Homilías

Jueves, 12 mayo 2022 09:39

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de clausura de la fase diocesana del Sínodo (7-05-2022)

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Queridos obispos auxiliares don José y don Jesús. Querido vicario general. Vicarios episcopales. Queridos hermanos, este equipo excepcional que habéis hecho para hacer este encuentro que esta tarde tenemos aquí. Gracias de corazón: Antonio, Carlos, Pilar, Adrián, Susana, María y José. Gracias, Antonio, por la coordinación que has hecho y por cómo nos has presentado hoy este trabajo que, juntos todos, hemos querido hacer, y que habéis querido animar a que nuestra Iglesia diocesana haga este camino sinodal.

El salmo que hemos recitado juntos nos ayuda a descubrir lo que el Papa Francisco quiere. Y nos dice que este nuevo milenio, o lo hacemos sinodalmente, o no cumpliremos la misión que Jesucristo Nuestro Señor entregó a la Iglesia. Somos su pueblo. Sí. Un pueblo que quiere aclamar al Señor. Que quiere servirlo con alegría en los que más necesitan. Que quiere entrar en su presencia, e invitar a los hombres a entrar en su presencia, para que hagamos verdad esa expresión bellísima que ha tenido el Papa Francisco entregándonos esas dos encíclicas excepcionales y necesarias para nosotros: Laudato si, que cuidemos esta tierra, que nos sepamos cuidar nosotros, que sepamos repartir los bienes de esta tierra; y, por otra parte, que lo hagamos en fraternidad, que construyamos esa fraternidad que nace fundamentalmente de la gracia y de la fuerza que trae Nuestro Señor Jesucristo.

El Señor es bueno. Y, como nos decía el salmista, su misericordia para nosotros es eterna. Si os habéis dado cuenta, las lecturas que en este domingo tenemos nos hablan fundamentalmente de tres cosas. Nos dan una tarea: comunicar a todos los hombres la buena noticia en medio de las dificultades que tengamos, como las tuvieron los primeros discípulos de Jesús, Pablo y Bernabé. Muchos estaban contra ellos porque anunciaban una novedad, algo absolutamente nuevo. En el fondo, en el fondo, anunciaban el padrenuestro: todos los hombres somos hijos de Dios, y precisamente por este título que tenemos, si lo acogemos y lo ejercemos, somos hermanos de todos los hombres.

Una tarea: comunicar a los hombres la buena noticia. Y es precioso –tiene una belleza excepcional– que la Iglesia en este momento histórico, en un cambio de época que estamos viviendo, tome la decisión de ponernos a todos los cristianos, en todas las altitudes de la tierra, a caminar juntos, y a ver cómo podemos anunciar, no solamente con palabras, sino con nuestras obras, con nuestros gestos, con nuestra vida, que Cristo es el Camino, es la Verdad y es la Vida. Eso es verdad. Y supone tener un compromiso, que es el que nos ha dicho el Señor en la lectura que hemos hecho del libro del Apocalipsis. Un compromiso: acercarnos a todos los hombres, sin excepción, en todas las circunstancias, sean las que fueren, en todas las situaciones. Queridos hermanos: es que si no lo hacemos, no creemos de verdad que Cristo cambia el corazón, cambia la vida, cambia la ruta de los hombres.

Por otra parte, hoy el Señor se acerca a nosotros de una manera singular en el Evangelio que hemos proclamado. «Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen». El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús como el pastor que reclama que escuchemos su voz, que reclama que lo sigamos. «Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y me siguen». Jesús hoy nos invita a reconocer su voz entre tantas voces que existen en este mundo y en esta tierra. Voces que nos llegan y que nos bombardean a diario, informándonos y llenándonos a menudo de palabras vacías. Necesitamos escuchar su voz. Recibimos y observamos imágenes, palabras, anuncios, y todo cuanto nos quieran ofrecer, que alimentan a menudo la superficialidad y le evasión de los problemas reales que tenemos los seres humanos. Pero la voz de Jesús, queridos hermanos, no es aduladora; no promete falsos paraísos; no miente. Es una voz fascinante. Es una voz cercana. Que no grita. Susurra. Y se hace oír en el silencio. Es una voz que nos hace vivir en la verdad.

