Homilías

Miércoles, 05 enero 2022 10:17

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Festividad de la Sagrada Familia (26-12-2021)

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Queridos obispos auxiliares don José y don Santos. Vicario general. Vicarios episcopales. Hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas. Queridos delegados de Laicos, Familia y Vida de nuestra archidiócesis de Madrid, José y María: gracias por vuestro trabajo y por vuestra entrega en favor de la familia.

Hermanos y hermanas todos.

Hoy celebramos esta fiesta de la Sagrada Familia. Quisiera haceros caer en la cuenta de algo que a mí me parece que es especialmente importante, y es el Evangelio que acabamos de proclamar, que da sentido y da hondura a esta fiesta de la Sagrada Familia. Es el prototipo de familia que los cristianos acogemos en nuestra vida y en nuestro corazón, y que en este momento de la historia que vivimos los hombres quizá hemos de hacer posible que tenga un protagonismo especial. Hay unas palabras en el Evangelio que centran de alguna manera el sentido profundo que tiene esta fiesta: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre?».

Para comprender bien este episodio necesitamos saber cómo era la familia en tiempos de Jesús. No se reducía a los padres y a los hijos. Era una familia patriarcal. Y todos los miembros de la familia habían subido a Jerusalén: hijos, hermanos, tíos, primos… Una unidad sociológica. Y, de repente, se dan cuenta de que Jesús no está en el grupo. Y vuelven a Jerusalén. Y es María la que se dirige a Jesús, y le dice: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». La respuesta de Jesús, si os habéis dado cuenta, es honda: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre?». Jesús, sin comentar nada a nadie, tomó la decisión de quedarse en el templo de Jerusalén. Él no se había perdido. Él se había quedado en el templo. Y María, al decir «tu padre», se refería a José. Pero, cuando Jesús dice «mi Padre», está refiriéndose a Dios. Es como si Jesús dijera: «mi padre es Dios mismo; a Él pertenezco, en Él estoy, con Él estoy. Sí: yo estoy en mi Padre». Esta es una palabra clave: «mi Padre».

Jesús descubre, y nos hace descubrir, que se puede hacer una sociedad fundada en el amor. El Evangelio dice que ni María ni José comprendían; ellos no comprendieron lo que quería decir. Jesús no es comprendido. «María conservaba estas cosas en su corazón». Pero fijaos en algo: Jesús nos hace ver que el centro, el que dinamiza, el que sostiene la vida, el que hace que todo sea nuevo, es «mi Padre». El Padre de Jesús. La relación con Dios, la sabiduría que nos da Dios, es central.

Pues, queridos hermanos, hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Y recordamos que Jesús, el hijo de Dios, creció y aprendió a caminar por la vida en el seno de una familia. Pero los tres habían centrado la vida y la existencia en Dios. La familia de Nazaret puede ser un ejemplo para nuestras familias cristianas si la miramos desde la perspectiva de Jesús. Hoy tendríamos también que ver que, a pesar de la situación de crisis que atraviesa la familia, la familia, sin embargo, tal y como la presenta el cristianismo, es el ámbito privilegiado para las relaciones humanas desde la libertad, desde la gratuidad, y favorecedora del crecimiento personal, social y religioso. La familia, queridos hermanos, es escuela de amistad y de amor. Es escuela de gratuidad. Por eso, hoy nos volvemos a Jesús para decirle al Señor: «Señor, que has vivido en la familia de Nazaret, concédenos una familia a tu estilo, donde todos entendamos “mi Padre”».

Queridos hermanos, hace cinco años se promulgó la exhortación apostólica Amoris laetitia sobre la belleza y sobre al alegría del amor conyugal y familiar. Amoris laetitia ha marcado el inicio de un camino que trata de impulsar un nuevo enfoque pastoral a la realidad de la familia. La intención principal de este documento del Papa Francisco después de los sínodos sobre la familia era comunicar, en un tiempo y en una cultura profundamente cambiados, que es necesario que la Iglesia haga una nueva mirada sobre la familia. No basta, queridos hermanos, con reiterar el valor de la familia, que también es necesario; pero no basta. Es necesario convertirnos en custodios de la belleza de la familia. Estos aspectos son especialmente importantes, queridos hermanos.

