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Lunes, 16 marzo 2026 11:29

Alfredo Jiménez Romero, párroco del Santísimo Cristo de la Victoria, ante la solemnidad de San José: «Es la piedra oculta que hace de cimiento en la Iglesia»

Alfredo Jiménez Romero, párroco del Santísimo Cristo de la Victoria, ante la solemnidad de San José: «Es la piedra oculta que hace de cimiento en la Iglesia»

La figura de José de Nazaret ha ido progresivamente haciéndose más grande con el correr de los siglos, pero tuvo unos comienzos más discretos.

El año pasado celebramos el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea, donde se definió la naturaleza humana y divina de Cristo. La visita del Papa León XIV a esa ciudad de Turquía (ahora llamada Iznik) señaló la importancia de la efeméride. Durante los primeros siglos, la Iglesia puso sus esfuerzos en la definición acerca del misterio de Dios: la figura de Cristo, la divinidad del Espíritu Santo, el misterio de la Santísima Trinidad. La Virgen María aparece en escena porque su relación con Jesús es única, debido al cordón umbilical.

Aunque hay testimonios muy antiguos de devoción al esposo de María, no es hasta la Edad Media cuando se empieza a extender de modo universal. La devoción de algunos santos y órdenes contribuyó a expandir la grandeza del artesano israelita, de modo que en el siglo XV se llegó a introducir la fiesta de san José en el calendario romano.

Hay una aparición de san José aprobada por la Iglesia: Cotignac, en Francia, el 7 de junio de 1660, en la que aparece él sólo. Además, aparece junto a la Virgen en Fátima (1917), y en otras apariciones. No es hasta el siglo XIX cuando los papas empiezan a dedicarle declaraciones, exhortaciones e incluso una encíclica. El último documento, la preciosa Exhortación Apostólica Patris Corde, del Papa Francisco.

Vemos en ello un detalle de hasta qué punto el esposo de María desea vivir en una discreción absoluta, como en un segundo plano permanente. Así lo atestigua el hecho de que ni una sola palabra dice en el evangelio: ¡podríamos incluso argumentar que era mudo!

Pero en realidad, si hay una piedra oculta, muy oculta, haciendo de cimiento en la Iglesia, esa es sin duda ninguna la figura de San José. Así lo demuestra la atención progresiva e in crescendo que le ha ido prestando la Iglesia a lo largo de los siglos, que claramente ha ido percibiendo esa naturaleza escondida pero completamente fundamental —de fundamento— que ha tenido en la historia de la salvación su humilde figura.

Todo gira en torno a su vocación peculiar y única en la historia de la salvación. Dios Padre encomendó al carpintero nazareno que cuidara de los dos tesoros más valiosos para Él: a su Hijo Unigénito, haciendo las veces de padre; y a la Inmaculada Concepción, a la que entregó como esposa fiel. Ante esta realidad, sólo nos queda contemplar las verdaderas dimensiones que adquiere su figura.

No sabemos cuándo murió, pero teniendo en cuenta que Jesús aprendió de él la tarea de carpintero o artesano, estamos ante la persona que, junto a la Virgen María, más tiempo ha pasado en este mundo junto al Verbo de Dios encarnado. Hay que tener en cuenta que la biografía oficial de Jesús de Nazaret, los Evangelios, recoge sólo tres años de su vida, de los treinta y tres que tuvo. Apenas hay alusiones al origen de Cristo, y un episodio que recoge hoy el evangelio cuando Jesús tenía doce años. Es decir: los muchos años de infancia, adolescencia y juventud de Jesús pertenecen al corazón y la memoria de María y José. Ellos se convierten para nosotros en fuente inagotable de conversación para cimentar cada día más nuestro trato con Jesucristo: no hay mejores maestros que podamos encontrar, aunque sea por las horas de vuelo en tarea tan deliciosa.

El título principal que se le atribuye es el que reza la solemnidad litúrgica de hoy: "Esposo de la Bienaventurada Virgen María". Además, los desposorios de María y José constituyen los testimonios más extensos de los evangelios donde aparece la figura del santo patriarca.

Especialmente delicada fue la tarea de hacer en la tierra para Jesús las veces del Padre Eterno. Dicha paternidad va mucho más allá de lo legal, aunque este aspecto no hay que pasarlo por alto: la primera lectura alude a la genealogía de Jesús, que desciende de la tribu de David, de la que formaba parte José. En el pueblo judío, la vinculación a una tribu venía siempre por ascendencia paterna.

Pensándolo fríamente, no ha habido tarea más atrevida que esa en la historia de la salvación, y mira que hay tareas complicadas, como la del pobre Moisés sacando a Israel de Egipto. Pero hacer las veces del Padre Eterno para el Eterno Unigénito, y estar casado con la Inmaculada Concepción, no parece obra al alcance de nadie. Por esta razón, la Iglesia ha subrayado de modo especial la fe de José. No es para menos. Y gracias a esa fe, su figura se antoja única. Llevó a cabo su tarea de custodiar a María y Jesús, de modo que la Iglesia le llama Patriarca, pues a él debemos los primeros pasos del nuevo pueblo de Dios, aún incipiente, representado por la Sagrada Familia de Nazaret. Por esta razón, es Patrono de la Iglesia Universal.

Al ser custodio del único y eterno Sumo Sacerdote, que es Jesús, la Iglesia lo ha nombrado patrono de los seminarios y de las vocaciones sacerdotales. No hay mejores manos para encomendar el proceso de formación y acompañamiento de quienes reciben la vocación al sacerdocio. El seminario es como vivir con la Sagrada Familia de Nazaret, donde a lo largo de los años, va madurando la vocación, como lo fue haciendo Jesús a medida que crecía, con el testimonio y guía de José y María