Sí. Y hoy esta humanidad está necesitada de escuchar su voz, la voz de Jesús. Y está necesitada de distinguirla de otras voces que gritan fuerte en nosotros y que, a veces, hacen demasiado ruido. Son las voces, a veces, de nuestros sentimientos negativos, de nuestras necesidades frustradas, de nuestras ambiciones de poder… Es la voz, a veces, de una cultura dominante que aliena y manipula. ¿Seremos capaces de diferenciar estas voces en nosotros? ¿Seremos capaces de seguir la voz de aquel que nos libera de verdad? Su voz no manipula a nadie, queridos hermanos. Su voz no instrumentaliza. Su voz nos dice que Dios nos ama, que no nos ha dejado solos, que somos hermanos, que somos hombres y mujeres para dar vida y no dar muerte.

Las palabras de Jesús son de una belleza extraordinaria. «Yo conozco a mis ovejas». Sí. El pastor, Jesús, se autodefine como el que conoce, no genéricamente, sino personalmente, una a una. Conocer en el lenguaje bíblico significa establecer una relación de amor con una persona. Y esto es lo que establece Jesús con nosotros. Dios te quiere. Dios nos ama. Dios nos rehabilita con su amor. El conocimiento, en este sentido, expresa una intimidad de amor. El verbo conocer indica una relación de amor entre Jesús y los suyos. Y esta es la que tenemos nosotros. Y esta es la que invade hoy. El Espíritu nos invade y nos dice: «¡Iglesia, despierta. Iglesia, no te entretengas en dimes y diretes. Iglesia, sigue las huellas de Cristo, regala el amor a los demás, camina por este mundo diciendo a los hombres dónde está la Vida!».

Queridos hermanos: esta relación de conocimiento y de amor es tan profunda que Jesús la compara a la que existe entre Él y el Padre. El conocer tiene un sentido muy fuerte. Jesús conoce, ama a cada uno y vela por cada uno de nosotros. Jesús nos ama como únicos. Su amor, su misericordia, es tan grande, es tan fuerte, es tan bella, es tan original, queridos hermanos, que está siempre presente en nuestra vida, aunque a veces no nos demos cuenta, e incluso aunque a veces tengamos la tentación de no sentir ese amor. Sí. El que ama a alguien se empeña en afirmar lo valioso que es esa persona para él. Y la persona que se siente amada comienza a valorarse a sí misma. Podemos decir que el que ama es estar empeñado en que el otro exista. Amar a alguien es decirle al otro: quiero que tú existas, quiero que tú vivas, quiero que tú te realices como persona, quiero que tú alcances la dignidad que un ser humano tiene y que te la ha dado Dios mismo, quiero que en verdad seas esa imagen real de Dios. Quiero que tú existas. Así es también el amor que Jesús nos tiene. Y cuando nos abrimos a esta experiencia de amor, la vida se despierta en nosotros, y no florecen los desiertos que hay en el corazón.

Queridos hermanos: ¿no es también esta experiencia hoy? ¿No hay desiertos terribles y tremendos? ¿No hay vacíos tan hondos? La fe cristiana consiste en seguir a Jesús por amor; consiste en seguir a Jesús viviendo como Él vivió. Y seguirle es acoger y cuidar gozosamente todo lo que da vida; todo lo que da gozo, esperanza; todo lo que sobrepone a las angustias de los hombres de nuestro tiempo. Seguir a Jesús es hacerse cargo de la realidad de nuestro mundo; asumir la responsabilidad de favorecer un mundo más justo, más solidario, aportando más de nuestra parte. Queridos hermanos: ¿no comprendéis que ha llegado el momento de decidirme por Jesús, y vivir en esperanza? ¿Por qué nos resistimos a orientar y a reorientar nuestra vida siguiéndole a Él, teniéndole como referencia definitiva en el cotidiano de mi vida? Hoy lo necesitamos. Veamos la realidad. Observémosla. Todos dolidos por una guerra, pero, de verdad, ¿cuál es la referencia para poderla quitar, para soltar el arma de la muerte y ofrecer el abrazo de la vida? ¿Quién nos lo da? Jesús nos ha dicho en el Evangelio: «Y yo les doy la vida eterna». Es decir: el don de Jesús es la vida; la vida que no termina; la vida que es calidad; la que comunica Él, que supera todo. Los cristianos, apoyados en el Resucitado, creemos que la vida no termina con la muerte. Esta postura a veces podrá ser rechazada, e incluso a veces podrá ser ridiculizada en nuestra sociedad, pero cada uno tendrá que preguntarse dónde ha descubierto una luz más luminosa, un camino más estimulante, y una esperanza más bella para enfrentarse a la vida cada día que comenzamos.

