticos o de otro tipo. Pero es inútil. Recordemos lo que dice Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13). Al encarnarse y tomar rostro humano en el vientre de la Virgen María, Dios ha invertido la pirámide, se ha puesto en la base, nos ha tomado sobre sus hombros y nos carga a la espalda, por decirlo de algún modo, como el pastor a la oveja perdida. Frente aquella tradición antigua de que Dios no se mezcla entre los hombres, con la Encarnación Dios ha invertido la idea. En esto precisamente, consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Y lo hizo pidiendo al ser humano más bello, a la Virgen María preservada del pecado, que prestara la vida para ello. La pirámide ha sido invertida de una vez para siempre cuando el Verbo se hizo carne. Y es preciso que esta idea esté también dentro de nosotros, aunque nos cueste, como recogía san Agustín en sus Confesiones: «No siendo humilde no comprendía la humildad de Dios» (Confesiones, VII, 18).

Esta mujer que escuchó a Dios y se postró ante Él, teniéndolo como único Señor, es la que ha subido a los cielos. ¿Por qué la traemos a la memoria?

1. Cuando María dice «aquí estoy» y presta la vida a Dios, se establecen la salud y el poderío y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo.

¿Estás dispuesto a dar rostro a Dios con tu vida en medio de la historia de los hombres? Esta humanidad está llena de contradicciones. Con su Encarnación, Dios hizo de este mundo un santuario, se hizo historia, nos dio a conocer el rostro verdadero del ser humano. Nos ha recordado y ha querido meter en nuestro corazón que somos hijos de Dios y así hermanos de todos los hombres. Hemos de ser conscientes de que estamos en este mundo para acercar la Buena Noticia. La misma que, con la Encarnación, se entregó de una vez para siempre, se hizo visible en esta historia y ha marcado a tantos hombres y mujeres que dieron gloria a Dios y mostraron con sus vidas y acciones el rostro de Dios. En este mundo, en este momento, ¿qué está pasando? ¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa? Queridos hermanos, no dejemos a Dios, no nos distanciemos de quien nos da luz, de quien nos hace entrar dentro de nosotros mismos, de quien nos manifiesta un camino que seguir. Los hombres tenemos luces y caminos, pero no tenemos la Luz, el Camino. A lo largo de la historia, la presencia de Dios ha sido clave para proteger las dignidad humana. Él está presente entre nosotros, mirémosle de frente, sin miedos…. Esta mujer que hoy nos reúne en la fiesta de su Asunción a los cielos fue la que, con su vida, proclamó con más fuerza la grandeza de Dios.

2. María protagoniza una nueva era de la humanidad, contribuye a un nuevo humanismo.

Aunque siempre ha tenido importancia el mensaje cristiano, en este momento de la historia y ante los problemas que se manifiestan en todos los pueblos, hemos de agradecer especialmente a María que prestase la vida a Dios para darle rostro humano. Con su expresión «proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador», nos presenta a un Dios cercano a los hombres, que nos llena de su amor y de su vida. Por Él volvemos a la vida, por El y en Él descubrimos su reino, que lo es de amor, de paz y de vida, en el que ha sido aniquilada la muerte. No os estoy hablando de ideas, sino de un hecho histórico, real: Dios ha tomado rostro y nos ofrece una manera de vivir, de ser y de actuar en medio de los hombres.

Me gustaría que por unos instantes pensásemos en las medidas del ser humano que ha entregado Jesucristo, en las grandes aportaciones que ha entregado a la humanidad. ¿Sería igual este mundo sin haber conocido a Jesucristo? Madrid ha sabido regalar el rostro de Dios a quienes aquí llegaban y también a través de quienes de aquí salían. ¿Seremos capaces de que en esta gran ciudad, con historia, contemporaneidad y modernidad, el humanismo cristiano esté presente? Igual que Jesús, hoy tenemos que decir: «Zaqueo, Magdalena, Juan, Pablo, María, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa…». El Señor quiere entrar en nuestra vida.

Las palabras de María, «y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación», se hacen verdad entre nosotros siempre. El Señor nos acoge a todos los hombres, también a los rechazados. La misericordia, que no el reproche, obra milagros. Porque el que acoge esta presencia que le ofrece el amor de Dios, sin condiciones, se deja invadir por ese amor.

3. María hace presente a Dios.

Camina: ante las situaciones que ves, de las que eres contemporáneo, ponte en camino. María nada más recibir la noticia de que era elegida para ser Madre de Dios, para darle rostro humano, se pone en camino; va a visitar a su prima Isabel y, con la presencia De Dios, hace saltar de gozo a Juan en su vientre. Como buena Madre, Ella te invita a que estés caminando. No te detengas, es importante caminar y llevar la Buena Noticia de un Dios que ama a todos los hombres, que no da a nadie por abandonado. Como decía el Papa san Juan Pablo II, desde siempre existe en Dios una «pasión de amor», que es la que produce «la economía del amor redentor de Cristo».

Entra: lleva la Buena Noticia a todas las situaciones de los hombres, a los lugares en los que están. Debes entrar con la misericordia y el amor de Dios, pues ningún pecado es más grande que la misericordia de Dios. Esta es la gran misión que tenemos, como muestra María en las bodas de Caná. Podríamos hacer una larga lista de personas, situaciones, problemas en los que hemos de entrar, pero no de cualquier manera, sino como lo hizo Ella.

Experimenta la cercanía de Dios a tu vida, su gracia, su amor, su elección contigo, la misión a la que te envía… Seamos protagonistas de esta nueva época con la fuerza que el Señor nos ha entregado como miembros de la Iglesia, somos su Pueblo. Haz experiencia de un Dios que te llama, te nombra, te pide, te envía.

Proclama: no te calles lo que has oído y has vivido, imita a nuestra Madre María y proclama la grandeza de Dios. Alégrate por haber experimentado y vivido la cercanía de la salvación que te ofrece. Sé humilde, pues no eres más que otros, pero te ha elegido a ti para portar su mensaje de salvación y decir a los hombres: Cristo es el Camino, la Verdad, y la Vida.

Hoy, viendo a María en su Asunción, mirando desde Dios la historia de los hombres, podemos decir con convicción las mismas palabras de la Virgen: «Aquí estoy, Señor, hágase en mí según tu Palabra, que lleve y regale tu presencia donde esté con tu misericordia y tu amor». Esta no es una cuestión secundaria en la construcción de la historia: regalemos valores reales a la humanidad. Ruega por nosotros, Nuestra Señora de la Paloma. Amén.

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