En ese sentido, la Iglesia, que está encarnada en la realidad histórica, como lo estuvo Jesús, el Maestro; la Iglesia que tiene que anunciar el Evangelio, como lo hizo Jesús, se sumerge en la vida real. Conoce las fatigas cotidianas de los esposos y padres; conoce los problemas y los sufrimientos que ellos puedan tener. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia quiere acompañar, escuchar y bendecir a las familias. Anunciar el Evangelio acompañando a las personas, y poniéndonos al servicio de su felicidad. Sí, queridos hermanos: es especialmente importante para nosotros. Defendamos con todas las consecuencias a la familia cristiana.

Pero yo os invito, queridos hermanos, a descubrir que la familia hoy tiene tres tareas esenciales. Una de ellas, en primer lugar, es cuidar la fe. Sí, queridos hermanos: custodiemos la fe. Es la manera de no sucumbir al dolor ni dejarnos caer en la resignación. El Evangelio nos presenta siempre la actitud de Jesús. El Señor levanta los ojos al cielo permanentemente; levanta la mirada a Dios. Es su Padre. No baja la cabeza; no se deja aplastar; no se aísla. Mira hacia lo alto. Custodiar la fe es mantener la mirada en alto. Queridas familias cristianas: mirad a Dios. Abríos a la confianza en Dios. La oración nos hace abrirnos a la confianza en Dios. No es fuga; no es escapar de los problemas: es el arma para custodiar el amor y la esperanza en las familias. A veces no es fácil levantar la mirada cuando estamos en dificultades. Pero no tengamos miedo: levantemos la mirada al Señor. Cuidemos la fe. Que en vuestras casas haya referencias reales a vuestra adhesión a Dios.

Pero no solamente hay que cuidar la fe. Hay que cuidar, en segundo lugar, la unidad. Jesús así lo rezó: «Para que todos sean uno. Donde reine el amor y la fraternidad». La división es una enfermedad mortal, queridos hermanos. A veces la experimentamos en nuestro propio corazón cuando estamos divididos dentro de nosotros mismos. Son muchos los pecados contra la unidad: las envidias, los celos, los intereses personales, juicios… La división viene del diablo, que es el que divide. Es el gran mentirosos. Es el que divide siempre. Estáis llamadas, las familias, a la unidad; a tomar en serio la súplica de Jesús: que formemos una familia; que tengamos el valor de vivir los vínculos del amor, de la fraternidad. Cuánta necesidad hay hoy sobre todo de fraternidad, queridos hermanos. No entremos en la lógica de los partidos, que es la lógica que divide, la lógica que nos pone a cada uno de nosotros en el centro, y no ponemos en el centro a Dios. «Mi Padre», nos ha enseñado Jesús hoy. No. No descartemos a los demás. Esto destruye: destruye familia, destruye la Iglesia, destruye la sociedad, nos destruye a nosotros mismos.

Cuidar la fe. Cuidar la unidad. Y, en tercer lugar, cuidar la verdad. Somos enviados al mundo a continuar la misión de Jesús. Custodiar la verdad no significa defender ideas, convertirnos en guardianes de doctrinas o normas. Custodiar la verdad es permanecer unidos a Cristo, estar consagrados al Evangelio y dejarnos orientar por el Evangelio de Jesucristo. Cuidar la verdad significa ser profetas en todas las situaciones de la vida. Consagrados al Evangelio; a ser testigos, queridos hermanos; a ser testigos, aun cuando haya que pagar el precio de ir contracorriente. Hoy nos ofrecen otras cosas, pero ¿qué nos ofrece Dios? Esta familia, queridos hermanos; esta familia que protagoniza la Navidad es la que el Señor nos dice que necesitamos. No quiere tibieza: quiere verdad; quiere la belleza del Evangelio.