Podemos estar seguros: Jesús es el pastor que defiende a los suyos. Ni siquiera la muerte puede logar romper la unión profunda con Él. Quizá no siempre creemos que estamos en buenas manos, pero Jesús nos lo ha dicho: nadie podrá arrebatarnos de sus manos. Esta es la garantía del amor más grande. Y por eso nosotros, queridos hermanos, queremos caminar juntos; queremos aceptar la invitación que el Papa Francisco, como sucesor de Pedro, ha hecho a la Iglesia entera. Sí. Caminar juntos. No ir cada uno por nuestra cuenta. Caminando juntos. Esta conciencia que nos dio el Concilio Vaticano II, la hora de la sinodalidad, como en tantas ocasiones expresaron san Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco. Es la hora de la sinodalidad. Sí. Es la hora de caminar. De caminar para sanar, queridos hermanos.

Recordad aquella página de los ciegos. Iban dos ciegos por el camino y gritaban al Señor. No lo veían, pero escuchaban la voz, seguían sus pasos. Caminar juntos. ¿Y por qué, queridos hermanos, caminar juntos? Porque juntos, y junto al Señor, no se percibe esa oscuridad de la historia y de la vida cuando estamos solos. Porque Él es la luz que ilumina la noche. Él es la luz que ilumina el corazón. Él es el que derrota las tinieblas y vence la ceguera. Sí, queridos hermanos. El Señor nos invita a hacer este camino. Y, por eso, la Iglesia quiere escuchar y consultar a los hombres; quiere preguntarles, a los que creen, por supuesto, a los que creemos, para que hagamos un examen de conciencia, y descubramos si estamos caminando juntos o cada uno por su cuenta. Para que examinemos si seguimos a Jesús o a una idea que nos estropea, que nos enfrenta. Jesús no enfrenta; une. Por tanto, si hay enfrentamientos es que nos movemos por ideas, no por la persona de Jesús.

Por eso, el segundo paso no solamente es caminar o ponernos en camino: es llevar juntos, estar juntos, encontrarnos en el camino, compartiendo nuestra condición, deseando que la luz, que es Cristo, brille en el corazón, en la noche que tengamos. Es significativo que aquellos que se encontraban con Jesús, le dijesen siempre: «Señor, ten piedad de nosotros». «Ten piedad de nosotros». No usan el yo: usan el nosotros. No piensa cada uno en su propia ceguera, en su propia situación: piensan en todos.

Caminar. Caminar juntos. Y anunciar con alegría el Evangelio. De esto trata el Papa. Convoca a la Iglesia a caminar juntos. ¿Pero por qué? Porque es lo que hace creíble el Evangelio. Y es lo que hace creíble que tengamos alegría después de haber sido, quizá, curados por el Señor. Nosotros podemos reflejarnos en tantas cosas. Recordad qué recomienda Jesús a aquellos ciegos: «No le digáis a nadie lo que he hecho yo con vosotros». Sin embargo, aquellos hombres empiezan a publicarlo por todos los lugares. ¿Por qué? Porque cuando Jesús toca el corazón, toca tu vida y te lanza a anunciar la alegría del Evangelio.

Queridos hermanos: os agradezco vuestra presencia aquí. Os animo a seguir adelante. Os animo a seguir juntos, a caminar juntos. No tengáis miedo. Salgamos a llevar la luz del Evangelio. Salgamos a iluminar la noche que a veces rodea a la humanidad. Hermanos y hermanas: necesitamos cristianos, hombres y mujeres, que se pongan en camino; que vayan juntos; que anuncien la alegría del Evangelio; que engendren, con gestos y palabras, consuelo, y den luz y esperanza en medio de las oscuridades que podamos tener.

Por otra parte, también a nosotros el Señor nos hace esta pregunta: «¿Creéis que vosotros podréis hacer esto?». Renovemos nuestra confianza en Él. Él se va a hacer presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Y el lugar más oportuno para descubrir que estamos juntos –y solamente si estamos juntos y caminamos juntos podemos anunciar el Evangelio–, el lugar más propio para descubrirlo es cuando nos reunimos en torno a la mesa del Señor. Porque se produce en nosotros, cuando entramos en comunión con Cristo, el que experimentemos aquellas mismas palabras del apóstol Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Y si Cristo vive en mí, vive en mí mi hermano, sea el que sea, y camino con mi hermano.

Queridos hermanos: hemos hecho un trabajo de sinodalidad, pero no nos quedemos en el trabajo. Este es un paso que, en nuestra archidiócesis de Madrid, en nuestra Iglesia diocesana, tenemos que seguir dando. Juntos. Juntos. Somos diferentes. A veces con sensibilidades distintas. Pero con un solo Señor, que es Jesucristo, que hoy viene una vez más aquí, con nosotros. Caminemos juntos.

Amén.

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