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Jueves, 26 marzo 2015 01:00

El hombre, mendigo del amor y con hambre de Dios

El Arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro, recuerda en su carta semanal que “los cristianos estamos viviendo la Semana de Pasión, tiempo previo a la celebración de los grandes misterios de nuestra fe. El Señor nos quiere hacer ver la grandeza del ser humano cuando se siente mendigo de amor y con hambre de Dios, y cuando descubre cómo el Señor desea alcanzar su vida, haciéndole partícipe de su Amor”. En este sentido, recuerda de manera especial una audiencia con el Papa Beato Pablo VI, el 31 de diciembre de 1975, en la que les dijo “que para él la ‘civilización del amor’ es la que ha traído Jesucristo. No es ninguna utopía: es una tarea en la que los discípulos estamos convocados a trabajar. Tarea urgente, ineludible para todos los hombres y a la que todos los cristianos estamos llamados, de manera singular, a vivir y contagiar” y que hoy “aún está vigente. El Beato Pablo VI la define así: ‘La civilización del amor es aquel conjunto de condiciones morales, civiles, y económicas, que consiente a la vida humana una mejor posibilidad de destino de existencia, una razonable plenitud, un feliz eterno destino’. El Papa Francisco nos ha hablado del innumerable número de mendigos de amor que existen, del hambre de amor que tienen los hombres. Pero no de cualquier amor, sino del Amor mismo de Dios”.

Para Mons. Osoro, “la Iglesia está llamada a ser ese ‘hospital de campaña’, como nos dice el Papa Francisco, que cura con el Amor mismo del Señor. Un amor compasivo y misericordioso, capaz de curar y sanar toda clase de ‘patología social y personal’ que anida en el corazón y en la historia que hacemos los hombres. En la raíz de esta ‘civilización del amor’, nos decía el Beato Pablo VI, está la esperanza cristiana que hace fecundo el amor, y las bienaventuranzas, que lo hacen oblativo. Hay que aprender a hacer y vivir esta ‘civilización del amor’ junto a Jesucristo, en su taller: en el sacramento de la Eucaristía. Pues es un Amor que se dona, permanece, se multiplica, se sacrifica. Es de esta civilización de la que nos habla el Papa Francisco cuando, refiriéndose a la ‘civilización católica’, nos dice que es la civilización del amor, de la misericordia, de la fe. De ese amor que tiene un rostro: Jesucristo. Unas manifestaciones concretas y llevadas hasta el límite: Jesucristo. Y una fe que es una adhesión incondicional a quien nos dona su Vida misma: Jesucristo”. Y es que, apunta, “el hombre es, por naturaleza, mendigo del amor: necesita del amor para ser y para convivir junto a los demás. Y en su corazón está inscrito que tiene que globalizar ese amor. Creado por Dios a imagen suya, siente hambre de su plenitud, hambre de Dios”.

“En esta Semana de Pasión, el Señor, en su Palabra, nos dice desde dónde es posible hacer esa ‘civilización del amor’”:

1.- Desde una comunión plena con el Señor: “Que se realiza cuando, como el Señor, nos retiramos a dialogar con Él y a oxigenar nuestra vida con su misma Vida”. “Así, bajaremos a la vida y a la historia real de los hombres, y descubriremos cómo se acercan a nosotros, porque les hacemos partícipes del amor mismo de Dios”.

2.- Acogiendo el don de la fe: “Vivir en esta historia con la vida que Dios nos da, es decir, con su amor, es crear la civilización del amor”.

3. Con la audacia de vivir siempre en presencia de Dios: “Decidirse a vivir en la presencia” de un Dios que “te quiere y desea contar contigo para mostrar el rostro del Dios vivo y verdadero, nos lleva a tomar una decisión inmediata que nos posiciona en la dirección de la civilización del amor”.

4. Guardando siempre su Palabra: “Consentir vivir de su palabra es toda una abundancia y un reto”.

5. Mostrando con obras lo que creemos, “el rostro de Dios. Aunque esto traiga complicaciones en la vida”.

6. Convencidos de que para construir la civilización del amor hay que dar la vida con el mismo amor de Jesús: “Los hombres y mujeres que escuchaban y veían los signos de Jesús, admirados y convencidos por aquel Amor con que el Señor los envolvía, lo seguían, habían probado lo que daba el Amor y querían participar en la globalización de ese Amor. Deseaban construir la nueva civilización del amor, que hacía posible que los hombres vivieran con la dignidad con la que Dios les había creado”.

“¡Ánimo! La ‘civilización del amor’ es posible en el encuentro con el Dios vivo”, concluye.
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