Queridos hermanos: ¿cómo hacer este camino, para hacer esta belleza y mantenerla? Tres cosas me atrevo a deciros: encontraros, escucharos y discernir de verdad dónde está la vida y dónde está la muerte. Encontraros. Nada nos puede dejar indiferentes. Tenemos que encontrarnos en la familia, cruzar las miradas, compartir nuestra historia, y todo esto desde la cercanía de Jesús. Él sabe que un encuentro puede cambiar la vida. Encuentros con Cristo que reaniman y que curan. Hay que tener el arte del encuentro, queridos hermanos; que no es organizar eventos o hacer una reflexión teórica de los problemas; que a veces en esto convertimos a la Iglesia: en organizar eventos. No es eso. Es tomarnos tiempo para estar con el Señor, para favorecer el encuentro entre nosotros, para dar espacio a la oración. Para que esta oración sea de adoración; de adoración sincera. Cuando somos capaces de encuentros auténticos realizados desde el Señor, sin formalismos, sin falsedades, estamos realizando el verdadero encuentro en la familia.

Pero hay que saber escuchar también. Un verdadero encuentro solo nace de la escucha. Jesús no tiene miedo de escuchar con el corazón; no solamente con los oídos: ¡con el corazón! Preguntémonos cómo estamos en la escucha; cómo va el oído de nuestro corazón. ¿Cómo va? El Espíritu Santo nos está pidiendo que nos pongamos a la escucha; a las esperanzas; a lo que es mejor para los hombres; a lo que es meter en esta sociedad algo diferente y nuevo. La familia.

Y discernamos. Encontrémonos, escuchémonos, y miremos a ver qué es lo que merece la pena. Entramos en diálogo. En el diálogo, el Señor nos hace discernir si escuchamos su Palabra. Sí, queridos hermanos. Mirad: las familias han de ser lugares de peregrinación, enamorados del Evangelio, abiertos a las sorpresas del Espíritu. No perdáis nunca, queridas familias, las ocasiones de encuentro, de escucha, de discernir lo que es mejor para cada uno de vosotros.

En este día de la Sagrada Familia, queridos hermanos, qué gracias tenemos que dar a Nuestro Señor. En la primera lectura que habéis escuchado nos ha hablado de la familia precisamente. Sí. «Hijos, respetad la autoridad de vuestros padres». La familia es una bendición, queridos hermanos, para la sociedad. Y la familia de Nazaret, a quienes se ponen como meta el construir una familia según la de Nazaret, es una bendición para transformar esta historia. Pero, para ello, el Señor nos decía que nos pusiésemos un uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, el perdón, la oración.

Queridos hermanos. Y, sobre todo, en la familia cristiana hay que tomar una decisión, la que Jesús nos enseña hoy cuando se pierde en el templo. «Mi Padre». Estar en la casa de «mi Padre». Es Dios quien me ilumina. Es Dios quien me protege. Es Dios. Es Dios. Sí. En esta fiesta de la Sagrada Familia, en esta fiesta de la familia de Nazaret, en esta fiesta de todas vuestras familias, queridos hermanos, la familia de Nazaret es un ejemplo claro y precioso para centrar la vida, no en mi interés, sino en lo que Dios me ofrece a mí.

Pedimos al Señor que las familias cristianas sean escuelas de amistad, de amor y de gratuidad. Que el Señor bendiga a nuestras familias. Que hoy, en esta fiesta de la Sagrada Familia, esto sea un canto a una novedad que necesitamos mantener en la historia y en la construcción de los pueblos. La familia cristiana puede ser algo especialmente importante en el presente y en el fututo de la sociedad. Lo es, de hecho. Pero pongámonos, como lo hizo la Sagrada Familia de Nazaret.

Que el Señor proteja a todas nuestras familias en esta Iglesia diocesana de Madrid. Amén.

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