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Sábado, 07 noviembre 2020 09:00

Bajo el manto protector de la Virgen: un manto azul de flores

Bajo el manto protector de la Virgen: un manto azul de flores

La talla de Santa María la Real de la Almudena es de madera de pino dorada y policromada y sostiene en sus brazos al Niño Jesús. La imagen ha sido restaurada en diversas ocasiones, aunque no en todas con acierto y fidelidad.

En 1890, el sacerdote Gerardo Mullé de la Cerda escribió una «Reseña crítico-histórica de la Imagen de Nuestra Señora de la Almudena, Patrona de Madrid», en varios números de La Ilustración Española y Americana. Al hacer referencia a la vestimenta de la Virgen, la describe con estas palabras: «La túnica, sujeta a la cintura con una cinta dorada, desciende hasta cubrir parte de los pies, cuya planta preservan una especie de sandalias, quedando al descubierto los dedos, lo que no sucede en las efigies antiguas, calzadas siempre con zapatos puntiagudos. […] Pende de sus hombros el manto, que cruza por debajo de la cintura, formando luego al caer una especie de onda con graciosos y bien entendidos pliegues».

Además, nos señala, que las vestiduras de la Virgen estuvieron antiguamente estofadas y presentaban una decoración diferente, tal y como refirió Juan Vera Tassis en su Historia del origen, invención y milagros de la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de la Almudena (1692). En el capítulo XVII podemos leer: «Su aspecto es majestuoso y de profunda gravedad, con que mueve a cuantos la ven a debida reverencia […]. El manto es realçado de oro y azul, imitando varias flores, y con una faxa por el extremo de oro, y piedras preciosas; la túnica es de carmesí y oro, no muy escotada, sino modestamente vestida, ciñe su talle una cinta dorada, de suerte que demuestra por el ropaje que su majestad se vestía al uso romano».

Este primitivo manto azul con motivos florales y aplicaciones de dorado fue también bellamente pintado con las palabras de Lope de Vega:

Tiene el manto azul tan bellas
flores de varios colores, que
con ser pintadas flores,
dan envidia a las estrellas.
Y todas están con pena
de que no llegaron antes
a ser del mundo diamantes
de aquella Luna morena.

Parece ser, que así debió de estar la imagen de la Almudena hasta el año 1754, cuando desconociéndose quien lo hizo, al restaurarse la talla, la policromía también fue modificada, cambiándose el color azul, por uno encarnado para la túnica interior, y blanco para el manto, dejando al extremo una orla dorada con adornos, desapareciendo por completo su bello estofado.

El propio Mullé de la Cerda en su artículo, confiesa que él también intervino en la policromía de la talla en 1890: «Tan solo pinté, imitando el tono que ya tenía, aquellas partes del sagrado rosto, totalmente desprovistas de color […]. En el manto y túnica, pude proceder con más libertad, por no ser ya posible remediar lo que había hecho».

Quizás, de los numerosos cambios que a lo largo de los siglos ha sufrido la escultura de la Virgen de la Almudena, el más destacado, por su gravedad, fue cuando en el año 1652, el párroco de la iglesia de Santa María, Diego de Salazar, consintió que aserrasen la espalda de la Virgen y el Niño fuera separado de la Madre, para poder vestirlos. Y es que desde 1616 hasta 1890, Santa María de la Almudena sustituyó su manto pintado por manto de seda; vestidos y mantos que fueron donados por las reinas y damas de la Corte que formaban parte de la Congregación de la Real Esclavitud de la Almudena.

Con detalle, nos cuenta Vera Tassis que «el 17 de mayo de 1652, la Majestad del señor Felipe IV, sacó en procesión a nuestra santa imagen, resta ahora adelantar que a este tiempo don Diego de Salazar, cura desta iglesia, consintió que la cortasen parte de la talla por las espaldas, aunque en oposición de algunos. Executose en fin, y el cura recogió toda la madera que azepillaron, la cual puso en una caxa, y ésta debajo de llave; pero queriendo después repartir algunas astillas entre muchos que le importunaban por tal reliquia, abrió la caxa, y permitió Dios que se hubiese desaparecido todo, sin dejar señal de que la hubiese tenido, lo cual todos atribuyeron a milagro, y el cura pidió perdón a Dios a aver concurrido en desacato semejante».

Parece ser que, tras finalizar la procesión, al intentar colocar la imagen de nuevo en su camarín, como se encontraba vestida con los estrenados ropajes, obsequio de la reina Isabel de Borbón, no cabía, por lo que se procedió a serrarla de arriba abajo por la espalda, y separar al Niño, para hacerlo visible, pues sino habría quedado casi totalmente tapado por el vestido de la Virgen.

A este respecto, añadió Mullé de la Cerda, que «en el hueco que forma a los pies la tela que por detrás va unida al manto, dentro de un cañuto de lata, hay un papel donde consta que en 1854 se restauró la imagen, tanto en el tallado como en el colorido, leyéndose también el nombre del artista que lo hizo, y que aquí no se repite, puesto que no había de ser para alabarle». Hoy en día, se sigue desconociendo la existencia de dicho papel, pero, como afirma el profesor Portela, la figura actual sí presenta la parte trasera rehecha por entero, con varias piezas de madera que sustituyeron el trozo de lienzo que cerraba el hueco central.

Ya sea con un bello manto estofado o un rico manto de seda, los madrileños nos acogemos a nuestra Madre Patrona, bajo su manto protector. Este lunes, 9 de noviembre, por eso más que nunca resuenan las letras del himno de la Almudena:

Bajo tu manto, Virgen sencilla
buscan tus hijos la protección.
Tú eres patrona de nuestra Villa,
Madre amorosa, Templo de Dios.

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